Zeta de Manuel Vilas, el origen del mito (primera parte)

DVD, la versión original. De Zeta y Magia. La versión completa. La colección de DVD capitaneada por el editor Sergio Gaspar se convirtió en un referente de la nueva literatura española en los primeros años del cambio de siglo. Su colección de narrativa y poesía era indicativo de calidad y avance. Las antologías reflejaban los nombres a los que seguir, descubrir… vampiros y calor en Zaragoza. Zaragoza antes de la EXPO, antes del Euro, una Zaragoza que crece y se vacía. Antes de Ordesa, antes de los premios y de convertirse en autor canónico, el autor aragonés Manuel Vilas publicó dos volúmenes híbridos, entre la novela y el relato corto, entre la prosa poética y la obsesión urbana sobre la muerte y la soledad. La metamorfosis de Zaragoza en Zeta (primeo) y Cetísima (más tarde) apareció en la colección DVD ediciones-Los cinco elementos en el año 2002 y su continuación Magia lo hizo dos años más tarde. Tras la desaparición de la editorial de Sergio Gaspar, Zeta conoció una reedición-recuperación en la colección Salto de página en el año 2014. Ahora, hoy, cuando las pesetas son euros y Vilas abandonó Zaragoza para conquistar el mundo, Páginas de Espuma publica Zeta-Magia en un solo volumen: Zeta de Manuel Vilas, versión 2026. En Motel Margot, lectores originales, lectores mutados, volvemos. Que veinte años no es nada.
Al menos desde la perspectiva de Manuel Vilas. Viene de publicar El mar y pronto mutará a uno de los más importantes autores españoles del siglo. Pesetas y Actur. Antes del tranvía. Del nuevo tranvía. Zaragoza mutante, Zaragoza convertida en Zeta, Ceta, Cetísma. La geografía extraña emparenta de una manera sorprendente con la obra de Julio Antonio Gómez, con algunas de las personas del Niké. Igual que Félix Romeo consigue lo universal desde la fascinación por lo local, Vilas unifica lo local, lo urbano, haciendo extensible lo plano y lo solitario al resto de occidente. El urbanismo intoxicado y decadente, hermético de cal y sosa cáustica: centro, barrio periféricos, arrabales construcción, los pisos de nueva construcción, los barrios nuevos, Arcosur, Valdespartera y Parque Venecia. Miralbueno y Montecanal ya eran antiguos. El Actur, que será un protagonista más en la narrativa de Zeta se ha convertido en interzona, en el espacio neutro, tangerino, propio de la literatura experimental, de William S. Borroughts, etc.
Antes de la Zeta y su presente/pasado distópico, salto atrás a Barbastro. El primer Vilas, antes del instituto y el rumor de las llamas, The Who, Street Hassle, discos menores de Lou Reed, los vinilos de Mike Oldfield, Patti Smith, otra vez, en 1979, la marihuana de Barbastro, 20 años después pasamos, como todo, al valium ciento cincuenta mil millones. Luego hablaremos de lo cuantitativo, de los ordinales. «Fue la última vez que hizo frío». La obsesión por el calor de las ciudades. Luego cristalizará en su poemario Calor editado por Visor. «Voy a salir a la calle a buscar el año 1979, tal vez lo encuentre en el contenedor de enciclopedias, tal vez en el VIPS sepan aconsejarme algún libro sobre ese año» Se habla de pesetas y de VIPS, de la prensa en el domingo, de los libros enormes de arte, rebajados, muy rebajados. Es el pasado. Vampiros en el techo, religión, José Antonio y los fascistas. Me quedé dormido cien años, dice: podría haber sido solo veinte y la mutación podría haber sido la misma.
Cinco fantasías de Navidad: Kafka en Teruel. Bar que avisaba de la llegada de los nuevos dueños, café y prensa. Ford Escort y el Audi 100, el coche de Ordesa. Mandarinas y Navidad. Padre y Madre, el mismo Vilas es otro personaje que va cambiando de progenitores. Robespierre, Dios, turismo y revolución. Nunca seremos escritores. «Hay ocho mil grados en Zaragoza» y vampiros que viven en 15 metros cuadrados. Polígonos industriales, en las afueras. «Van solos a la una de la madrugada por calles sin casas», vampiros, soledad, una luz azul, triste y sin estrellas ¿Qué pueden hacer los vampiros sin lugares bajo tierra, sin zonas subterráneas, sin un metro, como otra ciudad europea, activa, moderna, plena de sangre? Vampiros y su relación con la soledad, con las llamadas de teléfono en mitad de la noche, viernes por la mañana hasta el lunes por la mañana, meterse en la cama, bajo la manta, nada más. Un teléfono sin 976, una luz, otra luna. Un metro ochenta y cinco y un 45 de pie. La luz está debajo de la tierra, dando su luz, única compañía. Ocho millones de teléfonos sonando a la vez, teléfonos que suenan junto a las estrellas subterráneas. «Mi médico me ha recetado una caja de valium mil millones. El valium mil millones es poco cosa para un cerebro como el mío. Nosotros, los vampiros, nunca seremos escritores».
