Por Antón Castro.
FUENTE: Letras Libres
Manuel Vilas: “La literatura es el gran idioma común que borra todas las fronteras”
El escritor, finalista del Premio Planeta y ganador del Premio Nadal, traducido a numerosas lenguas, recupera dos libros en el volumen Zeta (Páginas de Espuma).
Si algo distingue a Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es la pasión por la literatura: la necesidad de contarse y de contar el mundo que le rodea con intuición, compromiso, coraje y lirismo. Lo hace libro a libro, y no solo desde el éxito de Ordesa (Alfaguara, 2018), esa narración en busca de sí mismo, de su memoria y de los padres. En febrero publicaba Islandia (Destino), el relato desgarrado de un divorcio al desnudo. A principios del siglo XXI, el ganador del premio Nadal con Nosotros (Destino, 2021) publicaba, con el llorado Sergio Gaspar en DVD Zeta (2002) y Magia (2024), dos libros que reedita ahora, en un solo volumen, bajo el título Zeta (Páginas de Espuma).
El editor Juan Casamayor ha dicho en público y en privado, por carta, que no le gusta reeditar libros. ¿Cómo logró que le reeditase Zeta y Magia, ahora Gentes de Zeta, en un solo volumen?
Páginas de Espuma sí ha reditado cuentos y libros, como en los casos de Andrés Neuman, Samanta Schweblin, Carlos Castán, Eloy Tizón o José María Merino, entre otros.
Tiene razón. El catálogo desmiente el encabezado de mi pregunta. Sigamos…
Ja, ja, ja. Zeta estaba perdido y descatalogado hace un montón de años. Yo no intervine en esa contratación. Juan y mi agencia literaria (la agencia Carmen Balcells) lo hablaron. Me llamó mi agente, Maribel Luque, y me comentó la propuesta. Y me encantó. Además, yo nunca me entero de nada. No sé ni en qué día vivo. Maribel me dice lo que tengo que hacer, porque desde que me abandonó mi adorada Ana Merino no doy pie con bola. Así que Maribel manda. Luego Juan intervino activamente en el libro, y la idea de fusionar dos libros en uno fue suya. Juan y yo somos amigos desde hace cuarenta años. Trabajar con él es como trabajar con los ángeles del cielo. La crítica literaria Preslava Boneva me ayudó mucho con las correcciones.
¿Cómo era aquel Manuel Vilas de principios del siglo XXI? Arranca con Lou Reed, 17 años y un canuto de marihuana…
Era un tipo hambriento. Hambriento de literatura, de vida, de reconocimiento, de intensidad. Un chico de provincias que descubrió a Lou Reed y sintió que la música y la poesía eran la misma cosa: un hachazo en la cabeza para despertarte de la anestesia cotidiana. Aquel Vilas de principios del siglo XXI era un temerario, un hombre desvelado que salía a la noche zaragozana con su coche y quería comprender esa ciudad. Tenía diecisiete años en la memoria y un canuto entre los dedos, tratando de descifrar qué demonios hacía en el planeta Tierra. Tenía miedo, claro, como todos los jóvenes, pero lo disimulaba con una arrogancia eléctrica y desmedida que terminó convertida en literatura.
¿Diría que el escritor que era o fue, que pasó de la poesía a la prosa, era un poco hijo de la transgresión, del desparpajo, de la iconoclastia y del realismo sucio?
Todo me influía. No sabía escribir de otra manera porque me daba un aburrimiento mortal la literatura académica, correcta, pulcra, que olía a naftalina y a despacho oficial. Yo quería el barro, la carne, las latas de cerveza, los coches de segunda mano, la angustia de los hipermercados. Pero a mí el realismo sucio nunca me convenció. Yo creo que Zeta es hiperrealista. Transgredir no era una pose ideológica; era una necesidad respiratoria. Si no rompías el espejo de la realidad, solo veías tu propio rostro aburrido. Había que romperlo para ver qué había detrás: la locura, el abismo, la piedad y la ternura.
Aquel escritor que avanzaba hacia los 40 años, que escribía sin pensar en el lector, tal como ha confesado, ¿era vampiro o ángel? De ello habla en el libro.
