Por Mauricio Bernal.
FUENTE: https://barcelonaliteraria.substack.com/p/fernanda-trias-lo-que-se-pierde-sigue?utm_source=substack&publication_id=7068877&post_id=190127418&utm_medium=email&utm_content=share&utm_campaign=email-share&triggerShare=true&isFreemail=true&r=2hnyr6&triedRedirect=true
Fernanda Trías, lo que se pierde sigue ahí
La escritora uruguaya publica ‘Miembro fantasma’, una selección de cuentos articulados en torno al dolor que se enquista y a la incapacidad de entender o aceptar la ausencia
El síndrome del miembro fantasma es un concepto clínico: designa el abanico de sensaciones que experimenta una persona en una extremidad amputada. Primer alto en el camino: ¿Cómo se puede sentir algo en una extremidad amputada? La preposición es clave. Dicho con brevedad, ocurre porque la parte del cerebro conectada con el miembro mutilado sigue activa; porque, en cierto modo, se niega a reconocer la pérdida, y de vez en cuando produce descargas espontáneas. En otras palabras, la extremidad desconectada sigue conectada al cerebro. Es asombroso. Es aterrador y fascinante a la vez. Es inquietante, angustioso y extraño. Por tanto, es literario. Todos los adjetivos –el último por descontado, pero los demás también– son aplicables al último libro de Fernanda Trías, ‘Miembro fantasma’ (Páginas de Espuma), donde la escritora uruguaya explora las posibilidades metafóricas del síndrome de marras en una decena de cuentos que hablan de la pérdida, de la ausencia… y de la pérdida que se resiste a serlo y de la ausencia que también.
A Trías se la suele alinear junto a Samanta Schweblin, Mariana Enriquez y otras escritoras latinoamericanas que han alcanzado notoriedad en las últimas dos décadas, pero aparte de la coincidencia temporal, del hecho de ser mujeres y de que todas son originarias de países al sur del río Bravo, no son lo que se dice un grupo: no en el sentido de movimiento, de escritoras unidas por unos objetivos políticos, una estética común o unas temáticas compartidas. Lo dijo la propia Trías en una entrevista reciente, y para hacerlo empleó el concepto de diversidad: “poéticas muy diversas”, señaló, y “diversidad de influencias”. Las suyas, abundó, son muy de su país (“me siento muy cercana a la tradición uruguaya”, dijo), antes de sacar a colación a dos deidades: el ínclito Mario Levrero y el no menos ínclito Felisberto Hernández. Todo esto, para ubicarnos. Trías, autora de premiadas novelas como ‘La azotea’, ‘Mugre rosa’ o ‘El monte de las furias’, vive desde el 2015 en Bogotá, donde se desempeña como profesora de la Maestría de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo.
El médico Silas Weir Mitchell, nacido en 1829 y fallecido en 1914, fue el primero en describir el síndrome del miembro fantasma. Mitchell trabajaba en el Hospital Lane de Pensilvania cuando tuvo lugar, en julio de 1863, la batalla de Gettysburg –pico sangriento de la guerra de Secesión–, y por sus manos pasaron cientos de soldados mutilados. A la procesión espeluznante el equipo del Lane la bautizó “la horrible cosecha de Gettysburg”: un horror desde el punto de vista humano y, a la vez, una oportunidad desde el científico. “Descubrí que la gran mayoría de los hombres que habían sufrido amputaciones tenían durante meses la insólita consciencia de que aún conservaban la extremidad perdida. Les picaba, les dolía o se les acalambraba, pero nunca sentían calor ni frío…”. Lo más probable es que Trías conozca esta historia. Según dice en la presentación que tiene lugar en la Finestres, durante mucho tiempo se dedicó a traducir textos médicos y ha trabajado con frecuencia a partir de los conceptos que aprendió en esa etapa de su vida. En la librería la acompaña un público mayoritariamente joven al que ha tenido sin cuidado la lluvia que empapa la ciudad.
El mundo que construye Trías sobre esta base es un mundo donde inevitablemente predomina el vacío, el vacío en muchas de sus formas, tantas como cuentos tiene el libro. La nada que deja la extremidad arrancada y la insistencia en aferrarse a ella es una obstinación con la que están familiarizados sus personajes, aunque sólo sea desde la intuición o la inconsciencia. Hay personas, sentimientos, recuerdos y realidades que no se van fácilmente, que se enquistan. Por el libro desfilan adictos en recuperación, amas de casa entregadas al alcohol, personajes atormentados por episodios del pasado, seres humanos dominados por el hambre de venganza. A todos les falta algo. Todos sienten la vigorosa presencia de lo que no tienen. Aquí las hadas, justamente, brillan por su ausencia. “De Levrero aprendí una manera de mirar que está un centímetro más allá del lugar desde el que se suele mirar”, dice Trías en la librería.
La escritora uruguaya experimenta con la forma y juega juegos metaliterarios. Puebla sus cuentos de ventanas, hospitales y tormentas. Hay un pichón levreriano por ahí, exquisito y triste. Hay cuentos disfrazada y cuentos literalmente autobiográficos. Si Levrero fue su maestro, la escritora admite que ha bebido, y mucho, de la tradición estadounidense: durante la presentación menciona a Cheever, a Carver, a McCullers, a O’Connor. En el dosier que reparte la editorial describe la génesis de sus cuentos en términos de “relámpago” o “fogonazo”. “Un cuento se me aparece”, escribe, y luego: “El resto será trabajo: un lento recordar, redescubrir detalles, intentar reproducir la sensación que ese fogonazo me dejó”. Las apariciones súbitas que dieron lugar a algunas piezas de ‘Miembro fantasma’ tuvieron lugar hace una década, explica en la librería. Enseguida subraya que su escritura es lenta y que hace muchas versiones.
Llegados a este punto, uno se pregunta qué más puede contar del libro sin estropear el libro; es decir, la futura lectura. El cuento es una criatura delicada, de equilibrios trabajados con esmero y estupores a la vuelta de la esquina. Es fácil arruinarlos. Quizás, para terminar, subrayar que Trías detenta la habilidad cautivadora de retrasar el desenlace hasta el último suspiro, hasta la última línea, a veces hasta la última palabra, ese talento que hace que el lector, a dos frases de acabarse el cuento, se sorprenda pensando: “Esto no se puede acabar en dos líneas. Falta espacio. ¡Faltan líneas!”. Y sí, se acaba. No pasa siempre, pero pasa. En Barcelona Literaria le decimos habilidad cortazariana: véase –léase– ‘La salud de los enfermos’. Y ya. De Gettysburg a Levrero, de Levrero a Felisberto, de Felisberto a Enriquez, de Enriquez a la Finestres, de la Finestres a Bogotá, de Bogotá a Cortázar. De Cortázar a Trías. Un buen viaje.