Tiempo de compra en vez de alquiler. De dinero barato en trabajo a destajo. El tiempo en el que el trabajo en la obra rentaba más que el de profesor de secundaria. El tiempo, la soledad, la sociedad. Polígonos industriales en las afueras. «Liaba sus porros con una habilidad y un encantamiento sobresaliente». Llamó a la puerta Kafka. Entonces Teruel y Zaragoza no estaban tan lejos. Teruel en tren. Teruel para los opositores de secundaria. Bares de obreros contra la socialdemocracia de Dinamarca. Cuando me miro en el espejo no veo nada. No veo ni el espejo. La ciudad de Zeta de Manuel Vilas es una ciudad vacía, es la evidencia, ITV de coches viejos y aburrimientos, de un clima agotador. En las estaciones de autobuses abandonadas, sacaba billete para irme al pueblo, todavía no ha pasado tanto tiempo. Un autobús durante treinta años. El jefe supremo de la estación que flota en el tejado que estuvo en Dinamarca.
Dinamarca, Barcelona, Nueva York, las ciudades esperadas, las ciudades en la distancia. ¿Qué es Barcelona? Es un sueño, un recuerdo, una amante pagada frente a Zaragoza: «La ciudad entera ha muerto ya o, más bien, nunca estuvo viva», el Empire State Building vs. El hospital clínico de Zaragoza. Enormes construcciones, el recuerdo, de los años 80. 1980 o 1981, los años de plomo.
Avenida Valencia: ahí nacieron los hijos, los hijos de todos los pueblos de la provincia de Zaragoza.
Un domingo cristiano recorre Zaragoza. Zaragoza no es una ciudad cristiana, no es una ciudad católica, sí que es una ciudad tradicional: «Recibe el angustioso sol de los veranos, el frío raquítico de los inviernos» o «La de gente que ha muerto ahí dentro, o mirándola desde fuera, gente que muere los domingos, con ropa de los domingos». Mi memoria es la memoria de los domingos. Recordar, los chicos de la provincia, volviendo a sus casas de estudiantes, a sus colegios mayores, con restos de comida dominical, tuppers infinitos, que han dejado el autobús, el tren, el coche paterno de un olor agotador, un olor dominical que mezcla la comida familiar con la promesa de una comida solitaria, final, una comida de lunes o de martes. Los veo, cansados, con maletas llenas, maletas que llegaron y que volvieron con la misma ropa, con los mismos apuntes. ¿Recuerdas aquello? Seguro que sí. Ahora solo, espero. Volveré a ello, quizá. Cuando haga el recuento de las líneas de autobuses, de las paradas del tren, todo desaparecido.
Sácame de aquí, pero vivo, no me saques muerto.
Padre en una habitación demasiado compartida. El suelo del autobús, los asientos del autobús, la estación de autobuses, antes del monstruo. Monstruo con mayúscula, la centralización de la Estación de Delicias, la Expo acercándose, voraz… enséñame el DNI, la nacional, de paisano. En pesetas. Un quiosco en una estación de autobuses. Volver a abrir el local, encontrar periódicos antiguos, salvajes, con historias y noticias que se han olvidado ya. Ahora no saber si las noticias alguna vez sucedieron. Una hoja arrugada en una estación vacía. ¿Qué valor tiene esa noticia? Padre contra Dios. Calcetines de lana, consejos de vida. Con pesetas y antes de la COVID. ¿Qué diferencia hay entre un ángel o un vampiro? ¿Alquilar vs. Comprar? Piscinas, multiplicar, mi padre se baña en una acequia, Helios, Stadium Casablanca, antes de la democratización de las piscinas municipales: las piscinas, hoy, abandonadas, alejadas del centro, piscinas vacías y sucias. Sin una gota de agua. Piscinas que aparecen en Zeta. Pensar en la obsesión de Manuel Vilas con las piscinas y recordar «El nadador» y otros cuentos de John Cheever, que es un fantasma, un olvido, ¿es ángel o vampiro? Una piscina vacía, moribunda, un amanecer que se confunde con el atardecer.
Pies, dolor, zapatos, dios, dios camina descalzo, sucias calles, la pestilencia, los ricos evitan andar por la calle. Escuchando a Lou Reed en el último walkman que hay sobre la faz de la tierra. Lo mejor que puedes hacer en Zeta es uno salir de la cocina. Parece que no hay tampoco árboles, en la Zeta de Belloch, el verdadero vampiro, también se habían devorado todos los árboles. La sombra estaba prohibida desde antes de la Expo. Solo estás tomando notas.
Cabras: misión a Marte. 40º C en julio. Un polígono industrial. Afueras, Golo. Ford Fiesta. Petrarca y la luna. Juliette Binoche. Los restos de los estudios, de la canción francesa, antes de Patti Smith, The Who y Velvet Underground, la canción francesa: «¿Tú crees que este tipo que duerme a tu lado está vivo? Dime a qué hora se ha puesto el despertador. Es solo curiosidad. Quiero saber si madruga más de lo que madrugaba yo cuando dormía a tu lado». Vago: flaco, con gafas de sol, quiero tener 58 años. Ya tienes 58 años y alguno más, Vilas. El último Vilas que vio el cielo y el río, que hizo de Zeta un lugar donde no existen las vacaciones. ¿Gente más baja, gente más cansada que los propios muertos? El Río. EL río sin nombre. ¿Cuándo ibas a nombrarlo? «Meto mi pie en su agua podrida, llena de materia industrial, que regala a los pies de los hombres una urticaria. Ponzoñosa y agria». (No te calmes) Navidad los regalos, ¿Qué regalos quieres, Vilas? ¿Querrías un millón de cajas de valium 8, ocho millones, un valium, tío, es la vida?
Sí, tomo, las tomo, como el orfidal o como, mil años más tarde, será el tramadol.
