«Estamos viviendo en agujeros construidos a partir de la especulación y el abuso»
La vida de los humanos, explicada desde la presencia del mundo animal. Claudia Ulloa Donoso (Lima, 1979) hace una radiografía camuflada del ser humano en El miedo terrible de ser un animal (Páginas de Espuma), una compilación de seis relatos que presentará el jueves 8 de octubre, a las 20 horas, en la librería 80 Mundos de Alicante. Antes, a las 17 horas, será la protagonista de una de las actividades que el Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos Mario Benedetti (CeMaB) de la Universidad de Alicante ha preparado con motivo de la Semana de la Mujer Escritora en la sede del centro. La autora, que lleva casi 24 años viviendo en Noruega, es una de las voces más representativas de la literatura latinoamericana contemporánea.
Homenajea a César Vallejo en el nombre del libro, El miedo terrible de ser un animal. ¿Usted también tendría miedo de pertenecer al mundo animal?
Creo que sí tendría miedo, pero también sentiría cierta fascinación por convertirme en algún animalito. Creo que el miedo lo vamos a sentir siendo cualquier especie viva, siendo un animal o un humano. Es un sentimiento que siempre está ahí. Siendo un animal, seguramente sentiría miedo ante la amenaza de la caza, la amenaza del humano o la amenaza de otros depredadores… Igual que los humanos tenemos distintos miedos, desde la angustia existencial hasta el miedo ante lo que nos rodea en este mundo que nos está sucediendo.
En sus cuentos, la racionalidad humana queda muchas veces en entredicho y los animales que plantea parecen tener incluso más conciencia que los propios humanos.
Sí, es verdad, y eso está hecho de forma muy premeditada. He pensado mucho en ese tema, en la sabiduría de la naturaleza, por decirlo de alguna manera. Cómo la naturaleza se cura a sí misma y evoluciona, incluyéndonos a nosotros como especie. Pero cuando hablamos de inteligencia, de la capacidad sobre todo de razonar, de decidir, de optar por un camino que tendría que ser el mejor para nosotros, no siempre vamos por el camino más acertado. Vamos contra nuestra propia naturaleza.
El mundo animal aparece plasmado desde diferentes perspectivas, pero en el fondo las historias parecen hablar más de nosotros que de los propios animales. Desde ese gato todopoderoso que se impone a la diosa humana hasta un alce que observa cómo un argentino está siendo juzgado por noruegos. ¿Cómo hilvana esas historias para darles un sentido general?
Se hilvana con la frase del epígrafe: «Observa a los animales y aprende de ellos». Literalmente, yo en Noruega podría observar alces si me escondiera. De hecho, de camino a mi casa, en plena noche de verano, cuando no oscurece, llegué a ver un alce macho enorme. Para mí fue como una visión casi mitológica. El alce siguió su camino y yo me quedé así, como: «¿Qué es esto que ha pasado?». Ese deslumbramiento a partir de aquella visión, de aquel encuentro, formó algo en mi mente: «Este animal es el rey del bosque, por lo tanto, debe ser alguien sabio, alguien que nos observa a nosotros y no nosotros a él». En el cuento Alto alce, a pesar de que el hombre quiere cazarlo, el animal sabe más que él, pues sabe que ese hombre está perdido y no puede expresarse en su idioma. El alce, en el cuento, es el narrador de un documental sobre los humanos.
El humor está muy presente en los cuentos, ¿es su manera de quitar dramatismo a los textos?
Sí, porque si no sería todo demasiado oscuro y no es algo que me caracterice. Yo puedo tener mis momentos de oscuridad, pero siempre trato de pensar que existe la luz. Para escribir hay que tener mucha fe y la fe también es una forma de luz. Y sí, creo que son necesarios los matices, que no todo es blanco y negro y que el humor, aunque no sea intencional, sucede. Creo que es necesario irnos de nosotros mismos también.
Emiliano Monge definió el libro como «un Pantone que despliega todos los grises posibles».
Sí, y ahí el humano se puede reflejar en el animal y explorar sus matices más oscuros, desde el instinto hasta lo salvaje, pero también puede acercarse a lo tierno. Por ejemplo, ese niño que se encuentra una rata con unos ojos tan bonitos que despiertan en él la ternura [en el cuento Yellow]. Y esos matices también dependen de quién mira. La rata, vista desde los ojos de ese niño, puede transmitir ternura, mientras que, desde otra perspectiva, es un animal que transmite enfermedades y que puede resultar peligroso o repulsivo.
Noruega tiene una importancia especial en su vida y eso se ha trasladado a su obra. ¿El entorno condiciona la manera de escribir?
Por supuesto, condiciona mucho y es inevitable porque son cosas que observo. Como te contaba, yo he visto un alce, uno como el de la portada, entero, con sus astas y todo. También condiciona escuchar otra lengua. A pesar de que escribo en mi lengua materna, el hecho de estar hablando, existiendo y viviendo en la lengua noruega hace que, a la hora de escribir, vuelva a mi propia lengua. Y además, piensa que he vivido casi 24 años en Noruega, es casi la mitad de mi vida allí. Fui una niña peruana, pero soy una adulta noruega.
¿Se sintió igual de desplazada que el argentino del cuento Alto alce?
Claro que sí, sobre todo por la imposibilidad de hablar. Hay un meme de Sofía Vergara en el que dice: «¿Tienen idea de lo inteligente que soy en español?». Lo dice en inglés [en la serie Modern Family] y ese meme lo usábamos mucho entre mis amigas latinoamericanas que vivíamos en Noruega cuando todavía no dominábamos el idioma y teníamos que hablar un noruego a medias. Queríamos expresar ideas más complejas y teníamos que conformarnos con decir «bien», «gracias», «sí», «me gusta»… Cuando nos juntábamos y hablábamos en nuestro idioma, sentíamos que estábamos soltando un río de sabiduría y complejidad (ríe).
¿Los humanos tenemos que aprender algo de los animales?
Yo creo que sí. Sobre todo hay que aprender a respetarlos más allá de nuestras costumbres. No digo «conviértanse en veganos», pero entender la presencia animal, que son parte de nuestro entorno igual que nosotros somos parte del suyo también. Hay que entenderlos, observarlos y apreciarlos incluso por la comida que nos pueden dar. No hay que tomar eso como un hecho, como una explotación más de un recurso.
Con todo lo que se está viviendo internacionalmente a nivel social, quizá lo peor no es el miedo a ser un animal, sino el miedo a ser humanos.
Claro, vivimos unos tiempos terribles. Estamos asustados por todo lo que nos rodea y ni siquiera nos escondemos en madrigueras, porque las madrigueras las construyen los conejos como lugares de refugio. Nosotros estamos viviendo en agujeros construidos por otros a partir de la explotación, de la especulación y del abuso. Nos meten en agujeros que ni siquiera son lugares seguros. Son tiempos bastante oscuros, pero, como te decía al principio, creo en ese rayito de sol, en los matices. Creo que, así como nos llega la oscuridad, también nos puede llegar la luz.








