Por Ana Abelenda.
FUENTE: La Voz de Galicia
Manuel Vilas: «Soy un gran observador de neveras, la nevera nos retrata. Seguro que los ministros tienen Miele o AEG»
El escritor de Barbastro, premio Nadal, se sube a la máquina del tiempo para volver a Zeta, la ciudad en la que despegó su narrativa con un realismo alucinado y premonitorio
«Soy el camarero de las palabras», se presenta Manuel Vilas (Barbastro, 1962), un «cuerpo romántico», «un enamorado de la vida» que baila sobre las miserias y las ilusiones de la vida cotidiana. Tras convertirse en bestseller con Ordesa, ganar el Nadal con Nosotros, y ofrecernos un banquete literario sobre el amor tras el divorcio en Islandia, Vilas desanda el tiempo 25 años hacia su Gotham particular. Zaragoza es Zeta. El libro original no existe, pero Zeta revive este otoño en Páginas de Espuma como un fantasma de las Navidades futuras.
—Los relatos de «Zeta» son de un realismo descarnado. ¿Es así nuestro hoy?
—Lo que está ahí sirve para hoy. El libro está escrito a finales del siglo XX, porque aún vivíamos en pesetas. Quedó relegado porque se publicó en el 2002 en DVD y no tuvo difusión. A Juan [Casamayor, editor de Páginas de Espuma] se le ocurrió reeditarlo. Y volví a leerlo con miedo. Pasó una cosa maravillosa: me reía. Me pareció que el libro estaba vivo, que era iconoclasta, subversivo y humorístico.
—Pinta un mundo solitario de gente asustada, a lo Bukowski. ¿Esta es la breve historia del desamparo urbano?
—Los temas son el desamparo, la soledad y la alienación, vistos en Zaragoza, que se convierte en Zeta. Una idea que yo tenía muy arraigada era que las ciudades españolas habían pasado a la literatura del siglo XX siempre desde el costumbrismo o el realismo. Y yo quería hacer algo más gótico, fantasmagórico, una especie de Gotham City en Zaragoza.
—Dice que no es ya aquel Vilas. ¿Qué ve en el espejo retrovisor del tiempo?
—Quien escribió ese libro va dentro de mí. Llevo el mismo cuerpo. Soy yo, pero a veces me cuesta reconocerme. He evolucionado literariamente. La mirada ha cambiado, pero ese escritor disruptivo me parece genial. El libro está lleno de humor oscuro.
—Y de oscuridad cotidiana…
—Es la transformación de lo cotidiano en sobrenatural. La soledad está metaforizada en que hay tipos que llegan a su casa y lo que tienen para hablar son solo los electrodomésticos.
—¿Es una soledad contemporánea o la misma de siempre?
—Es una soledad completamente contemporánea, la de las periferias de todas las ciudades españolas, con esas avenidas poligonales, sin vida vecinal, de pisos feos. Hay una fealdad urbanística en las periferias que repercute en una fealdad del alma de la gente. De la España fea se habla ahora mucho; yo la escribí ya hace más de 25 años. Nuestros centros son patrimonio cultural, pero la gente vive en las periferias. En el centro de Madrid o Barcelona ahora viven los turistas. Zeta denuncia esa desolación que viene de la ausencia total de belleza.
—Hay alucinación en esa tristeza. ¿Suaviza la fealdad de los hechos?
—Esta es una ficción de carácter alucinatorio, pero la puñalada de la fealdad te la llevas en el alma. El trabajo del escritor es narrar esa puñalada desde un lugar inesperado. Las convenciones sociales que creamos son demolidas en la literatura.
—Podemos imaginarnos a su narrador como un Dos Passos ante el Clínico de Zaragoza en un sofocante domingo de agosto.
—Un domingo de agosto a las tres de la tarde frente al Clínico de Zaragoza es un espectáculo aterrador. Y que te metan dentro enfermo ya es lo peor. Alguien tenía que decirlo. Decía Nietzsche que el calor es enemigo de la civilización. Y esta Europa del sur con veranos inútiles para el trabajo en el libro está de una forma infernal. A 40 grados no existe pensamiento.
—Pero soñamos aún con los veranos mediterráneos…
—¡Sigue la lucha por la primera línea de playa! Un relato habla de eso. Somos profundamente mediterráneos, pero la brisa del Mediterráneo ha desaparecido, ya no existe.
—¿La conciencia de clase es en Vilas más un desgarro de clase?
—Sí, desgarro de clase. No es ideológico, es existencial. Dentro de ese desgarro está la decepción política. No ha habido redención para las clases medias-bajas. Y eso se ve en los pisos en los que viven. Del primer problema en España, el de la vivienda, habla este libro.
—¿Un falso mito el del progreso?
—Creo en el futuro; yo no me iría a vivir a los años 80 bajo ningún concepto. Soy hegeliano, hay un proceso histórico en la humanidad que es esperanzador, el progreso. Hay enfermedades que se curan que hace 20 años no se curaban. Con esto está todo dicho.
—El Ford Fiesta y la nevera en estos relatos son «seres» inquietantes. ¿Cuál es su poder?
—Toda la materialidad del libro describe el lugar económico. Soy un gran observador de neveras. Que tengas una Balay o una Bosch habla de tu posición. La nevera te retrata. Estoy seguro de que los electrodomésticos que hay en las casas de los ministros españoles son Miele y AEG. En la de Pedro Sánchez también… Yo me apaño con Balay. Vivimos en una civilización de marcas. Nos quedan los libros, el arte, el cine, las humanidades, como refugio. Y los afectos verdaderos, que solo se crean si tienes tiempo para alguien. Hoy a tener intereses comunes lo llaman amistad… Es difícil hacer un amigo cuando no se tiene tiempo.
—¿Se sigue moviendo entre Kafka, Robespierre y Petrarca?
—Sí, pero vistos desde un lado siempre alternativo. Robespierre se cargó la presunción de inocencia… ¡Fue un adelantado a los linchamientos en redes sociales!
—¿Sigue viendo la literatura y la vida como hace más de 25 años?
—Yo sigo escribiendo por amor a la vida. Todos mis libros intentan darle al lector algo que le pueda ser útil para enfrentarse a la realidad y el misterio de lo que somos. Primero la vida, después la literatura.






