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Quaderns entrevista a Fernanda Trías

Quaderns

Por Eric Gras.

FUENTE: https://www.elperiodicomediterraneo.com/cultura/2026/03/28/entrevista-fernanda-trias-autora-miembro-fantasma-128137722.amp.html

Fernanda Trías, autora de ‘Miembro fantasma’: «La escritura no salva del abismo, pero le da una forma narrable»

La escritora uruguaya regresa al cuento con un libro que explora la ausencia y el duelo a través de relatos que surgieron como «relámpagos» a lo largo de los años

Durante años, Fernanda Trías ha construido una de las obras más singulares de la narrativa latinoamericana contemporánea explorando territorios donde la intimidad y la inquietud se confunden: cuerpos atravesados por la pérdida, vínculos erosionados por el silencio y personajes que avanzan al borde de algo que todavía no saben nombrar. Tras una década desde No soñarás flores, la escritora uruguaya regresa al cuento con Miembro fantasma (Páginas de Espuma), un libro que no nace de un proyecto previo sino de una serie de apariciones dispersas, relatos escritos a lo largo del tiempo que terminaron revelando un mismo núcleo emocional: el peso persistente de la ausencia.

Para Trías, el cuento no se planifica; ocurre. Surge como un relámpago que ilumina fugazmente una imagen que debe ser capturada antes de desaparecer. Esa lógica de la aparición atraviesa también los temas del libro: duelos que no concluyen, adicciones que desordenan la vida familiar, memorias personales y colectivas que continúan actuando aun cuando el tiempo parece haber pasado. La metáfora médica del miembro fantasma —el dolor real en una parte del cuerpo que ya no existe— le permite pensar tanto la experiencia íntima como las heridas históricas que permanecen activas dentro de una sociedad.

—Han pasado diez años entre No soñarás flores y Miembro fantasma. ¿Qué lugar ocupa hoy el cuento en tu escritura?

—Para mí el cuento nunca dejó de estar. En esos diez años publiqué novelas, sí, pero siempre seguí escribiendo relatos. Es una escritura que ocurre en paralelo: voy trabajando una novela y, al mismo tiempo, aparece algún cuento. Nunca abandoné ese género. Al contrario, sigo en diálogo constante con él. También tiene que ver con una tradición muy fuerte: en América Latina, y especialmente en el Río de la Plata, el cuento nunca ha sido un género menor. Aunque trabajemos mucho con la novela, los narradores latinoamericanos no terminamos de soltarlo.

—Hablas del cuento como de un fogonazo, casi como una aparición. ¿Escribir sería entonces un intento de prolongar una revelación que, por naturaleza, está destinada a desaparecer?

—Sí, completamente. El cuento aparece como un relámpago que te deja ver algo durante un instante. El problema es que, así como aparece, también se apaga. Si no lo escribo en ese momento, corro el riesgo de perderlo del todo. Por eso esa primera visión es tan importante. Después, claro, viene el trabajo, la reescritura, las versiones. Pero hay algo inicial, muy frágil, que tiene que ver con una especie de aparición.

—¿Cuándo entendiste que esos relatos formaban un libro?

—No lo entendí hasta que apareció el título, Miembro fantasma. Ahí se organizó todo. Hasta entonces tenía cuentos escritos en distintos años, algunos desde antes de la pandemia, otros terminados entre 2020 y 2024, pero no veía con claridad qué los hilaba. El título me permitió entender que todos estaban atravesados por una misma idea: el peso de la ausencia. A partir de ahí empecé a tirar de ese hilo y a ver cómo esa noción podía operar de maneras distintas, literales, simbólicas, íntimas o colectivas.

«Hay heridas colectivas que funcionan como miembros fantasma dentro de un tejido social»

—En Miembro fantasma el dolor no proviene tanto de una presencia como de una ausencia. ¿Te interesaba explorar esa paradoja de que aquello que ya no existe pueda ser más real, incluso más corporal, que lo que sí está?

