Qué Leer
Por Ioana Gruia
FUENTE: https://www.que-leer.com/
La fiesta del lenguaje
La escritura de Eloy Tizón es indudablemente una de las más valiosas y fascinantes del panorama actual. Si tuviera que hablar de una poética en sus cuentos, esta sería la del asombro. Hay una asombrosa forma de vida en los libros de Eloy Tizón, en todos y por supuesto en este. La profunda innovación que lleva a cabo parte de una perfecta asimilación de la teoría clásica del cuento (por ejemplo, la de la esfera de Cortázar) para después pulverizarla amorosamente, con el ágil respeto a la tradición que solo los verdaderos innovadores poseen. Una pulverización amorosa, porque hay amor a raudales en los textos de Eloy Tizón.
Plegaria para pirómanos es un alarde magnífico de trabajo preciso y sensorial con el lenguaje y con asombrosas formas de vida. También de humor, un humor a la vez sutil y desbordante, finísimo y siempre benigno, elegante, aunque en ocasiones la ironía sea mordaz. Es igualmente una declaración de amor a la literatura, al cine, a la música (el último cuento es un homenaje a Leonard Cohén). Se trata asimismo de cuentos conectados entre sí por delicados pasillos atravesados por Erizo, el escritor que se presenta al comienzo del libro, «una especie de prófugo de mi propia biografía».
«De tu escritor favorito siempre puedes aprender», es la primera frase de Plegaria para pirómanos. Erizo, obsesionado con otro escritor, Xavier Serio (el apellido no podía ser más ilustrativo), apunta acertadamente: «Nada es del todo real hasta que lo escribes o lo dibujas». literatura, reflexiona Erizo en el mismo tiempo es «un raro cachivache precioso pero de complicada ubicación en mi casa y en mi vida». Quisiera a este punto subrayar que creo que hay algo así como una «firma» de Eloy Tizón, un tono perfecto, cristalino y travieso: las «sentencias» que encontramos en sus textos no tienen nada de sentencioso, huyen de lo solemne sin caer jamás en el cliché, se instalan en la gracia poco frecuente de la ligereza asombrosa y sólida. «Grafía» desborda un humor sutil y a la vez desternillante, mostrándonos al mismo tiempo un retrato mordaz de algunos aspectos del «inundo literario» por así decirlo. El retrato de la esquiva y envuelta en un halo de trabajado y mediático misterio Halnia Tancredi (qué nombre y apellido tan espectaculares, por favor) no tiene desperdicio, igual que no lo tiene la oposición entre ella y Serio, extremos que con perspicacia señala Erizo. Inteligente, agudo, sutil, Erizo rehúye cualquier vocación de malditismo, cualquier regodeo en una pretenciosa marginalidad, en la «aparente despreocupación por el dinero y la faina» a la vez que comprende inmediatamente que detrás de un fenómeno supervenías a nivel mundial hay en realidad una legión de «negros» literarios que se encargan de mantener engrasada una maquinaria cuyo impacto mediático está calculado al milímetro.
Podría hablar de muchas cosas, por ejemplo de la enorme importancia de la mirada y la visión, en el sentido más literal posible, en Plegaria para pirómanos, o de cómo persigue a Cordelia (otra vez el asombro de los nombres) el angustioso, desesperado mido de una ardilla atrapada en 1111 aparato de aire acondicionado. Me centraré en las magníficas reflexiones sobre la escritura de «Grafía», que son ejemplos de esa ligereza sólida y asombrosa que rehúye el cliché y la solemnidad. ¿Cuál es la última palabra, por que tenemos tanta afición a la «última palabra», en los libros y en las conversaciones? «Uno trata de decir la última palabra, pero la última palabra es esquiva y antojadiza, se escapa de nuestros labios y 110 se deja decir». Eso es brillante en sentido literal, 1111 puro fulgor, una epifanía que es al mismo tiempo una pulverización de lo esperado. No se deja decir, rehúye la sentencia grave, la solidez aplastante para escudarse en la solidez ligera o la ligereza sólida. «Todas las historias al final, cuentan lo mismo: la fiesta ha terminado». Si aún 110 lo habéis hecho, leed Plegaria para pirómanos: es una verdadera fiesta, la fiesta del lenguaje, de la literatura, de la escritura en estado puro, luminoso.









