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Revista de Libros reseña Flaubert a la carta

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De Gustave Flaubert puede decirse, como de Víctor Hugo —en España, de Benito Pérez Galdós y de Pío Baroja— que fue fundador de algo parecido a una religión, con sus devotos y, por supuesto, sus sacerdotes (y sus herejes, sin los que no hay religión que se precie). Eso se debe sobre todo a Madame Bovary («La orgía perpetua» de la que habló Mario Vargas Llosa), pieza inicial —1856 y 1857, en pleno Segundo Imperio— de ese género literario —en un contexto en que no existía el divorcio— que conocemos como «novelas de adulterio (femenino)», del que forman parte El primo Basilio (Eça de Queiros, 1878), Ana Karenina (Tolstoi, mismo año) y, en España, en la década siguiente, La Regenta (Clarín) o Fortunata y Jacinta, del propio Galdós.

Pero el pionero sigue mereciendo que se le reconozca como tal. Tanto el marido de Emma, el pobre Charles, el cocu por excelencia, como Rubín el de Fortunata, como sus amantes (Rodolphe Boulanger, el del fiacre de los Comicios, la feria agrícola, y luego Léon Dupuis, empleado de la Notaría de Yonville) e incluso personajes ajenos a esas relaciones, con el boticario Homais, el librepensador que terminó siendo condecorado con la Legión de Honor, forman parte del santoral de los devotos de esa religión. Es sabido que la historia tuvo dos maneras de verse, que se enfrentaron en enero de 1857 en un juicio (por ultraje a la moral pública y religiosa, nada menos): para el acusador, el fiscal Pinard, se trataba de una pecadora y el libro era un escándalo, mientras que el defensor, el abogado Sénard, puso el foco en el hecho de que ella terminara suicidándose con arsénico para afirmar que si en el texto se relataba el vicio era, lejos de cualquier intento apologético, sólo para denunciarlo y exponer sus consecuencias destructivas. Fuese esa línea argumental sincera o no, lo cierto es que terminó dando lugar a una sentencia de absolución.

En relación con Flaubert también hay que mencionar los personajes reales que trataron con él. Sin hacer la lista agotadora, los siguientes:

– Louise Colet (Aix-en-Provence, 1810–París, 1876), en realidad Louise Révoil (y es que Colet, de nombre de pila Hippolyte, compositor, era su marido) fue una escritora francesa, tanto de poesía como de novela, además de impulsora de lo que hoy llamaríamos el feminismo. Y por supuesto era una salonnière, es decir, que organizaba en su casa veladas para que intelectuales y artistas se reunieran a debatir ideas.

Tenía que ser la primera de esta lista porque sin ella no se entiende nada de Flaubert ni de tampoco de Emma.

– George Sand (París, 1804–Nohant-Vic, 1876), pseudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin de Francueil, fue una escritora de primerísimo orden, adscrita a la corriente del romanticismo. Una progre, diríamos hoy: defendió los derechos de la mujer y criticó la institución del matrimonio. Se mojó mucho en 1848, defendiendo la Revolución (e incluso llegando a ser miembro del Gobierno provisional), y en 1871 manifestándose contra la violencia de la Comuna.

– De Maxime du Camp (París, 1822–Baden-Baden 1894) resulta difícil saber si tiene más interés como escritor o como fotógrafo. Fue en 1851 uno de los fundadores de la Revue de Paris, donde entre el 1 de octubre y el 15 de diciembre de 1856, durante el Segundo Imperio, se publicaría Madame Bovary. También era un gran viajero. Y además sirvió de voluntario en 1860 con Garibaldi en la Expedición de los Mil.

– Amélie Bosquet (Ruán, 1815–Neuilly sur Seine, 1904) fue una escritora a la que se suele calificar como tradicionalista.

– De Émile Zola (París, 1840–1902) apenas habrá que recordar lo que resulta notorio: que, en literatura, es el padre de lo que se conoce como el naturalismo. Famoso sobre todo por su defensa del capitán Dreyfus mediante su artículo «J’accuse…! Carta al presidente de la República», publicada en L’Aurore el 13 de enero de 1898, iniciativa que le costó tenerse que exiliar.

– Jules Michelet (París, 1798–Hyères, 1874) fue un historiador de primer orden. Dedicó a la Revolución francesa nada menos que siete tomos, que se publicaron entre 1847 y 1853. Pero también estudió, siglo por siglo, la Francia anterior a 1789. Veía las cosas como un largo combate de la libertad contra la fatalidad.

– Marie-Sophie Leroyer de Chantepie (Château Gontier, 1800–Angers, 1888) fue una escritora francesa caracterizada por su cristianismo. Se casó con un oficial de Rusia y fue allí donde pasó los últimos años de su vida.

