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Heraldo de Aragón entrevista a Manuel Vilas

Por Mariano García.

FUENTE: Heraldo de Aragón

«Hay cierta acomodación hoy entre artistas y escritores. Ya no nos atrae el abismo»

El escritor Manuel Vilas (Barbastro, 1962) presentó ayer en Zaragoza, Zeta (Páginas de Espuma), un libro que actualiza y reúne narraciones breves, algunas de hace 25 años.

Este Zeta no es exactamente una reedición.

Escribí Zeta hace 25 años, lo publicó DVD Ediciones, la editorial cerró tiempo después y el libro desapareció. Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, me propuso reeditarlo. Volví a leer el libro, con miedo y precaución, y me empecé a reír. Que me hiciera tanta gracia fue una señal para tomar la decisión de volver a publicar esas narraciones. Y estoy muy contento.

¿Qué queda del Vilas de hace 25 años?

Aquel era un Vilas muy libre, libertario, casi. Estaba acostumbrado a vivir en la indigencia literaria; no tenía lectores y eso me hacía más libre. Escribía de forma salvaje, mis relatos de entonces eran como canciones de Sex Pistols…

Y los de hoy, ¿canciones de Bruce Springsteen…?

Más bien de Leonard Cohen. En esos relatos pintaba una Zaragoza desoladora, desgarrada, con ‘zombis del capitalismo’. Me apetecía convertir Zaragoza en una especie de Gotham City, fijándome no en su centro histórico sino en las periferias, que son iguales a las de ciudades del mismo tamaño. No quería mirar Zaragoza a través del realismo del siglo XX ni del costumbrismo del XXI.

Usted, en lo literario, se ha ganado cierta fama de subversivo.

No sé muy bien qué es hoy lo subversivo, lo salvaje. Esta vocación que he tenido siempre de romper convenciones no la veo muy vigente en la actualidad. Hay cierta acomodación entre los artistas y los escritores de hoy. Ya no nos atrae el abismo.

Ha hecho literatura de su autobiografía. La autoficción siempre ha estado ahí, pero ahora parece una corriente de moda.

Es una tendencia internacional, aunque, sí, está desde hace tiempo en todas las literaturas. Si en España su éxito es más o menos reciente se debe a que es un género que sólo se puede practicar en estados democráticos. Cuando en 1975 se publicó Mortal y rosa, Francisco Umbral ejerció en sus páginas una cierta abstracción, en cierta medida ocultaba de qué hablaba porque le daba pudor. En 2013 Sergio del Molino publicó La hora violeta, que también era un testimonio de duelo tras la pérdida de un hijo, pero el tono era completamente distinto. ¿Qué ha pasado? Pues que en el 75 daba mucho miedo hablar de la vida propia. Hoy la autobiografía no es una corriente literaria anecdótica sino una necesidad. Triunfa en Estados Unidos, Francia… Cuando dentro de 50 años se estudie la literatura española actual, seguramente la etiqueten como ‘El triunfo de la autobiografía’. El ser humano tiene la necesidad de leer historias, ficciones reales. Los lectores necesitan libros que amplíen su vida y abran ventanas que estaban cerradas.

No se entendió muy bien Zeta cuando se publicó en su día.

Es que es un libro muy punki, muy existencial, con mucho dolor y en el que la cotidianeidad cobra un importante protagonismo. Hay un tema dominante en sus páginas que es la soledad, contada de un modo diferente a como lo he hecho después. Aquí están muy rotas las reglas.

Lo existencial no se lleva tampoco ahora.

En el mundo de las nuevas tecnologías el humanismo está cada vez más postergado, y eso explica cosas como las que hemos visto recientemente en el informe Pisa. El ser humano necesita la filosofía, se hace preguntas sobre qué hace en este mundo. Pero nos dicen que entreguemos nuestra vida a la actualidad, que nos sumerjamos en las tecnologías.

Menciona el informe Pisa. Usted ha sido profesor de secundaria y bachillerato. ¿Está en crisis el sistema educativo español?

Más que una crisis, lo que estamos viviendo es una generalizada falta de curiosidad por saber. La gente no se preocupa por las cosas importantes, como encontrar sentido a su vida, evita hacerse este tipo de preguntas. Se habla de la influencia de las pantallas en los jóvenes y algo de eso hay, porque ofrecen un entretenimiento anestésico. Cualquier cosa que lleves en la cabeza desaparece cuando enciendes una pantalla. Pero el problema, como todo el mundo sabe, no son los instrumentos sino su uso. Es necesario mantener las aptitudes cognitivas humanas y complementarlas con internet.

Este año ha publicado también una novela, Islandia, y ya ha sido traducida al francés. ¿Cómo ha sido la respuesta en España?

La mayoría de los lectores la leen interpretándose a sí mismos. Y es que, ¿quién no ha tenido una ruptura amorosa? Se acude a este tipo de libros para ver si en la vida del protagonista está contenida la nuestra. Con Islandia me he convertido en experto en divorcios. Los lectores no me hacen comentarios sobre la historia del libro, me cuentan la suya.

También este año ha protagonizado una polémica. En una columna hablaba de «dos escritores fracasados que venden menos de 300 ejemplares». Y se lió.

Era una ironía, y el problema es que hubo gente que se la tomó en serio. Yo he sido un escritor de menos de 300 ejemplares. Vivimos un momento en el que la ironía está castigada, las redes la han matado, y hay mucha gente con tendencia a ofenderse.

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