Cuadernos del Sur
Por Pedro M. Domene.
FUENTE: https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2026/02/14/ana-maria-shua-126639247.amp.html
ENTREVISTA | Ana María Shua Poeta y escritora
Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) ha escrito poesía, novela, microrrelatos y cuentos. Páginas de Espuma ha publicado ‘Temporada de fantasmas’ (2004), ‘Cazadores de letras’ (2009), ‘Fenómenos de circo’ (2011), ‘Contra el tiempo’ (2013), ‘La guerra’ (2019) y, recientemente, ‘El cuerpo roto’ (2025).
¿Su literatura es un canto a la vida desde el dolor?
— No toda mi literatura, por cierto, porque escribo textos muy diferentes unos de otros. Pero espero que los cuentos de ‘El cuerpo roto’ sí lo sean. En mi libro, la idea de «un canto a la vida» comienza por tener un sentido irónico y poco a poco se convierte en ‘leit motiv’ del texto. El dolor, la pena y la muerte terminan siendo, a su manera, un canto de homenaje a la vida.
— ¿Cuándo decide pasar de la novela al cuento?
— Lo primero en mi historia literaria fue la poesía. Cuando empecé a escribir narrativa, el cuento y el microrrelato surgieron casi simultáneamente. La novela vino después. Pero para un autor desconocido la primera publicación es difícil y mis libros fueron apareciendo en el orden que les dictó el mercado: primero, mi novela ‘Soy Paciente’, que pude publicar gracias a un concurso de editorial Losada. Después vinieron los cuentos de ‘Los días de pesca’, que estaban esperando su turno. Y finalmente, cuatro años después y en cierto modo gracias a una novela ‘best-seller’ (‘Los amores de Laurita’) conseguí publicar mi primer libro de microrrelatos, ‘La sueñera’, que estaba terminado hacía mucho, pero no encontraba editor.
— Desde un punto de vista expresivo y técnico, ¿qué exige más dedicación una novela o un relato?
— La novela, por supuesto, simplemente porque es mucho más larga. Pero es injusto comparar una novela con un relato. Habría que compararla, en todo caso, con un libro de relatos y ahí ya me resultaría más difícil la decisión. Un libro de narrativa me lleva aproximadamente tres años, en cualquier género. Además de sudor y lágrimas. (Incluir «sangre» sería exagerado).
— ¿En literatura todo es verdad y todo es mentira?
— Absolutamente. Todo es verdad y todo es ficción. Todo es autobiográfico porque, aunque estemos escribiendo sobre algo que sucedió hace mil años o va a suceder dentro de tres mil, lo único que sabemos de verdad acerca de lo humano es lo que nosotros mismos hemos experimentado. ¿Qué puede saber del dolor alguien que nunca fue al dentista? ¿Qué conocemos en realidad de la ira, la alegría, el odio de los demás? Nada. Sólo podemos experimentar nuestros propios sentimientos y sensaciones. Al mismo tiempo, la autobiografía consciente más fiel del universo es de todas manera manipulada y mentirosa: nunca se trata de mostrar cómo somos en realidad (porque no lo sabemos), sino como queremos o creemos ser.
— ¿Un relato debe ser honesto para que sea creíble?
— Debe ser capaz de desplegar la más honesta verdad artística, que no siempre es la verdad de los hechos. Hay una honestidad terrible que se nos exige a los escritores y que solo los mejores son capaces de exhibir en toda su angustiosa majestad.
— ¿El aspecto biográfico proporciona profundidad al relato de una historia?
— No, y la respuesta está en mis comentarios anteriores. Todos los relatos son de algún modo autobiográficos, es inevitable. Y si no lo fueran, claro, serían superficiales, convencionales, a lo sumo dignos de la IA. Y que conste que tengo un enormísimo respeto por la IA. Pero todavía no nos supera en ese aspecto (quizás solo hay que darle tiempo).
— El conjunto, El cuerpo roto (2025), ¿sirve para sobrevivir?
— La literatura sirve para sobrevivir, no solo mi libro. Aquellos a los que un libro les cambió la vida, no suelen ser grandes lectores. Lo que cambia la vida no es un libro sino una biblioteca. Sobrevivir es una alegre y penosa tarea de todos los días. Leer El cuerpo roto puede ayudar.
