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El Asombrario reseña los Cuentos de Bradbury

El Asombrario

Por Miguel Garrido de Vega.

FUENTE: https://elasombrario.publico.es/los-fascinantes-cuentos-de-ray-bradbury-116-formas-de-sonar/

Los fascinantes cuentos de Ray Bradbury: 116 formas de soñar

Si ‘Fahrenheit 451’ dio en el clavo, mayor vigencia si cabe tienen los cuentos de Ray Bradbury, que cultivó a lo largo de toda su vida con una fidelidad conmovedora (se estima que llegó a escribir más de 600). Sí, Ray Bradbury, antes que cualquier otra cosa, fue cuentista. Y de los buenos. Su imaginación desbordante y una fe inquebrantable en la especie humana definieron un estilo único que cautivaría a generaciones de lectores. Sin embargo, no existía una obra que, con ánimo compilador y omnicomprensivo, recogiese lo mejor de su narrativa corta, la organizase de forma lógica y, a mayores, recuperase relatos no publicados en la lengua de Cervantes. Hasta ahora, claro. Porque la siempre intrépida editorial Páginas de Espuma ha hecho posible lo imposible con Cuentos (2025), la auténtica biblia de Bradbury en castellano.

Quizá no haya mejor descripción del zeitgeist actual que ese diagrama de Venn que sitúa las llamadas “tres distopías clásicas” –Un mundo feliz (1932), 1984 (1949) y Fahrenheit 451 (1953)– en tres círculos superpuestos, reservando el espacio convergente para el horrorizado lector: usted está aquí, en el ojo del huracán. Y aunque la fama suele llevársela Orwell, lo cierto es que, junto con Aldous Huxley, quizá el más certero en su profecía fuera el bueno de Ray Bradbury (1920-2012), porque en estos nuevos locos años 20, la posverdad y la apología de la ignorancia son la norma. Votamos a histriones autoritarios que legislan contra nuestros intereses, nos entregamos a pecho descubierto a tecnologías que nos transforman en unos y ceros y consumimos torrentes infinitos de contenido meticulosamente diseñado para aborregarnos.

Tenemos entre las manos sus Cuentos, un volumen en tapa dura que supera las 1.300 páginas, donde se recogen 116 relatos del autor, más un prólogo y la correspondiente nota a la edición, y en cuya confección han participado figuras de primer orden del panorama literario español. Desde el punto de vista estrictamente editorial, semejante osadía requiere ambición, un grado de detalle sumo y la pasión propia de un verdadero amante de la literatura.

En este caso, hablamos del escritor, editor y crítico cultural Paul Viejo (1978), responsable del tomo. Porque, créanme: sumergirse en una obra titánica y mutante, que no dejó de crecer y transformarse durante décadas, es una tarea solo apta para valientes. Como el artesano de la escritura que fue –echen, si no, un ojo al bello Zen en el arte de escribir (1990), amén de su conocida rutina de trabajo de las mil palabras diarias–, Bradbury volvía de forma recurrente a sus relatos, los reescribía y mejoraba, no tanto como el síntoma de un perfeccionismo obsesivo; más bien, con la intención de revivir las razones más allá de sus textos y hallar el verdadero espíritu de cada uno. 

De modo que, para traernos este volumen, Viejo ha llevado a cabo una intensa labor de selección y curaduría de la cuentística bradburiana –sí, algunos de sus exponentes ya leídos en las maravillosas Crónicas marcianas (1950) o en el no menos espectacular El hombre ilustrado (1951), entre otras antologías así pensadas por el propio Bradbury; otros muchos, dispersos en colecciones menos conocidas y viejas revistas pulp– presentando los cuentos por orden cronológico y tratando de iluminar todos los ángulos de este autor poliédrico.

El prólogo corre a cargo de la escritora y periodista Laura Fernández (1981). Aparte de un título tan genial que podría haberlo firmado el de Illinois –“Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad, están a punto de (DESAPARECER) en la mente (COLLMENA), oh, esa creadora de (MUNDOS), (SUEÑOS) y (PESADILLAS), capaz de batirse a muerte o cazar (TIGRES), del inigualablemente (FABULOSO) Ray Bradbury”–, fondo y forma hacen que casi constituya un relato en sí mismo. Por un lado, Fernández aporta detalles biográficos jugosos –¿sabían ustedes que Bradbury era descendiente de una de las brujas procesadas en los juicios de Salem? ¿Que escribía compulsivamente listas de sustantivos? ¿Y que su anhelo de infancia era convertirse en mago?–, y también nos introduce de forma absorbente en la filosofía que el autor estadounidense no dejó de cultivar: la de una escritura lúdica que todo lo puede. 

Otro de los aspectos que determinan cuánto de bien o de mal nos sumergimos en un texto concebido originalmente en otro idioma es su traducción al nuestro. El escritor Ce Santiago (1977), curtido en la obra de autores como T.C. Boyle, Mary Robison, William H. Gass o Chris Offut, entre otros muchos, se ha encargado de trasladar al castellano este centenar de cuentos con profesionalidad y respeto; traducir a una auténtica fuerza de la naturaleza como Bradbury es un ejercicio mucho más complejo de lo que pudiera parecer.

