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Bradbury en La Voz de Galicia

La Voz de Galicia

Por Héctor J. Porto

FUENTE: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/cultura/2025/11/23/redescubriendo-planeta-bradbury/0003_202511G23P49991.htm

Redescubriendo el planeta Bradbury

Un libro reúne un centenar de cuentos del autor estadounidense para ofrecer, en nueva traducción, un recorrido por siete décadas de labor del gran maestro de la ciencia ficción
HECTOR J. PORTO
REDACCIÓN/LA VOZ

Por encima de un hombro, la mirada de Poe, mientras por sobre el otro [H.G.) Wells, [Edgard Rice) Burroughs, y casi todos los escritores de [las revistas pulp) Astounding [Science Fiction) y Weird Tales. Asi se forjó muy pronto el imaginario y la mirada de Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920-Venice Beach, California, 2012), que comenzó a escribir enseguida, con apenas 12 años, al menos mil palabras por dia. Poco a poco la imitación iría dando paso a su propio estilo, el de un autor que hacía de la velocidad virtud y denostaba la voluntad de estilo: «En la rapidez está la verdad, cuanto más pronto se suelte uno, cuanto más deprisa escriba, más sincero será. En la vacilación hay pensamiento. Con la demora surge el esfuerzo por el estilo, y se posterga el salto por la verdad, único estilo por el que vale la pena batirse a muerte o cazar tigres. Ese fue su proyecto: construir desde la verdad y sin artificios, hallando la realidad auténtica bajo la realidad aparente, casi como una revelación que se convierte en misión última, como subraya Laura Fernández, autora del prólogo de Ray Bradbury. Cuentos, un volumen de más de 1300 páginas editado por la casa Páginas de Espuma que reúne una selección de 116 relatos-de los seiscientos que publicó- realizada con gran rigor y esmero por Paul Viejo y con nuevas traducciones
a cargo de Ce Santiago.

Un titánico trabajo que permitirá al lector al menos, al más maduro regresar al gozo que en la adolescencia supuso el descubrimiento de Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, libros de cuentos que en español, por cierto, se conocieron gracias al ilustre emprendedor Francisco Porrúa (Corcubión, 1922-Barcelona, 2014), que los editó en Buenos Aires en su sello Minotauro y en la versión de Francisco Abelenda -seudónimo bajo el que se ocultaba el propio editor gallego. Revivir esa fascinación es el sumun de la experiencia emocional teniendo en cuenta que Bradbury escribía para conservar vivo el niño que, embebido en la nostalgia de los cromos de Buck Rogers de su infancia, llevaba dentro de sí -aquel niño con tendencias solitarias, enfrascado en su mundo de imaginación, fantasía y lecturas, y acosado en el colegio-, como reconoce uno de sus mejores y más devotos discipulos, otro grande, Stephen King, que aseguró que ambos venían del mismo lugar e iban hacia los mismos lugares en sus literaturas.

Criado en la escritura de cuentos para la publicación en revistas, era muy ágil y con similar prontitud alcanzó el éxito, ya en 1950 con la aparición de Crónicas marcianas, pero es verdad que hubo de pasar mucho tiempo para que fuese aceptado como algo más que un autor de ciencia ficción, según señala Paul Viejo. Y es que, incide, lo que alienta sus textos no es tanto la profecia del futuro como algo más profundo y pegado a las inquietudes de su tiempo, el temor ante el vertiginoso avance de la tecnología, el maltrato de la Tierra, asuntos que se hallaban en la raiz de su disgusto con el egoismo del hombre, que paradójicamente combinaba de forma natural con una fe irredenta en los valores de la humanidad. Sus relatos podían tratar la colonización de cualquier planeta, insiste Viejo, pero, a la postre, estaban hablando del ser humano. «Era un incomprendido, incluso, entre sus colegas, pero él lo que quería -subraya- era escribir un Winesburg, Ohio (novela de Sherwood Anderson) en Marte».

Un gran humanista

Si algo late en el centro de su obra, tercia Laura Fernández, es el corazón de un gran humanista, un gran conocedor del ser humano, que es capaz de conservar el asombro por las cosas, el milagro de estar vivos en el planeta.

