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Por Silvina Friera.
FUENTE: https://www.pagina12.com.ar/2026/06/28/ana-maria-shua-cada-libro-es-como-tirarse-al-mar-en-medio-de-una-tormenta/
“Cada libro es como tirarse al mar en medio de una tormenta”
En su última publicación, la escritora abreva más en las aguas del realismo que de la literatura fantástica, con “la enfermedad” como eje de los cuentos.
Un dolor raro, la cadera que molesta no al caminar sino en reposo, es la primera manifestación de un cáncer. “Estoy por cumplir cincuenta años. Antes de que me descubrieran la enfermedad pensaba que morirme ya no me importaría, que había vivido mucho y bien y lo que esperaba de los cincuenta en adelante no sería la mejor parte de la vida. Ahora pienso en sobrevivir con pañales descartables y me parece una perspectiva maravillosa. Cumplir cincuenta y cinco con pañales descartables, quién pudiera”, expresa con la ironía a flor de piel la narradora de uno de los doce cuentos que integran El cuerpo roto (Páginas de Espuma), de Ana María Shua.
Tal vez sea el libro más diferente, coherente y armonioso por el tema, “la enfermedad es una larga espera”, como se expresará en una de las páginas, pero también porque abreva más en las aguas del realismo que de la literatura fantástica, un registro que genera extrañeza para una autora que tiene muchos relatos fantásticos en su haber. Hay una especie de “vuelta de tuerca” al comienzo de su literatura, a esa zona de su primera novela, Soy paciente, donde hay un abordaje realista de ese hombre que se interna en un hospital público a causa de una difusa dolencia que lo aqueja hace tiempo.
Ese “apego” por el realismo se despliega en todos los relatos, pero especialmente en “Rita y el doctor”, un cuento que combina las anotaciones del analista de Rita, una joven que es tratada para “sacarle los pajaritos de la cabeza”, según le dijo la madre al doctor, porque Rita quiere ser escritora, con el reencuentro entre ese analista, que tiene la enfermedad de Pick (que provoca la destrucción progresiva de las células nerviosas del cerebro) y esa escritora muchos años después del tratamiento. Y en “Casi una crónica”, un relato que da cuenta de la experiencia de un estudiante de medicina de quinto año en la guardia de un hospital público un sábado a las diez de la noche.
El cuerpo roto es un título que encontró la propia escritora, autora de novelas como Los amores de Laurita, El libro de los recuerdos, La muerte como efecto secundario y El peso de la tentación, entre otras; y de libros de cuentos como Los días de pesca, Viajando se conoce gente y Sirena de río. Recordó una frase que solía repetir su cuñado, que era cardiocirujano: “la salud es un estado transitorio”, que no presagia nada bueno. Siempre creyó que era una frase de él, hasta que la buscó en internet y descubrió que está atribuida a Winston Churchill. De los doce cuentos que integran el libro hay cuatro que los escribió especialmente: “Como el mar”, “Los Gaspáridos”, “Gaviotas en el bosque” y “Selva y el Diablo”. Los ocho restante están editados en distintos libros de cuentos de Shua. “Yo tengo la sensación de que un libro de cuentos es como un rompecabezas; entonces cuando uno tiene algunos cuentos van delimitando la forma de los que faltan”, dice la escritora. “La enfermedad es parte de la vida; no es algo que le pasa a unos pocos. Todas las personas, hasta las más saludables, han tenido algo o han pasado por alguna situación de enfermedad”, explica la conexión que genera este el tema en los lectores.
El máximo terror pensable
-¿Por qué pensás que le rehuimos a la enfermedad y no queremos hablar del tema?
-La enfermedad tiene la cara de la muerte. Y la muerte es el máximo terror pensable y posible. Los que escriben cuentos de humor y terror para chicos no pueden evitar los esqueletos, por ejemplo. Y los esqueletos dan terror. Aunque estén en una situación divertida, igual asustan y siempre están representando a la muerte, que es el terror de los terrores. Todos los demás terrores se subordinan a la muerte. En particular, aunque no tenga mucho que ver con el libro, el gran terror de la humanidad es a ser devorado, a ser comido, a que venga una fiera salvaje y te coma. Pareciera que de todas las posibilidades de muerte esa suena como la más terrorífica. Y la enfermedad te devora por dentro.
-Algo de la enfermedad sabés, porque sobreviviste a un cáncer, y eso aparece en el libro. Ponés tu cuerpo en un sentido pleno, pero también hay historias que no tienen que ver con enfermedades que hayas tenido, ¿no?
-Sí, las dos cosas, porque hay muchísimas historias que nada tienen que ver conmigo y hay muchísimas cosas que me pasaron a mí que no están en el libro. Yo empecé a escribir sobre el tema de la enfermedad joven y sanita cuando publiqué mi primera novela Soy paciente, en 1980; y a fines de los 90 con otra novela, La muerte como efecto secundario, y también estaba sanísima en esa época. Después vino la enfermedad para mí, pero como tema literario me resultaba fascinante mucho antes de enfermarme.