Dulce y pasional. Llega la sonrisa, la sonrisa de la química. Delicioso valium. La droga burguesa, la de los farmacéuticos, la que será reglada, las sustancias con recetas, es medicina, no droga, claro: Vilas los deja sin suministros a toda la ciudad. Unos treinta años. Es Atila, es un profesor de instituto que quiere ser escritor y, con todas esas pastillas, los blísteres, todos los blísteres que en treinta años dejarán sin opciones para ser feliz a todos los otros profesores de instituto con deseo de ser escritor. No son pastillas, no son drogas, no son sustancias. Mi hijo me lleva de la mano a la tienda de chucherías. Compra sidral y compra sugus. Vienen los profesores y los escritores desde Zeta, una caravana, Mad Max, el apocalipsis, no es la gasolina, son las sustancias. Se acabó, arrasaron, todo. Atila. Los Atila. En la farmacia del pueblo. Autopista y nacional. Es tiempo de cruzar el autobús escolar en la entrada, hacer impermeable el lugar. Adiabático de sustancias, de tranquilidad química. Valium 100 millones.
Soledad de Zeta. Me sentí completamente solo. Ya era verano. Es todavía peor de lo que lo recuerdas. Entré en el Corte Inglés. Menudos tiempos aquellos. Refrigeración en el VIPS. Leer el argumento. Una revista de cine. Solas. En el cine. Vips, tortitas de nata. Poco más. Luego me fue a una zapatería. Luego compré unas sandalias. Peluquerías, cafetería, dónde están los servicios. Duda. Recuerdas el día que viste a Manuel Vilas cruzando hacia el FNAC, con sus zapatos cubiertos de polvo, un polvo futuro, porque cruza por el lugar en el que estará el Tranvía en el futuro. Lo vi, no lo saludé. No lo conocía. Lo había leído, por eso me fijé en sus zapatos.
Un Fiat, Lou Reed, El corte inglés escuchando a Walking on the wild side. Yogures de fresa, Franco y página 119 del Mediterráneo. Salou y Zeta. Salou como un compartimento estanco. O no. Un lugar al que se llega, por una tubería, por una caja madre, como en el universo DC. Sombrilla y sobrepeso. En las playas, los fantasmas, salir del baño y las tumbas. Salou y Valencia, también, claro. Miles de bloques de apartamentos emergiendo casi desde dentro de la arena, quemando nuestros ojos. Pasillo: «Levanta los ojos y ve un largo pasillo. No llegaré nunca, en la mitad me caeré derretido». Instituto, la Nasa, el 30 de junio. El final del curso, la promesa de un verano eterno. Pero se acaba. «Lloraré de lo feliz que me sentí de que no hubiera nadie, de poder gozar en soledad aquel chorro de aire acondicionado». El hombre es el creador de los pasillos, Lou Reed, Madrid, el Museo del Prado, Velázquez, Goya. Al final, el color fosforescente y excesivo de los estantes llenos de envoltorios de patatas fritas. Dios era una nevera.
Segunda Parte:
Zeta de Manuel Vilas, el origen del mito (segunda parte)
Es la historia de una ciudad imposible, el nacimiento de un escritor canónico, Manuel Vilas.
La palabra, cuchillo. Los calcetines, otra vez, el padre, el valium, las armas. Volver a 1977 y llegar hasta 1980. La vida española, calles, bares, la piscina, volver a Cheever. Volver al concierto de Lou Reed en Zaragoza. En el pabellón municipal de deportes, el Huevo. El aburrido concierto de Lou Reed en Zaragoza. El mismo lugar donde presentaron Héroes del Silencio El espíritu del vino y tocaron The Cure. Ese sí que fue un concierto. Largo, denso, atemporal. Quedar atrapado en aquel año, en aquel concierto. Los discos más aburridos de Lou Reed, desde Coney Island Baby. Todos para abajo. New Sensations, Blue Mask… canciones sobre un joystick. Sigue deslizándose hacia ellos, no pregunta, no hace.
Es mejor Nico, las canciones que escribió Lou Reed para Nico en The Velvet Underground. Ella, a la que sometió a todo tipo de desvelos… canta esta, All tomorrow parties, esa sí, I ll be your mirror, esa no. Olvidada, el anuncio de Soberano, montada a caballo en la playa, Nico en La Dolce Vita, Nico en Berlín, ella sí que conocía Berlín, antes del muro, con los cascotes después de los bombardeos. No se puede olvidar. Nico en Manchester, Nico recorriendo Europa en casas ocupadas y en lugares al otro lado del Telón de Acero. Nico en el autobús 20 y en el 23, hablando con Matías Uribe, Nico disfrutando de las líneas que, por fin, la llevaban más allá del Pryca, donde terminaba Zaragoza, hasta el CPS, el centro politécnico superior, por fin. Pryca dejó de llamarse Pryca y se convirtió el algo distinto, alterando Zeta por completo. Zapatos, pistolas, los Sex Pistols, el punk de plástico. Una gran mentira, Vicious y Rotten. Beber whisky DYC, con hielo, sin coca cola, eso sí que es duro. Nadie escribe, nadie toca. Nadie lo hace de verdad. Un piso, un cuarto piso, las miles de novelas del oeste, a duro, para intercambiarlo, tapiar un piso con todos los libros que no has leído o que no has vendido. Escribo: soy la muerte que anda. Harto de Zeta, harto de los videoclubes de Zeta, Zeta en los años ochenta.
