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Página 12 entrevista a Clara Obligado y Raúl de Tapia

Por Silvina Friera.

FUENTE: https://www.pagina12.com.ar/2026/07/12/clara-obligado-y-raul-de-tapia-el-ser-humano-no-se-siente-parte-de-la-naturaleza/

Publicaron «Un árbol de compañía»

Clara Obligado y Raúl de Tapia: “El ser humano no se siente parte de la naturaleza”

La escritora argentina y el biólogo español escribieron un libro a cuatro manos para experimentar otro modo de aproximarse a la ciencia y a la literatura. Cuestionan la lectura “desde el conquistador que no ve nada”, una manera de entender el mundo que se repite con una liviandad que duele.

Hay pequeños libros maravillosos que se van por las ramas para regresar al tronco de la cuestión. Una escritora argentina, exiliada política en España por la dictadura cívico militar, y un biólogo, divulgador ambiental y escritor español, deciden pensar en común y escribir a cuatro manos en un idioma que no es propio, sino de los dos. “Rasgo mi prosa para cobijar la suya, le hago un lugar, anidan sus ideas en el plumón de mis palabras”, confiesa Clara Obligado en Un árbol de compañía, coescrito con Raúl de Tapia y publicado por la editorial española Páginas de Espuma; un texto donde los saberes y la vida se combinan en capas, un trabajo que prescinde de las clasificaciones estandarizadas (ficción y ensayo) para experimentar otro modo de aproximarse a la ciencia, a la literatura, a la intimidad de una amistad. Son textos fluidos, donde prevalece un “travestismo literario” que la escritora argentina condensa en un ida y vuelta: “me convierto en autora de los textos de Raúl, él naufraga en mi voz”. El resultado es un naufragio encantador.

Aplastar el alma

“Aprendemos muchos alfabetos, pero no sabemos leer a los árboles”, dice el escritor italiano Erri De Luca en Tres caballos, una frase que aparece en las primeras páginas del libro que coescribieron Clara y Raúl para sumar oxígeno y páginas a un cambio de punto de vista. La costumbre de abrazar a los árboles, le cuenta el biólogo a la escritora, proviene de Japón y consiste en un baño de naturaleza, o un paseo por el bosque, que culmina con un “cariñoso abrazo a los troncos con el que los humanos, siempre tan centrados en nosotros mismos, pretendemos huir del estrés”.

Como el lado oscuro de un gesto a priori irreprochable, emerge lo que el árbol tiene para decir. “En un bosque de Cantabria ha habido que solicitar medidas cautelares para algunas secuoyas monumentales porque el bosque se está deteriorando a causa de estos amables abrazadores. Con el ritmo absurdo que tiene hoy el turismo, y con el negocio que arrastra, han llegado a las doscientas mil visitas amorosas anuales con el consecuente destrozo de las cortezas”, critican en Un árbol de compañía. “Caminar sobre las raíces de un árbol es aplastar su alma”, susurra Raúl, preocupado.

El biólogo y la escritora tenían una idea “general” del libro; mientras lo escribían estaban los árboles en primer plano. Pero después se hicieron amigos y el tema de la amistad empezó a tener más cuerpo. El título, Un árbol de compañía, viene de una frase que le dijo Luna, la hija de Raúl. El biólogo y “degustador de paisajes”, como prefiere definirse, comparte la anécdota que hay detrás. “Un día mi hija venía con mi padre del colegio y se encontraron un árbol en un contenedor de residuos. Y le dio muchísima pena y se trajo el árbol a casa. Ella quería tener algún animal de compañía, pero le decíamos que la casa no era el lugar para la fauna. Como ella se dedicó a rescatar el árbol, limpiar las raíces y plantarlo nos dijo: ‘será mi árbol de compañía’. La historia viene desde la sensibilidad de una futura bióloga”, plantea el padre, orgulloso de que su hija, ya adulta, sea bióloga.

