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Kaos en la Red reseña Territorios

Por Iñaki Urdanibia.

FUENTE: https://kaosenlared.net/en-el-paraiso-rural/

En el paraíso rural

«El término “agrohorror” identifica a un conjunto de ficciones que tiene como escenario específico el mundo rural y que buscan provocar un efecto de inquietud, ya sea por vía fantástica o insólita (lo más habitual), pero también por vía “realista”[…]Una visión de lo rural que no busca su caricatura, pero tampoco ofrece una visión idealizada[…].El agrohorror nos muestra el mundo rural en su más trivial cotidianidad»

«El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos», así hablaba Marco Polo al Gran Kan en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino; en términos cercanos se pronunciaba Jean-Paul Sartre al sostener que el infierno son los otros, o todavía ciertos aires de familia se dan en ese dicho en euskara que reza: herri txiki, infernu handi (es decir: pueblo pequeño, infierno grande).

Por cierto, no hace mucho veía un reportaje televisivo que daba cuenta del descontento de algunos urbanitas que atraídos por la supuesta paz y el silencio del campo se habían trasladado a él con el fin de vivir más cerca de la naturaleza, no cabe duda de que el atractivo estaba impulsado por algunas postales, o las lindas imágenes de libros de papel cuché, en que dominaba el verde, los riachuelos, con el lindo trinar de unos juguetones pajarillos como banda sonora…mas he ahí que se sintieron defraudados, y expresaban su airada queja, al constatar que allá había cacas de los animales por el suelo, tractores y otras máquinas con sus bramidos…su visión del campo y la naturaleza que me recuerda al personaje cortazariano, el joven Lucas, que veía el campo como allá en donde los pollos andan crudos. En fin, los habitantes del lugar serán de la opinión de que más vale solos que mal acompañados, y…la tierra para el que la trabaja.

Conste que con esta entrada un tanto desabrida no pretendo espantar a nadie, a modo del espantapájaros de la portada del libro, realizada por Fernando Vicente, de ir al campo, de visita o a vivir, simplemente por asociación de ideas y precisamente por combatir las visiones idealizadas, me he dejado llevar ante el último libro de David Roas (Barcelona, 1965), que de él hablo: «Territorios. Apuntes sobre agrohorror», editado en Páginas de Espuma.

La verdad es que hacía tiempo que no leía nada del escritor; anteriormente sí que lo hice con gusto como puede verse en los escritos que incluyo al final de este artículo*. El indiscutible cuentista se va en este ocasión al campo arrastrado por los personajes de los siete cuentos que componen el volumen.

En el gañán entre el centeno, relato con el que se abre el libro, al protagonista le ha caído en suerte, o más bien en desgracia, una casa en el campo como herencia; le agobian las cigarras que no cesan del alborotar provocándole un hondo desasosiego y hasta pesadillas; al que no quería ser labrador que cantaba José Antonio Labordeta, por el rocío matutino, la calor del mediodía y los mosquitos nocturnos, no se le puede aplicar la copla al heredero al que siempre había disgustado ir a aquella casa de su abuela, y que ahora le pertenecía; pensaba que aquello era una herencia-trampa, a modo de venganza por parte de la fallecida por los veranos cargados de discusiones entre ambos. En un campo de centeno, aparece un niño misterioso que desaparece como una exhalación. Más tarde, en la tienda de comestible, Ultramarinos Merceditas, conocerá además de a la dueña del establecimiento a unas señoras que se ríen y se dirigen a él con una descarada sorna. Luego caminó hasta el Bar Venancio…en donde fue recibido con el mismo tono huraño y bromitas acerca del perdido…y el mosqueo ante el hallazgo de una huella solitaria; y el misterioso niño en posición vigilante, convertido en obsesión del escritor heredero, por lo visto con compañía incluida; evanescente figura del niño materializándose y volatilizándose entre las espigas…y la historia increíble de Toñito que le cuentan los paisanos ¿historia real o humor rural?.

Un sujeto que va en busca de un dolmen allá por la Costa da Morte, tras diferentes desvíos en caminos y vericuetos varios, el GPS despistado, con sorpresa se encuentra ante un grupo de hombres disfrazados de ninjas con sus respectivas katanas y bajo la dirección del Senséi de turno, hasta que llegan otros arrastrando a un tozudo cerdo… A matanza do porco, con la banda sonora de Antón Reixas y colegas, es observada por el visitante perplejo convertido en indiscreto espía.

