Todo esto se presenta en diferentes historias no necesariamente en escenarios fantásticos o del espacio exterior, tal como se lo suele ubicar fácilmente dentro de la ciencia ficción, algo que nunca terminó de convencerlo del todo. Porque si algo deja en claro este volumen es que Bradbury nunca necesitó seres alienígenas para inquietar: le bastaba una casa, una noche, o incluso una conversación cualquiera para abrir una grieta en lo real.
“El peatón” es otro de sus relatos clásicos que resalta. Ambientado en un futuro distópico en donde la mayoría se la pasa encerrada en su casa mirando televisión, un mero caminante es motivo de sospechas por parte de los agentes policiales. Lo cual no deja de ser casi una postal anticipatoria del presente del siglo XXI, atravesado por las tecnologías digitales y la mediatización de la existencia.
Leerlo hoy produce un pequeño escalofrío, como si Bradbury hubiera estado mirando por encima de nuestro hombro desde hace décadas.
En “Las maquinarias de la alegría” demuestra también, al igual que autores como J. D. Salinger, su maestría para el diálogo. También se incluyen clásicos, como “Las doradas manzanas del sol”, en donde se afianza su estilo que toma elementos espaciales o paranormales pero los entrelaza con un tamiz humano, demasiado humano. Por ejemplo, en un relato escribe: “Click Hathaway notó que la nave se movía bajo sus pies como la piel de un animal sensible”.
Como dice su editor, Paul Viejo: “Es un planeta simbólico, poblado de ruinas propias y ajenas, donde lo importante no es la tecnología del viaje, sino la carga cultural que los viajeros terrestres arrastran consigo”. En ese sentido, cada cuento parece una cápsula: no tanto del futuro, sino de las obsesiones más persistentes del presente.
El último relato incluido es de 2009 y se titula “Un encuentro literario”. Se trata de un diálogo amoroso entrecruzado por el amor por los libros y las buenas historias. Si es una suerte de despedida del autor, sin dudas es un gesto poético inmejorable.
Y quizás también una última declaración de principios: que al fin y al cabo, más allá de Marte, las máquinas o los fantasmas, lo único verdaderamente perdurable son las grandes historias como las de Ray Bradbury, a quien seguimos leyendo y admirando.