El Cultural
Por Antonio G. Maldonado
FUENTE: https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20260303/escaparate-degradacion-espacio-publico-tiempos-exhibicion-constante/1003744151494_0.amp.html
La degradación del espacio público
El Premio Málaga de Ensayo empieza a ser reconocido como uno de los sellos de calidad esenciales entre los libros de pensamiento que cada año se publican. Algunos de sus galardonados desde 2008 hasta hoy son pensadores habituales no solo en los anaqueles, también en la prensa: Jorge Freiré, Remedios Zafra, Vicente Luis Mora…
La disparidad de perfiles y temas es la lógica de un premio con casi dos décadas, pero de fondo siempre ha latido, además de su interés por el arte, una preocupación por un presente que parece escurrirse entre las manos. La velocidad del cambio tecnológico y, con él, el de los ritmos laborales y vitales ha estado de forma directa o indirecta como objeto de observación en muchos de los libros premiados.
Escaparates, del profesor y ensayista Iñaki Gómez (Madrid, 1968), se in-cardina en esta línea de ensayos que buscan más comprender que ajustar cuentas o sentar cátedra. Su método es, por eso, más impresionista que académico, y puede leerse como una suerte de dietario o una gavilla de artículos aparentemente dispersos que, en cambio, van dando forma a una reflexión honda y genuina sobre el espacio público o la opinión en una época de sobredosis informativa.
Los escaparates son una suerte de McGuffin, la excusa de este fláneur, al que le sirven para ir trazando el aspecto de una realidad mucho más amplia. El escaparate es el lugar que miramos, pero que a su vez nos observa. «Mirando desde detrás del cristal, acumulamos más información sociológica y antropológica que desde la calle», escribe el autor.
El título no es inocente, porque el escaparate remite a exhibición, pero también a la inevitable mediación entre objeto y espectador. El libro propone una reflexión sobre el propio medio en el que se inscribe, y el escaparate juega aquí el papel de metáfora para hablar, por ejemplo, de la prensa como vitrina y como filtro. Entre las virtudes del libro están las metáforas y las imágenes, con especial carga en las relacionadas con el propio hecho de ver, como las que aluden al cine.
Hay aquí crónica política, apunte cultural, referencias literarias y filosóficas, observación de lo cotidiano en un momento marcado por la aceleración y la polarización. Pero no se trata de una enmienda a la totalidad. Con especial crudeza el autor analiza el ecosistema del debate público y su deterioro, algo de lo que ya han advertido hace años autores como Habermas, pero que va conociendo nuevas cotas de degradación. Y es interesante el paralelismo que traza entre la impunidad de los viejos escaparates y la ley de la selva de las redes sociales: «Tradicionalmente, hemos expuesto a los menores a la pornografía en las calles con indolencia y negligencia tal que no es extraño que actúen de forma similar…»
Hay además una tensión productiva entre el diagnóstico crítico y una cierta esperanza cívica. Aunque el panorama descrito no sea en absoluto complaciente, el libro no cae en el fatalismo. Merece la pena extraer una cita final larga (y bella) para mostrarlo: «La alternativa a ese Apocalipsis en el que se nos atrofian mirada y ojos pasa por conocer la historia. La historia como escaparate del tiempo. Nacida, como una planta saprofita en el albañal en el que fermentó una hermoseada ciudad, en los márgenes del río Chicago, que, revertido una vez con un poder hercúleo para volverlo cristalino, ahora refleja las ventanas con visos de escaparates, regenerada para el embellecimiento del mundo».








