Por María Helena Ripetta.
FUENTE: BAE Negocios
Socorro Venegas, escritora: «Mi madre me protegió con un cerco que también nos generó una distancia»
Socorro Venegas publicó Leche de silencio, un libro que nació como ensayo sobre las lenguas indígenas y terminó siendo una conversación con su madre
En Leche de silencio, la escritora mexicana Socorro Venegas parte de las conversaciones con su madre para reconstruir una historia familiar atravesada por el silencio: la de una niña indígena que dejó su pueblo a los nueve años, descalza y con hambre, y la de una lengua que se escondió para evitar la discriminación y la violencia. Concebido en un principio como un ensayo sobre la situación de las lenguas originarias en México, el libro se volvió un relato literario sobre la memoria, los duelos y lo que una hija descubre de la mujer que cree conocer.
«Es un libro que a veces pienso que no es que yo lo haya escrito, sino que de alguna manera terminó escribiéndome a mí. Me desafió de muchas maneras porque mi idea inicial era hacer un ensayo sobre la situación de las lenguas indígenas en mi país», dice a BAE Negocios Venegas.
– ¿Cómo surgió la idea del libro?
-Mi idea inicial era hacer un ensayo sobre la situación de las lenguas indígenas en mi país, donde todavía se hablan 68, más el español. Estamos hablando de un país multilingüe que funciona como si fuera monolingüe, y con una serie de mecanismos y de narrativas para que esas lenguas, esas realidades y esa enorme riqueza cultural sean suprimidas. Hay todo un discurso político que aparentemente busca revitalizarlas, pero en la realidad lo que vemos es que están desapareciendo. Subsisten gracias a pequeñas subversiones muy personales, a esfuerzos individuales, a comunidades que generan proyectos para mantener viva su lengua y para que los niños no dejen de hablarla, con una conciencia que a mí no me tocó vivir.
Cuando mi madre era niña, en la escuela la castigaban físicamente si hablaba en su lengua. El proyecto de nación era monolingüe: entrar al mundo civilizado, a esa idea de la globalización, no admitía la diferencia ni la diversidad. Ella padeció esos castigos, esa represión, junto con los niños de todo un país. Imagínate esa realidad multiplicada por la cantidad de familias en las que se tuvo que esconder la lengua indígena para no atravesar escenarios de segregación y hasta de violencia.
Además, se ha terminado asociando ser indígena con estar condenado a la pobreza y a la ignorancia. Si quieres reconocerte públicamente como indígena, es delicado, porque parecería que tú mismo te estás marginando, que estás diciendo que eres ignorante y que vas a ser siempre pobre, con menos oportunidades. Ese estigma está muy vivo. Y es la razón por la que, aunque hay un proceso de conciencia en ciertas comunidades, en general los jóvenes quieren alejarse de esos orígenes y estas lenguas han ido desapareciendo. Mientras no veamos este legado cultural como una riqueza, mientras se siga socializando que ser indígena es ser ignorante y que nunca vas a salir de una condición subalterna, seguiremos viendo este lingüicidio del que hablan varios especialistas.
-¿Y qué querías generar?
-Más que un libro, yo quería un espacio de conversación con mi madre, hablar de temas que nunca habíamos tocado. Cuando uno cuenta la historia de su vida y de su familia recurre a la memoria de infancia, y esa memoria se construye pescando lo que escuchas en la vida cotidiana: la familia es como ese ruido de fondo que vas registrando en tu sensibilidad de niña. Necesitaba decirle a mi mamá: «Oye, esto es así como yo lo recuerdo, ¿o fue distinto?». Y muchas cosas fueron distintas, más dolorosas de lo que creía, más reveladoras. De las personas que crees conocer perfectamente, no las conoces. Y tú misma no te reconoces en ciertas reacciones. Fue una revisión de la historia familiar, en particular de la vida de mi madre.
-¿Y cómo fue?
