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Pontevedra Viva entrevista a Katya Adaui

Por Alejandro Espiño.

FUENTE: https://www.pontevedraviva.com/es/cultura/katya-adaui-vivimos-epoca-muy-ansiosa-creemos-estar-mas-conectados_516450_102.html

Katya Adaui: «Vivimos en una época muy ansiosa. Creemos estar más conectados, pero estamos más desangelados»

La escritora peruana, una de las voces literarias más reconocidas de su país, ha presentado en la Libraría Paz de Pontevedra su nuevo libro de relatos, ‘Un nombre para tu isla’

Cuando era más joven y empezaba a escribir, Katya Adaui (Lima, 1977) solo esperaba que alguien más que su familia leyera sus libros. «Yo he aprendido a no tener expectativas», reconoce en esta entrevista con PontevedraViva. Y vaya sí lo ha conseguido.

Es una de las voces literarias más reconocidas de su Perú natal. Con su libro anterior de cuentos, Geografía de la oscuridad, ganó el Premio Nacional de Literatura de su país. Su última obra, Un nombre para tu isla, es la que le ha traído a Pontevedra.

Ha mantenido un encuentro con sus lectores en la Libraría Paz. Desde allí, antes de esta presentación, nos habla de un libro de relatos sobre unos personajes en tránsito, que navegan entre los afectos que los sostienen y los malentendidos que los devastan.

El título del libro es muy sugerente. ¿Qué significa para ti «ponerle un nombre a tu isla»?

Tenía pocos títulos que involucraran a un otro. Eran más del nosotros o del yo. Y fue la primera vez que me di cuenta que realmente quería dejar entrar  a los lectores a mis textos. Como, entren a la fiesta, a esta isla y que cada quien busque qué título también ponerle.

A mí me sorprenden mucho las islas que cambian de nombre según son descubiertas o redescubiertas de nuevo. Se mueven mucho. Pensar qué hubo ahí siempre han sido un misterio para mí. Me recuerda mucho a las personas. 

Tus personajes rara vez están en paz consigo mismo. ¿Es esa «isla» más un refugio o una forma de aislamiento?

Puede ser ambas. Refugio y aislamiento. Lo importante para mí es que se sintiera la intemperie, pero que los cuentos te ampararan de alguna manera. No quedarte todo el rato bajo la lluvia o bajo palos endebles.

Para mí tiene que ver con el trabajo sobre la dignidad de los personajes. Me gusta que tengan lenguaje, que estén aislados, pero siempre intentando tocar al otro. Creo que es el libro mío en el que más habla la gente.

Estos cuentos giran en torno a vínculos que no terminan de funcionar. ¿Te interesa más el fracaso de las relaciones que su plenitud?

Lo curioso es que para mí están en una dinámica en la que todavía pueden conversar. Tiene que ver con las expectativas que tenemos con el otro. De poner al otro en un pedestal o esperar que se mueva en un terreno conocido. 

Pero creo que un derecho de la edad es cambiar de opinión y que el otro sea capaz de escucharla aunque no le guste. No cosas horribles o pensamientos crueles. Creo que mis personajes son personas que tratan de ser inteligentes en la peor de las circunstancias.

Hay una constante dificultad para comunicarse entre los personajes. ¿Crees que hoy hablamos mucho pero nos entendemos poco?

Sí, y aparte hay una ansiedad por responder. El otro te está contando su historia y tú ya tienes en tu cabeza que ti te pasó algo peor o algo mejor. Vivimos en una época muy ansiosa. Parece que estamos más conectados, pero estamos más desangelados.

Tus personajes están siempre en tránsito, tanto físico como emocional. ¿Qué te interesa de esos espacios intermedios -aeropuertos, hoteles, viajes- donde todo parece inestable?  

A mí, el movimiento siempre es algo que me ha fascinado. Esa capacidad de algunas personas de estar bien en cualquier parte. Que uno pueda ser poroso y maleable. Que pueda transitar entre grupos de gente, ciudades o pueblos diversos y sentir todavía un asombro casi infantil aún sabiendo que no hay nada por descubrir.

El texto, para mí, no tenía que ver con el viaje en sí sino con la capacidad del alma de estar bien conociendo a otra gente, otros paisajes, otros estados del ser o del otro. Había algo para mí fascinante en ese tránsito, en esas horas de espera.

Suelen quedarse a medio camino: ni se van del todo ni se quedan. Quieren estar cerca de otros, pero también necesitan distancia, ¿no?

Es que esa zona limbo-fronteriza me interesa mucho. Esta cosa que uno no sepa de dónde es el otro, ni a qué ha venido. Entender el orden del espacio como un misterio. De venir a explorar más que a conquistar. Esa búsqueda es misteriosa para mí.

