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Los Cuentos de Bradbury en Semanario Brecha
Cuentos, de Ray Bradbury

Humano, te estoy hablando

La reciente edición de un pesado volumen que reúne 113 cuentos de Ray Bradbury permite, además de subrayar el inmenso valor literario del autor de Fahrenheit 451, establecer algunas conexiones entre los múltiples futuros que pergeñó varias décadas atrás y este presente que habitamos. Temas como el vínculo con la muerte, la religión, la vida extraterrestre y la tecnología se interconectan y redescubren sentidos en esta suma de piezas de ficción breve.

Brecha

Por Martín Bentancor.

FUENTE: https://brecha.com.uy/humano-te-estoy-hablando/

Las etiquetas son terribles: por lo que subrayan y por lo que dejan afuera. Ubicar bajo el rótulo de autor de ciencia ficción a un escritor como Ray Bradbury le facilita las cosas a muchos editores, antologistas, articulistas y libreros, pero encapsula la complejidad de su arte en un compartimento estanco. Hay ciencia ficción en la literatura de Bradbury, desde luego, como también la hay en las obras de J. G. Ballard, Fredric Brown y Thomas L. Disch, pero la ampliación del territorio observado en cada caso permite contemplar la complejidad y la diversidad de esos paisajes únicos, reacios a cualquier reduccionismo etiquetador.
Nacido en Waukegan, Illinois, el 22 de agosto de 1920, el niño Ray creció escuchando historias de su lejana pariente Mary Bradbury (1615-1700), condenada por brujería en los famosos juicios de Salem, en la Nueva Inglaterra colonial, cuando tenía 76 años, encerrona de la que logró huir antes de volverse pasto de las llamas. De Mary Bradbury se decía que podía convertirse en varios animales (con especial predisposición por un jabalí azul) y que había llegado a embrujar desde una familia hasta la tripulación entera de un barco. De esas historias fabulosas, transmitidas de una generación a otra en sobremesas y reuniones junto a la estufa, y de la condición de ávido lector del joven Bradbury, que llevaba ante sus ojos todo material impreso que le caía en las manos, se formó la argamasa de una literatura copiosa y torrencial, que encontró su primera vía de canalización en el mercado de revistas de la década del 40 y del 50 del pasado siglo, auténtico semillero en el que forjó su estilo, sin perder nunca cierta veta popular. Es que Ray Bradbury fue un escritor de historias clásico, que muy pocas veces se apartó del modelo episódico asentado en la estructura planteo-desarrollo-desenlace y que solía concluir sus relatos con una revelación o un contundente golpe de efecto. Alcanza con comparar la pieza que abre estos Cuentos –«El viento», relato originalmente publicado en 1943– con aquella que cierra –«Un encuentro literario», editado en 2009, tres años antes de la muerte del autor, a los 91– para graficar esa condición de narrador tradicional (en el doble sentido de las formas heredadas y de la inscripción en un modelo que trasciende tiempo y espacio): la acción en ambos textos fluye en prístina progresión hasta alcanzar un cierre preciso, sin florituras, abstracciones ni disoluciones en la vaguedad, con una línea de diálogo como punto final.

 

Futuro/presente
Son variados los temas con los que Bradbury elaboró sus ficciones, pero si hubiese que determinar uno solo a modo de ejemplo operativo y de presencia constante, debería señalarse en primer término a la familia. Esa microestructura social, que con el paso del tiempo ha adquirido múltiples variantes (nuclear, monoparental, extendida, ensamblada, homoparental, etcétera), se vuelve en muchos relatos personaje, escenario y motor de la acción. Ocurre, por ejemplo, en uno de los cuentos más conocidos de Bradbury, «La sabana» –que los lectores en español, en especial quienes lo descubrieron al inicio del libro El hombre ilustrado (1951), en traducción de Francisco Abelenda para la editorial Minotauro, conocen como «La pradera»–, en el que un matrimonio se enfrenta a sus dos hijos por el uso que estos hacen de un mecanismo de realidad virtual que les permite proyectar telepáticamente en las paredes de una habitación cualquier paisaje que imaginen. La familia también está presente –aunque en ausencia– en otro de los cuentos más famosos de Bradbury, «Vendrán lluvias suaves», en el que una casa en Allendale, California, sobrevive a una catástrofe nuclear que eliminó a la humanidad y logra mantener las rutinas automatizadas de la vida doméstica, aunque ya no existan personas para valerse de ellas. Este cuento, originalmente publicado en la revista Collier’s y casi en simultáneo en el libro Crónicas marcianas (1950), ofrece una muestra de la veta más lírica de Bradbury en la morosidad descriptiva de esa casa que comienza la jornada (en la ficción es el 4 de agosto de 2026, en unos meses nomás) con las mismas rutinas y, en especial, en el poema de Sara Teasdale (1884-1933) que una voz computarizada recita en el centro de la pieza y del que proviene el propio título del relato. La familia también está presente en el colosal relato «Marte es el cielo» –que los lectores en español, sobre todo quienes lo descubrieron en la traducción de Francisco Abelenda para Minotauro, conocen como «La tercera expedición»–, en el que la nave comandada por el octogenario capitán John Black aterriza en Marte para que cada uno de los tripulantes se encuentre con sus propios seres queridos, habitantes de una puntillosa (y perturbadora) recreación de un pueblo del medio oeste estadounidense.

