Ray Bradbury: el maestro de las naves espaciales y los marcianos que le tenía miedo a la televisión
La reciente publicación de sus cuentos completos expone el error de encasillarlo en la ciencia ficción: sus platos voladores y mundos paralelos son un decorado para hablar de la soledad, el paso del tiempo y los miedos más terrenales.
Durante décadas, las librerías le cometieron un injusto delito de portación de rostro a Ray Bradbury: si en el texto aparecía un cohete, un astronauta o una luz roja orbitando en el cielo, el libro terminaba en el estante de la ciencia ficción. Encajonado, etiquetado y listo para consumir como literatura de género.
Sin embargo, encasillar al autor de Fahrenheit 451 únicamente en ese rincón es tan absurdo como reducir a Shakespeare a un escritor de historias sobre familias con problemas de convivencia.
Para derribar de un plumazo esa etiqueta, la editorial Páginas de Espuma publicó Ray Bradbury, Cuentos completos.
Se trata de un volumen de 1.340 páginas que reúne 116 relatos —de los más de 450 que publicó a lo largo de su vida— traducidos por Ce Santiago y con un prólogo firmado por la escritora Laura Fernández.
Una máquina del tiempo literaria
La travesía arranca en 1943 con “El viento”, un cuento firmado por un joven Bradbury de poco más de veinte años, y se estira hasta 2009 con “Un encuentro literario”, concebido ya en la antesala de su vejez.
Al recorrer las páginas en este orden no hay compartimentos estancos, sino la evolución de una pluma prodigiosa. Ahí conviven, en armonía, las célebres Crónicas marcianas o El hombre ilustrado con relatos realistas, cuentos de infancia, ficciones de terror refinado e historias de amor.
Incluso para los propios fanáticos de la ciencia ficción pura y dura, el libro es una trampa maravillosa: quienes lleguen buscando platos voladores se van a terminar conmoviendo con la fragilidad de sus personajes.
Porque para Bradbury, el espacio fue más una excusa decorativa para hablar de lo que de verdad le quitaba el sueño: la soledad, el paso del tiempo, la nostalgia y la imperfección de la condición humana.
Mil palabras por día para iluminar el mundo
Detrás de la manera de escribir adictiva que tenía Bradbury había una disciplina bastante artesanal. Como el propio escritor confesó en su ensayo Zen en el arte de escribir, desde los 12 años escribía un promedio de mil palabras diarias. Un entrenamiento obsesivo que le permitió iluminar mundos complejos con frases en apariencia sencillas.
Detrás de las historias de Bradbury está el niño deslumbrado por las ferias ambulantes que miraba el futuro con fascinación. Le tenía pavor a la televisión —esa caja boba que presagiaba el fin de la lectura y que inspiró la quema de libros de Fahrenheit 451— y hasta se vanagloriaba de una genealogía fantástica: aseguraba ser descendiente directo de una mujer que logró escapar de los juicios a las brujas de Salem.
Leer este tomo gigante es un viaje, de esos largos y llenos de aventuras. En una sola línea podés estar viajando hacia la órbita de Marte y, a la frase siguiente, encontrarte atendiendo un puesto de panchos en medio del desierto rojo.
Ray Bradbury, Cuentos completos es una muy buena excusa para deshacerse de los prejuicios de los estantes de las librerías y volver a lo básico: sentarse a disfrutar, sin vueltas, de un escritor que sabía contar historias como muy pocos.








