ABC Cultural
Por Rodrigo Fresán
FUENTE: https://www.abc.es/cultura/cultural/cuentos-ray-bradbury-infinito-alla-20251002163253-nt.html
‘Cuentos’, de Ray Bradbury: hasta el infinito y más allá
Páginas de Espuma reúne la edición más completa en cualquier idioma con la narrativa breve del maestro de la ciencia ficción. El autor de ‘Crónicas marcianas’ sigue vigente e iluminador
En un episodio de la serie de ‘Mad Men’, año 1961, un empleado de agencia de publicidad de Manhattan intenta esquivar la obligación de un viaje a la Costa Oeste, enarcando ceja con desprecio neoyorquino y preguntando: «¿Después de todo que hay que valga la pena en L.A.?». Su jefe, el ‘ultra-cool’ Don Draper, le responde con otra pregunta que funciona como la afirmación definitiva. «¿Ray Bradbury?», dice Don Draper.
Christopher Buckley evocó este pequeño gran momento televisivo (y se sabe que para Bradbury —recordar la esposa catódico-adicta del bombero inflamable de ‘Fahrenheit 451’— la televisión era un aparato más bien despreciable y se llevó mal con el para él plagiario Rod Serling y su ‘The Twilight Zone’; tampoco le causaban la menor gracia Internet y el Kindle porque «no es más que una página de libro reproducida en un televisor pequeño») para su prólogo de ‘The Stories of Ray Bradbury’ en la Everyman’s Library.
Y esa antología —del 2010, no fue la única ni la primera; en 2021 Bradbury entró con dos tomos en la canónica Library of America para codearse con los grandes clásicos ‘Made in USA’— tiene 1059 páginas. La de Páginas de Espuma —que abre con un entusiasta prólogo de Laura Fernández— tiene casi trescientas más. Es decir: Raymond Douglas Bradbury —además de haber nacido en 1920 en ese Waukegan, Illinois, al que ficcionalizaría como Green Town, pero haber vivido casi toda su vida en California y fallecido en Los Ángeles en 2012— sigue estando en todas partes. Y no es que vuelva ahora cortesía de este volumen-monolito (a Bradbury tampoco le gustó el hermetismo de ‘2001: Una odisea espacial’ de Kubrick & Clarke prefiriendo el humanismo ‘alien’ de ‘Encuentros en la tercera fase’), porque lo cierto es que nunca se fue y difícilmente vaya a dejarnos alguna vez.
Lo suyo tiene, ya, la materia de un clásico más allá de todo género y su genio y figura revolucionaron a la ciencia-ficción y a lo fantástico dotándolos de lo hasta entonces impensable: una carga nostálgica y aliento melancólico del que —hasta entonces, excitado por la histeria-euforia futurista— carecía todo lo anticipatorio. Bradbury se inspiró por sagas homéricas, leyendas del Far West y la Fiebre del Oro y, muy especialmente, por ‘Las uvas de la ira’ de John Steinbeck.
Así, sus canales marcianos y sus casas embrujadas y sus cohetes y veranos de la infancia y sus ferias mágicas y sus libros en llamas son, inequívocamente, bradburianos. Y anticipan tanto a los niños aventureros de ‘It’ y ‘Stranger Things’ como a los zombi-jóvenes cada vez más sedentarios atrapados por las redes sociales.
Y aquí está —vuelve a estar— todo eso; incluyendo al favorito de Bradbury (‘El convector Toynbee’), al favorito de Borges (‘La tercera expedición’, con su primer título: ‘Marte es el Cielo’) y, seguro, excluyendo a más de un preferido privado; pero para eso es que existen las antologías: para el reencuentro y el extrañamiento y la reconsideración y el descubrimiento. Y esta es una de esas desde ya imprescindibles para volver a sentarse a la mesa-escritorio de aquel que siempre tuvo a octubre como el mes más importante y trascendental del año.
«La mejor manera en que yo escribo podría ser descrita como yendo a la cocina a freírme un par de huevos y de pronto descubrirme preparando un banquete», explicó alguna vez Bradbury. Y, sí, una oficiosa pero muy nutritiva sencillez que nunca se apoyó en la idea de una formación ‘culta’. «A mí me educaron las bibliotecas. No creo ni en liceos ni en universidades. En cualquier caso, no puedes aprender a escribir en un ‘college’. Es un pésimo lugar para los escritores, porque allí los profesores siempre piensan que saben más que tú. Y no es así. La clave está en escribir un cuento por semana: es imposible escribir 52 cuentos malos seguidos», instruyó.
Los que aquí se incluyen —producto de la disciplina que no sirve de demasiado si no viene acompañada por el genio— son todos buenos o muy buenos o excelentes o insuperables. Es decir: son cuentos de Ray Bradbury quien, alguna vez, además de poseer ese candor que lo relaciona con el Frank Capra de ‘Qué bello es vivir’ así como de esa inteligente malicia y temblorosa que anticipó tanto a Richard Matheson como a Stephen King quien, a propósito de su influjo, aclaró: «Por supuesto, sin Ray Bradbury primero antes no podría existir yo después. Bradbury fue una de mis principales influencias. Y no es que lo haya estudiado: más bien lo absorbí a través de mis poros… Aunque para mí Bradbury siempre vivió y trabajó a solas en sus propio país, y su tan formidable como iconoclasta estilo jamás pudo ser imitado con éxito. En síntesis: Dios creó a Ray Bradbury y luego rompió el molde».
Y he aquí otro valor añadido a estos irrompibles cuentos de prosa cantarina funcionando también como manual de instrucciones. Porque, además del placer y maravilla que deparará a todo lector que lo descubra y reencuentre, Bradbury es uno de esos escritores poderosamente didácticos. Sus relatos no sólo maravillan sino que conmueven, sino que, además, son virtuales y virtuosas lecciones en lo que hace al cómo construir una historia y dar ritmo a una trama y dosificar una sorpresa con sabiduría y astucia de saber lo que pasa y permanece. Mucho más y mejor que cualquier taller literario.
Así Bradbury aclaró lo que tenía muy claro: «La ciencia-ficción retrata la realidad mientras que el género fantástico se ocupa de lo irreal. Así lo mío no tiene la obligación de ser realista porque es fantástico. Nada de lo que allí se cuenta podría ocurrir, ¿comprenden? Y esa es la razón por la que ha perdurado y perdurará por mucho tiempo; porque es lo mismo que los mitos griegos. Y los mitos perduran».
Y así —aunque sea parte de esa camada de no-ganadores del Nobel que, de haberlo ganado, habría sido el Nobel quien recibiera un Bradbury—estos cuentos perduran y perdurarán.
Desde Los Ángeles y hasta el infinito y más allá.












