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Exilio en la revista Desbandada

Desbadanda

Por Romina Tumini.

FUENTE: https://revistadesbandada.com/2026/03/24/a-50-anos-del-golpe-la-larga-noche-del-exilio/

A 50 años del golpe – La larga noche del exilio

El exilio no empieza así como así. Es algo que se presiente, ese miedo inconfesable de lo que no queremos nombrar para que no se haga realidad. Está latente mientras todo se cae a pedazos a nuestro alrededor, mientras la historia avanza inexorablemente hacia allí donde no debía.

“Una historia es todas las historias. Una violencia, todas las violencias”, dice Clara Obligado en su libro Exilio (Páginas de Espuma, 2026), ilustrado por Agustín Comotto.

Y después sucede lo que no tiene remedio…

“Malditos sean, mil veces malditos, los que me partieron la vida en dos. He tardado mucho en llegar a odiarlos. Voy descubriendo que me vaciaron de pasiones, que el esfuerzo por ir queriendo otros acentos solo me dejó energía para seguir viviendo. Ni siquiera la rabia supo mantenerse a flor de piel”, continúa la autora.

Porque “todos somos otro cuando nos vamos”, agrega.

“No se nace extranjero, esta condición se va adhiriendo a nuestra piel como una herida, como una costra”.

Y se tiene la certeza de que “el exilio no termina nunca. Nunca. Ni siquiera si se regresa al país. Siempre tengo la sensación de estar encerrada afuera”, dice.

Sabemos cuando comienza, pero no cuando termina, o si, en realidad, alguna vez termina.

Por eso no hay que olvidarse de cómo comienza… de cómo comenzó, para que nunca, nunca, vuelva a suceder.

El golpe de Estado del 24 de marzo del 76 en Argentina fue la cristalización de una época de tumulto, intolerancia, inestabilidad económica, inflación, desabastecimiento, protesta social, rebelión, enfrentamientos armados. Por un lado, un pueblo que intenta por todos los medios de decir basta y por el otro, un poder político que favorece la intervención de militares que llevan años, décadas preparándose bajo instrucción francesa (con lo aprendido en Argelia e Indochina) y estadounidense, para combatir a un enemigo interno, que además de ser las fracciones armadas del ERP o de Montoneros, se convirtió en la población civil que tenía conciencia y se hacía eco de las necesidades de las clases oprimidas. Cualquiera que hubiera pensado en los pobres, hubiera protestado y alzado su voz.

El decreto 261 firmado por Isabel Perón en febrero de 1975 para el Operativo Independencia que pretendía combatir al ERP; los que firmó Luder (como presidente suplente) en octubre del mismo año para controlar el accionar de Montoneros; López Rega organizando la Triple A, son algunos de los antecedentes que fueron abriendo la puerta a la violencia de Estado que se sucedió. Más las declaraciones en octubre de Videla en la Conferencia de los Ejércitos Americanos de que “En Argentina deberán morir todas las personas que sean necesarias para lograr la paz”, y su participación en Santiago de Chile, donde se reunieron los representantes de las dictaduras del Cono Sur (Brasil, Bolivia, Chile y Uruguay) como una premonición, porque solo faltaba Argentina.

Un día antes se retuvo a la presidenta Isabel Perón en el aeropuerto de Ezeiza, hasta que a la mañana del 24 se le anunció su destitución. Muchos desaparecieron antes del 24, pero ese día fue un golpe sincronizado en todo el país que dejó acéfalos los gremios, universidades y quebró incontables familias. Asumió Videla quien disolvió el Congreso, removió los miembros de la Suprema Corte de Justicia y al Procurador General. Entre la Marina y la Aeronáutica se repartieron los cargos, con la presidencia al mando del Ejército.

