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Criticismo reseña La máquina de hacer pájaros

Por Fernando Montenegro.

FUENTE: https://criticismo.com/cuentos-y-aves/

Cuentos y aves

El tercer libro de Natalia García Freire no solo tiene un título tomado de una canción de Charly García, sino que es también un libro de cuentos. Y esto es un problema. Nunca me he sentido cómodo escribiendo sobre colecciones de relatos, porque cada cuento es una apertura impredecible, un artefacto difícil de capturar y, aunque hay ciertamente huellas o débiles filamentos que los conectan unos con otros, lo más importante de cada relato, en casos como este, es su singularidad. Este es todo un desafío, porque mientras buena parte de los narradores han optado por difuminar las fronteras entre novela y cuento publicando cuerpos textuales integrados, otras como Natalia García optan por la autonomía primordial del relato breve, no como cerradura, sino como pasaje hacia ecosistemas inesperados que son de una riqueza inusual. ¿Sobrecargados, espesos, barrocos? Eso está por verse, el primer efecto que produce La máquina de hacer pájaros es su resistencia a lo uniforme, por tanto a un análisis sintético, y eso significa que estoy en serios problemas.

Algunos aspectos que me interesa rescatar es la recurrencia a lo animal no solo como tema, sino como un problema constitutivo de su escritura; en parte lo que se propone la escritora cuencana es explorar los límites del lenguaje o, mejor dicho advertir su dimensión biológica. El lenguaje como ese espacio de experimentación donde colapsan las diferencias e intimidades entre lo animal y lo humano. En el universo literario de Natalia García lo humano es lo animal, pero me da la sensación de que estamos en un territorio ligeramente dislocado del “devenir animal”, del que habían hablado Deleuze y Guattari y sus seguidores hasta la saciedad, sino en una indeterminación ética y narrativa — o, por lo menos, en una suspensión — que resulta inquietante para quien está buscando cristalizaciones conceptuales o imágenes concretas donde ensayar una interpretación simbólica, especialmente sobre el inmenso mundo de los pájaros. Sí, los cuentos de Natalia García podrían ser leídos desde la perspectiva del “gótico andino” (que rápido envejeció esa palabra) o desde la ecocrítica, pero el tipo de enrarecimiento y opacidad con la que se urde esta escritura nos la pone muy difícil a los que tenemos alguna ambición hermenéutica.

El primer relato, “Las lumbres” da cuenta rápidamente de ese procedimiento: “La escritora no recuerda nada. Es el lenguaje que habla”, como si el lenguaje pudiera existir sin hablantes ni referentes y fuera una suerte de virus que se activa con el movimiento de estas criaturas, las lumbres, que nunca sabemos bien qué son, aunque las perseguimos y tratamos de descubrirlas como si se tratara de una adivinanza para guaguas. Por supuesto que, en la medida que las lenguas ancestrales toman peso, nos vemos ante la posibilidad de que las lumbres sean en sí mismas la condición biológica del lenguaje que guía una búsqueda, o mejor dicho, la búsqueda en sí misma.

“Las lumbres” es un cuento que en el fondo trata del extractivismo. Encuentro mucho de Marosa di Giorgio y del estudio Gibli en su textura, de sus lecturas sobre biología y botánica que son espesas y serias, pero sobre encuentro mucho de Natalia misma. No un sello ni un estilo, sino acaso un procedimiento de escritura. Una especie de mirada o de sentido (quizá la palabra es sensibilidad) que es muy particular de su escritura, un enrarecimiento del mundo, pero que no busca el efecto (aunque hay cuentos que inevitablemente gravitan hacia allí y ese es un problema), sino un mundo que parece siempre, tan obstinadamente heterogéneo como insondable. Un mundo violento que es respirable gracias a las imágenes, y está problematizado por ellas.

¿Qué son las lumbres? No sé sabe bien, lo que sí se sabe es que expresan los modos contemporáneos de expropiación de la tierra y de explotación de la naturaleza, nos ayudan a iluminar sus consecuencias, ecológicas, psicológicas y espirituales. Mejor aún, Natalia no ve estas tres dimensiones como algo separado, pero, ojo, sus personajes no encarnan esa experiencia holística del mundo, sino al contrario, el desgarramiento que repercute cuando somos incapaces de vincularnos seriamente con él. De allí que las neurodivergencias sean tan importantes en sus relatos.

Natalia sigue yéndose por lo perturbador, “Hasta que desearas dejar tu corazón sin sangre” es un cuento donde la narradora tanto como su terapeuta, una psicodermatóloga lacaniana llamada Ruthie, sostienen una muy peculiar relación clínica. Pero en realidad las mujeres están locas de remate, la narradora tiene impulsos suicidas y Ruthie es una peluquera que tiene un cuadro de Lacan donde atiende a sus pacientes en medio de delirios sobre belleza femenina. Ambas buscan una suerte de respuesta en una forma de terapia debido al abandono de los hombres en su vida y que no se puede materializar en el método sino en la extrema hibridación de imágenes (Lacan con pestañas largas, por ejemplo). La respuesta está en una tercera mujer, Rosa, una especie de curandera rural, un personaje interesante, porque encarna la tensión entre algún tipo de saber ancestral, bastante trastocado por la posmodernidad, y la cultura popular, lo que habla de un estadio de la ruralidad singular, donde esos saberes conviven con Juan Gabriel y los K-dramas. En general el cuento, como tantos episodios en la obra de Natalia García, trata con personajes neurodivergentes, para quienes el psicoanálisis o psiquiatría convencional no es suficiente medicina.

