Por Manuel García Pérez.
FUENTE: https://www.mundiario.com/articulo/cultura/cuando-stephen-king-apropio-veranos-mariana-enriquez/20260120220632371443.html
Cuando Stephen King se apropió de los veranos de Mariana Enríquez
El tedio es una máscara de la perversidad para Mariana Enríquez, la antesala de un mal radical que extiende sus tentáculos a las vidas más ordinarias y sin rostro.
Me gusta mucho Mariana Enríquez y cuánto me ha gustado el relato Ese verano a oscuras.
Fiel a su ortodoxia de rendir prioridad al género cuento, Páginas de Espuma lo borda con una de esas piezas de orfebrería en la que la prosa y la ilustración se funden en un espacio propio. Su semántica prolonga el efecto caústico de la prosa de Enríquez a través de unas ilustraciones que Helia Toledo elabora con la intención de mostrar la soledad compartida de la adolescencia en esas eternas vacaciones estivales.
Ese verano a oscuras incide en ese binomio existencial con el que la autora de Nuestra parte de noche opera para revelar que, tras la realidad tangible, lo irracional también tiene cabida como un accidente más en la convivencia de espacios que son termiteros. El realismo de este relato instruye al lector sobre la eficacia literaria de la vida aparentemente más ordinaria y vulgar, pues una serie de crímenes que se van a cometer en el bloque de edificios de las protagonistas encuentran su correspondencia con su principal entretenimiento: la lectura de un libro que tiene como contenido la biografía de asesinos en serie.
Ese divertimento encuentra su correlato en el desquiciamiento de un vecino que trama dos homicidios. El estilo combina la sobriedad propio de la noticia con una prosa, en muchas ocasiones, con una espontaneidad intencionada, donde no hay excesos retóricos, sino precisión para afinar sobre la contundencia con la que la realidad más cruel tantas veces nos somete. Pero esos crímenes no se alejan de aquello que cautiva y parece casi adictivo, por mucho que intentemos negarlo: la morbosidad. Sí, la morbosidad: la morbosidad como un ejercicio lúdico, como el único interés que le queda a las dos amigas para sobrevivir al hastío en un verano abrasador y que las confina a vagar por espacios urbanos, improvisadas necrópolis que se construyen condicionadas por la calina y el bochorno.
Esta atmósfera en la que transcurre el relato de Enríquez justifica las ilustraciones clarividentes de Helia Toledo: ilustraciones terrosas y primitivas, en las que la espacialización se describe a través de superficies lisas y con puntos de fuga que no tienen fin. Muros, telones y suelos sin objetos donde el cromatismo ocre y arcilloso es una réplica de los efectos abotargadores del calor, puro aturdimiento para dos personajes que fuman marihuana a escondidas y que permanecen sumergidos en una piscina comunitaria de aguas estancadas, esperando a que algo extraordinario suceda.
Mariana Enríquez introduce entonces la crónica de los serial killers, sus pasados de vejaciones y abusos que parecen influir en su futuro coleccionismo de cadáveres. Pero esas crónicas no se quedan ahí, sino que se extienden a la realidad costumbrista del edificio donde viven las dos amigas, pues la violencia acontece virulenta e inesperada en el supuesto verano más aburrido de sus vidas. El tedio ya no existe. El tedio ha sido una máscara de la perversidad para Mariana Enríquez, la antesala de un mal radical que extiende sus tentáculos por el edificio y que marca a las protagonistas hasta el punto de que ese verano hostil es ya un rito iniciático, el mayor de los aprendizajes para reconocer, como en el proverbio hebreo, que el mal empieza pequeño, en lo cotidiano, y acaba en destrucción. Amén.






