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Lecturas Sumergidas entrevista a Ana María Shua

Por Emma Rodríguez.

FUENTE: https://lecturassumergidas.com/2026/03/24/ana-maria-shua-siempre-me-intereso-literariamente-el-cuerpo-como-territorio-incierto-vulnerable/

Ana María Shua: “Siempre me interesó literariamente el cuerpo como territorio incierto, vulnerable”

Los relatos que componen el volumen «El cuerpo roto» de Ana María Shua impactan por la manera en la que la escritora argentina se detiene ante temas como la enfermedad, la vejez, la pérdida. Lo hace a las claras, sin metáforas, sin parapetos, pero también con leves toques de ternura, de humor, que realmente desarman.

Cuando se le pide a Ana María Shua que mire al mañana y de cuenta de sus planes y sus deseos, señala que, como escritora, lo que la mueve es no repetirse, sorprenderse y seguir encontrando lectores que se animen a mirar con ella las zonas incómodas de la experiencia humana”. Me identifico con lo que dice. Reconozco que, cada vez más, me interesa la literatura que lleva a enfrentarse a lo incómodo, a aquello que en el fondo más tememos y más nos duele. 

Son esas preguntas ante las que no consigo hallar respuestas que me calmen, esas experiencias del desconsuelo que hay que atravesar de frente, buscando refugio en lo más hondo, cerrando las ventanas al ruido exterior, solo en compañía de abrazos cercanos (si los hubiera), las que me llevan a buscar, a encontrarme con libros como El cuerpo roto, donde la autora argentina (Buenos Aires, 1951) nos habla de aquello que la sociedad del espectáculo, de las apariencias, no quiere mostrar: lo vulnerables que somos ante la enfermedad; la vejez, sin cirugías como modo de huida, como territorio del que tan poco sabemos; el dolor ante la pérdida de los seres que amamos; la muerte inevitable; los senderos, en fin, de la fragilidad que nos constituye. 

Tal vez hemos de haber traspasado ya la mediana edad para sentir curiosidad por el tiempo que queda por delante y sus enigmas, ya lejos de la euforia, de los sueños y anhelos de la juventud. Y en la literatura, en esa literatura que ahonda, podemos hallar ráfagas de lucidez, palabras que expresan los sentimientos que albergamos, esas emociones a las que cuesta poner palabras porque se almacenan en el corazón y brotan en forma de lágrimas. 

He encontrado en los relatos de El cuerpo roto muchas de esas palabras que no eran capaces de emerger por sí solas, escenas y retratos que me han trasladado a vivencias cercanas, entre ellas las desmemorias y los sueños de mi propia madre. Aunque hay personajes de todas las edades en sus narraciones, me encanta encontrarme a gente con gran parte del camino hecho, rostros surcados de arrugas, fuera de la publicidad y del exceso de botox que congela y distorsiona las expresiones faciales. Shua convierte en protagonistas de algunas de sus historias a mujeres de 85 años, les da voz, y eso, que no es tan frecuente, nos abre caminos inesperados.

Qué poco sabemos de lo que sienten, de lo que viven, de lo que temen, de la manera en que son queridas, cuidadas, esas mujeres en la etapa final de sus recorridos. Me impacta la manera en la que la escritora se detiene ante situaciones, etapas, circunstancias, que tanto afligen. Lo hace a las claras, sin metáforas, sin parapetos, en ocasiones, pero también con leves toques de ternura, de humor, que nos desarman.

Tal vez hemos de haber traspasado ya la mediana edad para sentir curiosidad por el tiempo que queda por delante y sus enigmas, ya lejos de la euforia, de los sueños y anhelos de la juventud.

