La Verdad
Por Manuel Madrid.
FUENTE: https://www.laverdad.es/culturas/monica-ojeda-ganas-futuro-alejado-muerte-proponen-20260711233158-nt.html
Mónica Ojeda: «Hay muchas ganas de un futuro alejado de toda esta muerte que nos proponen»
La reconocida autora ecuatoriana, que abrirá el lunes 13 de julio La Mar de Letras de Cartagena junto a Gabriela Alemán, asegura a LA VERDAD que «escribir es reimaginar el pasado para estar más despiertos en el presente y tener esperanzas para el futuro»
La reconocida escritora Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988), una de las escritoras más leídas en el mundo en español, autora de obras perturbadoras como las novelas ‘Nefando’ (2016) y ‘Mandíbula’ (2018), ambas editadas en España por Candaya, y ‘Chamanes eléctricos en la fiesta del sol’ (Penguin, 2024), y la colección de cuentos ‘Las voladoras’ (2020), una de las joyas del catálogo de Páginas de Espuma, inaugurará el lunes 13 de julio La Mar de Letras de Cartagena, ciclo literario coordinado por Belén Rosa de Gea dentro del festival La Mar de Músicas.
El encuentro, a las 20.00 horas en el Palacio Consistorial, reunirá a Ojeda y a Gabriela Alemán (ecuatoriana nacida en Río de Janeiro, 1968), autora de ‘Poso Wells’, ‘Humo’ y ‘La muerte silba un blues’, como exponentes de la proyección internacional de la literatura ecuatoriana.
«Ambas comparten el reconocimiento de haber formado parte de Bogotá39, la prestigiosa selección del Hay Festival que reúne a las voces más relevantes de la literatura latinoamericana. Desde generaciones y registros distintos, ambas han contribuido decisivamente a la renovación de la narrativa ecuatoriana contemporánea», valora la programadora de La Mar de Letras, en una edición especial Ecuador que traerá a La Mar de Músicas de Cartagena a Yuliana Ortiz Ruano, Estelina Quinatoa y María Fernanda Ampuero, entre otras autoras, a lo largo de toda una semana.
En esta entrevista, Ojeda comparte con LA VERDAD algunas claves de su literatura y responde a una cuestión peliaguda: por qué somos como somos. En los cuentos de ‘Las voladoras’, donde se consagra como reina del llamado gótico andino, Ojeda demuestra, como suele decir el editor Juan Casamayor, que el horror y la belleza pertenecen a una misma familia. Pues aquí hay mujeres que vuelan, brujas que separan sus cabezas de sus cuerpos, terremotos apocalípticos, volcanes que se convierten en tumbas… Y esa idea del cóndor, venerada ave que se alimenta de la muerte, que asciende de lo telúrico a un mundo mágico, ritual, como mito de fondo.
–Reclamar las vidas que merecemos es una de las cosas por las que podemos luchar, incluso a través de la literatura. ¿Para qué ha descubierto que es más útil la literatura?
–Para resistir contra la muerte. Para desear, temer y gozar. Para pensar mejor la vida en común. Para arriesgarnos. Para cuidar mejor de las palabras y, por lo tanto, de quienes las reciben (pero sin ser condescendientes). Para crear otras temporalidades.
–A usted le gusta conversar y discutir dentro de una tradición, y en este sentido lo fantástico, la poética de lo insólito está muy arraigada a los escritores latinoamericanos. ¿A qué otras tradiciones le gusta que le asocien, y qué tradición le gustaría a usted fundar o instituir?
–No estoy buscando fundar nada, la originalidad no me seduce tanto como el entrar en conversación con otras escrituras y creaciones. La escritura viene de un contacto y un diálogo constante con el mundo, pero específicamente con lo que tenemos cerca del cuerpo y de la imaginación. En ese sentido me siento cercana a lo fantástico, a lo raro, a lo insólito, a lo siniestro, a lo mutante, a lo monstruoso, porque vengo de esa tradición lectora. He leído mucho a Marosa di Giorgio, Armonía Sommers, Silvina Ocampo, Pablo Palacio, Juan Rulfo, Felisberto Hernández, Inés Arredondo, María Luisa Bombal, José Donoso, etc., pero sobre todo porque creo que lo que llamamos realidad tiene puertas secretas para los sentidos y para el pensamiento, puntos ciegos en donde acontece lo insospechado, pequeñísimos diablos rojo ají, como diría Marosa. Y esto también me lo enseñó Juan José Saer con cuentos como ‘La tardecita’, en donde un paisaje cotidiano se revela misterioso ante quien lo ha paseado muchas veces antes. Así es lo real: algo que creemos conocer, pero que de pronto nos muestra ángulos imprevistos y nos hace humildes.