— ¿La enfermedad es un proceso natural que el ser humano asimila y la literatura convierte en posible salvación?
— Es una fantasía creer que asimilamos cualquier cosa solo porque sea un proceso natural. No asimilamos en absoluto nuestra propia muerte, necesitamos sentirnos inmortales para poder seguir adelante. Pero menos todavía aceptamos como algo natural la enfermedad de una persona a la que amamos. No existen padres que asimilen la enfermedad de un hijo como un proceso natural. Eso quizás les sucede a los animales. En mi próxima reencarnación seré un antílope africano y quizás pueda contestarles esa parte de la pregunta, pero como no sabré leer ya no podré contestar la segunda parte… La literatura no nos salva, pero nos ayuda a compartir el dolor. Es un viaje mágico, el único posible, a la mente de otro ser humano, una especie de transmigración de almas en la que podemos encontrarnos con la esencia de lo humano, con otra mente que nos acompañe en el sufrimiento.
— ¿La muerte es un tema tan poderosamente universal para la literatura?
— Es el único tema posible. Desde Caperucita Roja en adelante. Es el lugar de donde nadie volvió para contarnos, es el final de todos los relatos, es la conciencia de la muerte lo que nos hace humanos, es soportar esa conciencia intolerable lo que nos lleva al arte.
— El lenguaje empleado en sus relatos resulta fundamental, ¿le sirve para mitigar el dolor que subyace en estas historias?
— Sí. Estas historias son dolorosas, aunque la vida se sobreponga a todo, aunque muchas terminen bien (es decir, con una postergación de la muerte). Convertirlas en literatura es tomar distancia del punto de la angustia para trabajar en el lenguaje y preocuparnos por el hecho estético más que por la historia en sí. Escribirlas ayuda y también leerlas. Lo digo como apasionada lectora de libros de historias médicas y no solo lectora, también me gustan muchísimo las películas y las series que tienen que ver con el tema. Delinear los personajes, elegir el tema, concentrarnos en la belleza de la palabra nos sirve para alejarnos del sufrimiento.
— Una vez leídos estos cuentos, el lector, ¿debe entender que seguimos siendo vulnerables?
— ¡Por supuesto! De eso se trata. No solo nuestra fragilidad es atroz, sino que dependemos del azar, por más que nuestra arrogante voluntad humana se empeñe en negarlo.
— ¿La violencia, otro tema más, irrumpe en El cuerpo roto?
— La violencia es imposible de apartar en un tema como éste. Y más todavía para una autora como yo, que pertenece a una generación atravesada por la última y sangrienta dictadura argentina. Pero la violencia va más allá de lo obvio y se manifiesta en toda relación humana, incluso en la interacción entre el médico y el enfermo, incluso entre el cuidador y el doliente. El papel del cuidador es siempre ambiguo, es un papel en el que se puede detentar mucho
poder y ejercer muy sutiles formas de violencia.
— ¿Lo trágico y lo grotesco de estas historias se suaviza con un finísimo humor que usted emplea acertadamente?
— ¡Eso espero! Y muchas gracias por advertirlo y reconocerlo. El humor es algo de lo que no puedo prescindir, es parte de mi personalidad, y en este libro aparece sobre todo como ironía. Por suerte logré canalizar la ironía hacia la literatura y sacarla de mi vida de relación: ¡gracias a eso hoy tengo muchos más amigos que cuando era joven! Pero a veces el humor no suaviza lo trágico y lo grotesco sino que, al contrario, lo pone de relieve. Lo importante para el autor es tener el control de la situación, poder manejarla según su criterio y no dejarse arrasar por el tsunami de la angustia.
— ¿La descripción del cuerpo (roto) obliga a una muestra de elementos simbológicos?
— Nunca lo había pensado. Creo, (porque una nunca está segura de lo que escribe), que trabajo con pocos símbolos y voy lo más directamente posible a la cuestión que me impulsa a escribir. Si aparece un gato, por ejemplo, no es el símbolo de ninguna otra cosa: es un gato hecho y derecho y punto.








