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El estuche Joyce en Heraldo de Aragón

Heraldo de Aragón

Por Pedro Bosqued

FUENTE: https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2025/11/08/la-espuma-escondida-de-james-joyce-la-obra-breve-y-la-correspondencia-de-un-maestro-del-siglo-xx-1868662.html

Cómo empezar la lectura de dos mil seiscientas páginas. Así, con todas las letras para una cifra que por encima de todo, y es mucho, honra a un grande. Probablemente, no se trata de hacer un ranking, de la persona más inteligente literaria que ha dado el siglo XX. Si entendemos por siglo, el que se publicó su obra. Aunque naciera en el anterior. Ahora que ya claudicó el XX, es curioso que los tres, probables, no seguros, grandes del XX, nacieran en el XIX. Proust, Kafka y Joyce.

Hoy nos convoca un cofre, un embalaje de cartón que engloba e induce a regalar por la Navidad que está por llegar, de lo nunca publicado en ninguna lengua. Asusta, es una maravilla. Los cuentos y prosas breves, acompañados de las cartas de las cuatro décadas iniciales del siglo XX

coronadas por algo que si se llega con el resuello, aporta aire nuevo, textos de en los ojos de sus amigos. Dorado colofón. En lo que se ha empeñado la editorial Páginas de Espuma, no tiene nombre, aunque manejemos palabras.

El valor absoluto hay que dárselo a alguien nacido en Madrid en 1997, alguien por tanto del siglo ya XXI. Diego Garrido, autor de la deliciosa obra Libro de los días de Stanislaus Joyce (Anagrama, 2024), ya se reseñó en su día en Artes & Letras, que Acciona la vida de su sempiterno hermano de una manera carnal. Y hete aquí en lo que se metió el todavía veinteañero Garrido, editar los cuentos de James Joyce, añadirle sus prosas breves y emponzoñarse con toda la correspondencia del irlandés para sacar sus misivas desde 1900 hasta 1941, fecha en la que nadie quería ni querríamos que se hubiera muerto.

Y luego las palabras de sus coetáneos, gran acierto, porque añaden otras visiones, la manera de mirar de los que lo conocieron y una intimidad circunstancial que ayudan a componer el mapa absoluto de Joyce. Porque a veces no se sabe por dónde empezar. Ocurre con estos tres libros. Vamos a intentarlo. De forma si se quiere tangencial.

Dicen que hay dos grandes alumnos en el mundo jesuítico. Uno lo conocemos bien por estos lares, se nomina, Luis, todos sabemos lo que es buñuelesco y el resto lo puede añadir su metraje y lo que queramos. El otro. Sí, el otro es el que nos trae hoy a página. El otro es James Augustine Aloysius Joyce (Dublín, 1882- Zú-rich, 1941). O lo que es lo mismo, cincuenta y nueve inviernos y todas las noches que le quieran dedicar a leerlo. Pero vayamos por partes que la emoción acelera lo que se ha leído. Son tres tomos.

El primero recoge los cuentos, todo Dublinescs o para no detallar pero sí clavar, descubrir que el origen de Dublín es noruego, ahora toca investigar, y adornarlo, mal epíteto, con su prosa breve. El segundo recoge sus misivas de dos décadas, de 1900 a 1920, sobre todo su estancia en Trieste, malparado y casi hambriento. Con el detalle hecho ternura de cuando por primera vez pisa la ciudad, entonces austro húngara, de dejar a su mujer en un banco frente a la estación, para ir a buscar una casa. Eso que cambiará a lo largo de su vida varias decenas de veces.

Es en este volumen donde se aprecian las enormes vicisitudes para conseguir cierta estabilidad, en forma de dar clases de inglés, de establecer amistad con Italo Svevo y conseguir el aprecio incondicional del escritor y poeta, Joyce también lo fue, el francés Valery Larbaud, que naciera y muriera antes y después de que el gobierno francés habitara en Vichy.

Llegamos al tercer volumen, que como dice el dicho; al final, sale lo mejor. Las dos décadas finales de su vida, llenas de misivas de reconocimiento y de consagración literaria, coronadas por textos de coetáneos que ayudan, bendita ayuda, a comprender con toda su periferia, gracias Diego Garrido, los contornos de semejante genio.

Puede que sea muy subjetivo, pero golpea lo que dice Sylvia Bcach, valiente editora del Uliscs de Joyce desde su librería parisina Shakespeare & Company, que describe su físico así la primera vez que lo tuvo enfrente en París, tete á tete y con calma: «Sus ojos, de un azul intenso, con la luz del genio en ellos, eran extremadamente bellos. Noté, sin embargo, que el ojo derecho tenía un aspecto ligeramente anormal y que el cristal derecho de sus gafas era más grueso que el izquierdo. Su cabello era espeso, de color arena, ondulado y peinado hacia atrás desde una frente alta y alineada sobre su alta cabeza. Daba una impresión de sensibilidad superior a cualquier hombre que yo hubiera conocido». Conocer, lo que se dice conocer, es lo que hacía Joyce. Un detalle nada periférico sobre las lenguas que le apasionaban: «Al parecer, los idiomas eran el deporte favorito de Joyce. Le pregunté cuántos sabía. Por los menos nueve: los contamos. Además del suyo, hablaba italiano, francés, alemán, griego, español (no quiso visitar la incipiente entonces Clínica Barra-quer en Barcelona para tratar sus maltrechos ojos, más de diez operaciones se hizo), neerlandés y las tres lenguas escandinavas. Había aprendido noruego para leer a Ibsen, y luego sueco y danés. También hablaba yidis y sabía hebreo. No mencionó el chino y el japonés. Posiblemente se los dejó a Pound». Y lo publicado también comenta que le dedicó su tiempo al vasco.

Y después de las tres mil páginas y el descubrimiento absoluto, indirecto y discreto de un genio, queda manifiesto el amor por su hija Lucía, enferma y atrapada en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial y que tanto preocupara al escritor.

Y la figura, indirecta y bien discreta de su mujer, Nora Barnacle, natural de Galway que fue definida como bella, alegre y muy inteligente. Tanto que supo aguantar y alentar, hay que tener las neuronas bien ordenadas para hacerlo, al genio de la literatura del XX. Que cumplió el axioma que dice que detrás de una gran persona está la pareja que lo complementa. Pongan el género que pongan.

Sin Nora, James no hubiera sido todo lo que es hoy. Sin la Barnacle, hoy no se recordaría a Joyce de esta manera. Detrás de alguien egregio siempre hay un alma inmensa. Ya lo sabían, ¿verdad? Qué alegría que lo sepan.

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