Hablar madre
La mexicana Socorro Venegas se pregunta, con disgusto y asombro, por qué de niña no llegó a aprender el náhuatl
De entre todas las cosas que se le pueden recriminar a una madre, quizá la menos esperada sea la de la lengua: es decir, reprocharle que no te haya transmitido el idioma de sus ancestras, que te hayas convertido en una mujer culta y no sepas entender ni una palabra. La escritora mexicana Socorro Venegas se pregunta, con disgusto y asombro, por qué de niña no llegó a aprender el náhuatl —lengua indígena que todavía hablan casi dos millones de personas en México, pese a todas las trabas que limitan su supervivencia. La principal de ellas: asimilarla a la pobreza y la marginación para que sus hablantes no quieran enseñarla a las nuevas generaciones. Escribe Venegas: «Qué natural ha sido, para las dos, que yo no comprenda su lengua. No guardo reminiscencia alguna en la que se haya propuesto enseñarme. No hay ese momento en que ella tomara una olla y me dijera: cómitl».
Precisamente para entender por qué Elia, la madre, nunca quiso hablar a Socorro en náhuatl, para indagar en esa carga de vergüenza, humillación, autoodio y estigma que acarrean las lenguas frágiles, escribe la hija este libro inclasificable y bellísimo. Un híbrido de memorias, dietario, ensayo y biografía. Una no ficción íntima que abraza al lector gracias a su prosa salpicada de poesía y reflexiones, a la autenticidad que desprende la voz narrativa y a unos personajes femeninos inolvidables: Elia, la madre; Ana, la abuela; Sara, la tía sordomuda. La propia Socorro y su orfandad lingüística: «Fui privada de mi lengua primigenia. Es como si me hubiera perdido de la más real, la auténtica lengua. La que me daría pertenencia entre las mujeres de mi estirpe. La lengua que me ha sonado ajena la mayor parte de mi existencia quizá sea lo más mío. Una heredad, algo que me fue quitado».
Leche de silencio es la lengua escamoteada, las mujeres humildes, su legado (nunca preservado de manera oficial, siempre despreciado, borrado), la violencia que han sufrido en todos los ámbitos, el archivo vivo que representan las pocas que van quedando y la fascinación de Socorro por entender, capturar, compartir, por ofrecer altavoz a las voces silenciadas por el capital, lo hegemónico, el poder: «Las escucho hablar en náhuatl, es su única resistencia. Su mundo aparte. La singularidad de quienes saben que todo se desvanece. Son aves cautivas que mantienen vivo un canto desde hace más de quinientos años».
Resulta imposible leer esta obra y no pensar en el valenciano, en su debilidad desde hace siglos, en su extraña fortaleza, su perdurabilidad pese a todos los embates culturales, políticos, sociales. Ahí están los golpes a las niñas que quieren estudiar y no hablan la lengua del Estado. La madre de Socorro o mi propia madre. Sobre la escuela de su progenitora, escribe Venegas: «Le gustaba y no le gustaba ir, quería aprender, tenía esa avidez, pero era penoso ir descalza y lo era más terrible recibir los castigos por hablar en náhuatl. La lengua entre los dientes, el hueco en el estómago, frenar el río de palabras. En el salón de clases se paseaba el profesor con una vara para reprender a quienes se les escapara cualquier vocablo no dicho en castellano». ¿Nos suena?
El título de la obra es un hallazgo literario. La leche es el nutriente para crecer, es amor hecho líquido alimenticio, y el silencio es la lengua acallada, pero también aquello que nunca se cuenta, lo que permanece oculto en las historias familiares, la muerte y el duelo, las experiencias nunca relatadas de la migración interior, de la infancia vulnerable, de la normalización de la violencia: todo ello constituye una herencia tan material y física como la de la leche materna.
Venegas trabajó durante años en el rescate de las cuentistas latinoamericanas olvidadas y lo plasmó en su original antología Vindictas (Páginas de Espuma, 2020). Ahora acomete una operación semejante, pero dentro de su propia genealogía. A través de una investigación familiar, fusionando entrevistas, conversaciones y recuerdos, compone una sinfonía al reconocimiento, a estima. Un tributo a las madres y a su lengua universal de superación.