-Cuando empecé a tener cierto pensamiento crítico, me parecía alucinante que esa mujer se hubiera ido a los nueve años de todo lo que conocía. Ya sabía que tenía hambre, que había condiciones tremendas, pero pensaba: ¿qué más? Y ese «qué más» me fue revelando que sí había más. Era un mundo que no protegía a las niñas. Esa vulnerabilidad de ella era algo que yo no terminaba de asimilar. Fui escribiendo otros libros, otras historias, hasta sentir que podía tomar esta y escribirla en clave literaria. No quería que fuera un testimonio, aunque entiendo su valor; usé las técnicas narrativas, lo que conozco, para contar esta historia. Tampoco quería un ensayo, que fue mi primera intención. El libro me fue dando las herramientas, y pasé por siete versiones, que tengo apiladas una tras otra, para encontrar el tono y la mirada. Tenía que mirarla sin decirle «mamá». Estás ante algo que te conmueve tanto, que es tan tuyo y a lo que perteneces de manera entrañable, que si no das dos pasos atrás no puedes verlo realmente.
Me preparé mucho tiempo, no fue una idea que llegó de golpe. Venía escribiendo y preparándome para Leche de silencio, para escuchar ese silencio, ese ruido de fondo de la infancia. Tiene mucho que ver con el sonido, y también hablo de una tía sorda y de su necesidad de comunicar. Es como si yo hubiera recobrado mis sentidos para ver, para escuchar, para volver a hablar.
– Esas 68 lenguas, ¿se hablan de manera extendida o son grupos reducidos, de uso familiar?
-En México se habla español en casi todos los espacios. Yo, que soy editora, suelo decir críticamente: 68 idiomas en este país y publicamos en solo uno. Ya he trabajado en ediciones bilingües. Son comunidades pequeñas y, además, son lenguas que han dejado de transmitirse de padres a hijos. En el libro cuento el ejercicio de un poeta y activista que, en actos públicos, pide que alcen la mano quienes hablan una lengua originaria. Muy poquitos. Luego pregunta quiénes tienen un padre o una madre que la hable. Y luego, quiénes tienen abuelos. Ahí ves cómo, con el paso de las generaciones, la lengua se ha ido perdiendo.
Por eso es difícil pensar cómo distribuyes un libro publicado en otras lenguas, en qué espacios. Y por eso es importante hacerlo: para que la gente que lee solo en español pueda ver al menos otra lengua, o incluir un código QR con un audio para que escuches esa música. Yo imagino las lenguas indígenas de México como una gran jaula con muchos pájaros adentro: de repente la abrimos y escuchamos alguno.
– ¿En qué lengua hablás con tu mamá?
-Hablo en español con ella, porque ella no me enseñó su idioma. Eso fue parte del disparador del libro. Ella buscó matar cualquier interés que yo pudiera tener por hablar su lengua: su tarea era que sus hijos no vivieran la discriminación que ella sí vivió. Si hubiera querido enseñarnos su lengua, nunca habría pensado que nos trasladaba una ventaja, sino todo lo contrario. Trabajó muy bien en ese sentido. Yo no tuve esa curiosidad ni esa necesidad hasta que empezamos a hablar de esta manera para el libro.
En el proceso fue ella quien empezó a hacer algo que nunca antes había hecho: querer enseñarme. Se le escapaba alguna palabra y ya no se apresuraba a traducírmela al español, sino que hacía la pausa que harías tú para que alguien repita una palabra y aprenda. Fue muy emocionante, como un descubrimiento, como reconocerme de otra manera, como si finalmente pudiera pasar ese cerco que ella puso para protegerme. Pero ese cerco también nos generó una distancia. Ahora me siento mucho más cercana y con el permiso de buscar un curso para aprender náhuatl en algún lugar, porque va a ser difícil que ella me lo enseñe.
– ¿Cómo es su mamá hoy?
-Es muy vital. En este libro también busco que la veamos así, es una imagen increíble. Ya pasó por un cáncer, corre, hizo un maratón.
– ¿Era importante para vos que ella leyera el libro antes de publicarlo?
