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Mariana Enriquez en La Vanguardia

Por Lara Gómez Ruiz

FUENTE: La Vanguardia

“Hoy da más miedo un videoclub abandonado que un castillo gótico”

Cuando a Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) le preguntan por su juventud, lo resume como un periodo de “lectura insaciable”. Leía “terror, fantástico oscuro, gótico…”, aunque admite que la suya fue “una experiencia solitaria”, pues, por entonces, no eran muchos los que de su entorno se animaban a leer género. Aunque le hubiera encantado tener más compañía, eso no le echó para atrás, pues todavía hoy tiene en su mesita de noche libros que logran ponerle la piel de gallina. “Ahora estoy leyendo La noche devastada, de Jean-Baptiste Del Amo, y me está dando mucho miedo”, reconoce a La Vanguardia durante una entrevista previa a la presentación en Barcelona de su nuevo libro, Conversación con la oscuridad (Páginas de Espuma). En él condensa todo el saber acumulado en años para constatar que la escritura espectral es el único lenguaje honesto para testimoniar que los muertos no descansan y para comprender por qué la realidad tiene la estructura de una pesadilla.

¿Por qué llega ahora este ensayo? ¿Plasmar todo su conocimiento sobre el género le ha hecho cambiar en algún aspecto su percepción sobre el terror?

La verdad que no. Este libro no pretende ser una transformación, sino una especie de síntesis de un montón de cosas que venía pensando. Un compendio de años de charlas, conferencias, entrevistas, reflexiones y clases. Es más un punto de llegada, que empieza en ver cómo llegué a esto.

¿Y cómo llegó? ¿Cuándo se inició en el terror?

No tengo un recuerdo exacto. Lo asocio todo más bien a una sensación de entusiasmo. Como si, cuando descubrí el terror, pasara del blanco y negro al color. Me acuerdo que leía muchas cosas de chicos, como relatos de mitología, pero a mí lo que me gustaba eran aquellos elementos que daban miedo. De La Odisea, por ejemplo, a mí solo me interesaban los monstruos. O, de la Biblia, las plagas de Egipto. Y de ahí, no sé cómo, salté a Poe, que no es que lo entendiera muchísimo a esa edad, pero me fascinaba El gato negro y la mujer asesinada a la que meten en una pared. Me parecía increíble. Yo era una niña que estaba esperando que algo la entusiasmara. Mis amigas se contentaban con bailar, probarse ropa… yo encontré esta satisfacción en los cuentos de terror.

¿Qué le decían sus padres cuando, de niña, la veían consumir ese tipo de historias?

Mis padres nunca me pusieron ningún límite. Podía ir a las casas de vecinos y ver películas de terror, en VHS. Un día, me escapé para ir al cine a ver Pesadilla en Elm Street, la primera de Freddy Krueger. No sé como me dejaron pasar. Tal vez no sabían que no era propia para chicos. En todo caso, entré y ya.

Adicta al miedo.

La verdad que sí. También me gustaba mucho escuchar a mi abuela, que contaba muy buenas historias de terror. No eran de ficción, sino cuentos de fantasmas y de aparecidos, con mucho folclore. Me acuerdo también muy vívidamente de la mancha de cemento que había encima de mi cabeza en mi habitación. A mi me parecía un diablo, con sus cuernos y todos. Supongo que eso lo saqué de los colegios religiosos. Quién sabe si con esa mancha empezara mi adicción.

¿Ha cambiado su relación con el terror desde entonces?

Diría que no. Creo que sigo teniendo la misma voracidad por leerlo y por tratar de entenderlo, no solo la ficción, sino también la teoría. Me genera todo angustia pero, a la vez, excitación.

En el libro sostiene que un escritor a veces puede quedar atrapado en sus obsesiones. ¿Cómo distingue cuando una obsesión puede ser literariamente fértil?

Yo tardé mucho en llegar al terror como escritora. En 2009 publiqué Los peligros de fumar en la cama y, para cuando llegué a escribir mi primer cuento, era ya muy consciente de que quería hacerlo. Tenía claro que quería tratar de plasmar emociones cotidianas y trasladarlas al terror. Ese primer relato tenía como protagonista a una chica que tiene muchas fobias y que termina descubriendo que estas, en realidad, son una maldición que le hizo su familia.

A menudo, lo más terrorífico se encuentra en la habitación de al lado.