Era las dos cosas, porque la literatura te exige esa dualidad. Era un vampiro porque chupaba la sangre del entorno, devoraba la vida de los demás, sus miserias, las conversaciones de bar, el dolor ajeno y el propio para alimentar la página en blanco. Un escritor a esa edad es una criatura voraz y egoísta. Pero también había un ángel, un ángel caído y despeinado, que buscaba desesperadamente la salvación a través de las palabras, que quería bendecir el mundo a pesar de todas sus grietas. Escribir sin pensar en el lector era la única forma de pureza que me quedaba: la soledad absoluta ante la belleza y el espanto.
Dice también, por aquello del contexto, que Zeta, es decir Zaragoza, era “extraordinariamente perversa y rara”. ¿Por qué o en qué?
La Zaragoza de los ochenta y de los noventa era un escenario fascinante. Era una ciudad atravesada por un cierzo glacial, llena de solares vacíos, de bares oscuros donde la gente filosofaba hasta el amanecer, de una melancolía monumental. Tenía una perversión elegante, un underground feroz y sin pretensiones. Era “rara” porque no buscaba complacer a nadie. No era Madrid ni Barcelona; no había mercado literario, solo pura vida en estado bruto. Había una intensidad clandestina en sus calles, una fauna de seres extrañísimos que caminaban por el Tubo como si pisaran la Quinta Avenida o la Luna. Y yo me enamoré locamente de esa rareza.
Fue, con el escritor y bibliotecario Javier Delgado y la profesora María Ángeles Naval, entre otros, uno de los promotores del ciclo Poesía en el campus. ¿Qué le daban aquellos recitales, aquellos ciclos, qué rastro le han dejado algunos poetas como Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda, José Agustín Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Paco Brines, Clara Janés, etc.?
Aquello fue una escuela de vida y de humildad. Ver llegar a Zaragoza a dioses vivientes de la poesía española era una epifanía. Ver a Claudio Rodríguez tomarse unos cuantos vinos o a Angel González beberse un whisky tenía su peso legendario; escuchar la ironía brillante de Vázquez Montalbán o la delicadeza casi mística de Brines y Clara Janés… Aquellos hombres y mujeres nos dejaron el rastro de su dignidad, de su amor infinito por la lengua. Nos enseñaron que la poesía era el único idioma capaz de plantar cara a la muerte. Me acuerdo especialmente de Paco Brines y de Juan Luis Panero, porque con ellos hablé largo y tendido; los dos me dijeron cosas valiosísimas. Fueron generosos conmigo. He ido contando por ahí las cosas que me dijeron sobre los misterios de escribir poesía. Fue genial escuchar a Juan Luis, sobre todo cuando se metía con Pere Gimferrer. Tenía mucha gracia. Recuerdo que Gimferrer había publicado un libro titulado Tornado, que a mí me había encantado y cometí el error de decírselo a Juan Luis, que se enfadó un poco conmigo y me soltó esta perla: “Ese libro no es un tornado; es, como mucho, un ventilador”. Yo era muy joven, y me asustaba con estas cosas. Recuerdo que Paco Brines, a quien conocí en 1990, estaba obsesionado con la poesía de Jaime Gil de Biedma, que acababa de morir. Admiraba a Gil de Biedma de una forma apasionada. Brines estaba convencido que el poeta más grande de la generación del 50 era Gil de Biedma, y tenía razón; es el que quedará.
Sorprende, o quizá no, una cosa: descubre a Franz Kafka, que vive en Teruel. Nada menos. Y le pregunta por el alquiler de su vivienda. ¿Era ya un visionario de los problemas sociales?
Lo social siempre ha estado en mi literatura porque el dinero, el alquiler, la hipoteca y las facturas del supermercado son los auténticos dramas de la condición humana. No hay nada más trágico ni más cómico que Kafka intentando llegar a fin de mes en una provincia española. Una de las cosas que me decidió a reeditar este libro fue la vigencia de sus temas: la vivienda, la soledad, el trabajo, hasta el cambio climático están presentes.
Escribe: “El ser humano es una bestia prehistórica”. Más allá de sus frases felices, que tiene en abundancia y suelta con una seguridad apabullante, creo que nos debe una glosa de esta idea… ¿Qué quería decir, qué observaba con decepción de la condición humana?