-Era importantísimo. Mi pacto con ella fue que yo no iba a publicar este libro sin que ella lo leyera. Le dije: «Déjame escribir todo. Después vamos a ver si hay algo tuyo, solo tuyo, que te incomode, que no quieras que quede». Para mí era muy importante respetarla en eso. Ya le ha dolido mucho, ha pasado por tanto, y hablamos aquí de duelos: la pérdida de mi hermano la destrozó completamente. No quería sumarle otro. Quería que estuviera de acuerdo y que le gustara. A ella le entusiasmó mucho la idea de escribir este libro conmigo; siento que lo escribimos juntas.
Cuando estuvo listo, le dije que lo leyera, y me respondió: «No, léemelo tú». Le advertí que no íbamos a parar, que esto no se hace un día aquí y otro allá, que lo íbamos a leer todo, porque yo no iba a ser capaz de dosificarlo. Lo hicimos en una tarde. Ella lo escuchó, hubo momentos duros, lloró, y yo tenía que contenerme y seguir leyendo. Ella no me detuvo nunca. Esa experiencia quizá sea para escribirla en otro lugar: sentía en la cabeza de las palabras el momento de la historia, y eso iba acompañado de cómo ella respiraba, de su llanto.
– ¿Te pidió que sacaras algo?
-Nada. Y había cosas que yo, si hubiera sido ella, quizá habría dicho: «eso no».
– ¿Cuáles? ¿O no querés decirlo?
-Cada lector lo va a ver. Me sorprendió. Hay un episodio que no podía esperar a tener el libro terminado para leérselo. Era tan duro lo que ella me contó, algo que yo no sabía, que necesité decirle: «Oye, ya lo escribí, necesito que lo escuches». Todo lo demás lo podía gestionar, pero esto es un episodio de violencia contra ella de niña, y creo que es uno de los motivos centrales por los que se va de su pueblo. En el libro narro esa mirada: me estoy mirando mientras le leo lo que escribí, y la miro a ella escuchando cómo pude contar lo que me contó. No quité nada. Y ella me dijo, de una manera muy valiente: «Debe ser contado, esto debe ser dicho». Cuando una mujer dice eso, en el fondo está diciendo que sea para que no ocurra otra vez, para que no siga sucediendo. Visibilizar estas violencias contra las niñas y los niños es parte de algo que ella también quería.
– ¿Esas violencias siguen existiendo en los pueblos originarios?
-Las violencias que ella vivió no tienen que ver con ser o no ser indígena, sino con los abusos. Y casi siempre son los hombres los que abusan. Los abusos están en todos lados, en todas las clases. Es parte de algo que a todos nos importa, un dolor universal.
Hubo algo que también me incomodaba mucho contar, una escena que dejé casi al final. Yo preferiría, en este y en todos los casos de la vida, no tener nunca el reflector. Pero sentía que, si había ido al fondo con ella, y ella había querido ir al fondo y contar cosas, yo también tenía que hacerlo. Es un episodio que escuché siempre de ella, aunque nunca me lo contó a mí, sino a una amiga, a una tía, como confidencia. Cuando nací, le dijeron que era una niña, porque en esa época todavía no se podía predecir el sexo del bebé. Ella no quiso verme. La enfermera se dio la vuelta conmigo y se encontró con mi padre en el umbral de la puerta de la habitación, en el hospital. Mi papá le preguntó de quién era la bebé; la enfermera le dijo que era su hija, y él se sorprendió: «¿Cómo que no la quiso ver?». Entonces me tomó en sus brazos y obligó a mi mamá a abrir los brazos para recibirme.
Dentro de todas las historias que cuento, que podían tener variaciones, esa nunca tenía una. Y el tono de esa confidencia era de gran sorpresa, porque lo que ella no podía creer es que fuera un hombre el que le abriera un lugar a una niña. Lo que importa ahí no es cómo reaccionó ella al saber que tenía una hija, porque venía de un mundo donde las niñas no valían nada. Con todo el amor con el que hablamos de mi abuela materna, ella era dueña de muchas tierras y les heredó lo mínimo a sus hijas. Y este hombre, que es un camaleón, llega y hace eso. Yo digo en el libro: he tenido tantas razones para odiarte, pero por esta ya no podría.
