Librújula
Por Antonio Iturbe
“Yo luché mucho con mis demonios desde la infancia”
Esta uruguaya afincada en Bogotá desde hace diez años es uno de los escritores más inspirados de este tiempo. Su última novela, «El monte de las furias», es extraordinariamente perturbadora y orgánica. Ahora publica sus cuentos en “Miembro fantasma” (Páginas de Espuma). No esperen relatos de planteamiento, nudo y desenlace. Aquí todo es nudo, y te aprieta adentro.
Me acerco a conversar con ella a un hotel de Barcelona donde tiene su campo base para la promoción. No te recibe con esa cordialidad estudiada y profesional de algunos autores anglosajones cuando se ponen en el modo “promoción”. Es amable pero natural. No lo exagera, pero tampoco disimula que está incómoda porque el hotel, bastante mediocre, no tiene un lugar silencioso para la conversación y hay un ruidoso trajín de turistas arrastrando maletas de ruedas que no invita a la concentración. Estoy de acuerdo con ella: para escribir se requiere silencio, para amasar una conversación donde las palabras penetren las capas de lo superficial, también. Buscamos la mesa más alejada de la sala.
El silencio para ti tiene su importancia…
El silencio en todas sus formas. Tengo la necesidad de estar en un entorno silencioso, ¡que no será este! [lo dice risueña]. Si no hay silencio, es que no puedo escribir. Con 20 años escribía con algún tipo de música que tuviera que ver con el estado de ánimo pero tiempo después empecé a escribir totalmente en silencio porque, después del primer borrador, escribo leyendo en voz alta todas las correcciones. Son meses enteros de leer en voz alta. Necesito entrar en ese ritmo y esa música de las frases. Nunca publico nada que no haya leído múltiples veces en voz alta y la música interfería en eso.
¿Y el lugar te influye?
No puedo escribir en cafeterías, de la misma manera que hay escritores que el ruido de fondo les sirve, a mí no. Por eso funciono muy bien en las residencias literarias porque son espacios de recogimiento. La reclusión me va muy bien. Mis textos también trabajan con el silencio, con todo lo que no se dice pero queda cifrado dentro del texto y ese es el trabajo activo del lector. Eso es lo más difícil de calibrar: no decir todo, no decir demasiado, hasta dónde contar y hasta dónde callar.
Hay un cuento donde Julio, el venado, el César, acaba descubriendo, tal vez con resignación, que la mentira no es algo estrictamente negativo, y se habla del misterio de la belleza.
¿La literatura es una mentira que nos contamos para buscar la belleza?
¡Pero no más mentira que la vida! A veces es más real que lo que llamamos realidad, que también es una ficción que nos contamos.
En otro cuento, donde un personaje va perdiendo la memoria, se dice: “La ficción podría darle a Gloria Susana lo que no le dio la vida, un milagro”.
¿Buscamos en la literatura ese sentido milagroso de parar el tiempo en el momento en que leemos?
¡Es un milagro que todavía haya gente que todavía lea literatura! Hay un acto de magia que ojalá no perdamos en la maravilla de la lectura. Cuando un niño lee una historia de fantasía surge el asombro. ¿Cómo pueden tener esas letras todo ese mundo imaginativo de situaciones y sensaciones en tecnicolor y 3D adentro? Si se da esa conexión entre el libro y el lector se produce un estado de hipnosis. Esa hipnosis se produce en mí como escritora, porque yo, cuando estoy escribiendo, estoy como viendo una película. Ese momento de leer te saca de la banalidad de tu existencia. A veces no se produce ese estado porque uno no está concentrado o no se engancha a la lectura, pero, cuando uno se mete… puede estar acá y no estar.
Leer es un acto muy íntimo. ¿Cómo lees tú?
En un libro de cuentos hay quien dice que los lee salteados, pero yo prefiero seguir el orden que puso el autor. Y no los leo todos seguidos. Yo termino de leer un cuento y paro un rato, no continúo leyendo el siguiente. Me tengo que quedar con esas sensaciones, quedarme en ese mundo un ratito.
Hay un cuento divertido sobre la mecánica de la escritura donde alguien reivindica el cuento que no tiene un final epatante.
Como profesora de escritura creativa, esos debates también me interesan.
Te he escuchado hablar sobre “el texto que se desvela” y explicar que te llega el cuento de golpe, entero, y luego le vas añadiendo capas. ¿Y ese golpe cómo se enseña en una escuela de escritura?
El golpe no lo puedes enseñar porque se aparece o no se aparece. Puedes ayudar tal vez a estar atenta a esa escucha y para eso uno tiene que salirse de las pantallas, dejar la mente vagar de manera natural como cuando
caminamos o lavamos los platos, que estás pensando pero no pensando. Eso es algo que hay que motivar porque si decides alienarte completamente nunca vas a tener un fogonazo de nada. Pero después de que aparece ese fogonazo, hay mucho trabajo técnico y eso sí se puede enseñar. Los diálogos, cómo construir espacios o atmósferas… también se puede ayudar a aprender a leer bien o leer de otra manera, y no se trata del análisis literario, que sirve para otra cosa pero no para esto. Y también hacer reflexionar sobre las distintas poéticas y el trabajo del lenguaje. Hay cosas que se pueden trabajar en los talleres y otras que son constitutivas.
Una curiosidad técnica: ¿Por qué han desaparecido los guiones de diálogo en las novelas literarias en los últimos años? ¿Es modernidad o tiene un sentido?
A mí me parece que el guion visualmente corta mucho, anuncia mucho. Habría que ver caso por caso lo que quieres lograr. Quitar los guiones hace todo más fluido, quitas barreras. Puede ser influencia del mundo anglosajón porque ellos usan comillas en vez de guiones. Pero claro que hay modas y si unos lo usan, otros lo usan. Tal vez más adelante vuelvan los guiones.
