«La literatura ha olvidado que ha sido un ejercicio de rebelión»
Volver a un libro escrito hace 26 años es también regresar al hombre que lo creó. Manuel Vilas lo hace ahora con Zeta (Páginas de Espuma), una obra nacida cuando todavía era un autor desconocido y podía permitirse escribir sin lectores, sin expectativas y sin más brújula que la rebeldía.
El resultado fue una literatura desbordada, irreverente y punk, capaz de convertir Zaragoza en una ciudad de fantasmas, monstruos y repleta de fealdad. Aquel joven que quería destruir la perspectiva convencional sobre el mundo se encuentra hoy con un autor que ha recorrido décadas de literatura, éxito, memoria y vida. Y, lejos de renegar de él, lo contempla con humor y cierta admiración. Porque el aragonés sigue defendiendo que escribir consiste, sobre todo, en mirar de otra manera.
‘Zeta’ nació en un momento en el que aún no existía el Manuel Vilas que hoy reconocemos. ¿Qué cree que tenía aquel escritor que su yo actual ha perdido por el camino?
Cuando escribí Zeta hace 26 años era un escritor joven, con ánimo rebelde, con mucha pasión y también con la libertad que te da, en este caso, no tener lectores, porque yo entonces no los tenía. Era un novato, un autor desconocido, y por tanto no había tenido ningún éxito de ninguna clase, y eso significó que podía escribir con la libertad absoluta y sin ser necesario mantener ningún convencionalismo.
De ahí surgió este libro tan disruptivo, tan salvaje, tan blasfematorio y tan irreverente. Porque yo pensaba que la literatura era un ejercicio de rebelión. Luego, evidentemente, me fui transformando en otro tipo de escritor, y también mi literatura es hija de mi evolución.
Al releer estos relatos, ¿hubo alguna página que le incomodara especialmente porque revelara una parte suya que preferiría no volver a mirar?
No, porque cuando lo volví a leer después de tantos años me reía muchísimo. Me moría de risa. Yo no me acordaba de quién había sido hace 25 años, pero esa risa fue el pasaporte para la revisión de la obra, ya que significa que el libro sigue siendo válido. La literatura tiene que impactar emocionalmente en el lector de alguna manera, o bien en la sonrisa, o bien en el llanto, o bien en la emoción profunda del dolor. Tiene que provocar algo.
En la obra aparecen objetos cotidianos, situaciones absurdas y personajes llevados al límite. ¿Hasta qué punto cree que la literatura puede encontrar lo extraordinario precisamente en aquello que tenemos delante todos los días?
Yo creo que la literatura ha olvidado el ejercicio actual de escribir con su comercialización y la industria del libro. Ha olvidado que históricamente ha sido un ejercicio de rebelión, de subversión, de buscar miradas alternativas sobre la realidad. No perspectivas que afirmen lo que ya todos vemos, sino aquellas que destruyan los pactos sociales que hemos creado sobre el mundo. Pero esto creo que se está perdiendo mucho o se ha perdido del todo.
En Zeta, los convencionalismos que tenemos a la hora de ver la realidad están rotos. Lo que todo el mundo da por aceptable en este libro no es así. Todo está en ebullición y todo se está transformando o deformando. Entonces, en esta obra hasta un electrodoméstico, que digamos que sería lo más convencional que pueda haber en este mundo, puede hablar, como las neveras.
En esta obra, ¿es la imaginación una forma de escapar de la realidad o una manera más radical de enfrentarse a ella?
Al ser muy lector, yo siempre he visto que la literatura tenía esa vocación de sugerir otro plano. Por eso yo quería modernizar también la imagen de Zaragoza, ya que las ciudades españolas habían sido siempre vistas desde el realismo o desde el costumbrismo. No había una Gotham City. Entonces opté por triturar una ciudad del país en el termomix del pop y de las vanguardias. Me pareció necesario hacer un ejercicio de distorsión, de ruido, de literatura punk y darle a Zaragoza esa modernidad que ni el realismo ni el costumbrismo tienen posibilidad de hacerlo.
Yo quería fantasmas, seres desquiciados, periferias absurdas, polígonos y bares de las afueras donde ocurren cosas, donde la cotidianidad se convierte en algo amenazante y diabólico.
Lo que aparece en Zeta es gente viviendo en pisos horrorosos, y esas paredes, suelos, electrodomésticos o techos se van convirtiendo en entidades diabólicas que van devorando el alma de los personajes y los convierten en monstruos, ya que la fealdad en la que viven se ha encarnado y ha terminado poseyéndoles.
¿Qué le ha enseñado también el paso del tiempo sobre algo que está muy presente en sus relatos: la necesidad de convertir una vida aparentemente insignificante en materia literaria?
