Por Manuel García Pérez.
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El enemigo de uno mismo en Al final del miedo, de Cecilia Eudave
Los relatos de Cecilia Eudave reflejan la crisis de una realidad posmoderna donde la conciencia del sujeto ha perdido su autonomía para formar parte del delirio colectivo del hombre-masa.
La construcción de los relatos de Eudave se basa en dos vertientes que se funden en un discurso en el que el clímax está desempeñado por el delirio de sus protagonistas. Lo surreal y una corriente costumbrista y urbana participan de esa elaboración minuciosa de unos conflictos que, en Al final del miedo, publicado por Páginas de Espuma, desencadenan no solo la paradoja del sujeto que no encuentra su lugar en el mundo, sino también los efectos catastróficos de un hombre-masa que ha elegido la locura antes que aprender a vivir con la angustia que supone enfrentarse en ocasiones a la verdad severa y estragada de los acontecimientos.
Una joven ausente de sí misma aparece en la computadora de un fotógrafo, un bar parecido a la taberna vampírica de la peli Abierto hasta el amanecer o la deriva frenética de un interrogatorio que saca lo peor de un detective son algunos de los ejemplos de esta cuentística que Eudave desarrolla, siendo consciente de que su literatura pertenece a una tradición pletórica en la literatura hispanoamericana, desde Borges y Cortázar hasta voces como las de Mariana Enríquez.
«Debe escapar antes de que lo sorprendan con un muerto. (…). No hay tiempo que perder, debe huir o será tarde. Sí, antes de que se lo cenen esos caníbales de apariencia amistosa, con sus acusaciones, sus recriminaciones. Debe irse con su bulto a otra parte, muy lejos, protegerlo, buscar el lugar más adecuado para enterrarlo o botarlo, pero sobre todo debe de marcharse antes de que regrese Olga». (pág. 108)
Es importante señalar el valor de la tradición en su literatura, porque lo fantástico surge en sus cuentos desde una provocación personal que la autora asume para convertir el mundo real en una especie de virtualidad fatídica de otro que se explora en la imaginación febril que produce el estrés, la hiperestimulación y una ansiedad social de la que ya no se puede librar nadie. Su fidelidad a lo fantástico no es gratuita ni sufre del desvarío, de la irracionalidad por la irracionalidad, sino que se sostiene como reafirmación de una realidad material que no puede progresar si no es a través de la explotación, la opresión y el desgaste emocional que conlleva vivir la vida como si fuese una carrera de obstáculos sin una meta a la vista.
Una pareja atropella un bulto en mitad de la nada y lo mete en el maletero de su coche sin saber exactamente el porqué de esa decisión o unos mellizos acosados por una presencia intangible son otros de los argumentos que Eudave teje dentro de un telón de fondo en el que la ciudad se ha llenado de agujeros enormes que fascinan y atraen a la población hasta el punto de que los ciudadanos, excitados, se arrojan a su interior.
Sin embargo, no quiero transmitir la sensación de que la narrativa de la escritora mexicana responda a una necesidad moral de aleccionarnos de los males de nuestro tiempo. No, no es así. Lo que sucede es que Eudave escribe lo que, en realidad, sucede en nuestra coyuntura y, aunque muchos críticos clasifiquen su escritura dentro del género fantástico, considero que hay realismo, demasiado realismo. Y este realismo actúa como fábula y parábola de unos tiempos recios (como definía Santa Teresa) que no podemos definir, ni administrar desde una ética universal. Solo se consigue desde la pragmática y el individualismo, como así sucede con los personajes de Al final del miedo. No se puede escribir sobre lo contemporáneo con el rigor naturalista o determinista de la narrativa del siglo pasado. De alguna manera, hay que pasar por Kafka y por Lovecraft. Nada escapa a la desesperación individual que es síntoma de una histeria colectiva, de una fractura interna que convierte la realidad fantasmagórica en una alegoría del propio escepticismo y descrédito hacia una existencia que se ha vuelto eminentemente adversa.
«Esa idea es la nube negra que empaña su bienestar, torturándolo, ¿no se arrepentirá de vivir con un hombre al que no le sucede nada? Ni deportista ni intelectual recalcitrante, sin ser rico lleva una vida acomodada, no es borracho ni abstemio, ni mujeriego, aunque coquetea a veces. Instalado en la medianía de las cosas, le transcurre el tiempo. Él quiere vivir tranquilo, sin contratiempos, pero le pesa no tener una historia, aunque sea una, única e irrepetible». (pág. 49)
«Se ensombreció un poco mientras las grandes masas de color gris de los edificios le producían un efecto particularmente misterioso y solemne, e inundaban su mente de pensamientos y fantasías macabras en torno al porvenir». (pág. 57)
«Cuando, por fin escogió a una de ellas, le bañó con el contenido sin dejar de reír. Incluso Emma, mientras veía aquello, creyó que esa risa iba a tragarla como una pesadillas. El tipo sacó su encendedor y le prendió fuego a la aparecida«. (pág. 66)
Y es ahí quizá donde lo fantástico arraiga en el caso de Eudave. No hay universos paralelos y, si los hay, no es lo relevante. Lo relevante es el comportamiento del sujeto ante lo inédito y lo extraño. Un comportamiento que fascina al lector porque coloca al antihéroe en el centro de su universo. Y el antihéroe se parece demasiado al lector, porque es vulnerable. Todo converge en su percepción de lo extraño, de lo que, de repente, sucede como anómalo dentro del resto de anomalías en que ha mutado su convivencia con un ecosistema tecnocrático y de un consumismo hostil.
» Para cuando llegue la muerte no veamos el rostro de un extraño. un extraño con una vida insípida o inútil como la nuestra. porque no hay más, porque no habrá nada más»- (pág. 24)
El protagonismo se adquiere desde lo psicológico. Y queda claro que la influencia de obras como El Horla sigue siendo alargada. Y qué bien la asimila Eudave.
Hay una mirada díscola de la realidad, inarmónica, hiperbólica e incrédula por parte de los personajes que acaba colándose en el interior de cada uno de ellos, desmoralizándolos, absorbiéndolos, cosificándolos. Porque, después de todo, los relatos de Al final del miedo se convierten en un tratado fabuloso de la deshumanización, entendiendo el adjetivo «fabuloso» en su sentido etimológico: «grandioso» y «mítico». Las conductas desbaratadas de cada uno de estos personajes resemantizan la naturaleza humana. El hombre del porvenir es aquel al que el materialismo lo ha hecho tan insatisfecho que reclama lo que está al otro lado del espejo para mantenerse a flote. Y desear algo así puede ser terrible. Un agujero en la ciudad. Un agujero al que arrojarte para desaparecer cuando no somos capaces de soportarnos a nosotros mismos. Qué triste y qué literario.






