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La Razón entrevista a Mariana Enriquez

Por Javier Ors

FUENTE: La Razón

Las dictaduras son generadoras de fantasmas

Mariana Enriquez publica «Conversación con la oscuridad», una reivindicación del género de terror donde reflexiona sobre su influencia contemporánea y cómo esta literatura sublima nuestros traumas sociales. «La idea del fin del mundo es el gran miedo de este momento»

Stephen King explica que el terror es lo que se anticipa, y el horror, la revelación de lo monstruoso. La escritora Mariana Enriquez toma esta distinción del novelista norteamericano para probar que el gótico no es un género de ayer, sino una literatura del presente, y que los miedos y temores que retrataba, lejos de pertenecer a culturas clausuradas, siempre reflejan nuestra realidad más próxima. Los viejos vampiros son hoy los utopistas milmillonarios de Silicon Valley, que sueñan con vivir eternamente; el monstruo de Victor Frankenstein asoma en la hibridación entre el cuerpo humano y la tecnología, y los espectros que asustaban a los niños están presentes en los cientos de desaparecidos que han dejado las dictaduras del siglo XX.

La autora argentina reflexiona sobre la literatura de terror en «Conversación con la oscuridad» (Páginas de Espuma), un ensayo que revierte prejuicios, derriba ideas preconcebidas y atestigua que los seres que antes nos provocaban escalofríos permanecen todavía con nosotros. «Los monstruos clásicos y los arquetipos del género van cambiando su significado con cada época. Un monstruo de la técnica, como era Frankenstein, se convierte en una computadora en 2001, una odisea del espacio: una inteligencia creada por el hombre que se vuelve en su contra. Hoy sería una IA sintiente que tomara decisiones. El vampiro, un mito relacionado con el sexo, la sangre y la muerte, se cargaba de otro significado durante la pandemia del sida. Hoy, los vampiros podrían representar el triunfo de los adolescentes en el consumo. Hay una infantilización en eso. El vampiro es una comedia romántica: unos adolescentes que lo dominan todo. Estos arquetipos representan siempre las ansiedades de cada tiempo».

La escritora comenta cómo ese conjunto de cuentos, historias y leyendas todavía nos retrata y asegura que, por lo general, «los traumas sociales se convierten siempre en fantasmas». Pero ella misma adelanta que «no me gusta reducirlos solamente a una metáfora de lo social. El terror tiene su propia entidad, su personalidad, su razón de ser. El terror es una cosa seria, consistente, que refleja el miedo a lo desconocido, a la muerte, a lo que no podemos resolver. No es solo un asunto político. Es el miedo a la violencia. Aunque la violencia siempre es política, no lo es todo el tiempo».

Una puntualización que no resta veracidad a una de las tesis que vertebran su obra. «Las guerras en general, pero las dictaduras en particular», son proclives a crear fantasmas. «Existe una biopolítica –afirma– de creación de espectros. La dictadura argentina tomó la decisión de exterminar a organizaciones armadas y civiles, y eso conllevaba la desaparición de los cuerpos. No es casual. Es una decisión política para implantar el miedo y que ese miedo se preserve en el futuro. No es lo mismo extender un duelo indefinidamente que no decir nunca dónde están los cuerpos. Todos los días aparecen huesos en Argentina, sobre todo ahora, gracias a la ciencia. Mi generación y la de mis hijos están afantasmadas por estos espectros que provienen de la generación de mis padres. No es solo la desaparición, es la orfandad que genera…».

Para la autora, esto «tiene un montón de implicaciones en el presente» y demuestra que «algo que ha ocurrido en el pasado sigue sucediendo en el presente. Ahí está la metáfora que supone el gótico, que se puede aplicar hoy –continúa–. Es lo que ocurre con la desindustrialización de América Latina. Esas fábricas que ahora no producen nada son castillos, el recuerdo de un pasado, unas ruinas que existen y que recuerdan lo que se fue».

Para ella, las dictaduras, en América y en cualquier lado, son «grandes generadoras de espectros» porque «es lo que tienes encerrado en la habitación y no puede salir. En Argentina se llevó presos a los dictadores y cumplen condena. Y es un consuelo encontrar los cuerpos y darles sepultura, pero eso no cierra el proceso. Eso es lo que marca la producción de fantasmas. Se encuentran los huesos, se les da sepultura, pero la herida y el trauma que se provocaron no se van, porque se trata de una herida psicológica. Las dictaduras son eso: el horror a abrir la puerta, el destrozo, lo innombrable, lo inolvidable, la cicatriz».

El hombre fuerte

Mariana Enriquez, que en este ensayo recurre al cine y a la cultura popular –que reivindica sin ambages–, defiende la literatura de terror como una manera de contar América Latina después del «boom» y comenta cómo la política actual tiene algo del doctor Jekyll y de Mr. Hyde: unos señores que parecen respetar las normas, pero trabajan para destruirlas. «Hace tiempo que está pasando eso. Putin no es un líder democrático, pero Trump sí, y es autoritario. Igual que Milei y Bolsonaro. Ellos me dan miedo. Pol Pot mató a toda la población de Camboya; Stalin hizo lo mismo, igual que los dictadores centroamericanos. No entendemos ‘‘El otoño del patriarca” sin pensar en Somoza o Trujillo. Y están los dictadores africanos, como el de Uganda, que tiraba a la gente a los cocodrilos. Todos estos dictadores estaban fuera de la ley, pero lo que me da miedo es que los democráticos comiencen ahora a saltarse la ley. Tiendo a pensar en estas cuestiones con amargura –desarrolla la autora–. Esto pasa desde hace tiempo, pero hoy existen más medios y más posibilidades para que se voten proyectos autoritarios y funciona el hombre fuerte».

Mariana Enriquez rompe con el punto de vista de esos clasistas que consideran que la literatura de terror es un género menor. Ella reivindica estas obras y les añade un valor: «El terror funciona para aliviar el estrés de lo que nos asusta, pudiendo pensarlo. Uno puede leer cosas horrendas de Sarajevo en una ficción sin estar dañándose. A eso también ayuda el humor. De hecho, es un buen momento para la comedia, como para el terror, porque te permite hablar de una cosa de manera más desenfadada. Es un gran escape».

La escritora reconoce en el libro los grandes terrores contemporáneos, como «el miedo a lo apocalíptico, con las enfermedades, el calentamiento global y los hundimientos financieros recientes… Esto se notó mucho con la pandemia. La idea del fin del mundo es el gran miedo de este momento. También existe el miedo al fin de determinados estilos de vida y hay paranoia con el surgimiento de las derechas».

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