La enfermedad y el amor
-¿La enfermedad tiene que ver con pelear contra algo que te puede desmoronar?
-Sí, es la aventura. La enfermedad y el amor son dos aventuras que están al alcance de cualquiera, pero no cualquiera tiene la plata para ponerse en la cola para subir al Everest. O viajar y hacer un tour a un lugar misterioso y desconocido. La enfermedad y el amor es algo que nos pasa a todos.
-En este libro hay varios cuentos en los que se nota mucho diálogo. ¿Por qué creés que necesitaste la forma del diálogo?
-No tengo la menor idea, yo suelo trabajar más con la narración que con el diálogo. Hay un cuento que es casi una pequeña obra de teatro, “Gaviotas en el bosque”, que lo pensé como la narración haciendo las veces de didascalia. El cuento parece como “filmado”, como si todo lo que tuviera fuera una cámara y no pudiera saber qué les pasa por dentro a mis personajes, sino solo sé lo que dicen y lo que hacen. El diálogo como lectora muchas veces me irrita. No me gustan los diálogos obvios en los que la gente dice: “Hola, ¿qué tal?. Bien ¿y vos cómo estás?”. Son líneas absolutamente desperdiciadas. Si aparece un diálogo, si alguien dice algo, tiene que servir para definir al personaje o para definir la situación. El diálogo, si aparece, tiene que tener un sentido fuerte, importante. Yo incluso prefiero contar de qué se habló antes que transcribir el diálogo. Pero a veces el diálogo sirve justamente para definir las voces de los personajes y a través de la voz la personalidad.
El cuerpo enfermo puede estarlo de muchas maneras, pero la idea de lo roto es más potente; incluye el accidente y la enfermedad, pero también la sensación subjetiva de rotura; sentir el cuerpo roto, aunque esté entero. “Lo que no es mi caso -aclara risueña-. Cuando me van a hacer una ecografía les digo: ‘mire bien porque mucho no va a encontrar ahí adentro’”.
No sabía bien cómo ordenar los cuentos y fue su editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor, quien le hizo una sugerencia: “Podríamos ordenarlos así: primero los enfermos, después los médicos, después los cuidadores”. A la escritora le pareció que tenía sentido, que estaba bien presentados con ese orden.
La autora de microrrelatos emblemáticos como La sueñera y Casa de geishas le había enviado al editor de Páginas de Espuma otro libro. Casamayor le dijo: “Yo prefiero no publicar libros con cuentos, sino libros de cuentos. Yo quisiera publicarte un libro que tenga algún tipo de unidad por temática, por tono, por lenguaje o por lo que sea”. Entonces a ella se le ocurrió como cuestión aglutinante la enfermedad. “Cuidar un gato”, que pertenece a Sirena de río, es una historia de duelo, un varón tiene que cuidar el gato, que es lo que queda de su mujer muerta. “El gato después se enferma y muere y el hombre puede rehacerse y salir de ese duelo que lo tenía paralizado y suponemos que su vida futura será mejor que la que aparece en el cuento”, plantea la escritora sobre este relato que escribió después de la pandemia, donde se sugiere la importancia que tiene “cuidar del otro”, más allá que ese otro sea una mujer o un gato.
El temor al olvido
-Otro tema que está muy presente en el libro tiene que ver con los extravíos de la mente, con enfermedades como el Alzheimer o la demencia senil. ¿Por qué las escritoras y escritores, las personas que son muy lectoras, le temen tanto a que la mente se pierda?
-Con los años uno va perdiendo vocabulario. Yo siento que hoy no tengo el mismo vocabulario que hace quince años. Hoy tenemos mucha ayuda con la IA; a veces le podés hacer una pregunta y te ayuda. Pero muchas veces uno está buscando una palabra y va al cajón mental donde la tiene y lo encuentra vacío. La inteligencia artificial nos puede ayudar a encontrar las palabras, pero hay palabras que van desapareciendo y se van borrando. Así como uno no se acuerda de los nombres de los actores de las películas o el título de la película (era la película en la que pasaba tal cosa). Yo creí que nunca me iba a olvidar de los títulos de los libros y de pronto, a veces, me olvido los títulos y los autores. A partir de cierta edad nos pasa que hacemos el esfuerzo de recordar una clave, por ejemplo, sin ir a buscar dónde la tengo anotada. Si puedo poner la clave sin tener que mirar, prueba superada; es como que tus acciones se van convirtiendo en pruebas de que todavía está tu mente funcionando bien. No puedo evitar esa sensación de estar dando examen constantemente. El temor al olvido es algo con lo que se vive cotidianamente y cada cosa que uno recuerda es como una prueba de que todavía la mente está funcionando.