Volver a la vida de Truman Capote. Uno: agua, frío, grifo que no se bebe de ahí. Me gusta tener un VIP´s cerca de casa. Comprar prensa el domingo por la tarde. Algún libro, mil películas, libros de arte muy baratos. Un submarino nuclear en el Mar de Barents. La playa de Salou, los pies, hasta el número 42. Dos: la televisión por cable, un concierto de Patti Smith, las mil canciones iguales, el mismo repertorio de siempre. La relación entre Patti y los poemas de MV. La Resurrección y el Calor. Tengo/tenía 38 años. Las piscinas públicas. «Zeta es la fealdad aristotélica por qué no, también nietzscheana». Se imaginó el trabajo, la investigación, los biólogos estudiando cómo dejar a la sandía sin pepitas. Tres. Truman Capote.
Zeta es el corredor de la muerte, con temperaturas infernales, Zeta es Marruecos, Argelia y Mauritania. Zeta todavía no es Orán, ni Tánger, ni el Ifni. Porque los españoles no quieren vivir allí, Zeta es material ideal para una novela inédita o apócrifa o imposible de Truman Capote. El título es «El bar del muerto Lucas«. Un bocadillo de calamares, chiclosos, con pan blando, con una salsa hechizada, una salsa blanca, blanquísima, hermana, prima de la de los kebabs. Un sabor adictivo, todo mientras escuchas a Edith Piaf. El Cuatro. Los viejos obesos, como una canción de Luca Prodan y el cinco: «Pero el silencio es un organismo mudo y cansado, es un vampiro, de cien, de noche, es un vampiro desagradable y caliente». Seis: urgencias y cura. Siete: pusiste a Franz Kafka a vivir en Teruel, que tiene algo de Praga en su denso casco urbano, en su antiguo frío, que cruza, seco y afónico, hasta que la realidad moderna, de la postmodernidad, hace que se convierte en un gran organismo urbano, entre Zeta, Teruel y Uesca. Sin h. Es más progresista. Menos franquista. Quítale la hache y las ch a las palabras y dejarás de ser franquista. Nevera, paraguas y balas.
Gentes de Zeta. El Heterónimo de Magia. Amasamos el libro, volvemos a ellos. La busco, la toco, comparo las medicaciones
Comenzar con Baltasar, nombre de Rey Mago, el rey mago, el jugador de baloncesto del CAI Zaragoza, que lo sacaban en la procesión, en Zaragoza o en otros lugares de España, en la primera ACB, con dos extranjeros por equipo, los dos americanos, los dos negros del equipo. El falso Baltasar en la cabalgata de Reyes. Nochebuena. 24 diciembre. Luces castigadas de Zeta que, en un momento dado, recibió un ascenso, el mejor grado, promoción interna y se dio por llamar Cetísima.
(Ciudad de Zeta): de nuevo, calamares, blandos, congelados, una canción más de Lou Reed, más allá de la del joystick: I wanna be black. (las camas de la gente de Zeta): me desperté en una habitación, pero está oscuro, no podría identificarme el técnico de mantenimiento (Hablan los perros) Golo. (Los notarios de Zeta) 3000 pesetas más al mes. Una oposición difícil, calvicie por dinero. La metamorfosis del Pryca por el Carrefour. La frontera. Viaje hasta allí, hasta el límite, donde no existía más, luego se extendió, una mancha de Zaragoza que se multiplica. La gente viaja apretujada en el 20, en el 23, soñando con ser ingeniero y soñando, también, con sentarse con Nico en el viaje o, al menos, ver cómo si cuerpo mayúsculo se sostiene de pie, como una estatua primaria, europea, germánica, perfecta, sin dejarse someter por las paradas. Elegid otros lugares, otros tiempos, ser notario en los años 40. El hospital. Sí: (historia moderna de cetísima).
Escribir como si estuvieras usando el código máquina, convertir la Casa Grande en el Hospital Miguel Servet, seguir avanzando hasta llegar a Torrero, la cárcel, más allá, el cementerio, todos los muertos. Volver, desde la Plaza San Francisco hacia el otro extremo, en el 20, 23, 21, 38, 42. Estar, más allá de donde acaba Zeta, cetísima, metido en un aula, a las ocho de la mañana. Suena la sirena. El bombardeo. Los alumnos, escuchando al profesor, encendidos de anfetamina, café, katovit, pensando en que llegue mañana y pasado mañana, acelerando la vida a traición. Un fantasma: un pijama que olía mal, un novelista americano, los herméticos tratados de autómatas y representación histórica de George Saunders, esa postmodernidad americana de cambio de siglo, que hoy, hace unos años ya, está en formato barato, en compacto, en volúmenes minúsculos y apretados: la broma de Foster Wallace, los incendios raros de Ruido de fondo (título original, White Noise) es una película de comedia apocalíptica absurda de 2023 escrita para la pantalla y dirigida por Noah Baumbach adaptada de la novela del mismo título de Don DeLillo.
(Mecánicos de Zeta): dormíamos en el suelo del taller, ahorrábamos dinero, estábamos mucho más fresco. Un escritor: quieres una novela como dios manda vete al corte inglés (o la casa del libro o la librería general). Pensar que hoy Manuel Vilas tiene sus propios estantes allí. Escritores de verdad. Seres de cien años, novelas en libros de lengua y literatura en segundo de bachillerato, incluso en cuarto de la ESO. Seres abandonados, el Carrefour y el McDonald’s, en las afueras unos, en el centro el otro. Ya no está el McDonald’s allí y no parece preocuparos. Ese mundo de horas con muertos. Seso, dinero, recetas. Un cierto clasismo se avista, no hay que negarlo: todos los que usan sus manos, todos los que madrugan, los que no leen, los que se alimentan de chatarra, son NPC (busquen por internet) para Vilas. (Destino Cetísima): Miles de caminos, autobuses, personas, el punto medio de los locos, el temple, una mujer, España, Cetísima.
