FUENTE: https://www.diariopalentino.es/noticia/zce3a808f-3c59-4db2-b4b13ce4d39e729b/202512/una-radiografia-de-heridas-sin-cicatrizar
Una radiografía de heridas sin cicatrizar
En ‘El cuerpo roto’, la fragmentación de los relatos funciona como una estrategia ética frente al trauma y la palabra se transforma en el único medio posible de reparación provisional
Conmovedora por su honestidad y bella por su proximidad, Ana María Shua vuelve a regalar a los lectores una obra que no deja indiferente a nadie. Y es que El cuerpo roto del que escribe la argentina no es solo un cuerpo, sino un territorio vivido, una biografía hecha de fisuras, silencios y persistencias. La autora dignifica el dolor al convertirlo en lenguaje, mostrando que cada cicatriz es una forma de memoria y cada límite una manera de mirar el mundo. Un conjunto de microrrelatos que gira en torno a la fragilidad y las transformaciones físicas y simbólicas.
Haciendo uso de sus particulares escenas brevísimas, la escritora se detiene a explorar cómo se quiebra y se reconstruye el cuerpo, la relación entre identidad y carne, lo monstruoso que puede filtrarse en lo cotidiano y la violencia -explícita o figurada- que atraviesa la existencia humana.
En sus páginas profundiza sobre la entereza que nace de aceptar la vulnerabilidad como una verdad propia, imposible de negar. Por ejemplo, explica el concepto del desdoblamiento, donde aparecen duplicaciones, sustituciones y metamorfosis que cuestionan la noción de un sujeto estable.
Las escenas sobre violencia no son grandilocuentes, sino que muchas de ellas insinúan crueldad doméstica y complicidades silenciosas. Shua también emplea un extraordinario y ácido sentido del humor que alterna lo trágico con lo grotesco y lo irónico, actuando como un mecanismo de distancia y puntal crítico.
La obra muestra cómo el lenguaje puede herir, suturar, nombrar o despojar el cuerpo, creando una tensión permanente entre representar la carne y la incapacidad de la palabra para abarcarla por completo. Todo ello conlleva inevitablemente que la autora reflexione sobre la enfermedad, la vejez y la muerte sin moralismos, sino con una palpable crudeza o ternura amarga, dependiendo del pasaje.
En cuanto a su estructura y forma, Shua recurre a una disposición fragmentaria -microrrelatos, viñetas, saltos temporales- que no es gratuita, sino que obliga al lector a recomponer el relato, lo que lleva una implicación ética con la memoria.
En lo que concierne al léxico, la autora opta por la economía del lenguaje, haciendo uso de frases cortas, imágenes directas o metáforas condensadas. Aunque predomina una voz, la presencia de múltiples puntos de vista o registros contribuye a elaborar un amplio abanico de testimonios.
Simbología
Como no podría ser de otra forma, la obra cuenta con símbolos recurrentes. Así, uno se encuentra con la imagen del cuerpo como mapa (cicatrices, heridas, miembros, huellas); objetos cotidianos como testigos (ropas y muebles cargados de memorias); elementos médicos (descripciones casi clínicas); y ciclo día y noche (patrones que representan el estado anímico).
Pero Shua no solo trabaja la perspectiva personal, sino que también traslada sus reflexiones al espectro político. Y es que El cuerpo roto puede leerse en diálogo con historias de violencia estatal, represión, migraciones o patologías sociales que dejan marcas en los torsos.
Se pueden rastrear influencias de la literatura testimonial (como Primo Levi o testimonios de la posguerra), de poéticas de la fragmentación (modernismo tardío, vanguardia), y de la microficción argentina. El libro insiste en la tradición de poner el cuerpo en el centro ético y formal de la literatura.
Una vez el lector termina de devorar sus páginas, se le vendrán a la mente una cascada de preguntas dignas de discusión. ¿Cómo opera la memoria corporal frente a la histórica? ¿La obra propone una posibilidad de redención o insiste en la irreparabilidad?
En conclusión, el libro erige al cuerpo como documento y como herida estética: una obra que hace de la forma fragmentaria una política de la memoria y de la lengua un instrumento de reparación, en el que uno se debe apoyar para sobrellevar el peso del tiempo.