—Sí. Me interesó mucho investigar el síndrome del miembro fantasma, no solo como metáfora, sino también como fenómeno real. Me impresionaba pensar que, ante una amputación, el cerebro se resiste a aceptar la pérdida y sigue sintiendo como presente lo que ya no está. Y no lo siente de manera neutra: lo siente con dolor, con cosquilleo, con calor. Me parece una imagen potentísima de cómo opera la pérdida en general. Mientras no se acepta la ausencia, sigue doliendo. Y eso vale tanto para el cuerpo como para la memoria, para los vínculos o para la historia.

—En el libro ese «miembro fantasma» no remite solo al plano clínico. También parece nombrar duelos, adicciones, memorias rotas.

—Claro. No quería escribir un libro sobre amputaciones. Quería trabajar la idea de esos dolores que persisten porque no encuentran forma de ser asumidos. La adicción, por ejemplo, me parece un enorme miembro fantasma: no solo para quien la padece, sino para todo el núcleo familiar. Hay algo ahí que duele, que desordena, que muchas veces no se puede nombrar. Y en el libro me interesaba justamente eso: cómo transitamos lo que no se puede decir del todo.

—Hay varios cuentos en los que aparece el alcoholismo, y en particular el alcoholismo femenino, que sigue siendo un territorio poco explorado en la literatura.

—Sí, y eso me interesaba especialmente. El hombre alcohólico tiene una tradición literaria larguísima: del escritor bebedor al borracho de bar. En cambio, la mujer alcohólica es otra cosa. Es un tema mucho menos transitado, más tabú, más castigado socialmente. Suele ser una experiencia de soledad, de encierro, de vergüenza. Y como todo tabú, también tiene algo de fantasma: está ahí, condiciona la vida de una familia entera, pero cuesta ponerlo en palabras. Me interesaba entrar en ese lugar.

—La relación entre escritura y adicción recorre el libro de forma subterránea. Ambas parecen compartir una lógica obsesiva y solitaria. ¿La escritura salva del abismo o simplemente le da una forma narrable?

—Yo diría que le da una forma narrable. No creo que la escritura salve del abismo. Tiene algo mucho más ambivalente: por un lado te obliga a mirar dentro del abismo, a volver una y otra vez sobre ciertos núcleos oscuros; por otro, te permite estructurarlo, darle una forma. Pero eso no significa que cure. No le atribuyo a la escritura una función terapéutica. Sí creo que nos permite pensar cómo contamos las historias y cómo nos contamos a nosotros mismos. Porque al final también las mentiras que nos decimos, las versiones que elaboramos sobre nuestro pasado, son relatos.

—Tus cuentos parecen surgir de una zona donde memoria e imaginación dejan de ser categorías separadas. ¿Crees que toda memoria es ya una forma de ficción involuntaria?

—La realidad es una categoría muy poco confiable. Me interesa mucho esa zona donde lo recordado, lo imaginado, lo narrado por otros y hasta lo filmado se superponen. En un cuento como «Ciclón», por ejemplo, aparecen varios planos: lo que una escritora escribió, la película que se hizo a partir de ese libro y lo que otra mujer recuerda realmente de su propia vida. ¿Qué fue verdad ahí? ¿Lo que quedó escrito? ¿Lo que fijó la película? ¿Lo que una cree recordar? Todo eso me interesa porque muestra hasta qué punto la memoria ya está siempre contaminada por el relato.

«Para una mujer, reclamar el lugar de la escritura era más difícil»

—También has hablado de «desnudar» los mecanismos de la ficción. En un tiempo saturado de relatos, ¿el lector busca todavía creer en la ficción o entender cómo está hecha?

—No sé si son cosas excluyentes. A mí me interesa mucho trabajar con la forma, explorar estructuras distintas, desarmar un poco la máquina narrativa. Como lectora agradezco muchísimo a los autores que me sorprenden, que no me llevan siempre por el mismo recorrido previsible. Cuando ya veo la fórmula, me pierden. Entonces como escritora intento no repetirme, no instalarme en una zona cómoda. Me interesa confiar en un lector activo, un lector que acepte el desafío y que no necesite que todo venga aplanado o simplificado.

—En varios relatos aparecen mujeres que escriben, o que intentan escribir, en medio de lagunas, inseguridades, interrupciones. ¿En tu caso escribir ha sido más una conquista que una vocación?