La naturaleza parece alocada, cuando el polvo amarillo que había dejado una empresa alemana, EuroKurtz, que decía fabricar pesticidas, empresa que funcionó hasta que alguien la incendió harto de que sus conejos se muriesen; más tarde llegaron los jísters, cargados de dinero, que compraron las huertos a los lugareños, excepto los de algunos, rara avis, que se resistieron a las aves de rapiña que etiquetaban, EcoBioVegano, los relucientes productos de sus renovadas huertas…el negocio parecía marchar sobre ruedas hasta que algunos irredentos, cabreados, rocían los huertos con el polvo amarillo tomado de las ruinas de la empresa…El resultado parece ser el contrario del perseguido, la vida te da sorpresas, ya que las plantas crecen de la noche a la mañana ante el pasmo de los habitantes del lugar y el gozo de los negociantes invasores, hasta que de manera inesperada todo empieza a caer, lo que sube, baja…ante ello, acabado el negocio, los jísters de largan…mientras que las huertas se pudren al contrario que los árboles de los bosques que cercen con desmesura…De esto trata La invasión de los ladrones de huertos.

El acceso al desván de la casa de la abuela en un pueblucho perdido y sin diversión posible, a donde iban a pasar el mes de agosto enterito un matrimonio y sus dos hijas a las que está prohibido el acceso para ellas. Un día desobedeciendo la prescripción suben y en medio de cachivaches, hallan en un baúl un vestido verde lindo y llamativo que oculta otra vertiente nada bella, cuando es probado por la hermana mayor…lo que llevado a la ciudad servirá a la otra hermana para emplearlo, Listo para usar…el vestido binario, verdadero vestido-trampa.

A un pueblo perdido llega un viajero al que le dicen que aunque al lugar no va ni dios, en aquella ocasión coincide que han llegado otros tres viajeros, turistas ellos. La venerada santa de la localidad es Pelagra y su cuerpo incorrupto -según cuentan- lleva allí enterito durante más de doscientos años. En la iglesia coinciden con los turistas que se comportan con una falta de respeto y de educación propia del turista tipo, en especial su caprichosa hija Vanessa. Ignacio, sin tomarse tripi alguno, va a escuchar las explicaciones del cura , y perplejo ante la observación de la santa, que parece una muñeca, llega a palparla, viendo la actividad de la santa muerta que cobra vida como una posesa, en medio de una atmósfera que podría calificarse de sobrenatural, al no ceñirse a las coordenadas temporales ni espaciales, se va a ver envuelto en La conjura de los recios. Hablaba Flannery O´Connor de buenas gentes del campo

A todo cerdo le llega su san Martín, y en esta ocasión en aquel pueblo son cinco los gorrinos que van a ser sacrificados. Los participantes se las prometían felices y babeaban pensando en todo lo que iban a saborear de las diferentes partes de los sacrificados. Allí no hay granja -como la de Orwell- en la que se rebelan los puercos, pero sí que hay unos marranos inquietos que son pacificados, al menos en principio de su estado nervioso por medio de conjuros…eso no quita para que lo que se esperaba como fiesta se convierta en algo realmente espeluznante, vertiente chacinería, que es relatado, en rojo, en La noche de los puercos vivientes, que nos zambulle en el corazón de la contradicción plena entre la vida y la muerte, lo entero y lo descoyuntado.

Cerrando el volumen, leemos Rituales en donde David Roas nos lleva otra vez a San Andrés de Teixido, el protagonista con tal de cumplir una promesa ritual solicitada por su fallecida madre, se dirige al lugar, recorriendo entre la niebla las curvas imposibles, en donde va a hallar mujeres con aspecto de meigas que ofrecen sus recuerdos mágicos, ve los acantilados, contempla el océano …, como no podía faltar, degusta percebes, acompañado de godello, empanada de pulpo, y por causales circunstancia su estancia se alarga más de lo previsto lo que le lleva a la tasca que ha descubierto y en la que ya ha estado, y los orujos corren sin cesar…luego: ¿delirio etílico o ensoñaciones? contempla una curiosa procesión, a modo de Santa Compaña, a la que acompaña.

En fin, no seguiré destripando, que bastante lo he hecho ya, como si estuviese en medio de una festiva txerriboda, estos relatos inquietantes que se deslizan por los bordes de lo inesperado, que acaba irrumpiendo con potencia y sorprendiendo al tembloroso lector, que deambulará en medio de espectros, fantasmas, y demás, todo ello aderezado con abundantes dosis de afilado humor y hondas críticas, es de mala educación señalar, que asoman sin tener que rizar rizo alguno.

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