-¿Esa sensación de estar dando examen la sentís también en la escritura?
-Sí, por supuesto. ¿Qué es lo que todavía puedo escribir? Tengo dudas, no sé con qué voy a seguir. Me gustaría escribir una novela, pero ¿podré? No lo sé, nunca lo supe porque cuando uno trabaja sin recetas cada libro es como tirarse al mar de noche en medio de una tormenta. Y ahora me vuelve a pasar exactamente eso: no sé si voy a poder escribir otra novela. Trato de agarrarme de novelas que me gustaron mucho escritas por gente mayor, por ejemplo, Tumba de jaguares, de Angélica Gorodischer, que la publicó a los 80 años y es una gran novela. Uno nunca sabe a ninguna edad que es lo que va a pasar con su próximo libro. Y con los años se va acentuando esa sensación porque además uno va cargando sobre el lomo los libros que ya escribió y los escritores queremos hacer siempre algo distinto. No quiero repetirme, no quiero volver a escribir lo que ya escribí.
“La psicosis de la terapia intensiva”
-En “Los Gaspáridos” se combina el drama de un argentino que vive en México y es operado para reemplazarle la cadera con las torturas y la desaparición durante la dictadura cívico militar. ¿Lo escribiste a partir de que el gobierno de Milei empezó a reivindicar la dictadura?
–Yo creo que lo terminé antes de Milei. “Los Gaspáridos” tiene que ver con una historia real de una persona cercana a la que le pasó algo muy parecido. Incluso le pedí a la pareja si me podían pasar los mensajes de Whatsapp porque cumplen una función importante en el cuento. “Los Gaspáridos” se llama el grupo de Whatsapp de los amigos de Gaspar que están lejos y van teniendo el parte de la mujer de Gaspar. Y están lejos precisamente por la dictadura; son sobrevivientes exiliados. Después la deriva del cuento con esa sensación de estar siendo torturado es una creación mía. A veces uno toma elementos de la realidad que vienen de distintas historias y con eso va construyendo la ficción. Son como los ladrillitos del edificio del cuento, ese pequeño edificio que uno va construyendo: alguien que en una situación de muchas días de internación tiene una “psicosis de la terapia intensiva”, algo que suele suceder y que los médicos conocen muy bien, sobre todo cuando, además de estar en terapia intensiva, está recibiendo mucha cortisona puede haber un efecto de psicosis y para quien ha tenido la experiencia de haber vivido la época del miedo, haber vivido la dictadura, que aflore eso no es imposible ni demasiado extraño.
-¿Esa época del miedo de la dictadura te parece que puede tener una equivalencia con este tiempo que estamos viviendo?
-No, por ahora no. Seguimos viviendo en una democracia, puede que no nos guste el gobierno actual y que tenga características autoritarias con las que no estamos de acuerdo y demás, pero por el momento sigue siendo una democracia, sigue habiendo tres poderes y no se encarcela ni se secuestra ni se tortura. Mi hermana se exilió en el 76 y vive en Estados Unidos. Ahora con (Donald) Trump muchos conocidos norteamericanos se le acercan y le dicen: “Lo que debe ser esto para vos que ya viviste una dictadura en tu país”. Ella no sabe cómo explicarles que, a pesar de lo terrible que es Trump y lo que está haciendo con los inmigrantes, nada tiene que ver con la situación de dictadura en la Argentina; es un fenómeno diferente, no para aplaudir ni para ponerse contento, pero es completamente distinto.
-¿Cómo estás viviendo este presente político?
-Lo vivo con angustia, esperando y rogando que no se repita, pero al mismo tiempo con las dudas que tenemos muchos acerca de dónde va a salir una oposición que pueda enfrentar a Milei, que hoy ya no tiene ni remotamente la mayoría del electorado, pero tampoco hay nada claro del otro lado. Es una crisis política gravísima la que tenemos en este momento, que incluye a Karina, a Milei y el resto de las personas de esa extraña corte de los milagros que lograron reunir. ¿Qué es lo que va a seguir a Milei? No se sabe; es terrible pensar que puede repetirse cuatro años más, pero puede suceder por la falta de una oposición.
En busca de la próxima novela
A los 75 años, Ana María Shua escribe con disciplina y un “orden” en el que va alternando los géneros que maneja: novela, cuento y microrrelatos. Luego de los cuentos de El cuerpo roto, le tocaría embarcarse en una novela. “Los microcuentos nunca vienen a mí, los tengo que salir a buscar, generalmente pienso en un tema y a partir de ese momento me pongo a escribir unos diez por mes -cuenta la escritora-. Al principio cumplo y después me empiezo a quedar atrás: un mes escribo ocho microcuentos y al mes siguiente me tocan escribir doce. En algún momento el libro se termina solo. Pero pueden pasar seis, siete, ocho años y que no escriba ni un solo microcuento”.