Con una extensa carrera a sus espaldas, en la que destacan novelas como Los amores de Laurita, El libro de los recuerdos, La muerte como efecto secundario, El peso de la tentación o Hija, Ana María Shua es una maestra indiscutible de hacedores de relatos y de microrrelatos (Que tengas una vida interesante y Cazadores de letras son volúmenes que reúnen gran parte de los frutos de ambas vertientes): posee el don de “apretar al lector y ser dulce a la vez”, frase con la que titulamos, hace ya años, otra entrevista publicada en Lecturas Sumergidas, que giraba alrededor de otra entrega de narraciones breves, Contra el tiempo

Señalaba entonces: “Tengo la sensación de que no hay nada tan interesante como lo cotidiano y apenas uno se distrae, o quizás todo lo contrario, apenas uno presta mucha atención, se da cuenta de que ahí está también lo más extraño, lo más absurdo y lo más temible. Cada día que pasa surgen imprevistos, situaciones de alarma. Fingimos que no existen para poder seguir viviendo, para poder seguir haciendo planes de futuro, pero están ahí, acechando. Son como amenazas que van asomando tenuemente desde lo más normal, desde lo más cotidiano. Y precisamente esto es lo que a mí me interesa contar”.

Han pasado los años y ahí sigue, narrando esas experiencias que a todos nos atañen, sembrando historias que se nutren del paso de los años, de ese camino del existir, atravesando piedras y encontrando alguna que otra gema. En El cuerpo roto Ana María Shua escribe sobre lo que incomoda y también sobre la supervivencia. Canto a la vida se titula el relato, con sustrato biográfico, que abre una entrega inusual, reveladora, sorprendente. Repaso ahora los mensajes intercambiados con la autora, vía correo electrónico, entre Madrid y Buenos Aires, anteriores y posteriores al intercambio de preguntas y respuestas compartido a continuación, un diálogo a distancia que siento sumamente cercano. 

Cuando le confesaba lo mucho que me había afectado su libro, con su carga de verdad, de crudeza; cuando le daba cuenta de mi identificación con algunas de sus historias en momentos de pérdida, de búsqueda (descubriendo, descubriéndome otra), me respondía, entre otras cosas:  Sí, la vida es maravillosa, pero no es gratis”. Sin pedirle permiso, hago entrar a esta introducción la frase, una frase que tanto dice de un libro difícil de olvidar una vez se cierran sus páginas. 

En «El cuerpo roto» Ana María Shua escribe sobre lo que incomoda y también sobre la supervivencia. «Canto a la vida» se titula el relato, con sustrato biográfico, que abre una entrega inusual, reveladora, sorprendente.

 Tras leer El cuerpo roto me puse a pensar en la capacidad de estos relatos para cautivarnos, para atraparnos, pese a su crudeza, a su dureza. Abordan asuntos que en el día a día se prefieren ocultar, de los que normalmente se suele huir.

– Quienes nos dedicamos a la literatura siempre estamos intentando escribir el libro que nos gustaría leer. Y a mí me han fascinado desde siempre los libros que tienen que ver con el tema médico, desde todo lo que escribió Oliver Sack, siempre esperanzador, incluso cuando describe casos atroces, hasta libros tan desesperanzados como Danzando con la muerte, de Bert Keizer, que trata sobre una clínica de enfermos terminales en Holanda, donde está permitida la eutanasia. ¡Hay tantos libros sobre el tema médico! Está en La peste, por dar un solo ejemplo entre miles, pero también en El Decameron, en Defoe, en Camus, en Poe, en Yourcenar… No creo que la literatura huya de esos temas, ni los oculte. La literatura trata siempre, de una manera o de otra, acerca de la fugacidad de la vida, del dolor, de la conciencia de la muerte, que nos define como seres humanos. ¿Y por qué no habría de atraparnos un tema que nos preocupa tanto, que conocemos, que forma parte de nuestras vidas?  Para mí lo que podría cautivar no es la crudeza sino el reconocimiento. Todos sabemos —aunque no queramos saberlo— que el cuerpo se rompe, que envejece, que enferma, que muere. Cuando la literatura se anima a poner eso en palabras sin eufemismos, algo se aquieta en el lector: alguien está diciendo lo que yo también sé. No se trata de exhibir el dolor sino de atravesarlo con una mirada humana.