No es distinto el perfil de los personajes en “Formas de reparar lo que no está roto”,

donde desde el título ya observamos las ironías que produce las definiciones de la locura en el mundo moderno y que tan bien observó el amigo Foucault en Historia de la locura. Es un

relato sobre una mujer interna desde hace quince años en un psiquiátrico, está en sus treinta. El cuento, finalmente, produce un comentario sobre los modos en que el complejo farmacológico del capitalismo recluye lo heterogéneo hasta por si acaso. Pero el comentario

está cifrado en forma de flujo de conciencia, donde la narradora nos cuenta el traumático episodio de Romina, una chica recién interna y de la que se había enamorado. El relato nos da la posibilidad de observar el mundo del manicomio, las rutinas y la adicción de las internas (parecen solo ser mujeres) por las series de detectives. Es, sin embargo, ese género, tipo CSI, el que termina iluminando el sorprendente remate del cuento y donde ya nos queda claro la profundidad que tiene la cultura popular en nuestras conductas y nos permite entender por qué un tipo disfrazado de Batman llega a un cine y acribilla a decenas de personas.

Esto queda claro en “Yo amo a Paquita Gallegos”, nombre tomado de una telenovela colombiana de los años noventa o dos mil, donde suceden varias cosas extrañas, en realidad, de lo que yo recuerdo — porque no la recuerdo perfectamente — los conflictos se resolvían de maneras delirantes. En este relato yo veo un mundo donde la gente está buscando desesperadamente algo de sentido a través de cualquiera sea el mecanismo. Vivimos un estado depresivo global y uno de los factores principales es que parecemos aceptar que se trata de un problema estrictamente psicológico —¡estamos todos locos! —, y ninguna crisis civilizatoria se puede entender así, es decir, el psicoanálisis no es suficiente para entender la locura. El personaje principal, una mujer fanática de la telenovela colombiana, que un buen día recibe a una mujer que le deja un gato que habla y se conmueve por la complicada trama de la telenovela colombiana. Por momentos el relato parece un programa de dibujos animados. La televisión es casi omnipresente, como en efecto lo era en la década de los noventa. Y ese mundo de la televisión es capaz de salir y no solo confundirse con la realidad, sino producirla. Además, es un gato que habla.

“Tecnocumbia para el fin del mundo” es mi cuento preferido de la colección, aunque al principio lo sentí efectista y el final quizá melodramático, pero, oigan, estamos en un mundo definido por las telenovelas y los dibujos animados. Ñela, es una niña-mujer que debe hacerse cargo de sus siete hermanos rufianescos, hasta que un día uno de ellos trae a Rosi Bum Bum, una diva local de un tipo de música que en el Ecuador se llama tecnocumbia. Un buen día, su hombre cae preso y el resto de hermanos la acusan de delatora y la expulsan de la casa. Esto separa a Ñela y Rosita Bum Bum que hasta allí habían tenido una serie de intercambios tipo True Detective, fascinantes, precisamente, porque se trata de dos personajes que provienen de lo más marginal de la cultura y sociedad ecuatoriana, sobre todo de la muchas veces idealizada ruralidad, donde, seamos francos, se ven mucho mejor las estrellas que en la ciudad y nos hacemos más propensos a divagar sobre la vacuidad del universo. La atmósfera del final del relato nos plantea un rencuentro entre Ñela y Rosita Bum Bum, en un escenario plagado de estrellas, al mismo tiempo por el cielo libre de nubosidad y lejano de la ciudad, pero también por los delirantes trajes de lentejuelas típicos de las cantantes y bailarinas de tecnocumbia:

Tomó mi mano y me llevó a un galpón. Estaba tan oscuro como dentro de mí. No había música, ni ruidos. Cuando mis ojos se acostumbraron a esa noche vi cuerpos como el de Rosi Bum Bum, que llenaban cada hueco del lugar. No eran grandes, solo se expandían; pechos, caderas, piernas, sexos largos y sexos ahuecados. Negrura, silencio cósmico y olor a comino y humedad. Algo empezó a titilar, luces enanas que mostraban manos y piernas cubiertas de lentejuelas y cabellos llenos de plumas. […] Todas ángeles. Y bailaban. […]. Cierra los ojos y escucha, me dijo Rosi Bum Bum. No hay qué escuchar, quise decirle. Pero cerré los ojos. No sé cuánto tiempo estuve así, calladísima, tocando tanta piel y moviéndome como decía Rosi, con miríadas de estrellas en los talones y en la cadera, como si tuviese algo dentro: arenas movedizas, aves marinas, nebulosas en la sangre.