Temple, el jardín del Temple, dejan la música disco, dejan el reggaetón, no existe le reggaetón, existe la pachanga, y él, MV, se pone a pedir Juliette Grecó. Se tira los cubitos de hielo por encima. Saca una botella de whisky robada del Carrefour. Unos tarados de Zeta enterrados en sus tumbas, se levantan, hambrientos, sedientos, calientes. Vilas le pide que salgan de la tumba y acudan al jardín del Temple. «No hay estrellas en el cielo de Zeta». ¿Tú crees que soy española? A ti no te quiere nadie, contestó el frío. Lenin Vidal. Odio, escritor, Zeta. En 2003 el escritor, el trabajador, todos buscan piso. La fábrica de Kelvinator en la carretera de Castellón. España entera se llama José Luis, MV se ha convertido en un visionario, en un tipo más allá de la capacidad. Antes del tipo de las joyas, de las traiciones y Venezuela, presidente José Luis Rodríguez, presidente de León, Zapatero. ¿Dónde? ¿En qué barrio? Ni Zeta, ni Zaragoza, ni Cetísima es un lugar, ni un personaje. Calle Quinto de Ebro. Torreros y los pisos para ricos en la Plaza de los Sitios. Luego en el Arrabal, en Compromiso de Caspe. Es un plano, una manera de respirar y de moverme. No existía GPS, en los barrios de Zaragoza, se usaban chinchetas para ir siguiendo el camino de Manuel Vilas por Zeta, Cetísima.
(Un matrimonio de Cetísima) Oficio, física, sexo, hijo. Me casé con una peluquera, la cama, tres niñas. Una maestra de primaria, la zapatería, el banquero. La cardinalidad de Manuel Vilas: la exageración en el uso de los números como exaltación lírica, lo cuantitativo como metáfora, en lo acumulativo el estilo inconfundible que se prolongará hasta los poemarios de la época. Que será parte de España, que se diluirá en el futuro, que aprovecharán muchos de los afines de la época, los escritores. Miles de años casándome, me he casado cien veces, cien mil veces, hombres mujeres y Franz Kafka. Cásate ahora mismo. Y las cantidades del valium, piénsalo. (Un taxista) Los cines y el Pasaje Palafox. Palafox y el resto de los héroes de Zaragoza. Agustina de Aragón: «Ya no quedan muchos fantasmas de la Guerra de la Independencia, pero alguno aún se oye». Un póster de Franco, uno de Casta Álvarez, la puerta del Carmen, una canción que se llama «La gloria del amor» y tiene una letra horrible, pero que llega, alimenta, calienta.
Una Gloria de verdad: «¿Quiere que le lleve a ver morir vampiros?». Un buen taxista, un buen lugar. (Hospitales), de un lado a otro, rodear la Universidad cuando aún había una sola de hospitales, ventanas y habitaciones, un duermevela. Los goteros, los tipos caminan por pasillo, se saludan al cruzarse, se reconocen como iguales. Algunos de sus hijos, divorciados, separados, solteros, que ayudan a sus padres, a sus madres, caminando con el gotero, muy despacio, mirando al móvil, gastando su vida mientras anima a sus padres, en el pasillo, el pasillo alimenta la tristeza, agota la muerte. Se reconocen en la muerte y los hijos intentan buscar pareja. La tristeza, la ausencia, la enfermedad. Nos reconocemos, años más tarde, en todas esas imágenes. Una sala, otra sala, la luz fogosa de la UCI, nunca se apaga, siempre es un día artificial que agota a los pacientes, los desorienta. Bebe agua, eso siempre es bueno, si no bebe agua algo va mal. Salir al pasillo y rellenar en las fuentes de color plateado, agua muy fría. Unas fuentes que parecen hechas para beber directamente, pero hay miedo, uno no sabe la cantidad de bacterias y de virus que hay en esos tubos, en esos dispensadores, en esos grifos, echas agua fría, muy fría, la llevas a la habitación y se la ofreces a tu padre. La muerte viene con sed, la muerte viene con hambre. En la UCI, como en un poema de Lorca, no duerme nadie.
Isabel la Católica, la disciplina militar, Primo de Rivera, el parque. El Huerva es un río que no va a dar ala mar, no va a dar, está acabado, es un río muerto, una piscina con ratas de cien kilos, un lugar para besarse, para follar, un lugar para vomitar antes de llegar a casa si eres un crío de veinte años y te has pasado de mal alcohol, las cuatro de la mañana, el Huerva, el viernes y el sábado está muy vivo a esas horas. No hay ratas, las ratas son devoradoras de otras ratas, como ratas matrioskas, se comen de pequeña hasta grande y así ganan terreno, actitud. ¿Y las ratas humanas? Esas suelen pedir plaza en el Miguel Catalán para dar clase de matemáticas. Solo bachilleratos, si puede ser.
