Por Eduardo Cruz Acillona.
FUENTE: https://www.criticoestado.es/que-raro-es-vivir/
Qué raro es vivir
Que la autora argentina Ana María Shua es, en la actualidad, el máximo exponente de la literatura hiperbreve en lengua española es algo que nadie duda. Su maestría a la hora de componer historias en apenas unas líneas han dado como resultado un bagaje de publicaciones que son referencia ineludible para todo aquel que quiera acercarse a este género tan complicado para el autor como exigente para el lector. Muestra de ello son libros como, por ejemplo, La guerra, Temporada de fantasmas o Fenómenos de circo, publicados en Páginas de Espuma. Todos ellos se basan en una unidad temática a partir de la cual la autora despliega su campo de visión 360 grados poniendo el foco de atención en todos los personajes, situaciones, matices o escenarios que el tema tratado pueda abarcar, consiguiendo algo tan complicado como hacer sencillo lo dificultoso.
El cuerpo roto viene a seguir los pasos de dichas publicaciones anteriores con la diferencia de que, en esta ocasión, Ana María Shua elige el formato breve, no el hiperbreve, para desplegar su visión literaria sobre la enfermedad y todo lo que ella conlleva: dolor, duelo, ausencia, impotencia, resignación, lucha, etc…
El libro arranca con la meticulosa y detallada narración de una experiencia personal en torno a una durísima enfermedad física y los diferentes efectos mentales y de ánimo que va provocando su evolución. En él podemos leer párrafos tan contundentes como “Cuando estás metido adentro, el dolor es todo, te rodea, te incluye, es como una gran bola roja de la quisieras escapar y no hay salida. Es el infierno. Todo lo demás da lo mismo”. Párrafos que, poco a poco, van convirtiendo el dolor en esperanza, la resignación en oportunidades y la experiencia en lección vital. El relato, Un canto a la vida, viene a poner los cimientos, a modo de carta de presentación, de lo que vamos a encontrarnos en los cuentos siguientes. Unos cuentos que no se regodean en la desgracia, sino que pretenden ahondar en la cara más oculta de la enfermedad, que en este caso concreto es la más luminosa.
Así, más allá de dar la voz principal a los enfermos, la autora hace recaer el peso narrativo en los personajes que les rodean. Cargada de originalidad, como nos tiene acostumbrados, convierte una guardia de 24 horas en un ejercicio periodístico (Casi una crónica), se mete en la piel de una mujer cuyo marido resetea su memoria cada siete minutos (Como el mar), nos expone abruptamente y sin filtros a un lenguaje médico que adquiere inquietantes similitudes con la jerga bélica (Los gaspáridos), o nos brinda en bandeja la posibilidad de sentir un profundo cariño por una anciana que, ajena a sus problemas mentales, hace de su vida una placentera experiencia (Unos días de playa).
El cuerpo roto nos invita a reflexionar sobre lo complicado que es estar vivo, haciendo de la enfermedad no un hecho particular e individual sino un fenómeno colectivo que afecta al paciente y a quienes le rodean, desde la implicación en los cuidados que necesita hasta, en el caso más extremo, el duelo por la pérdida. Ahí el dolor cambia de bando y, ante la ausencia del ser querido, quienes se quedan son víctimas colaterales de la enfermedad de otro.
Lejos de transmitir tristeza, El cuerpo roto, como el título de su primer relato indica, es un canto a la vida y al amor, es un texto lúcido y brillante, arrebatador y esperanzador, un homenaje a la condición humana y a su capacidad de superación, un libro optimista que, sin duda alguna, merece estar en esa estantería donde colocamos los ejemplares que sabemos con seguridad que, más tarde o más temprano, volveremos a ellos. Porque la pasión por los buenos libros también es una enfermedad incurable.