En ese cuento sobre la escritura otro personaje viene a decir que los finales abiertos son pura vagancia del escritor…
Hay muchas formas de ver el final de un cuento.
Tus finales no buscan un golpe de efecto pirotécnico pero no me parecen abiertos…
A mí tampoco. Creo que hay un arco de transformación de los personajes, y terminan donde deben terminar. Después del clímax un cuento es cháchara y hojarasca. Siento que he de acabar ahí porque ha de terminar después del punto de máxima tensión, que en muchos de mis cuentos es una epifanía interna del personaje: entiende algo, ve algo, siente algo, se quiebra de alguna manera.
No son epifanías estruendosas, a veces pueden ser sutiles.
Hay que ser buen lector de cuentos para poder leer el final. El escritor no te lo ha de resolver todo. La lectura es una habilidad que se entrena con leer y leer.
Hay uno de tus personajes que dice que los defectos y las virtudes son la misma cosa…
Lo que llamamos defectos te permiten otras cosas, es como las dos caras de la moneda. A una persona tozuda y terca eso le hace que sea difícil su vida en pareja, pero tal vez te permite escribir un libro y terminarlo. Yo soy muy crítica con querer una cosa aséptica e higienizada, creo en la complejidad como algo bueno y deseable, trato de construir personajes que no sean cien por ciento de la misma manera, como cualquiera de nosotros. Si pudiéramos radiografiar el corazón nuestro veríamos esa complejidad con todas sus contradicciones.
Con otras miradas y otros caminos más pegados a las fuerzas de la tierra y a las contradicciones humanas, pero está en tu literatura esa búsqueda interior de la añorada Clarice Lispector de tratar de decir lo indecible.
¡Es un honor que me comparen con ella! En el estilo no coincidimos, pero si es una de mis autoras favoritas.
La tengo muy presente. Su lectura me marcó. Clarice es una autora a la que lo que menos le importa es la trama, y por eso siempre puedes volver a sus libros. Tiene ese nivel de intensidad y hondura que la vuelve inagotable. Siempre encuentras otra cosa.
Hay un cuento de un escritor/a egoísta, pendiente solo de su obra, pero se descubre más vulnerable de lo que aparenta cuando recuerda cómo su padre sufría de agobio por el calor y se metía en la bañera con trozos de hielo que le llevaba, pero enseguida se deshacían. Ese ruido en su cabeza del hielo que se resquebraja es el recuerdo perpetuo de la incapacidad de conseguir lo que uno quiere. ¿Al escritor siempre se le quiebra el hielo entre los dedos?
Lo que tenemos es solo ese instante en que todavía no se ha resquebrajado el hielo. No sabemos cuánto va a durar, no mucho. Pero hay una belleza en la fugacidad y en que todo se vaya deshaciendo. Está en la condición humana y nuestra mortalidad, que es lo que nos diferencias de la lA. Cuando la lA escriba libros igual de buenos o mejores que los humanos, ¿qué va a quedar? Lo que marcará la diferencia es que nosotros nos morimos. Tengo ya una cierta edad y no sé cuántos libros más me quedan más por escribir. Y eso lo siento. La máquina podrá escribir todo lo que quiera sobre la muerte pero nunca podrá sentir la urgencia que sentimos nosotros, esa urgencia que yo siento como escritora.
Si vamos a desaparecer, no dejaremos huella, los libros serán convertidos en pasta… ¿Qué sentido tiene esa urgencia por construir un libro más?
Es esa sed de infinito de Lispector. Son cosas inexplicables, es el gran misterio. La frustración viene de que hay algo que querrías satisfacer. Ese hueco que quieres llenar, y es imposible de llenar, es la pregunta que nos tenemos que hacer. Creo que hay algo inherente al ser humano en esa necesidad de trascender de alguna manera. No porque vaya a perdurar en el tiempo, sino que la búsqueda de eso trascendente está en el ímpetu religioso, espiritual, en el arte que es sustituto de lo espiritual, en la maternidad…
Los personajes de tus cuentos están en el desasosiego porque querrían algo más, que tampoco parecen saber qué es.
¡Es tan humano! Siento que mis cuentos están hablando de lo más común, pero justamente eso es lo más humano y lo más universal: esos deseos, esas ausencias, esos dolores fantasma.
Hay en tus cuentos insatisfacción, ausencia, incertidumbre. ¿Por qué la literatura tiende a mostrar la parte más turbia de la vida como si no hubiera también buenos ratos?
“Todas las familias felices se parecen pero las desgraciadas lo son cada una a su manera”. La literatura busca lo distinto.
Tus personajes bracean para salir a flote, pero tú no das la sensación de ser una persona torturada.
Más allá de que enmascaremos mucho y en la intimidad la historia sea otra, yo si luché mucho con mis demonios desde la infancia. Era una niña relativamente triste, con una adolescencia y una juventud muy duras. Yo creo que si ahora me veo así como poco torturada es gracias a la escritura, pero todas esas emociones para mí son extremadamente cercanas y familiares: el miedo al fracaso, el miedo en general, también a la muerte, la dificultad de entablar relaciones afectuosas y sanas, los deseos insatisfechos, la dificultad para reconocerme como escritora y asumirme. También las decisiones vitales: decidí no ser madre… decisiones que te enfrentan a la finitud y la desaparición. Conductas compulsivas y obsesivas, muchas… si rascas está todo ahí. Yo estoy siempre trabajando con mis propias emociones. Y ahora, aunque tengo mis bajones, estoy en un momento de equilibrio vital y es gracias a la escritura porque llevo ocho años escribiendo mucho y eso me ha hecho mucho bien. La escritura me equilibra.











