Librújula
Por Gianni Zecca
FUENTE: https://librujula.publico.es/
UNA SORPRESA
BUENA Y SENCILLA
Sofía Balbuena se ha alzado con el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve con “Personaje secundario”
(Páginas de espuma), que el presidente del jurado, Juan Gabriel Vásquez, definió como “una joyita en la tradición del cuento latinoamericano”.
Lo último de Sofía Balbuena es una sorpresa buena y sencilla. Es lo último porque no es lo prime-ro. Y no es lo primero porque Sofía ya se asomó al ágora literario con Borracha Menor, Sutura y Gente Sin Paz. Y el ágora literaria ya conocía bien su característica y afiladísima primera persona, sus tintes autobiográficos, su registro directo, áspero y sin florituras, sus no-ficciones de matriz conversacional, sus dietarios, sus correspondencias con Sabina Urraca y Daniel Saldaña París, y su capacidad de extraer literatura de cosas tan chiquitas como el so-nido que hace una lata de cerveza al abrirse.
Lo último de Sofía Balbuena no es lo primero porque ya había todo un ágora literaria consciente de los balbuenismos que vendrían. Pero lo último de Sofía Balbuena es una sorpresa. Se titula Personaje secundario y es un libro de cuentos. Y es una sorpresa no solo porque el pasado 19 de marzo se alzó con el prestigioso Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, sino también porque dinamita todo lo que el ágora esperaba de ella, porque descentra su característica y afiladísima primera persona y diluye sus tintes autobiográficos para derramarlos en la médula existencial de una colmena de personajes siempre al borde del abismo, siempre al límite tensio-nal y siempre oscilantes entre lo marginal y lo convencional, entre lo indecible y lo aparente, entre la realidad y lo real.
Una economía de las sensaciones, una política de lo humano –demasiado humano–, una política con la que Sofía, al igual que Cortázar, no está comprometida, sino casada. Personajes eternamente atrapados, que sobremalviven en el deseo. Personajes vivos, a la manera de Milan Kundera. Vivos y creados, como dijo el checo, para “ir hasta el fondo de su problemática existencial”. Florencia, Reina, Lorenza, Clara, Nereo y Miriam son algunos de todos esos personajes vivos que en Personaje secundario padecen la Historia, el peso de la Historia en la que sus existencias no acaban de encajar, personajes aparentemente –e irónicamente– secundarios que sin estridencias baten el tempo de cada relato como notas fantasmas en un pentagrama allegro ma non troppo.
Lo último de Sofía Balbuena es una sorpresa también porque de su habitual registro áspero y sin florituras brota un inesperado cuidado por la metáfora, un continuo mimar la palabra, una pequeña revolución en su andamiaje formal. Y es una sorpresa porque Sofía se toma un descanso de la no-ficción para hundirse en una mikve ficcional y renacer con cinco cuentos chiquitos, muy chiquitos, mínimos, pero mayúsculos en su tratamiento especular entre espacios y personajes, una conjunción que reverbera colores y calores de La ciénaga de Lucrecia Martel, casi como un Ragazzi di vita bañándose en el arroyo insalubre de lo contemporáneo. Un abrazo a puñetazos entre las cosas del vivir y las manías del existir.
Lo último de Sofía Balbuena son cinco cuentos buenos y sencillos. Y son buenos y sencillos porque son capaces de perdernos en los vericuetos del vacío existencial sin abusar de grandilocuencias, ni cursilerías, ni revuelos retóricos. Una literatura de cosas chiquitas, con inyecciones de coloquialismos envenenados, incómodos, a menudo despiadados. En Personaje secundario no se respira ni trascendencia ni eternidad, solo inmanencia, en todos sus desajustes. Pero siempre sin aspavientos ni pretensiones. Aunque esta, de hecho, no es una sorpresa, porque Sofía ya nos lo confesó hace un par de años en Borracha Menor: “Quiero escribir, quiero escribir algo bueno y sencillo. Que no sea pretencioso ni solemne, que no caiga en lugares comunes ni morales. Quiero escribir algo que sea bueno, luminoso y verdadero y que sea leído”.
Promesa cumplida. Porque lo último de Sofía Balbuena es algo tan simple como esto: un libro de cinco cuentos buenos y sencillos, sin precipitaciones, sin arrogancias, contados con la calma de la desazón, con rigurosa destreza narrativa y con un astuto sottovoce que desde las bambalinas de su apariencia anecdótica nos grita “lo poquito que hay en la plenitud” y el vacío que hay en el centro de las cosas y que dentro de este vacío hay otra cosa. Y otros vacíos. Y otras cosas. Muchas otras cosas. Todas sorprendentes, buenas y sencillas. Como lo último de Sofía Balbuena.








