Vilas antes de Vilas
Autor de una dilatada trayectoria, Manuel Vilas (Barbastro, 1962) alcanzó el éxito con Ordesa (2018), una obra que muestra la vulnerabilidad de un individuo ante la complejidad de las relaciones familiares. En ella, accedemos al desnudamiento emocional de alguien que se exhibe sin coraza y que, tras haber tocado fondo con un divorcio y ser consciente de la brecha que lo separa de sus hijos adolescentes –queridos pero ajenos–, se esfuerza por reconstruirse. Para ello, recupera la memoria de sus padres y se agarra a ella como a un clavo ardiendo. En una vertiente parecida, hace unos meses Vilas publicó Islandia (2006), un trabajo en el que da cuenta de su segunda separación matrimonial.
En Zeta, sin embargo, no encontramos al artífice de sus últimas creaciones, sino a un narrador incipiente, más joven, más caótico, más indómito. En “Unas palabras para Zeta”, la nota que antecede al cuerpo del texto, el escritor habla de aquel Manuel Vilas en estos términos: “Era un hombre de unos treinta y siete años [ahora tiene sesenta y tres]; no era el Vilas que soy ahora ni por asomo”. Y eso se nota, como revela la lectura. Zeta, de hecho, recoge un conjunto de relatos breves, compuestos en torno a los años 1999 y 2000, que, publicado originariamente en 2002, es actualmente inencontrable. A ese Zeta originario le siguió una continuación –Magia– que también se reproduce en este nuevo volumen dada su íntima relación con el anterior. Lo hace con correcciones y bajo el marbete “Gentes de Zeta”. Melancólicamente afligido, aunque no sin ironía, el novelista se lamenta de que sus lectores no puedan conseguir aquellos primeros textos, razón por la que decide rescatarlos: “Me duele que muchos de mis lectores habituales no lo[s] conozcan, que se vayan a morir sin conocerlo[s]”, dice. Y añade: “Me parece una muerte triste: morir sin haber leído Zeta. Terrible”. En realidad, insiste, no estamos ante una reedición, sino ante la recuperación de un trabajo fundamental en su trayectoria literaria.
Pero ¿qué es Zeta? ¿En qué consiste esta obra inclasificable? Aplicándole adjetivos acuñados por el propio Vilas, se trata de un libro “disolvente, personal, ácido, negro, inasumible e incluso inaceptable”. Y tiene razón. El título hace referencia a la inicial de la ciudad de Zaragoza, el lugar que vertebra la realidad del protagonista y en el que suceden todas las historias. Pero Zeta –que otras veces se denomina ‘Cetísima’ o incluso ‘Z’– no responde, sin más, a la urbe aragonesa. Muestra una Zaragoza transformada por la imaginación y las vivencias de su cronista, un espacio omnímodo que representa una determinada forma de sentir el mundo –opresiva, marginal, sombría, solitaria, pobre, triste, excluyente– en un tiempo de la vida del yo a caballo entre la adolescencia y la juventud.
El conjunto de relatos que componen Zeta en sus dos partes revela un universo alucinado en el que cualquier cosa es posible, por ejemplo, que un perro o un Ford Fiesta se transformen en una cabra, que alguien quiera tomarse diez Valium Ochocientos Millones o que Kafka visite al narrador. Este, un individuo cuya personalidad se va pergeñando en cada historia, ha probado todo tipo de drogas, es un hombre que a veces rememora a sus padres, que realiza las actividades diarias de cualquiera, que en ocasiones es incapaz de salir de casa, que escucha compulsivamente a Lou Reed y que blasfema, reniega y escribe palabras indecentes y groseras para desahogarse. Lo hace con rebeldía y desesperación, mientras enarbola la bandera del lirismo.









