Reforma
Por Yanireth Israde.
FUENTE: https://www.reforma.com/explora-socorro-venegas-una-vida-minuscula/ar3235639
Explora Socorro Venegas ‘una vida minúscula’
Mirarse a los ojos para que juntas, madre e hija, recuerden y expongan la entraña. Eso ha hecho la escritora Socorro Venegas tras preguntarse «¿por qué no hablo náhuatl?» y averiguarlo junto con Elia, su madre, en el libro Leche de silencio, publicado por Páginas de Espuma.
Venegas concibe la lengua como un alimento materno -una leche- que transmite mundos y el náhuatl debía ser la suya. Pero no le fue concedida: en este País racista, para sobrevivir debía hablarse en español, relata en entrevista.
«Cuando comencé a escribir este texto pensé que sería un ensayo, pero la voz de Elia entra y lo modifica todo. Es poderosa, presente, viva. No es una cifra ni el fantasma del indígena despojado de los discursos políticos. Es el latido profundo del presente. Una niña a la que le arrebataron la lengua, y mucho más», escribe la autora.
Este «lhíbrido», o libro-híbrido, puede leerse entonces como una obra de memorias poéticas, un ensayo imperfecto, una autobiografía imaginaria, una novela sin ficción, incluso una correspondencia «entendida como un intercambio emocional muy intenso».
«Quise mostrar cómo, si estas 68 lenguas originarias están vivas, se debe a subversiones muy personales, íntimas, de gente como mi madre que sigue hablando náhuatl y que ahora, además, lo hace con un orgullo que no tuvo antes».
Socorro Venegas
Escritora
«Me gusta más el concepto de la contra-narrativa, porque quise explorar esta vida minúscula, esta vida pequeña, que es la vida de muchas personas que pueden pasar absolutamente desapercibidas o ser parte de una estadística, de un dato, de una reflexión en un ensayo sociológico o una reflexión desde la lingüística sobre lenguas indígenas condenadas a desaparecer.
«Quería ir al corazón de esta historia y revelar, cuando decimos racismo, qué significa en la vida de alguien y en sus descendientes, y qué significa para mí como hija de mi madre que ella no me haya enseñado el náhuatl y que yo no haya tampoco decidido aprenderlo en un curso».
¿Te propusiste mostrar el ‘lingüicidio’?
En el libro menciono a autores con los que he estado conversando sobre esto, a través de su obra, o como lo hice con Yásnaya Elena Aguilar Gil, que ha sido muy importante para comprender mi culpa, porque yo he tenido una culpa enorme justo por no hablar la lengua de mi madre y quería mostrar lo que puede significar en términos de experiencia del mundo, de pérdida catastrófica que desaparezcan las lenguas originarias.
Vivimos en un mundo que puede ver hacia dónde van estas 68 lenguas indígenas vivas -para hablar solo de México-; podemos vislumbrar que van a morir y simplemente decirlo con pena. Con este libro quise decir algo más y no solamente quedarme en la pena.
Quise mostrar cómo, si estas 68 lenguas originarias están vivas, se debe a subversiones muy personales, íntimas, de gente como mi madre que sigue hablando náhuatl y que ahora, además, lo hace con un orgullo que no tuvo antes.
Cuando una lengua se acaba: ¿lo hace por completo o queda algo?
Para mí es como si el náhuatl hubiera sido durante mucho tiempo una lengua muerta. No existió casi a lo largo de mi vida y además entendí que no era bueno mantenerla viva. Cuento el episodio de cuando estaba en la escuela secundaria y quise explicar que mi madre es bilingüe porque habla español y náhuatl, y alguien dijo: ‘No es bilingüe: es una india’.
Fíjate cómo por su origen, por la lengua, le das un valor deficiente a una persona en relación con los demás.
Que yo no haya tenido esa posibilidad, lo que me deja no es tanto un resabio; no puedo hablar de qué obtuve en ese tiempo, porque yo solo veo la carencia. Perdí la posibilidad de comprender ese mundo de infancia -cuando estás abriendo los ojos a la vida, a la escuela, al mundo-, de poder nombrar todo eso como mi madre lo comprendió en primerísimo lugar y como siempre lo ha comprendido.
Ella habla español, pero primero piensa en su lengua; creo que sería más hija de ella si pudiera compartir su legado.
¿Reivindicas una manera de escribir desde el ser mujer?
Pensaba mucho en que cuando era niña, mi mamá decía: «Eso no se dice, eso no se hace.» El mundo de las niñas está muy separado del mundo de los varones y creo que con este libro rompimos completamente con esas reglas de infancia, las dos, porque hablamos de lo que no se habla, porque nos dijimos lo que no se dice, porque estamos compartiendo duelos.
¿Cómo fue la muerte de mi hermano? ¿Cómo fue esa vez en que yo quedé viuda? ¿Qué me pasaba? ¿Hay un consuelo que quizás solo tu mamá te puede dar, como también hay un idioma que solo compartes con ella?
¿Contar conjura?
Creo que sí. Ha habido ahí una dimensión de liberación muy importante. Para mí era muy importante no romantizar ni decir: «Esta es la madre perfecta»; yo tampoco he sido la hija perfecta.
Y estamos allí reconociéndonos en nuestras deudas una con la otra, entendiendo también que el mundo del que ella venía tampoco era para idealizarlo, porque era profundamente machista, con todos esos usos y costumbres de los pueblos originarios que muchas veces confinan a las mujeres en su destino manifiesto de ser madres y encargarse al cien por ciento de los cuidados de la familia.
Pienso que ella ha conjurado antes que yo esos destinos manifiestos. También mi tía sorda tuvo que crear ella misma un lenguaje para darse a entender: entendió que necesitamos el lenguaje para comprender a quienes amamos.
Entonces este es un libro que también reflexiona sobre la necesidad del lenguaje para tocar a los demás.
¿Ya lo leyó tu madre?
Me pidió que se lo leyera en voz alta y fue durísimo porque se acordaba, lloraba, yo también; me conmovió muchísimo.
Cómo no llorar cuando tu madre, tras la muerte de su hijo, se desmorona con desconocidas en la parada del camión, adonde llegaba a rastras por el dolor. Buscaba consuelo.
Es como en el coro griego; la tragedia solo es en coro. Necesita interlocutores, voces.