– ¿Reconoces algún impulso, alguna necesidad, tal vez oculta, que te llevó a escribir estos relatos?

– Quizás alguna forma de vértigo… O mejor dicho, esa extraña atracción a la que se denomina “la llamada del vacío”, esa especie de impulso extraño que se mezcla con el miedo cuando nos asomamos al balcón de un piso alto. ¿Y qué pasaría si saltara? Para mí, toda escritura tiene algo de un salto al vacío y más todavía si se trata de temas que me conciernen, que me tocan en la mitad del plexo solar. Los temas que toco en El cuerpo roto me parecen territorios intensísimos, llenos de conciencia, de humor, de rabia, de lucidez. En buena parte, escribí estos cuentos para entender algo que me obsesiona desde siempre.

 ¿Pero en quiénes pensabas mientras escribías, a quiénes se dirigen las historias de este libro?

– Mientras escribía pensaba en los lectores, por supuesto. Y mi intención era captar precisamente a ese lector que se da el lujo de evitar los recursos remanidos, simplones, de buena onda; al que se atreve nadar en aguas profundas; al que está dispuesto a enfrentarse con la verdad artística, que no es la verdad de los hechos, pero a veces da en el blanco con mucha más precisión. Los escritores trabajamos con la certeza (o la incerteza) de un tirador de cuchillos en el circo, que arroja su arma con los ojos vendados y sin embargo, a veces, la clava justo donde se lo propone. Lo bueno es que cuando se equivoca, no necesariamente corre sangre…

 A mí personalmente este libro me ha dolido, pero también me ha llevado a enfrentarme a temas -los ya citados- ante los que no acostumbro a situarme. Te diré que me ha gustado encontrarme con protagonistas de muy avanzada edad, transitando por un territorio, el de la vejez, que desconocemos bastante, me atrevería a decir atravesado de misterio. ¡Qué poco sabemos de esa etapa; de los sueños, de las pérdidas que la recorren! ¿Qué has descubierto de ella en el proceso de escritura?

– Quizás a mis 74 años el territorio de la vejez y la decadencia física ya no me resulta tan misterioso. En el mejor de los casos, la vejez no es solo pérdida: también es despojamiento, claridad, a veces una feroz honestidad. Hay un territorio desconocido ahí, sí, pero no es un misterio vacío: está lleno de sueños que cambian de forma, de deseos que no desaparecen, de memorias que pesan o que se deshilachan. Tal vez el verdadero misterio está en el terreno de la enfermedad mental, de la demencia, en la vejez y a cualquier edad. ¿Qué se esconde en la mente de alguien que ha perdido la palabra? ¿O que ya no sabe usarla para comunicarse? Creo que si he llegado a descubrir algo no ha sido en el proceso de la escritura, sino en ese durísimo proceso que es la vida, y quizás, en todo caso, he podido, de algún modo (siempre dudoso, siempre injusto), transformar mis descubrimientos en palabras. 

«Quizás a mis 74 años el territorio de la vejez y la decadencia física ya no me resulta tan misterioso. En el mejor de los casos, la vejez no es solo pérdida: también es despojamiento, claridad, a veces una feroz honestidad».

– Concretamente Amim o la caída y Unos días en la playa abordan la etapa de la vejez. ¿Qué me puedes decir de cada uno de ellos?

