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MaMagazine entrevista a Sofía Balbuena

Mamagazine

Por Victoria Gabaldón.

FUENTE: https://www.mamagazine.es/sofia-balbuena-personaje-secundario/

SOFÍA BALBUENA: ¿QUÉ HACEMOS LAS MUJERES CON TODO ESTO?

Las mujeres que aparecen en los relatos de Personaje secundario (Páginas de espuma, 2026), el último libro de la escritora Sofía Balbuena (Salto, Argentina, 1984), no son mujeres ingenuas. No viven engañadas, saben cuándo una relación les hace daño, cuándo están ocupando un lugar demasiado pequeño en su propia vida o cuándo han depositado su valor en la mirada de los otros. Sus protagonistas aman, desean, esperan, se equivocan, se obsesionan, se comparan, se quedan cuando deberían irse y se marchan cuando quizá deberían quedarse. Son mujeres que conocen perfectamente las reglas de un juego que rara vez les favorece y, aun así, intentan construir una vida con las cartas que tienen en la mano. Siguen adelante con miedo, por miedo, por deseo o porque no saben qué hay al otro lado de prender fuego a sus vidas. Ganadora del IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, Balbuena ha escrito un libro incómodo y lúcido sobre el mundo interior de las mujeres, sobre las contradicciones que nos habitan y sobre los pactos, renuncias y estrategias con los que aprendemos a sobrevivir. Hablamos con ella sobre todo eso y con una pregunta que sobrevuela cada uno de sus cuentos: ¿qué hacemos las mujeres con todo esto?

En tus relatos hay mujeres que parecen entender perfectamente lo que les ocurre y, aun así, permanecen ahí, en una grieta de la que les es complicado —casi imposible— salir. ¿Qué te interesa más, la capacidad o la incapacidad de actuar?

Yo no diría que los personajes estén definidos por la inmovilidad, aunque muchas veces sí hay una cierta inmovilidad o una dificultad para moverse. Creo que, más bien, toman la decisión consciente de quedarse donde están, de no romper, de no quemar las naves. En muchos casos, las mujeres de estos relatos se encuentran en situaciones muy difíciles y, aun cuando tienen motivos para quemarlo todo, a veces no pueden permitírselo porque no saben qué hay del otro lado de prender fuego a sus vidas.

A mí me interesaba esa sensación de tener que seguir viviendo, que me parece bastante compartida por quienes hemos sido socializadas como mujeres: por dentro estás a punto de desmayarte de amargura y horror porque la vida es difícil, porque tienes problemas, porque no sabes cómo resolverlos, porque te falta la plata, por esto, por lo otro… y no lo haces, sencillamente, porque no te lo puedes permitir. Recuerdo varias veces en mi vida decir: «No puedo ir más a este trabajo, me voy a morir», y tener que levantarme al día siguiente e ir de todas maneras porque tenía que pagar el alquiler. Eso se puede leer como inmovilidad o conformismo, pero también como una lucidez extrema: entienden perfectamente que no está dentro de sus posibilidades hacer lo que les gustaría hacer. El mundo ideal en el que quisieran vivir no existe. Lo reconocen y trabajan con los elementos que tienen.

Me interesaba captar algo de la textura de lo real, porque yo estoy anclada en el realismo; es el registro en el que me quiero situar. Y creo que las mujeres que conozco, con las que me vinculo, de las que he aprendido y con las que comparto mi vida, a menudo están en esa situación mucho más a menudo que ante la posibilidad de decir: «Ah, sí, ¿sabes qué? Quemo todo acá y me voy a dar vueltas por Italia en Ferrari».

El título, Personajes secundarios, es inquietante: mientras vivimos, nunca queremos definirnos o pensarnos a nosotras mismas como personajes secundarios. Pero hay un momento en el que creo que lo que transmites aquí es que eso se acepta. ¿En qué momento crees que tus personajes aceptan ocupar ese lugar?