“Amor mío corazón” es otro relato que no deja de ser deslumbrante. Julita, una niña de diez años, que ha adelantado su ciclo menstrual, vive con una madre alcohólica y farmacodependiente que, al parecer, administra un refugio de aves salvajes que son recuperadas por rescatistas de la zona. El ave primordial del relato es un Tucán, pero la situación en este espacio está, para variar, un poco enrarecida. La madre teme el despertar sexual de la hija que de alguna manera está vinculado con el contacto con estas aves exóticas en cautiverio, pero a la vez, Julita tiene una curiosidad por un mundo exterior (donde hay niños, hombres) que le está prohibido. Como en tantos relatos de esta colección, observamos lo fuertes y dañinas que pueden ser las relaciones entre mujeres, ya sea entre madres e hijas o entre dos amigas con en relatos anteriormente descritos. Este es un relato también maravilloso por su exploración del mundo de las aves, lo que revelaría la presencia del archivo biológico que reposa tras estas líneas, pero también, no sé por qué, se me ocurre imaginar una diálogo con el catálogo de aves que extraemos de una lectura extensa de Jorge

Carrera Andrade, el más importante poeta nacional.

“Cabeza quemada” es posiblemente el más complejo de todos los relatos, es una suerte de distopía post apocalíptica, excepto que tiene lugar únicamente en una extraña casa

donde la “tiita” busca abusar de las primas a quienes se les ha dicho que afuera el mundo ha

terminado. Es un relato que necesita varias lecturas y que se juega en varios detalles perturbadores respecto a la cercanía problemática ya no solo de la familia nuclear (de hecho

la madre de la narradora está marginada), sino de la familia extendida, algo de lo que poco se habla, las íntimas tensiones entre primos y primas en edades preadolescentes y que son, como mínimo, incómodas. Natalia García las oscurece más, como para oscurecer más todavía el panorama, y la única guía que tenemos son las abultadas referencias culturales de finales de los noventa (década escatológica) y que estaba profundamente marcada por el TVCable, donde aparecían figuras como Walter Mercado y Britney Spears. La televisión es una clave de lectura en este relato sin ninguna duda.

“La balada del vaquero espacial” es otro relato fascinante y extraño que trata sobre el abuelo de Fernandito que, de un momento para otro, se convierte en un alien con capacidades metamórficas impresionantes y cuyo único objetivo parece ser interponerse entre unos mineros y su trabajo. Es casi una parábola, muy bien escondida, sobre la minería, un tema especialmente sensible en el Ecuador contemporáneo y yo diría en el mundo. Pero García Freire lo hace a través de un relato alucinado y atravesado por los afectos entre un nieto y su extraño abuelo alienígena que sin discursos ni consignas interviene el mundo de los mineros hasta que es brutalmente asesinado. Ya este ha sido un asunto tratado por Natalia García, y la figura del animal, pienso en el final de Trajiste contigo el viento, es lo que nos posibilita conversar de otro modo de la catástrofe ambiental con la que lidiamos cotidianamente.

Por último, “Cómo desaparecer completamente”, un entretenido relato sobre una escritora que “ha muerto”, aunque en este mundo tipo Severance, la muerte no sucede de manera fulminante, sino que el muerto tiene ocasión, por ejemplo, de informarle a su madre

que, lamentablemente, este ha sido el caso o, por ejemplo, puede elegir el destino de sus restos, si serán cremados o para la ciencia. Todo esto ocurren en medio de una crisis climática y ambiental que ya está haciendo insoportable la vida. Mencionaba al principio que la protagonista es escritora, porque creo que, finalmente, la pregunta de Natalia García Freire es qué puede o debe hacer una escritora en circunstancias como esta, cuál es su función, pregunta que, incluye, por supuesto, el problema de la posteridad, la utilidad de lo escrito o, más precisamente de la ficción.

Da la impresión que la escritora ecuatoriana apuesta, más bien, por las posibilidades

que nos habilita la ficción para movilizar y, digámoslo con el viejo Shklovsky, enrarecer el lenguaje y la narración de tal manera que nos veamos obligados a ver nuevamente, a encontrar en el trastorno y los monstruoso que tan normal es nuestra normalidad. Las aves, criaturas que han estado mucho tiempo aquí que nosotros, quizá nos informan mejor sobre el grado de destrucción que estamos atravesando ahora y eso incluye la crisis psicológica global; este libro está plagado de personajes que estén o no en tratamiento psiquiátrico claramente han perdido su habilidad de conectar con el mundo y ese es un mundo peligroso. Creo que demostrar este enrarecimiento es lo que hace que Natalia García descuide su imaginería, hay imágenes que están allí que son simplemente efectistas, pero puede que eso sea precisamente lo que sostenga parte de los cuentos por más que me puedan haber molestado como lector. En definitiva, García Freire escribe otro libro importante, esta vez de cuento y apuesta por una escritura inquieta que a mí me ha recordado mucho al mejor Felisberto Hernández, aunque seguro hay muchas más influencias por descubrir.

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