Una altura de 2.30 y un calzado imposible. La obsesión, el Santo Grial. Los autobuses de cetísima, el 20 y 23, la tortilla de patata, los multicines Renoir, el final del relato, el pasado. Yo soy la Casa Grande, no quiero que me cambien de nombre. La paranoia del enfermo. El Barrio de las Fuentes. Qué apetito. Qué sed. Me gusta la televisión de los hospitales. Es el poder de La Casa Grande. Una enorme necesidad de narcóticos. Ya lo sabes. Te tocan el corazón. El fragmento más salvaje. No lo recordaba de mi primera lectura y volver a él, pensar que luego hubo poemas, de amarillo aséptico por los pasillos, la muerte con apetito, las luces blancas: «Me tocan el corazón por las noches las enfermeras muertas y dicen que aún no está maduro. Está un poco verde». La manzana ácida, que recibe un mordisco, la saliva caliente de las enfermeras, enfermeras vampiros, la cruz roja. El padre paranoico que le pide: esta noche quédate, quédate esta noche. Mátalas por mí. A las enfermeras muertas con hambre. La Romareda ilumina a las enfermedades, a los pasillos.
Si sales de la Casa Grande a las cinco de la mañana, aún está la noche encima de ti, encima de las calles, el sol saldrá en un par de horas. Al parque. Mi madre, mi madre en mitad de la pandemia, en el camino breve a casa, una ciudad, la verdadera Zeta vacía, muerta, fantasma. La justicia que se me debe.
Los camioneros. Negra, sarro, el Restaurante de El cid. Los perros. Dorita y Adamo. Mi gran noche. Otra vez la pareja de baile, Hipercor y Carrefour. Golo no quiere que su dueño se hinche a beber, no le deja acercarse al alcohol. (Gente viviendo en los buzones de Zeta). Este paréntesis podría valer para un cuento. Un relato en el próximo millón de años. Completarlo con la historia de mi madre, dejando a mi padre, mi padre enfermo, estar enfermo en pandemia de un corazón absurdo, alejado. Somos muchos los que vivimos bajo un buzón esperando una carta de Dios. Una madre. La idea del buzón se parece mucho a la de los toneles de Final de Partida de Samuel Beckett (Y al del Chavo del Ocho, porque nos tenemos que ir a mil extremos, ahí estaremos cómodos).
Tercera Parte:
Zeta de Manuel Vilas, el origen del mito (tercera parte)
La fundación apócrifa de la ciudad de Zaragoza y sus habitantes por Manuel VIlas
La cetísima industrial recuerda a algunos de los instantes de Camilo José Cela en sus novelas autobiográficas, en sus recuerdos de los tiempos pretéritos, allí donde están todos los anuncios, los productos, las tristes marcas, las mínimas partes del tremendismo urbano, movimiento que retuerce a las personas y las calles hasta hacer que las cosas se conviertan en algo pop, Arrabal Pop, Delicias Pop, qué lejos, que descampados, todo pop, toda la sed. Las noticias en prensa, los avisos, los productos y los proveedores industriales. De empresas pequeñas, de marcas minúsculas, de negocios familiares: parpadea y me habré ido. Las cocinas de Zeta. Todos los mercados de la tierra, la cólera de Dios, qué diferencia hay entre cien mil y ciento quince mil. Pollos asados, restaurantes chinos, pizzas. La comida barata: ¿Qué le ponías a una ensalada? El cordero. (el viejo profesor de insituto). Las 8:30. La cartera vieja y ajada en la mano. Discreta americana, precio discreto. No corbata. Pero, claro, todo sabe a lluvia, a polideportivo, sudor. Enciende la luz del aula, los fluorescentes parpadean, agotan, el neón destructivo, pasar las ausencias, los apellidos, te suenan o no, hijos, hermanos o primos.
Tizas, un pilot, un kit kat, un café de máquina, una lavativa: «Este hombre es el autor de Zeta. Uno de los autores, quise decir». El autor ha conseguido tener más lectores que compañeros de viaje, más lectores que alumnos en un curso, en un instituto grande. Pasillo, cruzar el pasillo, la paradoja del pasillo: primero la mitad del pasillo, antes la cuarta parte, todavía antes la octava parte, no sabemos muy bien si MV saldrá alguna vez de su clase y acabará en la otra clase. El manuscrito se somete a la normativa de los números reales «Oh, pero si es el viejo profesor de lengua, no se acuerda de mí, alumna de 4º ESO, de cualquier 4º en la primera fila, no se acuerda, no se acuerda de lo bien que me salían los comentarios de texto, delo bien que averiguaba la oculta ciencia que latía bajo el complemento directo». Miles de calles, de tiendas absurdas, cansados, McDonald’s, un Big Mac, tengo las monedas, todas las monedas apretadas en la mano. Contadas. Ella, la exalumna. El bello monstruo del tiempo, era usted tan guapo, o así me lo parecía, ahora tiene los dientes negros, la barba blanca, ojalá fuera al revés, barba negra y dientes blancos, ese indecente sarro. No sé cómo le han dejado entrar a aquí. Tiene dinero, verdad, todos los países de Ceta, en los distintos barrios, están el duermevela de la revolución. Estoy en todos los pasillos del mundo, en todos los institutos de Aragón, de España y del mundo. Estoy en tu pasillo, adelante, pasa, Octavio: yo cerraré la puerta. Ojalá me des un beso. Pero, por favor, no me pidas que te lo dé.
