Por Manuel García Pérez.
https://www.mundiario.com/articulo/cultura/profesionalizacion-poesia-ensayo-yolanda-castano/20251115142441363264.html
Sobre la profesionalización de la poesía en un ensayo de Yolanda Castaño
Publicado por Páginas de Espuma, el ensayo Economía y poesía: rimas internas, de Yolanda Castaño, destaca por la desmitificación de muchos conceptos subordinados al aparente altruismo congénito del creador, especialmente en poesía.
La propuesta estética de la poesía de Yolanda Castaño me ha parecido siempre necesaria por su tributo a la vanguardia y por una heterodoxia discursiva que transgrede los límites del verso. Ahora lo hace con su ensayo Economía y poesía: rimas internas (Páginas de espuma), que destaca por la desmitificación de muchos conceptos subordinados al aparente altruismo congénito del creador, especialmente en poesía.
Yolanda Castaño pone en crisis dos conceptos básicos que han marcado la trayectoria literaria de muchos de los que escribimos y de los que se han aprovechado ayuntamientos, consejos y administraciones: el primero corresponde al de la gratuidad que va subordinada aparentemente a la producción poética. Me gusta que la autora, basándose en su propia experiencia personal, enumere esos escenarios sociales y políticos donde, por hacer visible su trabajo y obtener un reconocimiento momentáneo, muchos creadores participan en actos, homenajes o talleres sin remuneración alguna o con una remuneración simbólica que no permite, ni de lejos, la independencia económica; la planificación a largo plazo de hacer de la creación un oficio con el que poder subsistir.
Son muchos los creadores que tienen un trabajo principal remunerado dignamente (por lo general subordinado a la docencia), que luego compatibilizan con ese auténtico oficio que es vocacional y entregado: la creación. La autora de Materia pone en evidencia que se ha cronificado esa clase de parasitismo en el que las administraciones no se plantean siquiera el pago de alojamiento y traslado del artista, sino que optan por confiar en que una clase de caridad cristiana inspire al autor a desplazarse y a realizar su trabajo, como si le hubiese caído del cielo o como si le hubiese sido revelado la noche antes por intervención mesiánica. Ese sistema de impagos implica involucrar a la poesía y a quien escribe en un proceso de deshumanización que atenta directamente contra la dignidad de un esfuerzo que está supeditado a muchas horas de trabajo y de formación en soledad, sin obviar los significativos estragos de bloqueo emocional y de autoexigencia constante que requiere una obra con calidad y madurez.
Y es aquí donde interviene un segundo elemento fundamental en esta crítica de naturaleza economicista en la que se articula el ensayo. ¿Cómo se valora la plusvalía? ¿Cómo se mide el sobrecargo de horas, de insomnio, de tardes enteras privadas de ocio, por ejemplo, para rendir cuentas de una obra que merezca la pena? No existe tal consideración en un país que depende constantemente del voluntarismo de sus creadores para llevar a cabo actividades creativas a lo largo de su geografía. Un poeta no puede mantenerse exclusivamente de las regalías de sus libros. Un poeta necesita la tranquilidad de una subsistencia asegurada para seguir escribiendo y España, frente a otros países europeos, apenas invierte en el ámbito de la creación, lo que convierte la divulgación cultural y artística en una experiencia subordinada a iniciativas privadas o a ese altruismo estructural que emponzoña cualquier iniciativa política que quiera inclinarse a un desarrollo laboral remunerado para sus creadores.
En esta relación de desigualdad que se establece entre poetas y escritores que luchan por su independencia económica como un modus essendi, además de un modus vivendi, se añaden dos agravantes: ser mujer tiende a aumentar la frivolización sobre esa reivindicación económica y si esa labor creativa se desarrolla a través de una lengua cooficial como el gallego, el vasco o el catalán, el alcance de cualquier inversión es prácticamente nula. La autora pone el dedo en la llaga en una estructura masculinizada en muchas de las ofertas creativas dirigidas a autores independientes que se hace asfixiante sobre todo cuando se trata de apoyar la poesía o la literatura en una lengua que no sea el castellano. Y algo así duele y perpetúa esa imposibilidad de lograr la independencia total para crear.
Considero que hasta ahora, salvo Remedios Zafra en algunos contextos, nadie había elaborado un análisis de tal calado sobre esta pasividad de las administraciones que prefieren invertir en otros ámbitos de mayor efecto electoralista, dentro de una cultura global de carácter caciquil y acostumbrada al esplendor efectista del pelotazo. No hay repercusión electoral cuando se trata de invertir o no en el desarrollo intelectual e innovador en cuanto a estéticas y lenguajes artísticos se refiere. La improvisación gana al humanismo y la frivolidad, al compromiso con aquellos y aquellas que van a dejar huella y hondura en las generaciones venideras a través de su arte y pensamientos.
Debo añadir, desde mi experiencia como escritor que empezó a publicar gratuitamente en revistas locales y periódicos de provincia antes de los dieciocho años, que he visto una gestión pésima de muchos fondos públicos en ámbitos culturales. Un problema en el que también repara Yolanda. En mi entorno, que es la Comunidad Valenciana, la gestión de diputaciones y concejalías gobernadas por PP y PSOE ha sido insultante en muchas legislaturas.
Me voy a poner en modo replicante.
He comprobado de primera mano cómo se han malgastado decenas y decenas de miles de euros en homenajes, aniversarios y congresos, cuyas publicaciones quedaban arrumbadas en despachos de diputaciones. He visto con mis propios ojos cómo algunos poetastros con carné de partido mendigaban casi de rodillas subvenciones para publicar desastrosos poemarios cargados de ripios y rezos marianos, que no salían más allá de las librerías de mi ciudad.
Creo que, sin un perfil competente de profesionales que sepan administrar esta clase de recursos, no es posible ni de lejos lo que propone Yolanda. Y sigue pasando. El despilfarro de dinero público en onomásticas y homenajes sin sentido sigue ahí, erosionando la credibilidad y la entereza de muchos de los que escribimos desde hace más de treinta años y que nos hemos visto excluidos de toda clase de ayudas públicas.
Y luego queda otro debate pendiente, el de los favoritismos, el de las amistades convenidas que traspasan la influencia de las administraciones. Festivales, presentaciones, recitales, conciertos y mesas redondas repiten autores y autoras constantemente. No sé si depende de tener o no tener agente literario o de cierto nepotismo estructural dentro de fundaciones y redes de contactos. Pero sucede y es irreversible. Sucede que siempre son las mismas voces las que acuden a los festivales, a los jurados de concursos, a encuentros literarios, a talleres, a seminarios. Basta darse una vuelta por Insta.
Me mosquea. Algo haremos mal los otros, supongo. Enhorabuena por este ensayo, Yolanda. Revelador y visceral.