– En Amim o la caída me interesaba la fragilidad súbita: el momento en que el cuerpo traiciona y la identidad se tambalea, pero sobre todo el efecto que eso produce en aquellos que nos rodean, que nos cuidan, que nos quieren. Me interesaba explorar cómo la aparente pérdida de la identidad puede ser la caída de una máscara y la revelación de otra identidad íntima y secreta. ¿Qué saben los hijos de sus padres? Es tan poco y tan sesgado como aquello que los padres saben de sus hijos. En Unos días en la playa quise mostrar la ilusión de un pequeño paréntesis luminoso, casi una tregua, en medio del deterioro. Los dos relatos intentan apartarse de la mirada compasiva para situarse en la experiencia misma. Unos días nació a partir de la internación de un pariente al que yo quería mucho. Fueron unas pocas jornadas en un sitio para mí asombroso: ese pasillo ancho con cuartos a los costados, casi como aulas escolares. Las habitaciones compartidas, las personas paseando por el pasillo en una especie de larguísimo y penoso recreo, apenas mitigado por unas pocas actividades como clases de gimnasia o de artes plásticas… Pocas veces tuve tanta necesidad de escribir un cuento, pocas veces me persiguió tanto un tema como después de esa experiencia.

– En otro de los cuentos, Toda una crónica, impacta la manera en que, con absoluto realismo, sin adornos ni metáforas, se narra lo que ocurre en urgencias de un hospital, el modo en que se abordan, en sus aspectos más cotidianos, la enfermedad, los diagnósticos médicos… ¿Cómo llegaste a encontrar ese estilo desnudo, esa voz, ese tono?

– Me propuse fingir una crónica casi periodística. Digo “fingir” porque, aunque está escrito en primera persona, yo jamás estuve veinticuatro horas en la guardia de un hospital. En este caso tuve un excelente informante, que me contó muchas de sus experiencias con todo detalle y yo me limité a organizarlas como si hubieran sucedido todas el mismo día. Por otra parte, creo que el tono lo impone el material. Lo que me proponía contar no admitía metáforas ni exceso de adjetivos. La precisión, incluso la sequedad, eran necesarias para no falsear la experiencia. A veces el lenguaje más simple es el más perturbador. No quise embellecer nada, pero tampoco caer en el morbo. Ese equilibrio es siempre frágil.

– Son duros estos relatos, insisto, pero asoma la luz, la ternura, el humor en ocasiones… ¿Está ahí ese punto de conexión entre quien escribe, Ana María Shua, y el nosotros en el que entramos los lectores?

– La luz está siempre ahí. Es la engañosa esperanza que nos mantiene vivos, la misma que quedó encerrada en la caja de Pandora, después de que escaparon todos los males. La ternura es simplemente inevitable. Somos seres humanos, somos mamíferos, necesitamos el afecto, sentir el calor de los demás, compartir a través de la piel la sangre caliente que corre por sus venas. Y el humor… bueno, eso es parte de mi personalidad. Solo cuando me lo propongo rígidamente logro escribir sin humor. Y aunque no lo parezca, estos temas son terreno fértil para el humor, esa puerta que se abre donde creíamos que solo había una pared.  El humor es una forma de resistencia. La ternura también. Aparecen incluso en situaciones extremas. Me interesa esa mezcla porque es profundamente humana. La literatura que es solo oscuridad me resulta incompleta y cuando solo es luminosa la siento falsa. Vivimos en esa tensión.

«El humor es una forma de resistencia. La ternura también. Aparecen incluso en situaciones extremas. Me interesa esa mezcla porque es profundamente humana».

 En la nota de prensa elaborada por la editorial Páginas de Espuma sobre El cuerpo roto se incluye un interesante texto con tu firma en el que te refieres a tu obsesión desde siempre por el tema de la enfermedad, de la curación, “un tema constante y perturbador”, señalas. Ya has hablado un poco de ello al principio de este diálogo… ¿Lo puedes desarrollar un poco más? ¿Hay algún detonante, algún episodio biográfico que alentara ese interés? 