Con el control gubernamental la desaparición de personas, supuestos enemigos del país, se desarrolló con total impunidad. El secuestro, la tortura, la permanencia en campos de concentración y el asesinato en los “vuelos de la muerte”, fusilamientos y enfrentamientos fraguados eran el final de las detenciones ilegales. Incluso hubo maternidades clandestinas, en la ESMA, el Hospital Militar Campo de Mayo y el Pozo de Banfield, donde se apropiaban bebés y se los entregaba a familias relacionadas con el régimen.

Durante esa época miles de argentinos y argentinas tuvieron que exiliarse en países como México, España, Suecia, Italia y otros. Muchos salieron a través de Brasil, otros desde Buenos Aires con más riesgos, y algunos pasaban a la clandestinidad y se escondían en el interior en zonas alejadas. La mayoría salió para salvar sus vidas, pero muchos lo hicieron para salvar la vida de otros: para denunciar en el exterior, a organismos internacionales de defensa de los derechos humanos, lo que sucedía en Argentina, para seguir nombrando a quienes estaban detenidos y evitar que desaparecieran del todo.

La presión internacional crecía; hubo informes de la CIDH, la OEA, Amnesty International y otros organismos que documentaron y denunciaron las violaciones a los derechos humanos. Hubo sobrevivientes que denunciaron, como Adolfo Pérez Esquivel, que recibió el Premio Nobel de la Paz. Dentro del país surgieron: la Comisión de Familiares, las Madres de Plaza de Mayo y luego las Abuelas, que no dejaron nunca de reclamar por los desaparecidos, los bebés apropiados, todos los abusos y crímenes que implicó el terrorismo de Estado.

El triunfo en el Mundial de Fútbol en 1978 no logró convencer al mundo de que Argentina estaba de fiesta. Y la derrota en la guerra de las Malvinas en 1982 –bajo el mando de Galtieri– debilitó al gobierno militar al punto de que al año siguiente debió entregar el mando a la democracia. Sin embargo, hizo todo lo posible por evitar que se investigaran los crímenes de las Juntas.

Muchos volvieron del exilio inmediatamente, otros tardaron en hacerlo, algunos no regresaron nunca.

Para la mayoría la grieta que genera el exilio resulta infranqueable. “Nadie conocía a nadie, fuera de contexto, todos nos habíamos convertido en otro”, escribe Clara Obligado. Y ese otro era alguien que no tenía un lugar propio, ya no lo tendría, porque los exiliados “…somos de cualquier lugar del mundo. O de ninguno”.

Exiliarse es “una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas mueren dentro de ti”, dice Theodor Kallifatides en su libro Otra vida por vivir. El exiliado comienza una existencia escindida, hace “ejercicio de la faltancia”, diría la escritora Tununa Mercado, hasta hacer consciente el hecho de que volver es imposible, como escribe Sandra Lorenzano en Herida fecunda: “porque a donde uno desea regresar es a un tiempo, no a un lugar. A la vida que no tuvimos”. Es esa nostalgia eterna por el paraíso perdido. Y ella agrega luego: “La verdadera serpiente de nuestro paraíso es el tiempo. Eso lo sabe cualquier desterrado, cualquier exiliado, cualquiera que viva lejos de casa”.

A esa vida que el exiliado no ha tenido es a la que regresa Clara Obligado en Exilio. Y a las múltiples posibilidades de lo que podría haber sucedido si tomaba otro camino en la encrucijada, si la decisión caía hacia el otro lado de la moneda; a ese permanente “y si” que es la pregunta que queda para siempre orbitando en la psiquis de quien ha sufrido lo indecible y ha sobrevivido o de quien se salvó en el último momento. Porque una cosa es segura: el exilio deja huellas imborrables, heridas que nunca terminan de cerrar.

Hoy se cumplen cincuenta años de ese hito nefasto de la historia argentina, y en un contexto global en el que parecen haberse olvidado los horrores de la violencia impune, de los crímenes de lesa humanidad, de los atropellos a los derechos humanos, ahora más que nunca es necesario recordar, para que cosas como estas no vuelvan a suceder, no solo en Argentina, sino en ninguna parte del mundo.

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