«Escribir es reimaginar el pasado para estar más despiertos en el presente y tener esperanzas para el futuro»
–La literatura ecuatoriana va a estar muy bien representada estos días en Cartagena con una buena nomina de autoras fundamentalmente de Ecuador, pero también de otras geografías. ¿Cómo percibe usted este gran momento para la literatura escrita por mujeres? ¿Qué les une a todas ustedes?
–La literatura ecuatoriana que se está escribiendo dentro y fuera de Ecuador es muy diversa, y por eso mismo rica y vital. No creo que sea fácil emparentar nuestras escrituras solo a través de la nacionalidad o del género o de la raza o de la geolocalización de cada una de nosotras, precisamente porque en nuestras obras se puede ver esa diversidad de estilos, enfoques, intereses y búsquedas. La diferencia, en lugar de separarnos, teje puentes y diálogos que enriquecen nuestras escrituras. Yo aprendo muchísimo de las otras autoras invitadas al festival: las leo con admiración y me replanteo cosas de mi propia escritura gracias a leerlas. Y, por supuesto, tenemos cosas en común: el interés por lo poético, lo fantástico y lo raro, la música, el género, la raza, la clase, la migración, las heridas coloniales, etc. Hay muchas cosas que nos unen, pero cada una de nosotras tiene propuestas estéticas diferentes y formas distintas de pensar todos estos asuntos (o algunos) en la escritura.
–Usted dice que escribe en la zona fantasma del recuerdo, siendo consciente de que ese recuerdo solo existe en el presente. ¿Qué es todo aquello que ya no podrá volver a ser? ¿Puede la literatura hacer de médium en este caso?
–La escritura hace que el pasado esté en el ahora y en el futuro, pero eso también lo hace una canción, una película, una pintura, o simplemente hablar con alguien y recordar. Vivimos en el constante alboroto del tiempo: experimentamos temporalidades superpuestas, pero nos gusta fantasear con un orden que más que una realidad tangible es un deseo. Para mí la escritura se parece a hablar con fantasmas, o a intentar resucitar a los muertos, o a una premonición de lo que pasó ayer, o un conjuro que puede cambiar tu relación con lo real. Escribir es reimaginar el pasado para estar más despiertos en el presente y tener esperanzas para el futuro.
–Cuando te quitan el futuro te amputan la juventud también… ¿El poder de la imaginación puede llegar a compensar esa carencia?
–En tiempos como los que estamos viviendo de ascenso de las extremas derechas, de recrudecimiento de las políticas fascistas antimigratorias, del regreso del imperialismo estadounidense (que nunca se fue), de genocidio, de extractivismo y destrucción de la naturaleza, etc., es decir, de necropolíticas globales, apostarle a la imaginación como salida es apostarle a alternativas que sigan la lógica del cuidado y del respeto por la vida. Esto nos obliga a subir la vara y preguntarnos colectivamente por cómo imaginar mejor. ¿Cómo generar imaginaciones críticas, liberadoras, gozosas, frente a las opresivas que nos proponen gobiernos como el de Daniel Noboa, Netanyahu, Trump, Milei, de la Espriella, Fujimori, etc.? ¿Cómo reclamar un futuro popular con imaginaciones complejas, en donde haya espacio para paradojas fértiles, y también para la fiesta? Estas preguntas no se están ensayando solamente en la literatura, sino que se piensan en múltiples espacios, artísticos y no artísticos, con cuerpos diversos y en comunidades históricamente en resistencia. Hay muchas ganas de un futuro alejado de toda esta muerte que nos proponen. Y por eso mismo, porque hay mucho deseo, muchas ganas, es que no van a ganar.
«Si de alguna parte me siento es de los movimientos migrantes, feministas y antirracistas que luchan para que España pueda sentirse un lugar seguro para todas»
–¿Cómo pensaba que era España cuando vivía lejos de aquí y qué impresión tiene de España ahora que nos conoce mucho mejor?
–Tengo ocho años viviendo en Madrid, pero no siento que la conozca bien porque soy una persona que se relaciona muy lentamente con los espacios. Puedo decir que aquí he creado una familia compuesta por una pareja y amigos (muchos de ellos latinoamericanos), que aquí trabajo, que aquí escribo, que aquí resisto. Por ahora. Y también puedo decir que migrar fue difícil, y que conocí de cerca la violencia institucional que opera a través de la Ley de Extranjería. Vivo en Lavapiés, un barrio migrante que aún intenta resistir contra la gentrificación, y si de alguna parte me siento es de los movimientos migrantes, feministas y antirracistas que luchan para que España pueda sentirse un lugar seguro para todas.
–¿Qué territorio literario le gustaría explorar y aún no se ha sentido preparada?
–Estoy escribiendo un libro de ensayos. He escrito ensayos antes, pero sueltos, dispersos, y muchos de ellos no han sido publicados. En cambio ahora estoy escribiendo un libro con textos que dialogan entre ellos. Vamos a ver qué tal.
–¿Qué libro de todos los que ha escrito le sigue haciendo daño?
–’Nefando’.