– No lo creo. Yo misma no sabía que ese iba a ser uno de mis temas preferidos cuando escribí mi primera novela, Soy Paciente. Creí que había elegido ese tema por pura casualidad, porque a un amigo le habían sucedido hechos tan disparatados durante su internación en un hospital, que me daban la substancia necesaria para mi primera novela. No sabía en ese momento que el tema se iba a repetir tantas veces en otras novelas, en muchos cuentos. Cuando era chica me parecía muy divertido enfermarme de vez en cuando, faltar a la escuela, ir a la cama grande y recibir todos los beneficios secundarios de la enfermedad: las revistas de historietas, los mimos, comer pollito hervido y puré con aceite (en lugar de manteca), mucha jalea de membrillo y agua embotellada. Las gripes, las anginas, la varicela, incluso el sarampión, tenían su encanto y nunca estuve seriamente enferma. Mi padre murió de una embolia un par de días después de una operación exitosa. Más que una enfermedad, fue casi un accidente. Y, sin embargo, mirando hacia atrás, veo que siempre me interesó literariamente el cuerpo como territorio incierto, vulnerable. Más allá de lo biográfico, creo que hay una inquietud existencial: la conciencia de que somos materia frágil y, al mismo tiempo, conciencia que piensa esa fragilidad. Alguna vez pensé en estudiar medicina, hasta que por suerte me di cuenta a tiempo de que lo que realmente me fascinaba de la medicina eran las palabras.

– La temprana muerte de tu padre, que citas, una experiencia que sin duda marca, da lugar al último relato del volumen, Después de la muerte. ¿Hasta qué punto escribir esa historia supuso una liberación?

– No fue eso lo que sentí… Aunque, pensándolo bien, quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Y un velorio es una situación tan extraordinaria para la literatura. Esa mezcla de pena, de ridículo, de dolor y disparate que tiene toda la ceremonia… Pero no diría que escribir ese cuento, que es totalmente autobiográfico, me ayudara a paliar la pena y la sensación atroz de sentir que el cielo se me había caído en la cabeza. Hasta que murió mi padre, yo simplemente no sabía que la muerte era posible y que estaba ahí, acechándonos. Nadie tan querido, tan esencial, tan cercano, se me había muerto. Mi papá tenía cincuenta años y estaba perfectamente sano. Se cayó jugando al voleibol y murió después de una operación de hernia de disco. Pero yo tenía veintitrés años, ya era una persona formada. Creo que no lo llamaría liberación. Más bien, una forma de ordenar el caos. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura. Y tal vez, solo tal vez, cuando algo tiene forma, deja de ser solamente una amenaza.

 Un canto a la vida es tal vez uno de los relatos más dolorosos, tan extremadamente real, auténtico, con esa mezcla de sufrimiento, incertidumbre, al abordar el tema de la enfermedad, del cáncer… Con tantos consejos, remedios mágicos, aportados por la gente cercana. Y al final la supervivencia. Tiene que ver contigo, con tu propia experiencia… Háblame de este relato. ¿Qué supone en tu camino?

– El diagnóstico era metástasis. Me despertaba cada mañana con la palabra “metástasis” resonando dentro de mi cabeza. Traté de escribir en ese momento, como sabía que otros lo habían hecho, y pude lograrlo hasta que la quimio me barrió la personalidad y me convertí en un pedazo de carne sufriente. Me molestaba la retórica de la “lucha”, esa obligación de ser valiente. La enfermedad también incluye miedo, cobardía, agotamiento. Quise reivindicar esa verdad. Y también mostrar la avalancha de consejos, de soluciones mágicas, que rodean al enfermo, que es de verdad asombrosa. A una de mis hijas, que se enfermó unos años después, le trajeron una especie de formicario de vidrio lleno de gorgojos en un terreno de algodón. Se suponía que tragárselos vivos le aseguraba la curación. He visto desde consejos ridículos, pero bien intencionados, hasta los más asombrosos disparates organizados para sacarle plata a los enfermos desahuciados, a sus desesperados familiares. Al final, la supervivencia no es heroica: a veces es simplemente azarosa. Estás parada en la vereda, te atropella un tanque, te pasa por arriba y si a pesar de todo lográs levantarte la gente te dice “¡Qué valiente!” Es terrible y también absolutamente cómico, una combinación que me gusta mucho. Veinte años después retomé ese texto, que había abandonado, y lo convertí en el eje de la historia de mi enfermedad. 