Creo que no hay vidas insignificantes para la literatura. Ella es capaz de hacer de la aparente insignificancia un mundo maravilloso. Para la combustión social sí que hay cosas insignificantes, pero para la literatura no. De hecho, es un ejercicio de mirar en los detalles. La gran capacidad que tienen los escritores no es ni la inteligencia o su gran formación, sino su habilidad de fijarse en lo particular. Desde ahí es de donde se escribe la literatura, de ser meticuloso. Una gracia de esta vida, sí.
¿Cree que un escritor necesita pasar por una etapa de exceso, incluso de desmesura, antes de encontrar una voz propia?
Ese fue mi caso, sí. Considero que hay una cosa en la literatura que es muy interesante, que es que la casuística es enorme. Hay 50.000 tipos de escritores. Yo creo que prácticamente cada uno tiene su propia manera de ser escribir y no se parece a otra. Pero también hay algunos de ellos que triunfan muy jóvenes, otros que alcanzan el éxito tarde, hay autores que no triunfan en vida y otros que lo hacen después de muertos.
Yo creo que en mi juventud era un escritor muy rebelde y muy iconoclasta, pero pienso que nos han domesticado la mirada. Lo interesante y lo maravilloso que hace la literatura es que destruye, anula, te dice que la mirada impuesta socialmente está muy bien, pero cuidado, que a lo mejor se puede ver la vida de otra manera. Y entonces te ofrece esa otra perspectiva. Y claro, cuando tú ves todo de otra forma junto a lo que hay en los libros, tu vida crece.
¿Le interesa todavía esa frontera entre lo cotidiano y lo extraño o siente que su forma de escribir actual busca precisamente lo contrario: reconocer lo misterioso dentro de lo rutinario?
En Zeta te encuentras con un libro que te dice, vale, los electrodomésticos o los coches son cosas naturales de la vida social, pero vamos a mirarlos otra vez. No son tan normales. Entonces, en esa observación alternativa, tu imaginación y tu conocimiento van creciendo y ensanchas tu vida. Y eso es lo que a mí me fascina de la literatura.
Es lo que pasa, por ejemplo, en Kafka y en otros grandes escritores como Cervantes. Todo el mundo llama molinos de viento a los molinos de viento, pero de repente llega un señor y dice que no, que son gigantes. Esa gran discusión sobre qué es lo real está en la literatura. Y yo lo único que he hecho aquí es modernizar eso. Hay páginas y momentos en los que los autobuses urbanos aparecen como grandes bestias del infierno, siempre acompañados con mucho sentido del humor.
Después de haber escrito durante décadas sobre la vida, el amor, la memoria y la muerte, ¿qué puede descubrir aún un escritor cuando vuelve a leer al hombre que fue?
Hay un momento en tu vida en el que descubres una cosa terrible: que ya tienes más pasado que futuro. Luego ese pensamiento te lo quitas de la cabeza, porque si no, no harías nada. Entonces te alegra ver que de joven fuiste revolucionario y hacías una literatura extrema. Ves al escritor que fuiste y de alguna manera le aplaudes, lo entiendes. ¿Por qué necesitamos la literatura, el cine, el arte, la música? Para retrotraerlos, pero es algo que se está perdiendo.
El informe PISA tan negativo que salió hace unos días tiene que ver con la falta de curiosidad. ¿Por qué los chavales no leen? Porque no sienten curiosidad sobre qué es la humanidad. Cuando esa pregunta bulle en tu cabeza, estás en posición de convertirte en un ser humano de verdad. La ignorancia viene cuando uno no se hace preguntas de carácter humanístico, filosófico o existencial. Pero el mundo en el que vivimos te dice que esas cuestiones son absurdas y que el que se las hace es un imbécil.
Precisamente, ligado a esto último, ¿qué opina de la sociedad actual en la que vivimos, dominada por la inmediatez, las redes sociales, la falta de empatía y la polarización?
Internet bien usado es una maravilla, el problema es que no lo utilizamos como fuente de sabiduría, sino como de malversación del conocimiento. Hacemos un uso diabólico de las redes sociales, donde está venciendo el odio y la polarización y donde la gente no entiende la ironía. También hay un problema grandioso que es la ignorancia, dado que ahora esta no suscita escándalo, sino que es divertida y cool. Y la gente, en vez de tener cultura, ha decidido tener una especie de pensamiento buenista o de ideologías blandas.
El mundo está controlado por ególatras. El siglo XXI ha cambiado de orientación filosófica en la vida política: el marxismo ha desaparecido y lo que tenemos ahora es puro psicoanálisis, con lo que la victoria es de Sigmund Freud. Y el mundo de hoy se explica así. No hay más que mirar a Trump y Putin, grandes narcisistas que están dominados por pulsiones.
Que sean estas figuras las que manejan los hilos, la verdad que manda narices. Estamos muy desquiciados porque no tenemos una política racional.