—Ha sido una conquista. Sin duda. También es una vocación, claro, pero una vocación que tuve que conquistar. Empecé a publicar a comienzos de los 2000 y abrirse espacio ahí no fue sencillo. Para una mujer, reclamar el lugar de la escritura —decir «soy escritora, quiero escribir, voy a hacerlo»— era más difícil. Hoy eso está cambiando, por suerte, y verlo me emociona. Pero en mi caso sí fue una conquista ardua. Eso también me dio una fortaleza: tuve que pelear por ese espacio y por eso hoy siento que no es fácil que me digan qué tengo que escribir o cómo debería hacerlo.

—¿Esa conquista también pasa por la reescritura?

—Muchísimo. Reescribo mucho. Corrijo, dejo descansar, vuelvo, hago nuevas versiones. Miembro fantasma, el cuento que da título al libro, tuvo una primera versión en 2016 y tardé años en encontrarle la forma. Sabía que había algo valioso en el centro del relato, pero no daba con el tono, ni con la estructura, ni con el final. Y seguí insistiendo hasta que apareció. Yo no tengo apuro por publicar. Prefiero dejar reposar un texto meses, incluso medio año sin mirarlo, y volver después con otros ojos. Esa distancia es fundamental.

—Tus cuentos rehúyen la gran peripecia y se concentran en pequeñas mutaciones interiores. ¿Te interesa narrar esos momentos casi imperceptibles en los que una vida cambia sin que nadie, salvo el propio sujeto, lo advierta?

—Sí, absolutamente. Para mí ahí está el corazón de muchos cuentos. Hay transformaciones que, vistas desde afuera, pueden parecer mínimas, pero que por dentro lo alteran todo. En el tipo de relato que me interesa escribir, lo fundamental es que el personaje entienda algo de sí mismo que antes no veía. Puede parecer poco, pero no lo es. Esa epifanía, si quieres llamarla así, no siempre tiene estridencia; a veces es una comprensión mínima, soterrada, pero cambia la manera en que ese personaje queda en el mundo.

—En el cuento que da título al libro, esa dimensión íntima se abre también a una memoria histórica: la dictadura uruguaya, la herida colectiva, la venganza. ¿Puede una sociedad cargar también con sus propios miembros fantasma?

—Sí, completamente. Me interesaba pensar que hay heridas colectivas que funcionan como miembros fantasma dentro de un tejido social. En ese cuento, la dictadura en Uruguay aparece de ese modo: como un dolor que sigue actuando, aunque hayan pasado los años. Mientras el narrador no pueda cumplir con su venganza, no puede desprenderse de ese dolor. Y eso vale también para ciertas memorias históricas: no desaparecen porque el tiempo pase. Siguen ahí, condicionando cómo vivimos.

«El cuento aparece como un relámpago que te deja ver algo durante un instante»

—En tus respuestas aparece con frecuencia una defensa del lenguaje, incluso frente a cierta demanda contemporánea de escritura plana, rápida, sin fricción.

—Sí, porque para mí la materia prima de la literatura es el lenguaje. Narrar historias lo hacen también el cine, las series, muchas otras artes. Lo propio de la literatura es el trabajo con la palabra. Y me parece importante defender eso, sobre todo en una época en la que se nos pide cada vez más claridad entendida como simplificación, velocidad, superficie. Yo no subestimo al lector. No creo que haya que allanarlo todo para que un texto funcione. Al contrario: hay que defender la complejidad, la densidad, incluso cierta resistencia del lenguaje. Ahí también se juega una política de la escritura.

—Como escritora uruguaya que lleva años viviendo fuera, ¿cómo te sitúas frente a tu propia tradición?

—Me siento muy cómoda en esa tradición. Vuelvo a Onetti, a Felisberto, a Levrero, a Idea Vilariño, a Armonía Somers. Siento que he bebido de todos ellos y que forman parte de mi biblioteca íntima. Al mismo tiempo, llevo más de veinte años fuera de Uruguay y eso también marca una relación extraña con el lugar de origen. A veces la extranjería se vuelve una forma de estar en el mundo. Pero no vivo eso como una ruptura con mi tradición, sino como otra forma de leerla y de volver a ella.

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