Dejó dicho muy certeramente el profesor William F. Touponce que el Marte de Bradbury «se convierte en un terreno moral, un escenario para el fracaso o la redención de los valores humanos». Es decir, profundiza Paul Viejo, «un planeta simbólico, poblado de ruinas propias y ajenas, donde lo importante no es la tecnología del viaje, sino la carga cultural que los viajeros arrastran consigo […], el escenario de una segunda oportunidad para la humanidad, pero también el lugar donde se repiten las fallas estructurales del proyecto modern: colonización, dogmatismo, violencia, etrocentrismo».

«Soy una rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo»

Cuenta Ray Bradbury que no fue hasta los 22 años que dio consigo mismo y escribió su primer gran cuento-diez años después del comienzo «Escribí el título, El lago, en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizados. ¿Por qué?, pues porque por fin había escrito un cuento realmente bueno, y no solo era un buen cuento sino una especie de hibrido, «algo al borde de lo nuevo, no un cuento de fantasmas tradicional». Nadie se atrevia a publicario hasta que Weird Tales accedió a cambio de que después regresase a los fantasmas de siempre. Le dieron 20 dólares. Él mismo no se atrevió a profundizar hasta que aquello fue abriendo una grieta en el pensamiento domesticado por la convención. Si no hubiera urdido esas recetas nunca se habría transformado en «ese grajo que busca objetos brillantes, extrañas carcasas y fémures deformes en los cúmulos de basura que tengo en el cráneo, donde, junto a los restos de las colisiones con la vida, se esparcen Buck Rogers, Tarzán, Johan Carter, Quasimodo y todas las criaturas que me dieron ganas de vivir para siempre».
En Date prisa, no te muevas, o la casa al final de la escalera, o nuevos fantamas de mentes viejas y Cómo alimentar una masa y conservarla, explica el modo en que debe con constancia suministrar material a su personalidad secreta, su inconsciente es su masa. «Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Para empezar es imposible. A los 10 años uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los 18 acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los 30 descubre a Melville y pierde a Wolfe». Pero algo persiste: «la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un dia se vuelve a mirarlos».
«Soy una rareza de feria -proclama-, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo […] Las historias me han guiado por la vida. Ellas gritan, yo voy detrás. Ellas echan a correr y me muerden los tobillos, yo respondo escribiendo todo lo que pasa […] Cuando termino, la idea me suelta y se va […] Asi es la vida que he tenido [..] Y el viaje? Exactamente la mitad terror, la mitad júbilo».

 Palabras como disparadores y obsesiva reelaboración

Ray Bradbury era un escritor rápido gracias a un arduo entrenamiento que había iniciado siendo un muchacho. Los narradores de ciencia ficción vivían profesionalmente de la publicación de sus textos en las revistas especializadas. Fue así como hubo de enfrentarse al hecho de que lo encasillaran como autor de género. El siguió adelante contra el desprecio de los que reducían su arte. Su mente viajaba a gran velocidad. Creaba -explica Laura Fernández- listas de palabras, de sustantivos, que después rescataba y empleaba como disparaderos de sus ficciones. Y además remozaba y reelaboraba los textos, no tanto por una cuestión de perfección formal, advierte Paul Viejo, «como por una obsesiva necesidad de volver a revivirlos», también como un juego y por el gusto de reutilizar. La novela Farenheit 451 (1953), por ejemplo, realizada en solo 18 días, alquilando por horas una máquina de escribir en la biblioteca pública porque si permanecia en casa no escribía ya que sus hijas querían que jugara con ellas y él no sabía decirles que no, es una reelaboración del cuento de 1951 El bombero. Este aspecto hizo especialmente intrincada y dura la tarea de Viejo, pero finalmente presentó una muestra de la producción cuentistica -no solo ciencia ficción, también hay algunas piezas perfectamente realistas- ordenada de forma cronológica y unificada por la voz de un solo traductor, y muy solvente: Ce Santiago.

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