Babelia, El País
Por Andrea Aguilar.
FUENTE: https://elpais.com/babelia/2026-05-08/fernanda-trias-escribir-en-tono-de-queja-no-me-interesa.html
Fernanda Trías, escritora: “La adicción y el alcoholismo femenino están menos transitados y son más tabú”
Premiada con el premio Sor Juana Inés de la Cruz por las novelas ‘Mugre rosa’ y ‘El monte de las furias’, la autora uruguaya reúne en ‘Miembro fantasma’ 10 relatos inquietantes e irónicos
No había estudiado literatura, ni tenía conexión alguna con el mundillo literario, corrían los primeros años noventa y Fernanda Trías (Montevideo, Uruguay, 1976) recuerda que, impulsada por su pasión por escribir, avanzaba a tientas. Dice que aprendía leyendo, de forma autodidacta, hasta que sintió que no podía seguir sola y oyó hablar del taller de Mario Levrero (1940-2004).
El polifacético editor, escritor, fotógrafo, librero y maestro uruguayo, con su particular forma de entender la literatura, su manera de crear y habitar los márgenes, de confiar en los ritmos psíquicos jungianos, su tono por momentos kafkiano, su idea del juego, de la ironía y de las atmósferas casaron perfectamente con Trías. Así que tras unos meses comentando lo que ella escribía en “un uno a uno” telefónico, la joven se unió al taller. Tras su debut editorial en 2001 con La azotea, publicó por el empeño que él puso, su segunda novela, Cuaderno para un solo ojo, un libro hoy inencontrable. Trías como Levrero, trabajó, en su caso brevemente, en el medio audiovisual haciendo documentales. Asegura, que aquello le permitió foguearse en otras formas narrativas.
La huella del maestro perdura, según dice la escritora, en esa pelea que sostiene con su trabajo para permitir que “el texto se revele” en sus propios términos. Es probable que también en ese tratar de romper con lo que se espera de ella y en su reflexión literaria sobre el deseo como vector. Doblemente premiada con el premio Sor Juana Inés de la Cruz, con Mugre rosa y El monte de las furias, respectivamente, su obra está traducida a más de una decena de lenguas y ha sido señalada como una de las más brillantes de su generación.
Trías reivindica siempre a su manera una cierta rebeldía, una forma propia de hacer las cosas. Ahora, tras más de una década, ha regresado al cuento con Miembro fantasma (Páginas de Espuma), su segunda colección de relatos, y también ha vuelto a Madrid, la ciudad donde arrancó con Mugre rosa y donde en este 2026 ha pasado unos meses.
Pregunta. En Miembro fantasma hay mucha ironía respecto a la escritura y el oficio.
Respuesta. He escrito mayormente sobre personajes femeninos con vidas nada extraordinarias, y por mucho tiempo sentía la inseguridad de pensar que los escritores serios siempre escriben sobre temas literarios.
P. Y ha respondido con el tono burlón de este primer relato, ‘Personaje en construcción’.
R. En ese cuento está ese tema de si una escritora podría imaginar a ese personaje masculino, “gran escritor”, y hasta dónde podemos imaginar. Ahora hay una gran crisis del relato, como que si no has vivido tal cosa no puedes estar en ese lugar de enunciación. Es un momento difícil para la literatura de la imaginación, porque hay mucha vigilancia sobre quién puede decir qué.
P. En otro de los cuentos aborda qué se siente al ser personaje de otros.
R. Una escritora que conozco era amiga íntima de otra escritora, y ella me decía que había roto la amistad porque la otra le había robado su infancia. Me saltó esa chispa sobre cuál es el límite ético de lo que escribimos, y esa sensación, cuando hablas con un escritor, de que todo puede acabar metido en una novela. Pensé en todas las implicaciones de que alguien escriba tu vida y cómo, al mismo tiempo, empieza a producirse eso de que ya no sabes si lo viviste o te lo contaron.
P. Esa sensación ¿cómo se maneja?
R. Es una parte de lo que quería problematizar en varios de estos cuentos. Es muy difícil de desentrañar lo que escribimos porque está armado de muchas cosas: de lo vivido, de la vida de los demás, de lo que te cuentan, de lo que viste y también de imaginación. En los talleres algún alumno me ha dicho que no se atrevía a escribir una historia porque su mamá estaba viva, por ejemplo. Cada escritor debe responder esta pregunta, porque hay un pudor muy grande y yo lo he sentido. Pero en mí siempre prevalece una necesidad de hacer lo que sea mejor para el texto.
P. El alcohol ocupa un espacio importante en varios de los relatos. ¿La semiconsciencia permite abrir más una historia?
R. Ese salirse de la realidad me parece interesante, pero quería ver este asunto desde la adicción y el alcoholismo femenino, que están menos transitados y son más tabú. Me gusta meterme en todo lo que son mujeres transgresoras. Además, en la bebida y en otras drogas hay mucha mentira y mucho mentirse a sí mismo: mañana paro, juro qué,… Es todo un relato y luego está lo que se cuenta a la familia. Todo eso coexiste. ¿Y qué es ese dolor latente, ese miembro fantasma que sigue latiendo y está por debajo del consumo? ¿De dónde la insatisfacción y el miedo abrumador?
P. Un personaje piensa que “lo primero que aprendés no es que hay que esperar, sino que hay que mentir” y se pregunta “si acaso el misterio y la belleza tendrían que ver con todo eso”. ¿En esto consiste la ficción?
