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Mundiario reseña Visceral

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Por Manuel García Pérez.

FUENTE: https://www.mundiario.com/articulo/cultura/anatomia-violencia-relatos-maria-fernanda-ampuero-visceral/20250908152403355546.html

Anatomía de la violencia en los relatos de María Fernanda Ampuero, Visceral

Frente a la violencia, la visceralidad remite a las entrañas y a las tripas, y, por extensión metafórica, a lo instintivo donde opera la narrativa de María Fernanda.

Leo en su relato «Daños»: «Agonizar toda la tarde como una vela barata./ Dormir mal y con pesadillas./ Despertarte. No querer despertarte. Despertarte igual. Mierda.» (pág. 167)

La etimología de «violencia» recurre a «vis» cuyo significado tiene que ver con la fuerza y el dominio de uno mismo. La derivación también en latín de «violencia» acude a una connotación peyorativa y lacerante que es la que corresponde a la humillación y al maltrato. Leí Visceral hace dos veranos por consejo de Alma Delia Murillo que reivindicó la calidad y proyección social y reflexiva de estos relatos a través de las redes. No me defraudó y he creído necesario recuperar este libro de relatos de María Fernanda.

«Nadie se olvidará de que tuvimos a nuestros amados en la mesa del comedor cubiertos de hielo mientras esperábamos una ambulancia que nunca llegó. (…) Guayaquil como símbolo de todo lo que se hizo mal, del desastre, de la pesadumbre mundial, del horror. De todos los horrores. Porque lo más doloroso de todo esto es que la pandemia no solo mató a gente que amamos, sino que consiguió matarnos a todos nosotros también, a los que sobrevivimos». (pág. 55)

«No se puede contar todo lo que ocurre dentro del corazón de la violencia, las cosas que le pasan al cuerpo están más allá de las palabras, se instalan de otra manera: es como contar la putrefacción». (pág. 69)

Publicado por Páginas de Espuma, Visceral es el ejemplo de un compromiso de literatura con su comunidad. La cosificación de la feminidad y su consecuente objetualización han hecho que muchos países latinoamericanos vivan en un continuo revanchismo donde los asesinatos y las desapariciones de mujeres son algunos de los motivos temáticos en unos textos que, por su brevedad, apuran al máximo la contundencia de una intensidad narrativa que implica ese despertar de la conciencia, tan necesario en una literatura contemporánea, cuyos canales comerciales apuestan demasiado por distopías y escapismo.

«Una chica muerta, verde, con moscas. Una chica verde, muerta, con moscas. Una chica con moscas, muerta, verde. Una chica que llevaba calzones blancos, muerta, verde, con moscas, con su calzón blanco bajado hasta las rodillas». (pág. 109)

«La mujer que seré cuando no sea esta, la anciana que grita todo el día y a la que nadie visita porque no hay nadie que la quiera visitar: es un monstruo de ira./ Tengo miedo, yo del futuro. Tengo miedo a perderme como te perdiste tú. tengo miedo a envejecer de forma espantosa: sola, sin hijos, ni nietos, ni amor». (pág. 135)

Visceral como las obras de Melchor o Delia Murillo es una literatura necesaria, cuya composición no implica el panfletarismo o un posicionamiento reaccionario contra la partitocracia o las instituciones, sino que su literatura trasciende lo que aún no parece evidente, revelando una estética de la crueldad en el que el uxoricidio no es tan solo una acusada tendencia con la que se inaugura esta violencia feminicida, sino que se trata de un legado atávico, arraigado en la noche de los tiempos, al que contribuyó también el pasado colonial. Un legado marcado por su herencia y universalidad, despiadado. Ostentoso por su exhibicionismo tal y como lo expresa, sin tapujos, María Fernanda.

