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El Periódico Mediterráneo entrevista a Miguel Garrido de Vega

Por Eric Gras.

FUENTE: El Periódico Mediterráneo

Miguel Garrido de Vega: «Ser escritor es centrarse en una sola cosa: escribir el mejor libro posible»

El autor dialogará el 3 de octubre en Benicàssim con la dramaturga Paz Palau sobre su proceso creativo y la importancia de la precisión narrativa en su primer libro de relatos, ‘La noche líquida’

El agua puede cobijar, transformar, arrastrar y también ocultar aquello que no queremos ver. Sobre esa ambivalencia construye Miguel Garrido de Vega (O Barco de Valdeorras, 1989) buena parte del universo de La noche líquida (Páginas de Espuma), su primer libro de relatos, una colección de historias en las que la memoria se confunde con los hechos y lo inquietante se abre paso por las grietas de una realidad aparentemente cotidiana. El miedo no siempre necesita monstruos: puede esconderse en una pareja, una familia, un trabajo, un recuerdo o, sencillamente, en aquello que permanece bajo la superficie.

Este sábado, 3 de octubre, llega a Benicàssim para presentar La noche líquida a las 11.00 horas en el Espai Cultural de la Mar Vil·la Ana, donde mantendrá una charla con la dramaturga Paz Palau. Antes de su encuentro con los lectores benicenses, conversa con Mediterráneo sobre los siete años de escritura y reescritura que hay detrás del libro, la presencia constante del agua en sus relatos, los límites entre realidad e insólito y todo aquello que un escritor decide contar —o callar— para dejar que sea el lector quien complete la historia.

—La noche líquida reúne relatos escritos y reescritos durante más de siete años. Cuando un libro se trabaja durante tanto tiempo, ¿cómo sabe un escritor que un cuento está terminado y que seguir tocándolo ya no lo mejora?

Es un pacto con uno mismo, porque todo texto es mejorable. Llega un momento en el que te sabes de memoria tus propias frases, y eso es una trampa. Hay que estar dispuesto a cargar con ellas hasta la cima del volcán y arrojarlas al fuego sin miramientos. Pero, como dices, ¿puede esa disposición ser perpetua? En mi caso, cuando acabo una primera versión, suelo dejar que el relato respire (unas semanas, unos meses…) antes de reabrirlo con mirada crítica. El resto, ya digo, es cerrar los ojos, tomar aire y decidir dónde nos plantamos.

—El agua aparece de una forma u otra a lo largo de todo el libro: el mar, la lluvia, los ríos, los embalses… ¿En qué momento te diste cuenta de que podía ser el elemento que uniera historias tan distintas y qué representa para ti?

Fue en conversación con mi editor. Me di cuenta de que los relatos, que yo había concebido en torno a ejes temáticos como la violencia, la ruptura de lo que entendemos por realidad o la incidencia del trauma, compartían este elemento. Estaba ahí como una corriente subterránea. Quizá por mis orígenes gallegos. O porque me gusta la ambivalencia del agua. Vinimos arrastrándonos de los océanos, estamos compuestos de ella, la necesitamos. A la vez, esos mismos océanos son la única frontera terrestre que no hemos dominado. Y siguen siendo fuente de fascinación, desconocimiento y terror. El agua está llena de significados que conectan bien con una identidad que se disuelve a la manera de Bauman, sin que eso sea necesariamente negativo. Nos reblandece y nos sacia, nos refresca y nos congela, ahoga nuestros gritos y se bebe nuestras lágrimas. Nos transforma en otra cosa…

«La escritura acaso sea un intento, no sé si de atrapar el aire o de cambiarlo»

—En tus relatos el miedo muchas veces no procede de algo sobrenatural, sino de la pareja, la familia, el trabajo, la memoria o aquello que preferimos no mirar. ¿Te inquieta más lo extraordinario o lo que puede esconderse debajo de una vida aparentemente normal?

Me atraen las grietas en nuestra percepción de lo normal. Cómo nos permiten asomarnos a un concepto de realidad más vasto, menos inclinado al juicio y más a la experimentación. Lo sobrenatural (o lo insólito, más bien) funciona como una cuña que podemos introducir en esa grieta y darle un martillazo. Y, como mis personajes no son héroes, villanos ni superhéroes (sino madres, hijos, parejas, amigos, hermanos, seres perdidos y vulnerables), son propensos a las mismas grietas que nosotros.

—En La noche líquida hay muchas cosas que el lector tiene que completar porque decides no explicarlas del todo. ¿Hasta dónde puede callar un escritor sin perder al lector?

Estamos lejos de poder explicar la experiencia humana, más allá de unos balbuceos. Si pienso en lo que a mí me gusta leer, la sensación que busco al terminar un libro, tiendo a propuestas que me asombren, que me revuelvan o me sobrecojan por su originalidad o su valentía, por su belleza formal, pero suelo alejarme de las interpretaciones únicas. Hay que confiar en quien lee, dejar espacio para el encuentro. Aunque tengamos edades, procedencias y formaciones culturales similares, nunca será igual tu lectura de un libro que la mía, y eso, ese hallazgo, es algo que solo consigue la literatura (ni siquiera el audiovisual, más invasivo). Por esa razón siempre será mejor que el más personalizado de los algoritmos.