– Pero tu papá no es de los pueblos originarios.
-No, para nada. Mi mamá hace un movimiento muy interesante. Cuando se va de su pueblo, a los nueve años, una niña descalza y con hambre, toma de la mano a la única mujer que conoce que logra salir del pueblo y trabajar, y que entra y sale libremente. Esa mujer no quería llevársela, pero la niña no la soltó. Me pareció una inteligencia que nace de una enorme necesidad: intuyó que esa mujer la iba a proteger y a encaminar. Y lo hizo. Creo que muchos años después, cuando se va con mi papá a los 17, siendo menor de edad, hizo lo mismo: lo agarró de la mano. Fue ese mismo movimiento.
Hay una carta de la madre de mi padre al padre de mi mamá, en la que se disculpa porque los chicos se fugaron y le avisa que mi papá se quiere casar. Mi mamá la encontró cuando estábamos hablando del libro; nunca la había visto. Alguien se la mostró en su casa, en su pueblo, en la casa de mi abuela. Quedó maravillada y me la trajo para el libro.
– ¿Y esa carta aparece en el libro?
-Sí, y hay algo esencial en ella para todo el tema del libro. Mi mamá deja la escuela muy chica. Aunque estaba inscrita, no siempre iba, porque tenía que cuidar a sus hermanitos, era la única niña. Aprende lo básico y, cuando se va de su pueblo, sabe leer y escribir. Pero la manera en que escribe su nombre es la manera en que lo escribía mi abuela paterna. Creo que viene de allí: cuando quieres a alguien, eres permeable a esa persona. Ella dejó que entraran cosas de mi abuela paterna, a quien quiso mucho.
Cuando mi abuela escribió esta carta, mis padres apenas se conocían. Lo que ella estaba haciendo era proteger a su hijo, que ya era mayor de edad. Mi mamá no lo era. La carta decía, en el fondo: «vengan para que los casemos». Mis abuelos no podían hacer ese viaje, tenían un montón de niños chiquitos. Fue una boda rara: los supuestos padres de mi madre eran familiares de mi abuela, que tuvieron que hacerse pasar por ellos, porque para casar a una menor de edad tienen que estar los padres. No sé hasta qué punto es válida esa boda, pero los casaron. La caligrafía de tu nombre es la escritura de alguien; esta carta, de 1972, parece que la hubiera escrito mi mamá, porque ella escribía así su nombre. Mi abuela murió muy pronto; cuando yo nací, ya no vivía. Mi abuela se llamaba Socorro, y yo también. Es un libro muy redondo para hablar de genealogía. Y pasa lo que suele ocurrir: crees que estás escribiendo de otros y terminas escribiendo de ti, mostrándote. Hablar de las ancestras es hablar de una misma, de dónde vienes. En algún lado digo que escribes un libro así para que alguien a quien amas sepa quién eres y de dónde vienes.
– ¿Por qué Leche de silencio?
-Yo pensaba que cuando mi madre me amamantó, con esa leche que es el alimento primordial, ahí no me dio su lengua. Decía: hay moléculas de su lengua en esa leche, pero es el silencio con lo que ella me amamanta. En el libro le insisto mucho en preguntarle si nunca, al criarnos de chiquitos, cuando no teníamos conciencia, nos habló en su lengua. Y ella dice que nunca. Tenía muy clara la idea de que no podía hablarla. Tenía mucho miedo de lo que podía ocurrir, de cómo la podían ver, de cómo la podían tratar.