Esto último nos lleva hacia otro tema recurrente en la ficción de Ray Bradbury: los viajes interplanetarios y, en especial, aquellos con destino al planeta Marte. Es sorprendente encontrar entre los cuentos que el autor ambientó en esta temática una variedad de registros, dilemas, conflictos y variaciones del vínculo entre humanos y marcianos, que revela el carácter obsesivo (desde el punto de vista creativo) que tuvieron para el autor las posibilidades de la vida extraterrestre y, sobre todo, el diálogo de esta con los hombres. Muchas historias son herederas de la imaginería popular de las revistas de ciencia ficción que el autor consumía en su juventud (la pionera Weird Tales, en la que el autor publicó el ya mencionado relato «El viento», se fundó en 1923, cuando Bradbury tenía 11 años, y ofrecía en sus páginas historias firmadas por H. P. Lovecraft, Robert E. Howard y Clark Ashton Smith, entre otros). A ese grupo pertenecen cuentos como «El creador de monstruos» y «La nave morgue», ambos de 1944, en los que la acción interplanetaria no escapa de los reduccionismos propios de una ciencia ficción pensada para el consumo masivo, plagada de esquematismos y de una mirada ingenua, por llamarla de alguna manera, sobre los artilugios tecnológicos y las múltiples derivas de lo que pasaría a conocerse como carrera espacial. Sin embargo, la pluma de Bradbury hizo de la relación entre humanos y extraterrestres el asunto de algunas de sus obras más importantes en la narrativa breve, compiladas en este libro. Allí están, por ejemplo, el brillante relato «La lluvia interminable» (1950), ambientado en una selva del planeta Venus, por la que cuatro hombres avanzan bajo un cerrado diluvio en procura de una bóveda que los proteja, o el en especial perturbador relato «La hora cero» (1947), en el que una invasión extraterrestre a la Tierra encuentra a su principal aliado en los niños y, sobre todo, en un juego que se repite de ciudad en ciudad. Este cuento grafica como pocos el nivel de perturbación que puede surgir de lo cotidiano y las formas a través de las que el mal se asienta en lo doméstico, en una veta de lo terrorífico que ha tenido continuadores tan notables como la novela It (1986), de Stephen King, y la serie Pluribus (2025), de Vince Gilligan, por mencionar apenas y arbitrariamente un par de ejemplos.

Otros temas que sobresalen en la densa selva de la ficción de Bradbury son la deshumanización que produce el exceso de tecnología –el cuento «Marionetas SA» (1949) constituye uno de los ejemplos más extremos en la materia, al desarrollar la posibilidad de acción de un robot que toma el lugar de un hombre en su vida doméstica– y la persistente añoranza que se intensifica con el paso de los años ante la constatación de la imposibilidad de recuperar la infancia perdida. Son varios los cuentos de Bradbury protagonizados por niños: a los ya citados «La sabana» y «La hora cero» se pueden sumar «El astronauta» (1951) –que aquellos lectores en español que lo descubrieron en El hombre ilustrado, en traducción de Francisco Abelenda, conocen como «El hombre del cohete»– y «El pícnic milenario» (1946), dos piezas en las que la realidad aeroespacial (un padre astronauta en el primer caso, un viaje familiar a Marte en el segundo) interviene en la niñez para propiciar drásticas revelaciones. Otro cruce interesante en los cuentos de ambientación extraterrestre es el que se produce con el tratamiento religioso, en especial en la reconfiguración de los preceptos divinos ante entidades que provienen literalmente de otro mundo. Sucede con «Los globos de fuego» (1951), relato en el que una delegación de sacerdotes viaja a Marte en calidad de misioneros, y, sobre todo, en «Las maquinarias de la alegría», cuento originalmente publicado en Playboy en 1962 y que encabeza el libro homónimo aparecido en 1964 (publicado en español en una impresionante traducción de Aurora Bernárdez), en el que un conflicto entre sacerdotes católicos escenifica, a través del trasiego de los medios de prensa a los que los religiosos acceden durante el desayuno, la posición de la Iglesia ante los viajes espaciales.
Por último, otro tema presente en muchos cuentos de Ray Bradbury es la omnipresencia de la muerte, asunto que despliega su sino trágico sobre el destino de los personajes y adopta las más variadas formas: en el temprano relato «La guadaña» (1943), el objeto del título, que el protagonista encuentra de refilón en una granja abandonada, sesga a una gran cantidad de vidas cada vez que se lo usa en el cercano trigal; en «Esta noche es el fin del mundo» (1951), originalmente publicado en Esquire y el mismo año en El hombre ilustrado, la perspectiva de la muerte, de la desaparición total de este plano de las cosas, se desarrolla durante una anodina conversación sobre sueños entre los integrantes de un matrimonio.

