Por Julio Hurtado.
FUENTE: La Vanguardia
Clara Obligado: “El Ayuntamiento de Madrid no sabe distinguir una papelera de un árbol”
Mientras el Café Central se preparaba para su cierre definitivo y el traslado de sus míticos conciertos de jazz al Ateneo de Madrid, Clara Obligado (Buenos Aires, 1950), que vive en el barrio de las Letras desde que llegó a España en 1976 y ha visto el proceso de gentrificación que lo ha vaciado de vecinos y llenado de apartamentos turísticos, no podía dejar de criticar al Ayuntamiento de José Luis Martínez-Almeida.
“Ya no hay lugar, mis hijas jugaban ahí de pequeñas”, dice de la aledaña plaza de Santa Ana, antes llena de cipreses que rodeaban la estatua de Calderón de la Barca y daban sombra y hoy un “yermo de cemento dedicado a las terrazas de los bares”.
“Tenemos un gobierno de Madrid que no sabe distinguir una papelera de un árbol”, exclama sobre ese gran vacío que también puede observarse en la Puerta del Sol y que en verano es un desierto abrasador. “Lo de esos toldos parece de chiste, pero es muy difícil hacer nada, porque este Ayuntamiento es insensible, sigue cortando árboles en vez de conservar, que es lo que hay que hacer”, razona ante el último café con leche en el Central.
Estas aceradas críticas políticas vienen al hilo de la conversación sobre Un árbol de compañía (Páginas de Espuma), un libro en el que la escritora argentina y el biólogo Raúl de Tapia (Salamanca, 1971) reflexionan sobre los vínculos entre las ciencias y las letras con los bosques como protagonistas. “Resulta evidente que las plantas no tienen cerebro, pero no me animaría a decir que no pueden pensar”, afirma el científico.
“Me gustó su visión optimista, porque en general el ecologismo tiene una visión un poco apocalíptica a veces”, cuenta Obligado de la relación que sostuvo con De Tapia durante la elaboración de este “ensayito”, en el que la amistad entre ambos se fue abriendo camino hasta adentrarse en cuestiones muy íntimas, como cuando el biólogo relata su infancia en “la finca del amo”.
“La verdad es que ha sido una relación preciosa. Raúl es un tipo que tiene la visión de lo que está pasando, que puede ser un desastre, y a la vez trabaja en la recuperación de un bosque, que es la utopía”, analiza la escritora, que recibía los textos que le enviaba el biólogo y los “expurgaba” para hacerlos más literarios: “Nuestra idea era hacer una mezcla de ciencias y letras, que se imbricaran, porque realmente no sé qué somos el uno sin el otro. Todo es lo mismo. La ciencia sin imaginación no es nada”.
“Nos interesaba mucho habitar los dos contextos para explicar a los demás la importancia de un árbol, porque no solo la ciencia lo explica, o la literatura o la filosofía lo explican. A medida que vas creciendo te vas dando cuenta de que todo confluye: para construir una novela tienes que tener una concepción matemática como para ir a la luna, y para ir a la luna tienes que haber leído a Julio Verne probablemente”, sostiene Obligado.
Y el resultado es un librito que ilumina sobre el proceso mismo de escribir y que va entremezclando nociones de biología con etimologías a modo de injertos en una especie de “travestismo literario” muy sugerente: “Creo que el libro en algún punto es una novelita épica de una persona que sale de una situación muy difícil, muy dura, como la historia de la finca del amo y llega a plantar un bosque. A mí me parece el viaje de un Odiseo que recupera la naturaleza, que no es poca cosa”, dice Obligado.
Y es que “escribir es volverse árbol”, se lee en Un árbol de compañía, un texto entreverado de las sutiles ilustraciones de Raúl de Tapia en el que los bosques se antojan bibliotecas y se aprende del “sexo fluido” de los tejos al mismo tiempo que los árboles se describen como “catedrales vivas” y se plantean reflexiones lingüísticas de alta cultura académica y refranes en los que se cifra la sabiduría popular: “Como decía sor Juana Inés de la Cruz, ‘si Aristóteles hubiera guisado, mucho mejor hubiera pensado’”, ironiza Obligado sobre este proceder “femenino”.
Y al final de la lectura queda un poso de esperanza: “Yo creo que tener un hijo es soñar con el porvenir. Mi nieto se hizo amigo de Raúl cuando fuimos a la finca que tiene en Salamanca. Lo primero que hizo fue ayudarlo a bajar un nido, y ahí el niño se convirtió en otra persona, una persona que mira la naturaleza, que se interesa por plantar árboles que tal vez no llegará a ver”.