En tus relatos, los silencios pesan tanto como las palabras. ¿Escribes más desde lo que se oculta que desde lo que se muestra?

Te diría que, a diferencia de la vida donde a veces no soporto el silencio aunque sé que cuando callamos es cuando el cerebro se repara, en la escritura tengo mi señora interior que siempre ha sabido contenerse y no aspirar a contarlo todo.

Tengo un profundo respeto por quien lee y asumo que entiende la elipsis y que no espera la regurgitación del pájaro escritor. Si ya sabe volar, que vuele. Yo confío en que el lector se precipite conmigo. Odio la idea de ser condescendiente.

De ahí que algunas historias parecen detenerse justo antes de una resolución. ¿Te interesa frustrar la expectativa del lector?

Entiendo que los lectores vean finales abiertos pero, para mí, están cerradísimos. Es muy loco eso. Es lo lindo de que alguien lo lea y que lo interprete como le dé la gana. Yo soy muy controladora, pero en eso sí sé que yo tengo que soltar y de verdad que suelto.

¿Y hasta qué punto tus personajes son conscientes de sus propias contradicciones?

A mí lo único que me interesa es la contradicción en la vida. Sobre todo, en los personajes. Con la edad una ya va perdiendo sus propios énfasis. Me encanta que sean contradictorios. Que parezca que van a hacer una cosa y hagan otra, eso los humaniza mucho.

Hablas a menudo de que aprecias cierta crispación en el disfrute contemporáneo, esa obligación autoimpuesta de que todo sea intenso o feliz. 

A mí me gusta crear personajes que no estén en su pico de euforia. Porque conozco la euforia. Es peligrosa. Te lleva muy arriba y luego muy abajo. Busco algo de ecuanimidad. Está probado que es poco probable que nos ocurran todas las amenazas que anticipamos.

Cuando creemos que van a ocurrir esas fantasías, no ocurren casi nunca. Pero cuando escribo, pienso con esa urgencia. Mis personajes tienen una fantasía de que todo se irá al diablo, pero para que puedan moverse. Que no estén pasivizados por sus circunstancias.

El humor aparece siempre de forma sutil, incluso en situaciones dolorosas. ¿Qué papel juega en tu manera de mirar los afectos?

El humor bien puesto dignifica toda la escena. Dignifica el contexto, a quien lee, a quien lo escribió. El humor es lo que nos permite soportar incluso la crueldad. Y nos hace olvidar. Yo trato siempre de corresponder episodios oscuros con episodios un poquito más luminosos. El mayor dolor lo podemos olvidar inmediatamente. Una risa te recoloca en el mundo. 

¿Y hay algún cuento del libro que sientas especialmente cercano o importante para ti?

Un niño. Este cuento me gusta mucho porque lo que fue ocurriendo fue muy inesperado para mí. Parte de una escena que vi en una playa. Un niño que vendía cosas y tenía un chupete. Pensé, ¿de quién será? ¿Era suyo cuando era pequeño? ¿Es papá?

Especulé sobre esa escena y lo junté con otra. En Argentina cuando se pierde un niño, la gente aplaude para que todo el mundo se voltee a ver. Es como una escena teatral sacada de contexto. A mí me conmovió mucho. No lo entendía.

Me dijeron que eran aplausos por un niño perdido. Y esa frase incluso la puse en el libro. A veces hay cosas tan hermosas que te conmueven. Yo las anoto y van a mi escritura.

¿Qué te gustaría que sintiera alguien al terminar de leer Un nombre para tu isla?

Yo he aprendido a no tener expectativas. Que te lea gente que no te conoce, para mí sigue siendo una sorpresa. Que sientan lo que tengan que sentir. No lo voy a controlar.

Y como autora que ha probado diversos géneros, ¿qué tiene el relato que no te aportan otros?

Siento que el relato exige un pensamiento de corto plazo y un ejercicio de largo plazo. La novela te permite alguna bifurcación. El cuento te exige hacer foco y hacerte cargo de lo que está ocurriendo. No se te puede ir de las manos.

Es una escritura concentrada. El que lee cuentos quiere terminar y que algo le ocurra. Y tienes que pensar personajes, vidas y deseos absolutamente distintos cada vez. Es mucha gente para poco espacio. Y como me cuesta, lo disfruto más.

Si tuvieras que nombrar esa isla que propone el título -no como concepto abstracto, sino como experiencia vital-, ¿qué palabra elegirías hoy?

Solo se me ocurre una palabra. Agua. Estoy todo el tiempo pendiente de las masas acuáticas. Es algo que que seduce. Me deja embobada, fascinada. Yo aspiro a eso en la escritura. No solo a que ese paisaje esté, sino por la incertidumbre que genera.

 

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