 La enfermedad es una larga espera”, leemos. Y esto nos conduce a otra idea. Mientras se espera se sigue viviendo… Mucha gente se toma esa etapa como un paréntesis, una parada, pero el enfermo experimenta, conoce, se transforma en otro ser… ¿Cómo lo ves?

– La espera es vida. El enfermo no está suspendido: ama, se enoja, se transforma. Pensar la enfermedad como pausa es una ilusión de los sanos. Pero sí la considero un paréntesis. Y en ese sentido la comparo con la guerra. Durante la guerra las personas se dicen: “Cuando esto termine…” Y se hacen planes y se imagina un futuro en que el maldito paréntesis ha terminado y vuelve la vida real, completa, con todas sus manifestaciones. La soledad es el más largo de los castigos y en esa espera que la enfermedad implica hay también soledad, por más que se esté acompañado.

 La idea de la valentía en la lucha, como indicabas antes, molesta a la narradora de Un canto a la vida, que reivindica la aceptación de la cobardía (“fui tan cobarde como cualquiera…”)

– Hay gente valiente de verdad, dispuesta a soportarlo todo sin quejarse. (Algunos, a veces, soportan demasiado y cuando llegan al médico ya es tarde). No es mi caso. La mayoría de nosotros se acobarda frente a la enfermedad, es natural y ni siquiera diría que es humano: es animal, es instintivo, huiríamos si pudiéramos. Y la lucha… La lucha es del cuerpo y no de la persona, como fantaseamos a veces. Cómo, si no, sobrevivirían esos ancianos demenciados que ya no son nadie y sin embargo son un cuerpo que sigue luchando por la vida. Estudios estadísticos de la Clínica Mayo han demostrado que el optimismo no influye en el desarrollo de la enfermedad. Los alegres optimistas y los pesimistas deprimidos se curan o no se curan sin que pese su estado de ánimo. La diferencia es que unos la pasan mejor que otros. 

«Me molestaba la retórica de la lucha, esa obligación de ser valiente. La enfermedad también incluye miedo, cobardía, agotamiento. Quise reivindicar esa verdad en el relato «UN CANTO A LA VIDA».

  – Te refieres a “los sobrevivientes”. Este es un libro, me atrevo a decir, sobre la supervivencia, sobre el afán de superar lo peor y también de asumir, desde el inevitable dolor, la pérdida en todos los aspectos.

– Es, creo, quiero y espero, un canto a la vida. Algo que en mi primer relato comienza siendo irónico y termina siendo simplemente verdadero. Siempre digo que la literatura no sirve para nada, no espero que cumpla ninguna función útil, pero, sin embargo, hay una pequeña ilusión en alguna parte de mi cabeza de escritora de que quizás mis palabras le sirvan a algún lector para encontrarse a sí mismo, para quererse y perdonarse, que es la mejor forma de querer y perdonar a los demás. 

– Exploras en El cuerpo roto la incomodidad física, pero también emocional, “las zonas irritadas” de la convivencia, a las que se alude en Como el mar, un cuento que me ha gustado especialmente, pues tiene que ver con la poca importancia que concedemos a la salud, a las relaciones permanentes, hasta que se ponen en peligro. Algo muy, muy humano.

– Por supuesto, la convivencia, tal como las relaciones familiares, hacen que un gesto o una palabra que para alguien de afuera podría ser una tontería, desaten una tormenta. Porque tocan esa zona irritada que en toda relación importante, (pareja, hermanos, padres, hijos) carga con una larga historia de roce constante que termina por dejar zonas en carne viva. En Como el mar todo está a punto de naufragar y tal vez naufraga. No lo voy a spoilear, pero sí, el peligro está allí y ante el peligro aquello que dábamos por sentado se carga de un valor infinito.  