– De Theophile Gautier (Tarbes, 1811–Neuilly sur Seine, 1872) sabemos los españoles que nos visitó en 1840, recién concluida la primera guerra carlista, y que, por el libro que escribió, se le tiene por uno de los famosos viajeros románticos.

– Hippolyte Taine (Vouziers, 1828–París, 1893) fue filósofo, crítico literario e historiador. Escribió sobre la derrota ante Prusia en 1870. Ejerció una gran influencia sobre la intelectualidad española, en particular Unamuno, Ganivet y Pardo Bazán.

– Del escritor Guy de Maupassant (Château de Miromesnil, 1850–Passy, 1893) hay que recordar que se le considera el maestro de los cuentos, de los que escribió unos trescientos, donde, influido por la derrota de Sedan de 1870, describía las vidas humanas en términos de gran pesimismo. Sus obras más notables —por supuesto, traducidas al español— son Bel-Ami y —la primera de todas, de 1880— Bola de sebo.

Todos ellos, así pues, eran franceses que vivieron en el siglo XIX y que, en uno u otro grado y con más o menos éxito, eran gens de lettres. Pero, aparte de eso, fueron destinatarios de las muchísimas cartas —casi 4.500, se calcula— que escribió Gustave Flaubert (Ruán, 1821-Croisset, 1880: ni tan siquiera llegó a cumplir los sesenta), cartas que por cierto se encuentran disponibles electrónicamente en francés[1], y que en español seleccionó, tradujo y editó para Alianza el catedrático de La Laguna Antonio Álvarez de la Rosa, con el nombre El hilo del collar (2021). Son 670 páginas que no tienen desperdicio. Ahí descubrimos al Flaubert dubitativo e inseguro, quejoso del poco reconocimiento que merecieron algunas de sus obras, como La educación sentimental o Salambó, que por cierto era el nombre de la hija de Amílcar Barca.

La novedad (lo que da lugar a estas líneas) es el libro que el propio Antonio Álvarez de la Rosa —sin duda alguna, el Sumo Pontífice de la religión flaubertiana y no sólo en España— acaba de publicar y que, como recoge la contraportada, es el fruto de someter el contenido de esas cartas a la prueba más implacable que cabe imaginar, el paso del tiempo. Ver las cosas, en suma, con ojos de hoy, cuando todo lo que tiene que ver con la mujer ha cambiado tanto. La contraportada lo explica bien: «En una suerte de autobiografía intelectual, (Álvarez de la Rosa) va descubriendo y razonando sobre el mundo que nos ha tocado vivir: desde la suprema importancia de la palabra precisa, la estupidez generalizada y la comodidad del tópico que carcomen el pensamiento del ser humano, pasando por la revolución femenina, el enigma del amor, los problemas sociales, la necesidad de dialogar con los clásicos, la duda como motor de la inteligencia y de la búsqueda de la verdad (y) el escepticismo ante el poder, cualquier poder».

Decir que el de Ruán era un gran psicólogo femenino no significa faltar a la verdad, pero en cierto sentido la frase se queda corta. Bien lo explicó George Steiner en una frase que el libro reproduce en página 17: «El contexto que informa cualquier frase de, por ejemplo, Madame Bovary es también el estado de la lengua francesa en el momento y en el lugar en que escribió Flaubert, es la historia de la sociedad francesa, la ideología, la política, los giros coloquiales y el terreno de las referencias implícitas y explícitas».

Muy bien Álvarez de la Rosa, sí señor. Y muy bien igualmente el jurado del Premio Málaga de Ensayo al darle el reconocimiento.

Lector de 2026, que no estés familiarizado con Madame Bovary es un motivo concluyente para devorar este libro. No sabes lo que (seas de derechas o de izquierdas, antiguo o moderno, hombre o mujer) te estás perdiendo. Y es que no resultas desconocedor del wokismo y cabe incluso que, pese a haber estado advertido por Titania McGrath de sus contraindicaciones, puedas participar de esos planteamientos.

Así las cosas, cabría sobre la novela de Flaubert una narrativa tercera y distinta de las dos que se expusieron en el juicio de 1857. Emma, lejos de ser una infractora de las reglas de la moral, personificaría a la mujer víctima del patriarcado y de un matrimonio que, lejos de proporcionarle satisfacción alguna (ni en lo sexual ni en ningún otro aspecto), constituía, a fuer de tedioso, un auténtico suplicio y al cabo una injusticia. Charles, por su lado, lo que sería es un opresor, congénitamente incapacitado, no ya de dar nada a su cónyuge, sino incluso de algo más elemental: comprenderla. Y es que, en efecto, con la perspectiva woke todo se muta de arriba abajo. No digamos si se aplicase al trío Helena de Troya, Menelao y Paris. Pero eso queda para otra ocasión.

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