Creo que, incluso cuando no se aceptan a sí mismas como tales, lo que les pasa es que han sido socializadas para que su identidad, o más bien su valor, se defina en función de quién las mira. En los dos primeros cuentos orbitan alrededor de la mirada masculina. En la medida en que son vistas por esos hombres sobre los que han decidido orbitar, existen. En ese sentido, su experiencia de valor viene dada por el hecho de ser miradas por alguien a quien han otorgado la cualidad de principal. Ellas se colocan al costado porque la única manera en que sienten que existen es en la medida en que el hombre las reconoce. Terrible como suena, pero también me parece algo muy común en quienes hemos sido socializadas así como mujeres. Creo que no es una cuestión exclusivamente heteronormativa o patriarcal, sino que tiene que ver con que, a menudo, las personas construimos nuestro valor, o ponemos nuestro valor, en la mirada externa. Y, en ese sentido, son personajes secundarios. Después pasan otras cosas.

A veces, la mejor opción para conseguir lo que quieren es ponerse en el lugar de la que acompaña. Tienen que hacer esas concesiones cuando les gustaría ser protagonistas, pero saben que no tienen los atributos para triunfar en la vida poniéndose en ese lugar.

Quizá uno de los males de nuestra generación, de nuestra socialización como mujeres, es que nos enseñaron a ser validadas por el deseo externo. Eso, automáticamente, nos convierte en personajes secundarios, igual que lo hace la manera en que nos contamos las cosas a nosotras mismas.

Sí, y a veces una pone fuera una mirada que, en realidad, es interior. La mirada de los demás, ¿qué es la mirada de los demás? ¿Cómo sabemos cómo miran los demás? Eso es nuestro y nosotros lo ponemos afuera. Pero pensemos en nuestro tiempo: el summum, el cielo de la vida, es ser famosa, ser famoso. Bueno, ¿qué es eso si no muchas personas mirándote?

Una de las cosas que atraviesan todos los relatos es un tipo de violencia muy contemporánea, porque con toda la carga emocional que llevamos nosotras en general, hay mucha complejidad y mucha contradicción en el hecho de que tengas que estar emocionalmente abierta en lugares en los que no abunda la responsabilidad emocional.

También hay una adaptabilidad en los personajes. Ellas tampoco llegan limpias a las relaciones; vienen con universos bastante perturbadores. Más allá de la buena voluntad que pueda tener la persona con la que se vinculan, ellas también cargan con su oscuridad. Me interesa mucho más poner la mirada en los motivos, en la complejidad del mundo femenino y en tratar de desmenuzar ese tejido que pensar en una cosa que ya sabemos cómo es: que los hombres son unos irresponsables.

No me interesa tanto lo que le pase a un hombre, ni me dan ganas de escribir un libro sobre lo que le pase a un hombre, o sobre si un hombre es malo o violento, porque eso ya se sabe. Me interesa más pensar en los claroscuros de la experiencia de ser mujer y estar en el mundo, y en cómo nos manejamos frente a esas irresponsabilidades de los demás. Qué hacemos las mujeres con eso. Qué hacen las mujeres de mis relatos con eso. La violencia masculina, creo, no necesita demasiada explicación. A mí me interesa pensar en cómo estamos hechas nosotras.

Hablas de un deseo que está lejos de ser limpio o liberador: es un deseo que perturba mucho, que está atravesado por el poder, la inseguridad y la fantasía y que se refleja en relaciones desiguales. ¿Existen relaciones que no sean desiguales o que no estén tan atravesadas por eso?

Creo que todas las relaciones son desiguales e iguales en algún punto. No existe la estabilidad, esa es la cuestión. No hay buenos ni malos, sino un intento constante de no ser malo o de intentar ser bueno, y a veces se falla en ese intento. Las relaciones no son una cosa fija. El feminismo no es una cosa fija; es poroso, en el sentido de que es complejo. Vincularse es difícil y no siempre estás en el mismo momento de la relación. Hay veces que uno está arriba y hay veces que uno está abajo, y eso sucede: es la dinámica natural de los vínculos. Creo que es difícil construir vínculos en paridad, pero el ejercicio es intentar esa construcción y no darla por sentada.

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