En México hay estudios sobre discriminación: una persona de piel oscura tiene, en general, menos oportunidades laborales; solo el color de tu piel ya es un factor. Si además te reconoces con un idioma, si hablas una lengua indígena, le añades una desventaja a otra, y otra, y otra. Ella tenía que ir como pisando carbones encendidos, hasta que en su madurez llega a sentirse más segura y se permite hablar su lengua en el espacio público con su mamá. Y si las miran, porque a quien habla una lengua indígena lo pueden ver como un bicho raro, ella se reía y le decía a mi abuela: «Que nos miren feo, vamos a hablar mal de todos ellos, no saben lo que estamos diciendo, vamos a burlarnos también». Empezó a jugar con eso. Pero también cuenta cómo ahora, cuando vuelve a su pueblo, ya no encuentra gente con quien hablar. Busca a los más viejos, a los ancianos con los que todavía puede conversar. Los jóvenes le entienden, pero no le hablan: le contestan en español.
– ¿Por qué no pueden o no quieren?
-No quieren. Y no es injustificado: está muy asentada la idea de que ser indígena equivale a estar condenado a la pobreza, una especie de minusvalía. Yo misma lo viví. En la secundaria, tendría unos 13 años, la profesora explicaba qué era ser bilingüe y yo, ingenuamente, dije: «Ah, pues mi mamá es bilingüe». Alguien en el salón dijo, con todo el tono peyorativo: «Tu mamá es una india, no es bilingüe». Ser bilingüe es para las lenguas hegemónicas, el inglés, el francés; esto no tiene valor. Los niños se reían y la profesora no dijo nada para corregir. Para mí eso fue entender el silencio y entender por qué ella tenía que resguardarnos. Y ahí no me pudo proteger, no había manera.
– ¿Se lo contaste a tu mamá en ese momento?
-No. Ella fue una gran maestra de lo que había que silenciar, y yo me lo guardé hasta que escribí esto. Creo que las dos ya estábamos en un momento en que podíamos comprender lo que pasó y sentir pena no por nosotras, sino por ese niño de 12, 13 años, creciendo en un país racista y convirtiéndose en una persona racista. Eso es una realidad de hoy, no algo que haya pasado. A veces parece que nos gustaría que los indígenas fueran solamente piezas de museo. Te puedes sentir orgulloso del indígena del museo, del indígena fundador, pero ¿qué haces con los que hoy están vivos, luchando por mantener una lengua, una cultura, una cosmovisión? Eso estorba.
-¿Por qué es tan importante para vos hablar de la lengua?
– Mi idea es que hablar de la lengua es hablar de la madre, y que esta lengua silenciada es un alimento que no recibí. Esa ausencia me parece tan importante como lo que sí recibí, y es lo que quería poner en el libro tratando de ser justa. Eso fue lo más difícil: no quería romantizar ni hacer una apología, pero tampoco victimizar a mi madre. Es lo que más me esforcé por lograr.
– ¿Te reconocés como parte de los pueblos originarios?
-Eso mismo le pregunté a mi madre: «¿Tú sientes que eres indígena?». Y me devolvió la pregunta. Mi linaje materno es indígena. Mi bisabuelo peleó en la revolución zapatista, una revolución de pueblos indígenas, en el estado de Morelos, donde mi madre creció; el pueblo donde ella vive es el más cercano al volcán. Tengo recuerdos de mi bisabuelo contándome cómo fue la revolución, cómo pelearon por tener la tierra. Su lema era «tierra y libertad»; yo digo en el libro que debería haber sido «tierra, libertad y lengua».
Pero no puedo sino preguntármelo: ¿puedo asumirme indígena sin conocer la lengua, sin hablarla? Mi sensación es de impostura. Por eso tenía que escribir esto, atravesar los prejuicios, y también ver cómo en México ha habido políticos que, por cuota, para alcanzar puestos o para trepar, se asumen indígenas solamente para obtener un lugar. Eso me parece muy delicado. Yo nunca viví entre la familia de mi madre; siempre fuimos aves de paso y siempre estuve fuera de ese cerco en el que hablaban. Miraba con mucha envidia y mucha ilusión cómo mi mamá se comunicaba con sus sobrinos en náhuatl, y yo estaba fuera de eso. ¿Cómo sería entrar? Me da mucho pudor asumirme.