R. Todo es un relato, pero el niño en su inocencia no miente, imagina. Hay un quiebre muy doloroso en ese momento en que te das cuenta que todo el mundo miente o que hay un mundo ahí fuera basado en las apariencias. Pero hay que mantener la fe dentro de la desilusión.
P. ¿La mirada cómica ayuda? En Miembro fantasma hay mucho humor e ironía.
R. Ciertas cosas es mejor narrarlas con humor porque tal vez eso permita que hablemos mejor sobre determinados asuntos. Por ejemplo, el tema de las escritoras. Lo puedo abordar y reírme de todos esos prejuicios, sin duda cosas que me han tocado vivir. La otra contracara es el resentimiento y escribir en tono de queja. Eso no me interesa.
P. En la reedición de La ciudad invencible incluyó el ensayo En nombre propio sobre escritoras. ¿Fue una reivindicación?
R. Quise trazar una genealogía: Sara Gallardo, María Luisa Bombal, Marvel Moreno, hay que nombrarlas, es importante. Me interesaba esta idea de la conversación y la compañía, porque no estamos solas escribiendo. Hay un acompañamiento con otras escritoras contemporáneas, y también dialogamos con quienes nos precedieron y abrieron el camino.
P. ¿Se exageran los rasgos que acercan el trabajo de las escritoras latinoamericanas hoy a la ciencia ficción, el terror o la distopía?
R. Lo que están escribiendo mis colegas mujeres en América Latina es muy diverso. Una parte es terror, body horror, violencia fuera del realismo. Y ahí coinciden una producción con una atención a esas poéticas. Sí hay un interés por pensar las narrativas no miméticas, por encontrar otro vehículo para narrar ciertas violencias muy propias de nuestro territorio latinoamericano, que durante un tiempo estuvieron menospreciadas.
P. ¿Cómo entiende esa evolución?
R. Los 90 era una época de realismo sucio. Hoy ha regresado una manera diferente decir esto es literatura y esto es un lenguaje que me permite reflexionar de otra manera acerca de estas violencias extractivistas y patriarcales que nos atraviesan a los cuerpos de las mujeres o al cuerpo de la naturaleza, y que están íntimamente ligadas. Eso es mi novela El monte de las furias. Hay otras escritoras que tratan esto desde el no realismo, distopías, ciencia ficción. Lo que me interesa a mí es la mezcla.
P. A menudo se hace hincapié en que creció en Montevideo en dictadura. ¿Eso ha marcado su escritura?
R. Tardé en darme cuenta. Al principio lo desestimé, pensaba que nací y viví ocho años bajo ese régimen, pero nosotros salimos bien librados, mi familia no vivió tan de cerca esa violencia. Con el tiempo empecé a entender que eso tenía que ver con el silencio que se impone en mis textos, y que yo lo veo como un murmullo, la sensación de se está hablando de algo pero por lo bajo y no se entiende del todo, de que hay algo amenazante que no se nombra. Esa es exactamente mi infancia: había algo hostil fuera y no sabía qué.
P. Aunque nunca ha publicado poemas, en su prosa la poesía cala. ¿Se reconoce en ese impulso poético?
R. Ya si en la adolescencia no me nació escribir poesía, ahora tampoco creo que salga. Pero soy lectora de poemas y me siento muy orgullosa cuando gente como Piedad Bonett o Gioconda Belli me dicen que ya soy una poeta por mis libros. Al principio, yo intentaba ir hacia una forma seca, económica, pero luego me fui rebelando contra esa idea.
P. ¿Por qué?
R. Empecé a verle problemas políticos. ¿De dónde viene esto de que tiene que ser corto y efectivo? Todo sonaba mucho a un gusto de época, a lo que te exige el capitalismo. Pensé que lo realmente contestario y rebelde es apostar por el lenguaje, precisamente porque es visto como una pérdida de tiempo y algo poco efectivo. Si no quiero ir con la corriente de lo que el mercado te pide, lo que hay que hacer es volver a pensar el lenguaje, y eso es lo que hace la poesía que está todo el tiempo quebrándolo y jugando con el límite del silencio y lo que no se puede decir.
P. ¿Cómo fue ese giro en su trabajo?
R. Poco a poco fui afinando las ganas de ir hacia ese lado en Mugre Rosa y un poco más aún en El monte de las furias. Sentí un goce estético y lo quise radicalizar. El cuento es más breve, pero también me gusta rebelarme contra los mandatos, como en este libro. El trabajo del lenguaje para mí no es negociable.
P. Una de sus narradoras, a la vista de las fajas de las novedades en una librería se pregunta cuál es la diferencia “entre Deslumbrante, Irresistible, Magnífico o Incomparable”, y si algún día los editores llegarán al “tope del superlativo”. ¿Hay que huir de la autocomplacencia?
R. Sí, es fundamental. No hay que creérsela. ¿Cómo hacer eso? Enfocándote en lo próximo. Y siempre, como en un péndulo extraño, intento que lo próximo se aleje de lo anterior.
P. Vivir en tantos lugares fuera de Uruguay, ¿le da más perspectiva? ¿Hay demasiada insularidad en algunos escritores?
R. De esa insularidad puede salir una obra maravillosa como la de Mario Levrero, pero a mí me enriquece esa contaminación, ese contacto entre eso que traigo y que no me puedo sacar aunque quiera, y las otras tradiciones.
P. ¿Qué es eso que no logra sacarse?
R. Esa marca que yo interpreto como 100% uruguaya: una cierta mirada un poco grave, un poco triste, un poco desencantada; esa grisura onettiana que yo la matizo con más ironía y humor, para que no sea una pura gravedad deprimente.