Trabajadores perdidos en la historia de España. Veinte años, 6:45, un café con leche, otro a media mañana. Miles de mecánicos en Cetísima. Poliuretano inyectado en la piel, arrojarse por la ventana, buscar la excusa para celebrar un entierro. ¿Quién viene? Dragones y perros. Casablanca, Juslibol, Montemolín. La Estación de Delicias. El Carrefour. Una gasolinera. En un descampado, rodeada de la nada, indescriptibles hierbajos, la acera vacía, de color rojo, cálidos y desgastado. Los grandes camiones no pueden parar allí. Porque son enormes. Aplastarían las frágiles calles de Zeta. Lleno, lleno por favor. Hasta que la gasolina se impregna en tu piel y avisas al entrar en un bar, en una casa, en cualquier sitio, impregnas y recibes, suministras tu aroma, tus efluvios a tu comida, las mandarinas. Las aceras de los descampados se ven invadidas de hierbas. Si te descuidas puedes perderte en el interior. Llora, por favor. Si no te gustan cómo van las cosas, es sencillo, tienes suficiente gasolina para impregnarlo todo, el fuego se eleva. En el velatorio acudirá tu profesor de lengua. Quizá tu profesor de matemáticas que se desplace más de cien kilómetros y pida un descuento para llenar el depósito, por pena, por cariño, por ahorrarse unos euros.
Toda Zeta llena de cuerpos que nadie reclama, Franz, hará falta más gasolina, cuerpos y manuscritos inéditos. K visita Z. «Bueno, ya te he dicho el autobús que tienes que coger, puedes coger los dos, el 20 y el 23«. Dame un beso. Te dejo un hueco en mi piso. K ha atravesado el pasillo. Ha vencido la confluencia de los números reales. El funcionario: «Fui un funcionario de la maldad innecesaria, extraño funcionario de cetísima». El electricista: ¿Cómo es posible que puede beberme una cerveza casi helada? No se oscurecen las calles de Zeta ni cuando llegaba la noche. Era la electricidad la que me guía. Ahora veo brujas, ahora ya no veo vampiros. El moderno Carrier, otra vez, el frío conserva los cuerpos. Bombillas: descansarán, dormirán hasta que Dios las vuelva a despertar con la llegada de la oscuridad. En el Corte Inglés. No entra la luz del cielo, es un símbolo que no entre, siempre hay bombillas funcionando en Zeta. Antes era una bruja inorgánica. Oh, honey. It was paradise. You’re right and I’m wrong. Hey babe, I’m gonna miss you now that you’re gone. One sweet day. Oh, you’re right and I’m wrong.
Electricity flowing thought my veins. En Zeta ya no existen los callejones, Z no tiene esquinas.
El defraudador (encerrado en las paredes del piso), más que otro lugar, parece que elige la infidelidad, no la infelicidad. Permuta de caracteres hasta hacerlo importante. Carne de cemento y ladrillo. Ellas me lo pidieron, si usted quiere que pague impuestos por este piso, en fin, no sabe uste a qué se enfrenta. ¿Es un fantasma? ¿O son humedades? Sentirse huérfano o alimentarse por benzodiacepinas, ¿Habrá más huérfanos en Zeta? Ellos y ellas estaban condenados a no encontrarse más, a vivir en líneas temporales paralelas, terror variado, multivariable.
(Hombre en Zeta esperando la llamada): Un Toyota, casi medio millón de kilómetros y recibió una llamada para la revisión. Tienes un futuro, tienes un propósito en la vida. El Toyota hace las veces de Dios. No el Audi. Uno hubiera pensado en un Audi 100. Otra vez los mismos códigos para diferentes situaciones, otra vez el fontanero, en la calle Gonzalo Calamita. Las miles de variaciones del calor artificial, del frío industrial convertido en fenomenología. El hielo de Varsovia. Comer el mar con todos sus hijos. Hijos, eso sí, criados fuera del mar: marisquería y congeladores en las afueras de Zeta, los ataúdes de vampiros industriales, las almejas devoradas junto a las cáscaras de las gambas, la sosa sepia, el langostino insípido, el congelado son sabor a palito de cangrejo. Acabar en el McDonald’s, cuando todavía estaba en la Plaza España. Aliviar el apetito.
Papá, llévame a la gran plaza de Cetísima, necesito una conexión gratis, se me han acabado los datos, papá, cómprame maíces y trigos para alimentar a las palomas, antes de que esas mujeres nos insulten porque no te quieres rascar el bolsillo. Unas pocas monedas. Jubilado, jinetes del autobús, los billetes, me acuerdo cuando llevaba a mi hijo, cuando me llevaban a mí a los caballitos, dinero y viajes, más viajes por menos dinero, 2×3 y 3×5. Acumulamos otra vez.
Camareras del McDonald’s, el 20 y el 23, odio y cansancio, la Casa Grande, otra vez, tótem del miedo y la esperanza, el fontanero, el padre del fontanero, nos acercamos aquí, con ganas, con miedo, con esperanza. Otra vez. Un hijo espera la llegada de su padre. Hijo, no vengas, no vuelvas nunca, pueden echarte, hazte la cama, métete en la cama, fría, de cambio diario.
Olvídate si puedes. De ti y de mí. Despiértate y pregunta quién eras anoche. Quién vas a ser hoy.
Un inválido ahorra para comprar unas botas, 80 euros, pero solo tenía un pie. Solo tienes un pie o solo hay una bota. Al final se reirán de él. Negros, gatos, patos y chinos. Soy el cojo de Cetísima, el cojo mantecas maño, el cojo Miguel Pellicer, espero la llegada de Felipe VI, de Juan Carlos I, su beso, el beso de todos los Borbones para seguir caminando. B
Bésame en la zona seccionada, haz que crezca, disfruta de la hinchazón, de la reconstrucción.
Soy el que vive en un piso del casco Viejo, muy cascado, tanto que nunca hago la cama, no tiene sentido, abro las ventanas y el olor de dentro es igual de malo que el de fuera, no sé de dónde viene, de que todos los sentidos se queden intoxicados, en la calle Sacramento, al lado del Mercado Central. Todo el mundo te dice: tienes mucho dinero, dinero para un piso magnífico. Una calle sucia da igual, es el nombre, es la dirección. Y volveremos a las concentraciones.