Hablé sobre esto con Yásnaya, una lingüista indígena de Oaxaca que aparece en el libro. Le pedí que lo leyera y le dije: «Ya sé que no debo sentirme culpable, que no es mi responsabilidad no haber podido aprender, pero dime otra vez por qué no debo sentir culpa. Necesito que lo digas tú». Es muy paciente, me lo dijo y la tengo grabada, para que lo escuche cuando lo necesite. Me dijo: «No podemos sentir culpa, porque no podemos darles ese gusto a los que golpearon a nuestras ancestras y ahora nos quieren golpear a nosotros». Se impuso la idea de que teníamos que hablar una sola lengua y de que debían borrarse las lenguas originarias. Es como negar el alimento materno. Imagínate lo que pudo ser para mi madre, que tuvo que negar la lengua en la que había sido amamantada, en la que había crecido todo su universo.
Mi madre hablaba español porque el otro personaje de la historia familiar que comprendió primero que exponía a sus hijos al racismo fue mi abuelo materno. A sus hijos solo les hablaba en español; a su mujer, mi abuela, solo en náhuatl. Mi mamá no recuerda que se haya dirigido a ella en náhuatl, excepto una vez, para que mi papá no supiera lo que le decía.
– ¿Qué te gustaría que el lector encuentre en este libro?
-Una oportunidad para preguntarse por el idioma que ha hablado con su madre, con su padre, una mirada sobre de dónde viene. No es necesario que hables una lengua indígena para entrar en este libro. Yo tampoco necesité hablar náhuatl con mi madre para escribirlo: buscamos nuestro idioma, y nuestro idioma es la pertenencia. ¿Qué de ti me pertenece? ¿Qué de mí te pertenece a ti? Todo es memoria. Revisarla juntas, abrazarla, es una reconciliación fundamental. Creo que Leche de silencio es una oportunidad de mirar distinto a los pueblos originarios. Espero que lo lean personas que no leerían el ensayo de un lingüista o de un antropólogo, que pueden parecer temas muy especializados. Lo que quise fue abrirle el corazón a esta mujer, mostrar ese corazón hecho de todas esas palabras entrañables de un universo que se puede extinguir. Entrar en esa historia, en esa manera distinta de nombrar y de ver el mundo, puede ser una riqueza.
– Hay un discurso de odio y vos hablás de una lengua atacada permanentemente. ¿Qué lugar tiene la literatura frente a esos discursos, más aún cuando intenta hablar de algo que está destruido?
-En el libro hablo de un poeta indígena que publicó en Argentina con Eterna Cadencia. Ahí podemos ver cómo mira el otro, algo que puede estar a nuestro lado. Él piensa que los árboles son entidades femeninas, que tienen una maternidad en este mundo. Eso es una riqueza que no estamos apreciando. Hay un discurso de odio que nos rodea de muchas maneras, también hay otra cosa que acá vemos: el mundo está organizado no a favor de las mujeres, sino para servirse de ellas. Esa mirada utilitaria sobre las mujeres también se revela en el libro, pero nunca quise convertirla en discurso. Me parece que la literatura es siempre más efectiva. Si vas comprendiendo a este personaje, lo que hacemos cuando leemos, nuestro pacto, tiene que ver con tratar de comprender y de apropiarnos personalmente de la verdad que está en las páginas. Es una operación intelectual y emocional que me importa mucho y que es indispensable para este tiempo en que difícilmente alguien se coloca en el lugar del otro. No hay empatía, ni siquiera la posibilidad de tratar de meternos en la piel de los demás para comprenderlos. Este libro pide ese ejercicio: comprender a alguien que ha tenido que renunciar a su lengua. Lo que le pedí a los lectores es acompañar a esta persona a adueñarse otra vez de su lengua.
– ¿Lo definirías como un texto de no ficción?
-Es complicado eso de que ahora hay que ponerle un género. A mí me gustaba pensar que es un libro mestizo, como yo. No renuncié a la imaginación; para algunos, ficción e imaginación son equivalentes. Prefiero decir que es un libro mestizo, que puede leerse como una novela y nada más.