Este es un tiempo en que se percibe, calamidad del cambio climático mediante, mayor conciencia de la importancia de los árboles y las plantas y Raúl confirma esta impresión. “Yo soy biólogo y trabajo de biólogo de campo, de ornitólogo, estudiando aves, pero mi pasión es la botánica. No ha habido cultura botánica de los árboles, de las plantas, hasta los últimos diez años prácticamente. Ahora es más fácil encontrar libros ya no solo de divulgación botánica sino de literatura donde hay una ambientación botánica en un bosque, en una arboleda, en un jardín”.

El narcisismo de los seres humanos

Clara despliega su mirada. “Los seres humanos somos muy narcisistas, tendemos a estudiar lo que se parece a nosotros; en el reino animal no se dedican a estudiar las chinches ni las ladillas ni las cucarachas, sino que se estudia el gatito, el perrito, el pajarito. A partir de la pandemia, me empezó a interesar la forma de supervivencia que tienen los árboles”, confirma la escritora que ahora está leyendo textos del siglo XVIII, cuando la botánica era fundamental y se hicieron los grandes viveros; el tiempo de los grandes botánicos que realizaban expediciones buscando plantas.

Sonríe, el biólogo, miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra, que trabaja a diario en la restauración de ecosistemas y la renaturalización urbana. Sabe que lo que está por decir despertará el asombro. “Como me repite muchas veces Clara, nuestra flora ibérica o europea es muy aburrida, muy chiquita, con una escala de colores muy reducida”, afirma Raúl. Esta característica poco exuberante de la flora ibérica contrasta con el tropicalismo de gran parte de América. “Lo que tenéis acá está relacionado, sobre todo más cerca del Ecuador, con el calor y la humedad que permite un crecimiento continuado. Cuando se produce ese encuentro (porque Clara me corrige cuando utilizo la palabra descubrimiento; nadie descubre nada, ya estaba descubierto, otra cosa es que los europeos se lo encuentren), imagino que es muy atractivo desde el punto de vista de la creatividad. Es decir, a la hora de escribir algo distinto, los escritores hallan una fuente inabarcable de provocación. Y también se da la circunstancia de la épica. Yo no sé qué tenía esa gente en la cabeza para meterse en lugares que no conocían, creo que tenían mucha hambre para meterse por unas selvas y unos bosques que no tenían caminos, levantando planos con medios muy sencillos: una escuadra, un cartabón, un compás, un altímetro; todo muy rudimentario, y con eso empezar a hacer ciencia o literatura”.

“La rapiña es más fuerte que la curiosidad”

Clara observa que quienes llegaron a América desde las expediciones europeas, además de hambre, tenían una “ambición infinita” que se manifiesta en las páginas de los cronistas. “No hay como querer quedar bien con el rey. El latrocinio, la rapiña, es más fuerte que la curiosidad. Aparece el curioso evidentemente, pero siempre en función de cómo puede vender lo que encuentra”. En esas expediciones, aclara Raúl, el curioso era el científico y el botánico, pero lo llevaban por un interés económico. “Si tú llegas y descubres un montón de plantas que tienen propiedades medicinales o que tienen propiedades tecnológicas, van a servir para algo. La gente se cree que Juan Sebastián Elcano y (Fernando de) Magallanes dieron la vuelta al mundo por afán de descubrir y no fueron por eso. Fueron por las especias”.

Clara cuestiona la lectura “desde el conquistador que no ve nada”, una manera de entender el mundo que se repite con una liviandad que duele. “Me encantan los relatos de descubrimiento porque la idea del descubrimiento es un disparate: ¿cómo van a descubrir lo que está poblado? Después, está la rapacidad, cómo quieren robar; la rareza del otro, que es muy interesante. Y la prepotencia europea que sigue cuando escuchás a la presidenta de la comunidad de Madrid (Isabel Díaz Ayuso) que dijo que ‘México existe desde que llegaron los españoles’”. Raúl trae a colación una experiencia reciente. “Poner a parir, en España, es criticar de una manera enfática. Yo di una conferencia en Extremadura en la que puse a parir a (Francisco) Pizarro y Hernán Cortés. Cuando me bajé del estrado, una persona me dijo: ‘ha sido usted muy valiente, diciendo lo que está diciendo aquí’”.