El apartado gráfico corresponde al artista Arturo Garrido (1993), que no solo ha creado divertidas y desenfadadas ilustraciones inspiradas en los dibujos del propio Bradbury, sino que también ha dotado al libro de una identidad visual en consonancia con la colección que la editorial dedica a autores como Kafka, Joyce, Zweig o Poe.

Dicho todo lo anterior, ¿qué significa rescatar y reivindicar hoy la narrativa breve de un autor que convirtió la imaginación en una forma de resistencia? Porque la publicación de un título como este trasciende la mera novedad de rentrée para erigirse en un verdadero acontecimiento cultural. El de Illinois, considerado casi exclusivamente un autor de género por el gran público, fue en realidad un autor prolífico como pocos, cuyos intereses desbordaron la ciencia ficción o la fantasía para abarcar una ética humanista: un escritor que defendió la infancia, la memoria, la lectura como acto político y la imaginación como forma de libertad. Así que leerlo en un formato que, de algún modo, busca capturar su alma a través de su obra es un regalo tanto para neófitos como para iniciados.

Conviene aclarar que, si bien su escritura fue prospectiva, no fue “un autor de ciencia ficción”. Al menos, no uno al uso. No solo rechazaba esa etiqueta y cualquier otra; la política, entre ellas, pese a su carácter más bien conservador. Frente a la frialdad racionalista y mecánica de la ciencia ficción dura representada por Isaac Asimov o Arthur C. Clarke –habitantes de universos morales muy distintos al suyo–, y lejos de la lisergia nihilista de Philip K. Dick –a quien identificó como visionario, pero con cuyo tono oscuro no comulgaba–, Bradbury se lanzó sin complejos a la metáfora, el lirismo y la emoción, en una línea quizás más emparentada con Ursula K. Le Guin, cuya obra, reflexiva y de tinte filosófico, alabó públicamente en varias ocasiones. Como era de esperar, esa actitud menos purista hacia el género le valió la desconsideración de sus coetáneos, que lo veían más como un poeta o un moralista que como un tecnólogo.

Si bien es cierto que Bradbury pertenecía a la estirpe de los soñadores con un punto de ingenuidad –sí, esa, tan americana ella, que cree que, al final, todo saldrá bien–, jamás fue un tipo corriente, sino una máquina de ideas, un torrente inagotable de metáforas potentísimas.

Podía hablar sobre la fascinación humana por la muerte y la pulsión voyerista del dolor ajeno en La multitud, uno de sus cuentos más antiguos: un hombre sufre un accidente de coche y descubre que el gentío que acude a mirar tiene algo extraño: los rostros son los mismos en cada siniestro, como si esas personas aparecieran mágicamente allí donde hay tragedia. Podía sumergirse en la soledad cósmica a través de una historia de redención personal con un final inolvidable; hablamos del precioso Caleidoscopio, donde, tras la explosión de una nave espacial, los tripulantes quedan flotando en el vacío, comunicándose por radio mientras se alejan unos de otros, y conversando sobre su vida, sus culpas, sus deseos. El choque entre progreso y extinción humana fue otra de sus obsesiones, que plasmó en Vendrán lluvias suaves, una suerte de poema postnuclear bello y solitario: una casa automática –ahora la llamaríamos smart home– continúa con su rutina doméstica tras la desaparición de sus habitantes en una guerra nuclear; sirve el desayuno, limpia y hasta recita poesía, mientras fuera solo quedan las sombras humanas que la explosión ha grabado en la pared. Su vertiente más íntima y crepuscular asomó con relatos como Sin novedad, o ¿cómo murió el perro?, donde una familia llora la muerte de su longevo can y, después, sin más, sigue con su vida; porque si algo hay asombroso en la vida es el funcionamiento del corazón.

Maravilloso, ¿verdad? Pues ahora imaginen el lujo de leer 116 piezas de orfebrería literaria como estas. ¡Qué festín!

Quien redacta este artículo siente verdadera envidia de quienes leen a Bradbury por vez primera. Frente a la proliferación de propuestas apocalípticas cada vez más encorsetadas, descubrirán a un valedor radical de la imaginación, a un humanista convencido. A un autor colosal que ha alcanzado el olimpo de los clásicos por derecho propio. Y para hacerlo, “la mejor puerta de entrada”, como dice Viejo, a su vastísimo universo es este volumen con sus cuentos: un libro imprescindible –de verdad, no hay exageración aquí– que, en lugar de limitarse a recoger textos a secas, propone leerle como brújula cultural. Porque, en pleno siglo XXI, la obra de Ray Bradbury nos recuerda que no se trata tanto de prever el futuro con pelos y señales como de no perder nuestra humanidad.

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