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Las Cartas de Joyce en el Suplemento Abril

Suplemento Abril

Por Lucas Martín

FUENTE: Abril. Suplemento literario de Prensa Ibérica

 Joyce, del hombre al Ulises y viceversa

A lo largo de su ya larga vida postrera, James Joyce ha tenido de todo menos una inexistencia tranquila. Pocos autores han sido sometidos a tantas ordalías. Casi ninguno a tantos y tan variados prejuicios. Se podría hablar -con especial atención a las difamaciones sobre su estilo- de un género en sí mismo. Nada rejuvenecetanto a un escritor que acusar a Joyce de pedantería; nada afea más el cutis que endiosar al autor del Ulises. Y también al revés. Sorprende además por su continuidad; las mismas simpatías y antipatías que despertaba la obra del irlandés hace 100 años, la misma dialéctica cabezuda, entrelazan sus caminos hoy. Aunque con una diferencia que afecta a todos menos al consenso académico sobre la valía de sus escritos: la distancia difumi-na el contomo de la persona, haciéndole, incluso, ingresar en el terreno bufo de la máscara, el trazo a pinceladas, la caricatura.

No es fácil saber quién fue James Joyce (Rathgar, 1882-Zúrich, 1941). Ni siquiera bajo la luz de sus excelentes biografías-pienso en la de Ellmann y en la de Edna O’Brien-. Mucho menos de su literatura, ambiciosa y llena de perspectivas, algunas de ellas de asiento casi cubista, y a menudo completadas por accesorios de sobremesa que hablan de contumaces borracheras, zapatillas de tenis y ambivalencias frente al catecismo. Tampoco es que el asunto, y más tras la enésima muerte declarada de la figura general del autor, importe demasiado. Y más cuando la parte más popular de su epistolario – aparentemente más propenso al desvelamiento – carecía de valor no solo literario, también humano -salvo que se considere freudianamente vinculantes los excesos libidinosos que le dedicaba a Nora Bamacle, su mujer-. En este sentido, las cartas pisan siempre como subgénero un ámbito confiiso, con opiniones encontradas en lo relativo a la pertinencia de su publicación. Cualquier correspondencia puede editarse u omitirse, despertar el morbo, la curiosidad o ambos, pero no todas se transforman en literatura. Tampoco en un libro, algo que tiene mucho que ver con el editor. Y, por supuesto, también, con capacidades que van más allá del rigor y la maña del inexcusable prólogo y la compilación

A Joyce, en esto de la publicación de sus cartas, le ha tocado la lotería con Páginas de Espuma y el escritor y traductor Diego Garrido. Sorprende que la mejor edición del epistolario de Joyce no provenga del ámbito anglosajón: dos extraordinarios volúmenes, uno, con la correspondencia escrita y recibida entre 1900 y 1920 -con piezas desconocidas hasta ahora- y el recién publicado, que abarca desde la llegada a París hasta su muerte y que, además, se acompaña por textos sobre Joyce de sus contemporáneos, como su amigo Italo Svevo y el poeta William Carlos Williams. Un andamiaje de lujo que, junto a las ilustraciones de Arturo Garrido, constituye una edición que puntúa más allá del éxito filológico, pues permite observar el epistolario sin maquinaciones procedentes del recelo de sus destinatarios y de la censura familiar. Pero también por el resultado, que, en sus consideraciones más maxi-malistas, constituye un gran libro: con pasajes divertidos y emocionantes que no tienen nada que envidiar a los de una novela; la vida interrumpida de Joyce. Con sus cataclismos y sulfurosas victorias.

Esta correspondencia contiene tantas vías de abordaje y relieves como los de un texto referencial de ficción. Con la salvedad de que sus concomitancias con la realidad son más temibles en cuanto que objetivamente sucedieroa Sus puntos de interés son múltiples y van desde el privilegio de asistir a la trastienda mental y compositiva de algunas de las obras más relevantes del pasado siglo hasta el espectáculo de la escritura doméstica de Joyce, que alterna la confesión funcional con los juegos de palabras y el malabarismo verbal que está detrás de toda su literatura. Con tramas que convocan a personajes como Sylvia Beach -la editora del Ulises-, Jung, Ezra Pound o T.S. Eliot, y en las que afloran los procesos que le atormentaron -incluida la edición pirata de su libro en EEUU y su progresiva enfermedad ocular- y el lado más íntimo y humano de su carácter: el del arrebato narcisista, pero también el tierno, eldelaspostalesasunietoy la inquietud apasionada y permanente por su hija Lucia. Una joya y un regalo a través del tiempo.

 

Por Lucas Martín.

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