Nos hemos puesto estupendos con la ciencia y la tecnología, tenemos teléfonos inteligentes, mandamos naves a Marte, pero en cuanto se apaga la luz volvemos a la caverna. El ser humano sigue movido por los mismos impulsos primarios de hace cincuenta mil años: el miedo a la intemperie, la necesidad del abrigo, la posesión, la violencia, la búsqueda de amor para no morir de frío. Observaba con decepción cómo toda nuestra civilización, nuestra supuesta sofisticación, se derrumba en cuanto aparece el egoísmo o el pánico. Seguimos siendo criaturas asustadas alrededor de una fogata. Lo trágico es que pretendemos olvidar nuestra condición de bestias; la literatura está ahí para recordarnos el pelaje y las garras bajo el traje a medida.
Hay un texto que llama mucho la atención: “Vida de Truman Capote”. ¿Está seguro de que ahí está Capote, en este texto, tan fragmentado?
Está el fantasma de Capote, que es mucho más real que el Capote biográfico. Truman Capote fue un genio que se autodestruyó por amor a la alta sociedad y por la devoción absoluta a la literatura. En ese texto fragmentado no hay una cronología de datos, sino la esencia de su tragedia: el brillo, el alcohol, la chismografía convertida en arte, la soledad posterior en las fiestas de los ricos. Capote está ahí en la fragmentación porque la vida moderna nos rompe en pedazos. Él representaba la prosa como provocación y el periodismo como confesión dolorosa. Para mí, Capote es una actitud ante la belleza y el abismo.
¿Cómo se convirtió Zeta en Cetísima y cómo diría que eran sus gentes?
Zeta se convirtió en Cetísima cuando la mitifiqué, cuando dejé de verla como una ciudad geográfica y la transformé en una patria literaria, un imperio de la imaginación. Las gentes de Cetísima eran seres desesperados: poetas inéditos, camareros filósofos, noctámbulos melancólicos, mujeres maravillosas y trágicas, paseantes solitarios… Era un ecosistema de seres que sobrevivían a la vulgaridad del mundo a base de sentido del humor, alcohol y una búsqueda desesperada de la belleza. Eran, en definitiva, supervivientes de la existencia.
Hay en estos retratos, apuntes, cuentos y microcuentos, aforismos a veces, juegos experimentales, una idea de la monstruosidad. ¿Qué le incomodaba entonces? Ahora, y lo señala en el prólogo, “amo hasta a mis enemigos”.
En aquel momento me incomodaba todo: la mediocridad, la convención burguesa, la falta de pasión, el paso del tiempo. No sabía cómo gestionar mi vocación de escritor. Veía la monstruosidad en la rutina, en las caras grises de la gente en el autobús, en la impotencia, en la obediencia. Era una literatura nacida del conflicto. Ahora, con los años y con todo el dolor y la alegría acumulados, he llegado a una especie de piedad franciscana. Cuando dices “Amo hasta a mis enemigos”, no es bondad de catecismo; es que entiendes que tus enemigos sufren exactamente igual que tú, que están igual de perdidos. La madurez me ha traído una inmensa compasión por todo lo que vive.
Adopta muchas voces… ¿Ya se estaba ahí fraguando una escritura en la libertad, donde todo es posible?
Sí, totalmente. Descubrí muy pronto que el ‘yo’ es una cárcel si no lo multiplicas. Para ser libre en la literatura tienes que ser tú mismo, pero también tienes que ser tu perro, tu enemigo, un vaso de agua, una cifra delirante de miligramos de Valium, una voz celestial o una voz del infierno. La desmesura era la única respuesta válida frente al reduccionismo de la realidad. Escribir era crear un territorio donde no había fronteras morales, ni lógicas. La libertad literaria consiste en atreverse a decir lo indecible y a jugar con la realidad hasta que la realidad pida perdón.
¿Cómo ha dado el paso de una literatura muy volcada con el entorno a eso que ahora llamamos autoficción?