Viene un fragmento de acumulaciones. Nada más. Tomando muchas pastillas para calmar los nervios y me dio un valium trescientos mil y me lo tomé yo también y me quedé dormido. No hay ganas, no hay obligación de despertarte: en un barrio, el barrio de Las Fuentes de Zeta. La mutación. La ciudad mutante, los chinos, veo a trabajadores sentados en una taberna en un lejano barrio de Zeta. Qué buena la tortilla de patata, con aceite de girasol, jugosa, tan lejos, en el barrio de La Jota. Feliz. Me trae el bocadillo mi padre a la salida de clase, los alumnos pasan y ven a un profesor con un señor mayor que le lleva un bocadillo en papel de aluminio y no entienden nada. Mi padre camina desde la Plaza San Francisco hasta la Jota con el bocadillo. Está bueno, sabe muy fuerte. Vino frío, demasiado frío, más pesado que la cerveza, mirar las ventanas. Ellos dos, clavados, 2304, 300 años por 700 años, 3004. Mil años, dos mil años. Acumulando, otra vez. ¿Qué has hecho todos estos años? Dicen las dos almas, aburridas y cansados. He estado leyendo y pensando. Le pide el dueño de la cafetería que se marchen de una vez, diez, cien siglos ahí clavados.
El cementerio de Torrero, no se construye Z sobre el Ebro. Z no se construye sobre el Pilar. Se construye sobre el cementerio. Se oxigena con la arteria vieja (entonces era nueva), la que serpenteaba el 20 y el 23. Y hoy, escribiendo, más bien, todo se construye a través de la línea del Tranvía. Piden otra segunda vía, pero no, por favor, tiene que mantener el poder, el control. La fealdad del cementerio de Torrero eres tú, Zeta, la fealdad suprema de todos tus barrios y tus urbanizaciones y avenidas sin nadie y el barrio del Actur y Valdespartera. Hasta la plaza San Francisco, hasta la plaza San Francisco es fe.
(Historia de una peluquera): zumbidos, aulas, acumulación aparentemente sencillas y los ascensores siempre están a disposición de ofrecer facultades extraordinarias, emiten constantemente un zumbido cuyo origen estriba en la electricidad, en el flujo violento de electricidad que soportan sin queja: «El veneno seriamente administrado«. Nada más que decir.
La peluquera, cuarenta años, la peluquera que, nda más regresar del trabajo, se mete en la cama y ahí se queda, esperando su desaparición.
El zumbido de las aulas, la aparente sencillez de la acumulación, como un recurso literario. Marcando estilo. La peluquera anónima: «Emiten constantemente un zumbido cuyo origen estriba en la electricidad, en el violento flujo de electricidad que soportan sin queja»
El urbanismo, los suburbios de Cetísima, esos barrios lejanos, escasamente alumbrados, con farolas vivas. Un clasismo literario, los vagabundos que se sientan en el sofá, en el salón, beber un vaso de vino, de todo el vino del mundo. Vagabundos, emigrantes, aburridas personas vacías, sin máscaras.
Y así va pasando el tiempo, Zeta, Cetísima, ZgZ, ZarAGOTA, La GOTA. Es una ciudad de marca blanca.
Un párroco, una iglesia, un barrio, almas que han estado miles de años solas. Que esperan a la muerte como los enfermos. Como un resumen, el hospital Miguel Servet, la Casa Grande. No hay luz. Los pasillos de la Casa Grande, cuentos de persona, casi todas con la humillación de la muerte. La muerte encinta de la enfermedad. Las coronas resplandecientes, los pasillos parpadeando, la gente sigue fumando en las escaleras. Miro por la ventana y hay ladrillos. Lo he visto mejor hoy, las incómodas sillas de plástico en la UCI, una joven embarazada, tosiendo, esperando noticias de su padre, cada día, por la mañana, una ronda aleatoria, por apellidos o por gravedad, la doctora y sus números, hoy lo he visto mejor. Mañana hablamos. No hay luz, hay pasillos, muerte, carteles que piden no golpear a las enfermeras.
¿Vampiros o ángeles? Éramos monstruos. Espejo y día. Noche: En una noche triste buscábamos un beso y no lo hallamos.
Línea 23, la línea de Nico, el autobús, el Pryca, el Carrefour, Nico y Matías Uribe. CPS. Estamos el viejo, el negro y yo esperando el 23. El 23 y Zeta. El tiempo ha terminado. El 23 no para porque va lleno. Y el 20, 23, 42, pegados al aire: la fábrica de ingenieros que acabará deambulando por Aragón, sin trabajo, buscando un sitio donde les den pan a cambio de sus matemáticas.
La Navidad. 25 diciembre. Terminar con el proletario. Las chicas de Frutos Secos El Rincón. Las chicas del Martín Martín. Entonces me acordé de las dependientas de Zara, que son muy hermosas, y consumen su hermosura por el trabajo. Pero también el universo es muy hermoso y refulge en vano porque nadie lo mira.
Gente de Z. Levitan por la noche. Arden. Rezan sin fe. Dios es química. Dios Es Zeta. Dios es un fontanero que, con su frío industrial quiere imponerse al calor del estío en Zeta. Y el final: «Oh, gentes de Zeta, trabajadores perdidos en los barrios más feos de la tierra, prevaleceréis en esta honesta y humilde capilla»