«Debimos abandonar la casa, la selva, el origen, la lengua, la cultura, nuestros animales, nuestras plantas, nuestros ríos, nuestros muertos, nuestros dioses, nuestras voces. Debimos sacar de aquí a los niños antes de que se les cayera la piel a trozos o los pulmones le sonaran de una manera que hace que el doctor suspire de tristeza. (…), y quién sabe qué más cosas guardaremos en silencio para siempre, que jamás ninguna sabrá poner en palabras y se heredarán, se heredarán, se heredarán.» (pág. 31)

«Una chica que no murió rápido, no. (…). Una chica que tiene mordiscos feroces en las nalgas, a la que dientes humanos sacaron trozos, que fue golpeada con algo que rompe la piel, el músculo, el hueso». (pág. 110)

Por esa razón, el título de esta obra sintetiza perfectamente todo el compendio de posibilidades de agresión contra la mujer. Frente a violencia, la visceralidad remite a las entrañas y a las tripas, y, por extensión metafórica, a lo instintivo que, en los contextos que opera la narrativa de María Fernanda, ya se ha convertido en un factor cultural, tan odioso como adictivo, tan deleznable como crematístico, tan feroz como desconcertante por el silencio mediático, por la inercia de una pasividad política que prefiere mirar a otro lado, hacer de los femicidios, por ejemplo, un lastre más de esos colapsos en que muchas sociedades modernas acaban,  sabiendo dónde está la raíz de ese mal radical y las maneras de reprimirlo.

Pero no solo es el asesinato, sino otras tantas formas de violencia que, en muchos casos, forman parte de la propia biografía de la autora y que hace extensible a las mujeres en las que se reconoce desde la carencia afectiva, la presión social y  el golpe. Uno tras otro: imposiciones estéticas, analfabetismo, forzosos matrimonios, violaciones, un mutismo selectivo al que fuerza el patriarcado.

«Asqueada de ti misma, regresas a la casa y cierras con doble llave. pero la vecina ha parido hace poco y escuchas todo el día, todos los días, el llanto y las risas y los cánticos estúpidos y felices de los padres del pequeño. A veces los odias. Odias el concepto: familia con hijos». (pág. 112)

«Cada vez que he ido a un chequeo ginecológico en los últimos ocho años ha sido una persona diferente cada vez. Salto de uno en otro con una promiscuidad comprensible: son unos hijos de puta. Hijas. Hijas de pueta. Solo me he hecho ver por mujeres y todas me han tratado con displicencia, con esa rudeza a la que me he acostumbrado en casi todos los aspectos de la vida, pero no cuando la ruda en cuestión es una mujer que me mete un tubo o una pinza por la vagina». (pág. 114)

El mayor problema es el hecho de acostumbrarse a vivir con ello, a que sociedad e instituciones vayan de la mano en esa explícita abulia y desgana que la autora denuncia desde lo autobiográfico además. Y para que esa visibilidad sea eficaz, es necesario que los escenarios no falten a la verdad. La verosimilitud no es un recurso que alcanzar, porque la literatura no siempre es mediación, ya que cada relato es una prueba fidedigna de que los cadáveres son reales y que los estragos pueden (a través de la palabra) reproducir esa experiencia traumática del hachazo y el abandono.

El estilo sobrio, la hipérbole, la repetición y un lirismo que reconcilia la poesía con el vaticinio hacen de Visceral una obra testimonial donde no es posible el escapismo, donde la distopía no tiene cabida ni el exotismo, ni los paraísos perdidos, ni los decorados bucólicos, ni los estereotipos, ni el realismo mágico. No hay nada que se pueda vincular a una corriente o estética. No se trata de realismo, sino de ir más allá del realismo, de establecer un vínculo con la víctima, un vínculo que permita arremeter contra los estándares y convenciones de las que el eurocentrismo se alimenta. El sufrimiento no tiene por qué ser selectivo. Los violentos se aprovechan de esa carencia. Mientras el examen no sea colectivo no habrá manera de restituir la supervivencia. No hablo de la dignidad siquiera. De la supervivencia. Qué valiente ha sido María Fernanda.

» Al mediodía, durante el almuerzo, mi marido, que sigue sin darme hijos, dijo que la noche anterior me había escuchado llorar y gemir y suspirar y decir no, no, no./ Le pregunté por qué no me había despertado si veía que estaba sufriendo». (pág. 115)

«No es fácil para nadie. Tratar la salud mental es un privilegio. (…). Vivir con esto es como tener un animal salvaje en casa. Se traga todo y quiere más./ Vivir con esto es como vivir en una casa endemoniada. Tú eres el demonio y también la casa». (págs. 146-147)

La raíz de «visceral» es también «vis», la fuerza que emprende la violencia para hacer de la coacción una forma de perpetuarse. La destrucción como sino. El asesinato y el desamparo como boato de unas sociedades que han entregado su voluntad al Señor de las Moscas. @mundiario

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