La conciencia de lo trans

La ironía suave en el tono de Clara difiere con su manera de afilar las palabras para aumentar el caudal expresivo. “Nos fuimos por las ramas”, bromea. El lenguaje, como se puede comprobar, está repleto de expresiones vinculadas con los árboles, así que se intentará volver al tronco de una cuestión capital: cómo se puede nombrar de otra manera expresiones enquistadas en nuestra lengua. Por ejemplo, decir que alguien es “un vegetal”, que no es un sinónimo de muerte, pero expresa una vida reducida a un estado de funciones mínimas. “Lo que hay que cambiar es la conciencia de lo que es naturaleza y de cómo somos naturaleza. Lo curioso es que el ser humano no se siente parte de la naturaleza; es la naturaleza y nosotros. Ese es el primer paso que hay que dar: yo soy una de las tantas especies que anda por el mundo con ciertas dificultades; por cierto somos muy minoritarios, yo no sé los números, la cantidad de árboles en relación a la cantidad de hombres”, reconoce la escritora y lo mira a Raúl en busca del número aproximado.

“Entre el 98 y 99 por ciento de la vida sobre la tierra es vegetal; en ese un por ciento estamos incluidos junto a toda la fauna”, revela el biólogo. “De nuevo aparece el engreimiento, es decir, los árboles, la vegetación, pueden vivir del aire; viven del suelo, viven del oxígeno, viven del sol, pero elaboran sus propios alimentos. Nosotros tenemos que consumir vegetales sí o sí; no hay otra. Si no nos morimos”. La escritora habla de la importancia de la filosofía “progresista” de nuestra época, que intenta ver al otro en cuanto su diferencia. “La conciencia de lo trans no es tan distinta de la conciencia de lo vegetal, de ver al otro y salirnos del pensamiento de la ilustración del hombre blanco como centro del mundo. Yo creo que podríamos compararlo también con el feminismo, con el antirracismo; en esta diversidad nos va la vida. Si no somos capaces de preservar el mundo vegetal, este planeta se acabó. Lo que es una situación también de emergencia. No hay que ser apocalíptico, sino que hay que ser como pedagogo con estas cosas y nuestro libro transita un poco por este camino: ‘Pacíficamente, pensemos que quizá tal vez los árboles son importantes’”, sugiere.

La ceguera vegetal

Raúl menciona la “ceguera vegetal” y explica en qué consiste. “La gente no llega a ver los árboles ni la vegetación hasta que desaparecen. En la ausencia del árbol, del bosque porque se quema, nos damos cuenta de la importancia de su presencia. Es muy cruel valorar estas formas de vida por la ausencia -admite el biólogo-. Si vamos a la literatura, a las librerías, a las bibliotecas, la gente no valora una biblioteca hasta que cierra. Una biblioteca es más que un lugar donde tú vas a coger un libro; hay una dinámica cultural de programación de actividades, de cultura en general. Es como si vieras un bosque solo como una agrupación de árboles. No podemos perder en nuestro día a día ni el valor de las bibliotecas ni el valor de los árboles porque vamos a tener un problema serio”, advierte Raúl.

El ombú corpulento

Durante la escritura del libro encontraron que los une (y los separa) un mismo árbol, con nombres distintos: el aromo (en Argentina) y la mimosa (en España). “El aromo es el árbol donde me escondía de mi familia, donde me iba a leer, o sea el árbol de protección. Para Raúl, es todo lo contrario: el árbol del desamor”. Hay otros árboles en la vida de la autora de El libro de los viajes equivocados, La biblioteca de agua y Tres maneras de decir adiós, como los jacarandás de Buenos Aires. “Yo aprendí a caminar debajo de un gomero que está en la plaza Vicente López y andar en bicicleta en torno a un árbol de la plaza Libertad. La cultura de Buenos Aires sucede mucho en torno a los árboles”.