– La complejidad de las relaciones, que se intensifica en los momentos más duros de la vida, otorga profundidad a las diferentes historias. Personalmente creo que es otro de los motivos de que nos interesen tanto, de que nos atrapen. 

– Todo lo que puedo decir es…¡muchas gracias! Eso es lo que me propuse y me alegro de haberlo logrado al menos contigo, que sos una lectora tan especial, que temo y admiro.

 Cuidar un gato es otro relato que emociona, sobre todo en la explosión final del abrazo. Como en otros casos, la ternura se convierte en una gran cura. Los cuidados es otro de los temas importantes de esta entrega ante la que, respondiendo a lo que has dicho anteriormente, te digo que soy yo la que tengo que darte las gracias.

– Cuidar es una de las experiencias más radicales. Implica vulnerabilidad compartida. Este relato no tiene nada de autobiográfico, pero sí tuve la experiencia de cuidar un gato y de cuidar y perder a gente querida. Y hay un personaje del que no diré nada más excepto que se parece mucho a una asistenta que trabajaba en la casa de mi madre.  En Cuidar un gato el abrazo final no resuelve nada, pero crea un instante de sentido. A veces eso es lo único que tenemos. Ese llanto que permite que salga por los ojos el trozo de cristal del maldito espejo del diablo, ese que, como en La Reina de las Nieves, había conseguido congelarnos el corazón. 

 Rita y el doctor es una historia verdaderamente cautivadora. Podría ser una novela corta. Tiene muchas capas, cuenta muchas cosas… El psicoanálisis, los deseos, el paso del tiempo, la memoria, la amistad, el proceso de la escritura… “Hay golpes en la vida tan fuertes…”, leemos en el mismo. Aporta diferencia al conjunto, es más abarcador… ¿Estás de acuerdo?

– Sí, es un relato “cebolla”. Me interesaba el cruce entre psicoanálisis, memoria, deseo, escritura. El verso de Vallejo (“Hay golpes en la vida tan fuertes…”) atraviesa el cuento porque habla de esos impactos que nos cambian para siempre. Tal vez sea el relato más abarcador del libro.

Cuidar es una de las experiencias más radicales. Implica vulnerabilidad compartida (…) En el cuento «Cuidar un gato» el abrazo final no resuelve nada, pero crea un instante de sentido.

– La historia, la política (la dictadura argentina y sus métodos brutales, las desapariciones, la militancia) entra en cuentos como Selva y el Diablo. Supongo que no puede dejar de aparecer, es una herida profunda…

– Sí. Y también en Los Gaspáridos. La historia argentina es una herida abierta. La violencia política dejó cuerpos rotos, memorias rotas. No podía no aparecer, al menos en una autora de mi generación, que vivió la dictadura. Es casi imposible para nosotros, los que pasamos por la Época del Miedo, como la llamo en mi cuento, ignorarla en lo que hacemos. Nunca escribí directamente sobre la represión, y, sin embargo, de un modo o de otro, está presente en todo lo que escribo, aunque sea como alusión, como telón de fondo, como clave. La crueldad siempre deja marcas, aunque no sean visibles. El clima social, el miedo, la desprotección, afectan a los cuerpos. No somos entidades separadas de la historia. La literatura no repara, pero nombra. 

– ¿En qué momento de su carrera, de su vida, está Ana María Shua? ¿Cuáles son sus deseos ahora, sus sueños?

– Se supone que estoy en un momento de mayor libertad. Ya no necesito demostrar nada. Eso es un privilegio. Mis deseos son sencillos y ambiciosos a la vez: seguir escribiendo mientras tenga curiosidad. No repetirme. Sorprenderme. Y, si es posible, que mis libros sigan encontrando lectores que se animen a mirar conmigo las zonas incómodas de la experiencia humana. Pero tengo mucho miedo de no poder. En el fondo, exactamente igual que cuando empecé…

El cuerpo roto ha sido publicado por la editorial Páginas de Espuma.

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