Ray Bradbury. El cuentista de la fantasía humana y sus angustias
A nadie debería extrañar que un chico nacido en 1920, es decir apenas finalizada la Primera Guerra Mundial, cuya adolescencia o juventud temprana se acabó de un porrazo con la llegada de otra gran guerra y sus renovadas formas del horror, incluido el broche de oro de un par de promisorias y eufemísticas bombas atómicas, a cuyo cóctel embrionario no podemos menos que sumar un antepasado “bruja”milagrosamente prófugo de los célebres Juicios de Salem, haya dedicado su vida a enrarecer el mundo que le tocó en suerte. Y a imaginar otros que, por añadidura, se empecinó en destruir infinitas veces solo para demostrar que los humanos no tenemos remedio. Claro que un par de guerras y de bombas, más una bruja, no alcanzan para cocer un Ray Bradbury, pero sin duda permiten cifrar un destino.
Las más de mil trescientas páginas que componen esta antología de cuentos del norteamericano Ray Bradbury (Waukegan, 1920–Venice Beach, 2012), traducidos en su totalidad por Ce Santiago, reactualizan la ubicuidad y asimismo el sesgo voluptuoso de ese rumbo, volviendo palpable no solo la inmensa voluntad de una escritura sino también la coherencia de sus obsesiones: el temor por la deshumanización tecnológica (y por la deshumanización en general), la añoranza de un pasado quizás ideal que bien podría sintetizarse en la infancia (aunque la suya no haya sido nada ideal), la incomprensión, la crueldad producto de la ignorancia y las acechanzas cotidianas, ordinarias extraordinarias, de la locura.
Bradbury es un representante cabal de la época de oro de las revistas populares que decaerían con la irrupción masiva de la televisión
Aunque Bradbury no se consideraba, con la sola excepción de la novela Farenheit 451, un escritor de ciencia ficción (“La ciencia ficción es una representación de lo real; la fantasía es una representación de lo irreal”), conviene recordar que el género no se supedita o reduce a la proyección tecnológica sino que en esencia implica establecer algún modo de la distancia para observar –subrayar, denunciar– mejor, desde otra perspectiva, el aquí y ahora. Al margen del propio Bradbury, basta leer las obras de George Orwell, Stanislaw Lem o Philip K. Dick para comprenderlo sobradamente. “Su Marte no es un entorno físico”, señala el editor Paul Viejo en la nota introductoria del libro en referencia al imaginario del que se desprenden tantas de las ficciones de Bradbury, “sino un paisaje metafórico de proyección cultural”.
Hijo de una familia de recursos modestos, autodidacta (el hecho de que legara su biblioteca a la Public Library de Waukegan demuestra cuánto le debía), Bradbury es un representante cabal de la época de oro de las revistas populares que, como reclamó entre lágrimas Kurt Vonnegut –otro escritor que subsistió durante años gracias a ellas-, decaerían con la irrupción masiva de la televisión. Previamente, Bradbury había publicado en Weird Tales, Planet Stories y otras tantas más de un centenar de relatos, todo ello antes de los veinticinco años, puliendo un oficio que comenzó a desarrollar con envidiable convicción cuando todavía usaba pantalones cortos.
Esta edición reúne, en sus ciento y pico de relatos, apenas –digámoslo con humor- una parte de su producción cuentística, pero incluye sin duda la más significativa, es decir los textos que compondrían volúmenes clave como Crónicas marcianas, El hombre ilustrado, Las manzanas doradas del sol o Un remedio para la melancolía, y que se publicarían de mediados de los años cuarenta hasta finalizar la década posterior. El arco que traza, sin embargo, es mucho más amplio, y permite rastrear desde los orígenes de una escritura que coqueteaba con el terror (“El tarro”, “La guadaña” o el notable “La noche”), pasando por los relatos que normalmente se consideran dentro del inmenso espectro de la ciencia ficción o fantasía hasta los que desembarcan en una realidad extrañada o del todo absurda (“Un remedio para la melancolía” o “La mujer ilustrada”). La decisión editorial de sortear el concepto de libro original y agruparlos en un único corpus, uno tras otro, desestimando incluso la cronología de publicación, resulta cuanto menos riesgosa, si bien potencia el efecto de leer a Bradbury desde una continuidad absoluta, algo que parece en rigor solo destinado a los fans o a los estudiosos del género.
Del núcleo duro o fundamental de su obra corta, el hilo conductor parece advertirnos sobre los peligros a los que se enfrenta la humanidad si no se dispara a sí misma un shock de conciencia; alarmas que espían el futuro, pero que en verdad se posan sobre el presente y, claro, en ocasiones sobre el pasado inmediato. Marte, y el espacio en sí, significan la chance de sobrevivir o empezar de nuevo, aunque en las ficciones de Bradbury casi nunca hay sitio para la esperanza. La tristeza y la fatalidad que destilan cuentos como “El picnic milenario”, “El visitante” o el bellísimo “Los largos años” deja un mínimo resquicio, que solo es producto del extrañamiento. Ni siquiera los pasos de comedia de “Los pueblos silenciosos”, “Vendrán lluvias suaves” o “Los desterrados” –en el que Poe, Bierce y Dickens sobreviven hasta que alguien queme sus últimos ejemplares- nos sueltan la mano. Y obras maestras como “Ylla” -contado desde la perspectiva de una mujer marciana- o “Caleidoscopio” –el devenir angustioso de un grupo de astronautas cuya nave ha sido destruida por un meteorito– consiguen el hallazgo de la iluminación poética, sí, pero solo para recordarnos lo mal que nos hemos portado. Y lo mal que seguro lo seguiremos haciendo.