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La Razón entrevista a Manuel Vilas

Por Ulises Fuente
FUENTE: La Razón

 «Una vez fui un escritor que despreciaría al Vilas de hoy»

El escritor rescata «Zeta», su primera ficción, en Páginas de Espuma, un pasado literario «de una gran vitalidad, rebeldía y fuerza iconoclasta»

A comienzos de siglo, Manuel Vilas era un poeta de 38 años. Había publicado hasta cinco títulos en verso pero tenía la ambición de la prosa. Había culminado un libro de relatos que giraban en torno al mismo universo, una reimaginación de la ciudad de Zaragoza, donde vivía, que se llamaría «Zeta». Un conjunto de relatos rompedor en tema y estilo: «Yo deseaba que Franz Kafka viviese en Teruel», confiesa en el prólogo. Aquel libro estaba perdido en el cajón de los descatalogados, pero ve la luz de nuevo en Páginas de Espuma.

¿Tenía el libro presente todo este tiempo?

Se olvidan, porque estás en tu presente literario y creo que era Nietzsche quien decía que, sin el olvido, nos volveríamos locos.

¿Qué sintió al releerlo?

Me di cuenta de que era un escritor que yo no soy ahora. Sin embargo, la recepción del libro está siendo muy buena. La gente se sorprende de que tuviera un pasado literario de una vitalidad, rebeldía y de una fuerza iconoclasta tan grande como la que hay en ese libro.

Bueno, será quien no le conozca, porque «Aire Nuestro», que es fantástica, late aquí.

Claro, el público general me conoció a partir de «Ordesa», que cambia mi manera de escribir y mi mundo literario. Se humaniza, se vuelve más introspectivo y de enfoque clásicos. Es como si me quitase la parte más rupturista, insensata, más abismal, más nihilista, más punki. «Zeta» serían los Sex Pistols y «Odesa» sería Leonard Cohen. A mí me gustan los dos.

¿Era punki en 1979?

Éramos todos unos drogadictos. En España se drogaba todo el mundo. Ese primer relato lo escribí recordando el año 79, en mi pueblo. La droga entró de una manera brutal. Se llevó por delante a mucha gente. Yo me quedé el porro, no fui a lugares más peligrosos por puro instinto de conservación, pero vi espectáculos verdaderamente terribles.

¿Aspiraba a ser escritor?

Cuando tenía 17 años, bueno, escribía poesía. Me habían dado un premio, pero me gustaba sobre todo el rock and roll. En el libro hay un homenaje al«Street Hassle» de Lou Reed, que salió en el año 78, que narra una pelea callejera entre gentes del mal vivir.

En «Zeta» aspiraba a reimaginar Zaragoza.

Yo veía que las ciudades españolas habían pasado a la literatura siempre desde el costumbrismo del siglo XIX o el realismo. Pero no había habido una modernización de la mirada sobre las ciudades. Y a mí me pareció que eso era posible, sobre todo trabajando literariamente desde la periferia, desde la brutalidad y fealdad de las periferias. España es el segundo país en el mundo, después de Italia, el patrimonio artístico e histórico… Pero tiene periferias donde viven miles de españoles que son espantosas.

Hoy se reivindican esos barrios obreros de aluvión por su paisaje humano y hasta urbano.

Sí, como algo bello, pero no lo es. Puedes sentirte orgulloso de tu familia, pero el barrio es feo porque quien los hizo no tenía como misión la belleza. Esa debería ser una categoría política. No dar casas feas a la gente es una reivindicación política y un paso más de la ciudadanía. No es un problema de dinero, es imaginación. Porque, de lo contrario, mi vida se entristece, se amarga y las cosas cotidianas se vuelven personajes demoníacos.

Eso dice mucho del desdén con el que se hizo todo aquello: casas para los pobres.

Total desprecio a la clase media, que en este país está ya es media baja, porque sela han cargado: está achicharrada, quemada y abrasada. En los años 90, me di cuenta de algo fundamental: que mi epopeya, la aventura más importante de mi vida, iba a ser comprarme un piso. Aquello fue mi épica y la de todos los ciudadanos de los 90. Pero ahora es más que eso, es ciencia ficción. Cuando releí el libro me sorprendió ver el tema de la especulación inmobiliaria contado de una forma gótica o expresionista. La fealdad facilita los prodigios fantasiosos.

¿Recuerda por qué empezó a escribir?

Por admiración y deslumbramiento hacia la vida, porque la vida es un fenómeno misterioso, potentísimo, devastador… Ante ella, ¿qué haces? La literatura era una forma de canalizarlo. En «Zeta» está lo cotidiano como diabólico y como amenaza.

¿Hasta qué punto se resistió a la tentación de corregir el original?

No podía hacerlo porque, primero, no sabría. Entrar en esa cabeza era imposible porque esa cabeza ya no existía y lo que no podía hacer era someter el libro a al estilo y a y a la literatura que hago ahora. Me cargaba el libro. Lo único que hice fue corregir algún adjetivo que era de aquella época, o sea, lo mínimo.

¿Sintió eso releyéndose?

Tomé la decisión de reeditar el libro cuando vi que me hacía reír. Como un padre que supuestamente ha muerto, le dice a su hijo: «de muerto no se está mucho mejor, esto no termina nunca». Pero hay dolor también, una insatisfacción… y la denuncia de la fealdad, pero nadie me hace caso.

¿Queda algo de ese escritor?

El humor. El de «Zeta» es más irreverente, iconoclasta. El de ahora es emocional, sentimental. Todo ser humano viene a esta vida a hacer ruido y poco a poco se va calmando. La entropía, el desgaste, te aplacan. Ves otras zonas de la realidad que son absolutamente maravillosas y que el joven desprecia. El joven que escribió «Zeta», estoy seguro que odiaría mis últimos libros, ¿no? Sí, diría: «va, este tío es un gilipollas».

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