—También has cultivado el haiku, una escritura en la que prácticamente no sobra ninguna palabra. ¿Qué te ha enseñado esa disciplina a la hora de escribir narrativa y qué es lo único que nunca se puede recortar de un buen cuento?

Comparten esa necesidad de que no sobre ni una palabra. Los dos se benefician de la escena y las imágenes concretas, de lo tangible. Y, aunque en ambos hay transformación, diría (y es un poco aventurarme) que solo el relato exige conflicto de forma irrenunciable. El haiku, al menos lo que ha llegado a Occidente, es más una forma de mirar cuanto nos rodea: aceptar, lamentar o celebrar lo efímero de la vida. No «disputarla». Puedes fijarte en la flor del cerezo, sí. Pero también, como Santoka, en tu cuenco vacío de comida, el frío de tus huesos o la propia maravilla de seguir respirando. Lo que sí es cierto es que esos conductos con el relato son más anchos de lo que parece. El haiku es un recordatorio constante de que menos es más.

—Galicia, y especialmente los paisajes de Valdeorras y de la costa, están muy presentes en tu imaginario. Cuando escribes sobre esos lugares, ¿buscas recuperar el territorio que recuerdas o transformarlo hasta convertirlo en otra cosa?

No creo que haya recuperación posible, porque la memoria todo lo difumina. La escritura acaso sea un intento, no sé si de atrapar el aire o de cambiarlo. Pero somos seres atados a la tierra. Y para mí, tanto Valdeorras (donde nací y crecí, donde murió mi madre), como la Mariña Lucense a la que tan unido me siento (allí he pasado todos mis veranos; en Lugo fusilaron a mi bisabuelo y nació también mi abuelo), están llenos de significado. Son un material tremendo para escribir.

—Si no me equivoco, eres abogado y escritor, dos profesiones en las que cada palabra importa, aunque de maneras muy distintas. ¿La precisión que exige el Derecho te ayuda a escribir o para hacer literatura tienes que aprender también a escapar de ella?

Hace ya bastantes años, cuando comencé a asistir a talleres y conté a qué me dedicaba, me dijeron que debía liberarme de (o aprender a quitarme) las «gafas de abogado». En ese sentido, la práctica del Derecho te cae como una losa: la terminología jurídica aspira a la utilidad, a lo unívoco, y está sometida a una estructura muy jerárquica. La literatura es otro mundo. Posee una naturaleza lúdica irrenunciable, un potencial para la evocación que no admite ataduras. Lo que sí comparten, y eso lo he ido viendo con el tiempo, es la precisión: que cada palabra esté donde debe tiene una importancia extrema. Igual que escoger cuánto callas.

—Antes de publicar La noche líquida fuiste uno de los cinco finalistas del Premio Nadal con Subdural. ¿Un reconocimiento así da seguridad a un escritor o introduce una presión que antes no existía?

Sucedió en una época complicada para mí. Me había llevado varios palos muy seguidos, también en lo literario. Así que mentiría si dijera que no ha supuesto un antes y un después. Hacia fuera, sí, con familia, amigos, nuevas oportunidades creativas y hasta profesionales (sin ir más lejos, te ves respondiendo preguntas como esta, que hace dos años me hubiera resultado surrealista). Sobre todo, cae como un relámpago en tus pequeñas (o grandes) inseguridades. Y las revienta, no siempre para bien. Supongo que por ahí viene la presión. Pero lo que voy sacando en claro, enseñanza de mi maestro Juan Jacinto Muñoz-Rengel, es que ser escritor es centrarse en una sola cosa: escribir el mejor libro posible. Todo lo demás son fantasmagorías.

«Del cuento amo su contención, que todo en él está supeditado al hecho mismo de narrar»

—Has escrito novela, pero has dedicado muchos años al relato. ¿Qué puede contar un cuento que, precisamente por ser breve, resultaría más difícil contar en una novela?

Del cuento amo su contención, que todo en él está supeditado al hecho mismo de narrar. Como si fuera algo sagrado, un hechizo. No hay espacio para la dispersión de tramas, ni para que los autores nos regalemos, el pacto de lectura es inmediato. Los oulipianos creen en el obstáculo autoimpuesto, y yo los aplaudo; la mesura es una virtud. Además, el relato cuenta con todos los ingredientes para triunfar: es breve, autoconclusivo, te absorbe desde el principio (¿es posible escribir un mejor comienzo que el de «Visor», de Carver?). Así que guardo un recuerdo más nítido de muchos relatos que de la mayoría de las novelas que he leído. Y también me pregunto cuántas de las novelas que se publican no hubieran sido, en realidad, mejores relatos…

—La noche líquida llega ahora a Benicàssim después de varios meses encontrándose con lectores. ¿Qué te han descubierto ellos sobre el libro que no sabías cuando lo terminaste?

Que la auténtica historia de un libro comienza después. Puedes pasarte años armando un conjunto de relatos con mejor o peor criterio y estilo, pensando que tal escena simboliza esto y tal personaje debe comportarse así por cual razón, pero no es hasta que tienes que defenderlo en alto que eres consciente de la verdadera dimensión de las palabras que escogiste. A veces hay preguntas que jamás se te habrían ocurrido. O interpretaciones más verosímiles que las propias. Hasta mi propia visión cambia con el tiempo…

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