Fue una evolución natural, casi inevitable. Me di cuenta de que el mapa más complejo, y más misterioso que tenía a mano no era el mundo exterior, sino mi propia vida, mi propia memoria, mi familia, mis muertos, mis fracasos. La llamada ‘autoficción’ –un término que a veces se queda corto– para mí no es narcisismo; es utilizar la propia existencia como materia prima para hablar de todos los demás. Yo hablo de mi padre o de mi divorcio no para hablar de mí, sino para que el lector piense en su padre y en sus propias heridas. El salto ocurrió cuando entendí que en el fondo de uno mismo está el universo entero.
Se ha convertido en uno de los cronistas del divorcio con Islandia (Destino, 2026) por ese tono dolorido y confesional. ¿Esa novela le ha servido de catarsis, le ha permitido encontrar a seres que padecen la misma dolencia y casi forman una comunidad?
Un divorcio es un naufragio de primera magnitud. Es la quiebra de una arquitectura vital que creías eterna. Islandia nació de esa desolación, del frío helado de la separación. Y sí, la literatura tiene esa capacidad curativa insospechada. Cuando escribes desde la herida abierta, de repente miles de personas se reconocen en tu dolor. Me he encontrado con muchísimos lectores que me decían que ese libro había sido su tabla de salvación en medio de su propio naufragio afectivo. Eso es lo más grande a lo que puede aspirar un escritor: crear una fraternidad secreta de los corazones rotos.
¿Cómo se llega a convertir en maná, o cuando menos en algo válido, todo cuanto se le ocurre, incluso el absurdo, lo imposible, la pura fabulación inverosímil, cierta inclinación al desafuero y la desmesura? ¿Para ser escritor, más allá de un cierto o un inmenso talento, la clave es creer en uno mismo?
La clave es una fe fanática, casi desquiciada, en el poder de la palabra. Si tú dudas de lo que estás escribiendo, el lector lo nota al instante y la magia se rompe. Tienes que lanzarte al vacío con la convicción absoluta de que si dices que Kafka vive en Teruel o que te has tomado tres millones de Valiums, eso es una verdad poética incontestable. El escritor debe ser un dictador de la imaginación. Tienes que creer en ti mismo cuando nadie cree en ti, en los años de silencio, cuando el mundo parece ignorar que existes. Sin esa fe febril en la propia voz, no hay literatura posible.
Vive otra vida: parece que esté siempre de vacaciones, que sea el turista ilustrado que no cesa… ¿Qué consejos les da a los desesperados, a los que sienten invisibles, ninguneados, sin lectores, los que pugnan por llegar a la rampa de lanzamiento?
Les diría que no desesperen, pero sobre todo que no escriban para el éxito, porque el éxito es una lotería vulgar y caprichosa. Escribir tiene que ser su propia recompensa. Yo pasé años y años en el desierto más absoluto, en la invisibilidad más completa, publicando en editoriales pequeñas, sin que los suplementos culturales me hicieran el menor caso. Y esa travesía fue maravillosa porque me construyó como escritor. Les diría que trabajen, que lean como animales, que vivan intensamente, que no tengan prisa y que cuiden su vocación como un fuego sagrado. Si la literatura es auténtica, tarde o temprano alguien la escuchará. Y si no, habrán vivido una vida apasionante al servicio de la belleza y de la libertad.
¿Qué ha aprendido de usted mismo a través de las traducciones y el eco que tienen sus libros en distintos lugares y países?
He aprendido que el dolor, el amor, la familia, la soledad y la búsqueda de la felicidad son exactamente iguales en Zaragoza, en Roma, en París, en Nueva York o en Buenos Aires. Es conmovedor ver cómo un lector en Italia o en Estados Unidos se emociona con pasajes que están profundamente enraizados en la España de mi infancia. Me ha enseñado una profunda lección de universalidad y de humildad: todos los seres humanos pertenecemos a la misma patria de la vulnerabilidad. La literatura es el gran idioma común que borra todas las fronteras. Pero lo más importante siempre es mi pueblo. En Barbastro ocurrió todo. Todo es Barbastro. Mi pueblo es principio y fin, alfa y omega de mi paso por este mundo. Todo lo que sé Barbastro me lo dijo.






