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Diari Segre reseña Zeta

Por Rosa Peroy.

FUENTE: Diari Segre

 

Déu és macarra (Dios es macarra)

Manuel Vilas dice que Zeta suena a los Sex Pistols y que su obra posterior suena a Leonard Cohen. La comparación es tan buena que casi podríamos ahorrarnos la reseña. Pero no lo haremos, porque Zeta merece algo de ruido. Aquel Vilas era, en sus palabras, “absolutamente irreverente”: punk, iconoclasta y con ganas de hacer saltar por los aires las buenas maneras literarias.

Páginas de Espuma recupera ahora el Zeta publicado en 2002 e incorpora, corregida y rebautizada como Gentes de Zeta, la continuación que en 2004 apareció con el título de Magia. Vilas prefiere hablar de recuperación y no de reedición, y se entiende: este libro parecía haber caído por una cloaca editorial.

En los relatos de Vilas Zaragoza es Zeta, pero también podría ser cualquier ciudad española a la que alguien hubiera decidido castigar con bloques de pisos horrorosos, polígonos, hospitales deprimentes y ventanas que dan a una farola. Vilas ya había descubierto algo terrible: la fealdad no es inocente. Si obligas a alguien a vivir rodeado de cosas feas, algo se le acaba estropeando también por dentro. De ahí su reivindicación, sorprendentemente política, de la belleza como un derecho.

Pero bajo toda esta chatarra urbana existe una tristeza considerable. Zeta es, sobre todo, un libro de gente sola. Gente tan sola que habla con la nevera, con los objetos o con los muertos. Vilas escribía sobre la soledad no querida antes de que le pusiéramos esa etiqueta tan ordenada y administrativa. Él mismo admite que es uno de sus temas obsesivos: porque la soledad, dice, «no tiene remedio».

Entre los fallecidos hay uno que importa especialmente: el padre. Vilas insiste en que Zeta no es el embrión de los libros que vendrían después, pero cuando aparece ese padre ausente, fantasmal, que ya no volverá aunque suene el teléfono, reconoce que allí se estaba formando el escritor de Ordesa. Y sabemos qué ocurrió más tarde: Ordesa llegó en el 2018, se tradujo a más de veinte lenguas y obtuvo el Premio Femina; Alegría fue finalista del Planeta y Nosotros ganó el Nadal en el 2023.

Mientras, por Zeta circulan vampiros, perros que hablan, electrodomésticos con vida interior, trabajadores, perdedores, pobres y desesperados. Entre todos está Golo, el perro que habla, porque en Zeta los perdedores tienen algo que los ganadores no pueden comprar ni con un Audi: seducción. Y un Dios que tampoco parece haber venido a consolar a nadie. Vilas lo define magníficamente: «un Dios macarra». Un Dios violento, blasfemo, nada bondadoso y, por si fuera poco, con sentido del humor.

Zeta es sucio, excesivo, corrosivo, grotesco, tierno cuando menos te lo esperas y divertidísimo cuando probablemente no tocaría reír. No quiere caer bien. Quiere coger al lector por la solapa y sacudirlo un rato. Y esto, más de veinte años después, sigue siendo una magnífica noticia.

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Perdone si esta reseña ha quedado un poco macarra. Yo había empezado siendo una persona lo suficientemente correcta. Pero he leído a Zeta y me he convertido. Los Sex Pistols hacen estas cosas.

 

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