Maldito Bradbury
Estimado señor Ray Bradbury:
Decido ponerme en contacto con usted, que a buen seguro andará cobijado en un Marte mucho menos apocalíptico que este pobre lugar que no levanta cabeza. En fechas recientes Páginas de Espuma ha actuado como colaboradora necesaria suya y ha perpetrado un tomo de mil quinientas paginazas, el cual me lleva a trasladarle, indignada, una serie de cuestiones. Por ejemplo: ¿quién le enseñó a escribir de esa endiablada forma? ¿Cómo pudo conocer tan profunda y esencialmente al pobre mono evolucionado que somos y, con todo, mantener su incombustible optimismo, su esperanza y fe en la belleza? ¿Por qué en sus manos la calle de una ciudad o una granja ale-jada de todo pueden resultar páramos hostiles y un planeta remoto se parece tanto al mundo nuestro de cada día? ¿Dónde le enseñaron a adjetivar así? Dígame, ¿sigue abierta esa escuela?
Se merece usted toda una galaxia, una eternidad de lectores plateados que se pregunten, como yo, si los grandes límites que aceptamos sin rechistar, los de la vida y la muerte, no son solo puertas que pueden cru-zarse tan ricamente, juegos sencillos de los que salir triunfantes si tienes la estepa blanca de un folio y el valor suficiente para atravesarla apo-rreando un teclado. Usted anima, con una alegría que dudo sea legal, a construir un universo de inocentes y audaces, de soldados que se salvan porque no creen en la guerra, de niños vampiro conmovedoramente torpes y viejas a las que no les da la gana de palmar. El misterio late en un tarro de formol comprado en una feria o en una caracola marina. El misterio es amar tanto a un perro o al hijo muerto. El misterio es, por último, maldito señor Bradbury, cómo vamos a salir de su libro, con lo bien que se soñaba allá dentro.