Eso es, y con la gente cercana. Me interesaba mucho focalizarme en los vínculos familiares insanos y en los traumas que se van pasando de generación en generación. Y, también, la enfermedad mental como algo muy lindante con lo alucinatorio y lo paranormal. Al principio de los 2000, estos eran temas que no solo me interesaban a mí y que se empezaban a poner sobre la mesa, con palabras apropiadas, como la ansiedad.

Y usted, ¿tiene alguna fobia que se pueda confesar?

Yo creo que no tengo ninguna fobia muy marcada. Bueno, es verdad que no me gustan nada los bichos.

Pues vive en Tasmania…

Es verdad. Pero, por suerte, todavía nunca vi algo muy feo.

¿Cuándo comprendió que la dictadura de Argentina no era un tema más, sino que le ayudaba a reimaginar el terror?

Fue un poco en el haciendo también. Unas amigas me contaron que a veces jugaban a la ouija para tratar de convocar a su padre desaparecido. Entonces, yo me pregunté: ‘¿Podría escribir una novela o un cuento de esto?’. Me proponía que la carga inquietante recayera en los fantasmas, pero que estos no fueran unos muertos cualquiera, sino cuerpos de desaparecidos.

Y salió bien.

Sí, pero no era la única que empezaba a explorar la historia argentina desde otro lugar. Mi generación la comprende gente que tiene entre 40 y 50 y y pico. Salimos un poco de la narrativa bélica y heroica de conflicto de la dictadura y la post dictadura, y buscamos otro registro. No el testimonio, ni el realismo. Ni siquiera la novela política, sino la sátira, lo experimental.

¿Qué puede expresar un fantasma que no pueda hacer un testimonio o un documento histórico?

Los fantasmas dan más libertad para imaginar. El testimonio o el documento histórico tienen un compromiso con la verdad y con la fidelidad. Pero en situaciones tan complejas como esta, la objetividad es imposible, por el apego a los hechos.

En su libro, reflexiona que, pese a que Argentina ha hecho las cosas “medianamente bien”, con juicios y demás procesos, la dictadura y lo que pasó sigue hoy muy presente.

La historia siempre la escriben quienes tienen el control de la palabra. La ficción, en cambio, te permite imaginar e ir más lejos, te anima pues a hacerte preguntas. Es importante salir de esa rigidez. El hecho de que la ficción no tenga por qué ser responsable te permite ver los mismos hechos con otra amplitud, con más matices. Y sí, en Argentina, pese a los juicios y las reparaciones económicas, volvemos una y otra vez sobre la misma cuestión.

¿Puede ser que el presidente actual, Javier Milei, y su negacionismo en algunas cuestiones, provoque eso?

Cada tres años o así sale alguien que niega el número de desaparecidos y hay que explicar todo de vuelta. Entre ellos el propio presidente, que niega lo que pasó. Y eso que hace unos meses en la provincia de Córdoba apareció un cementerio clandestino con un montón de huesos. Por increíble que parezca, sigue siendo un tema que divide y que está muy presente. La mía es una sociedad enferma de memoria.

Una sociedad que, como muchas contemporáneas, da miedo en algunos aspectos, pero que no vive en castillos góticos, como en los relatos clásicos…

Un castillo gótico daba miedo en su momento porque era contemporáneo. O Frankenstein, que bebe de los cadáveres robados en la época de Mary Shelley para que los usaran los estudiantes de medicina, también. Hoy lo vemos lejano. Las ruinas contemporáneas son otra cosa como, por ejemplo, un Blockbuster abandonado, que nos hace recordar cuando éramos jóvenes y alquilábamos VHS.

El fantástico en Latinoamérica, más adulto que nunca

Mariana Enriquez se convence de que las nuevas generaciones tienen menos prejuicios sobre el género. “Liliana Colanzi o Mónica Ojeda incorporan las leyendas andinas a sus cuentos. Maximiliano Barrientos trabaja el noir con black metal y estéticas nórdicas en Bolivia. No es que como somos morenos o marrones no podemos hacer gótico. Somos góticos de todas maneras”. Y reivindica que en América Latina “no hay una maduración desde el fantástico hacia un género más adulto: son nuestros géneros adultos. Esta es la literatura que estamos escribiendo con entusiasmo, señal de que hubo un cambio”.

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