El biólogo que dirige la Fundación Tormes-EB está acompañado de árboles desde la infancia porque se crio en una finca. Pero hay uno, especialmente, por el que siente fascinación: el alcornoque, un árbol de cuya corteza se obtiene el corcho, un árbol que es una “catedral viva”. Lo conoció por Remigio Sánchez, un señor que entonces tenía 80 años, que había sido sacador de corcho en Salamanca. “Cuando vi el árbol no lo podía creer; para ser un árbol ibérico era exuberante, absolutamente descomunal -recuerda-. Era la segunda vez que me quedaba en silencio al ver un árbol así. La evocación que me provoca ese árbol es todas las vidas que ha visto; ahí han aprendido a volar muchas aves, han aprendido a pastorear muchos pastores jóvenes. Ese árbol que está en mitad del campo ha tenido también una vida muy acompañada. Esos árboles intergeneracionales que pasan por varios siglos me dan mucho respeto: ¿qué saben ellos que no sabemos nosotros?”.

De pronto la escritora siente que está en una “sesión de psicoanálisis” porque recupera unos versos de su bisabuelo, el poeta Rafael Obligado. “Quizá para mí el primer árbol es el ‘ombú corpulento, de las tórtolas amado’, que es el principio del poema ‘Santos Vega’. De muy chica yo escuchaba hablar del ombú corpulento como esa cosa mítica”. Raúl comenta algo que observó al hacer estudios con personas mayores sobre los usos de las plantas y árboles en los pueblos. “Al principio no te cuentan porque les da vergüenza las condiciones de vida que han tenido, hasta que descubren que lo que ellos me empiezan a contar sobre las plantas es muy importante para mi”.

La escritora destaca que el saber de las plantas fue reprimido y castigado. “Las brujas eran botánicas que recolectaban hierbas; conocer la naturaleza te convierte en peligroso y el poder te va a castigar. Tenemos que tratar de pensar de otra manera, desentrañar las consecuencias que tiene ir contra los árboles porque la verdad es que nos quedamos sin oxígeno”.

En España, la editorial Trotta publicó El libro de las plantas, de Hidelgarda de Bingen, una monja, escritora, botánica y feminista de la baja edad media. Clara, que admite ser “muy fan” de Hidelgarda, precisa que de la multiplicidad de saberes que ella tenía el que menos se muestra es el de la botánica. “El hecho de que sobre todo las mujeres supieran plantar era peligrosísimo. Si volvemos a las palabras, a las plantas se las empieza a nombrar con términos eclesiásticos: los zapatitos de la virgen o la vara de San Antonio, ¿con qué intención? Con la intención de que estén bendecidas. Si el nombre de la planta pasa por la religión, está aprobado. Todo el conocimiento de las plantas pasa por el cambio, por el feminismo, por la nomenclatura”, reflexiona. El biólogo añade: “toda esa gente que sabía de plantas tenía una función dentro de la comunidad, era la gente que curaba. Si además de curar lo hacían público y compartían ese saber, terminaban en la hoguera”.

Ramas y raíces

Clara Obligado y Raúl de Tapia podrían escribir juntos otro libro, a pedido de Página/12, titulado El lenguaje vegetal como una prolongación del trabajo que los unió en Un árbol de compañía. “No vamos a escribir ese libro”, dice, muy risueña, la escritora que nació en Buenos Aires y se exilió en Madrid en 1976. Dirigió los primeros talleres de Escritura Creativa que se organizaron en España. En 1996 recibió el premio Lumen por su novela La hija de Marx. La autora de Una casa lejos de casa: la escritura extranjera y Todo lo que crece. Naturaleza y escritura ha sido traducida a diferentes idiomas.

Raúl de Tapia, biólogo y “degustador de paisajes”, divulgador ambiental y escritor, conocido también como “Alcanduerca”, aúna en sus proyectos la divulgación científica con creadores de la música, la danza, la poesía, la escultura y el muralismo. Ha recibido numerosos reconocimientos como el Premio Nacional de Medio Ambiente o el Premio Luz Verde de WWF (World Wide Fund for Nature) y Onda Cero Radio. Como autor, fue reconocido con el Premio Nacional Tundra de Literatura de Naturaleza por su libro Arboreto sonoro. Colabora habitualmente en el programa El Bosque habitado de Radio 3 (RNE) y Gente viajera de Onda Cero.

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