La edición
Cuentos, de Ray Bradbury, ha sido publicado por la editorial madrileña Páginas de Espuma, un sello que, en los últimos años, ha dado a imprenta sólidos volúmenes con la cuentística de autores tan variados como Edgar Allan Poe, Franz Kafka, Katherine Mansfield, Thomas Wolfe y Joseph Roth, en cuidadas ediciones de tapa dura y con nuevas traducciones. La tarea de antologar la tupida ficción breve de Ray Bradbury recayó en el escritor, editor y crítico literario Paul Viejo, que desde el arranque de la «Nota a la edición» asume las dificultades de la empresa. Es que Bradbury no solo escribió durante siete décadas, sino que fue un puntilloso editor de su propia obra, que nunca dudó en reescribir sus cuentos con el paso de los años, al momento de integrarlos a una antología, un nuevo tomo o una eventual reedición. Viejo cita a Jonathan R. Eller y William F. Touponce, los biógrafos que en Ray Bradbury: The Life of Fiction señalan que la trayectoria del autor «no puede representarse con precisión tan solo a partir de las fechas de publicación de sus libros, ya que sus volúmenes suelen fundir décadas enteras de producción creativa».
En lugar de tomar todos los libros de cuentos publicados por Bradbury –Dark Carnival (1947), Las doradas manzanas del Sol (1953), El país de octubre (1955), Remedio para melancólicos (1959), etcétera– y espigar de cada tomo un puñado de piezas para conformar su vasta antología, Paul Viejo optó por organizar el material con rigurosidad cronológica y rastrear la fecha de publicación original de cada relato para «restaurar ese arco evolutivo y permitir al lector en español una perspectiva histórica de la que hasta ahora había sido privado». El resultado es sorprendente por varios motivos: permite observar cómo ciertos temas recurrentes se vuelven con las décadas una suerte de obsesión, ofrece de primerísima mano un recorrido por la consolidación del estilo y exhibe los frutos escriturales de la memoria personal al servicio del arte, desde la reapropiación de formas heredadas en aquellos primeros relatos escritos para revistas pulp como Weird Tales y Amazing Stories al tono maduro de textos como «La historia de amor de Laurel y Hardy» (1987), «El pijama del gato» (2004) y «La señorita Appletree y yo» (2009). Al final del volumen, Viejo incluye el listado de créditos de los cuentos, esto es, la fijación del año original de publicación y el medio (revista, antología o libro propio) en que aparecieron, lo que contribuye a potenciar las claves de un recorrido cronológico que, como quedó apuntado más arriba, se desarrolló por varias y fructíferas décadas.
La traducción de estos Cuentos fue emprendida por Ce Santiago, un gaditano que ha vertido a nuestra lengua obras de autores tan variados como William H. Gass, Djuna Barnes, T. C. Boyle y Ronald Sukenick, entre otros. No debe haber resultado sencillo trasladar al español el estilo tan reconocible de Ray Bradbury (autor del que se decía que no escribía, sino que cantaba, como recuerda Paul Viejo), poblado de expresiones arcaicas, variados giros locales, constelaciones de metáforas, repeticiones de diverso tenor (incluso repeticiones dentro de repeticiones) y, sobre todo, un ritmo único, que en este libro puede percibirse en la lectura de relatos separados por más de 50 años entre sí. El resultado es un tomo contundente (más allá de su peso real), que a los lectores frecuentes de Bradbury les ofrece nuevas versiones de relatos ya conocidos y que para los lectores iniciales constituye la mejor puerta de entrada al universo del autor. Un universo en el que, como se sabe, no estamos solos. 

El libro

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